Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

Página 2

Si bien las consideraciones del Che Guevara y de Martínez Estrada no pueden reducirse a ninguna coyuntura específica, es claro que en su fondo se encontraba la escasa participación de la intelligentsia cubana en la lucha que derrocó a la dictadura batistiana. La consiguiente falta de autoridad de los intelectuales y artistas, crucial en sus relaciones con la alta directiva de la Revolución durante los años sesenta, llegó a engendrar lo que en 1969 René Depestre llamó un "complejo de Sierra Maestra".10 El deseo de purgar ese flagrante "pecado original" informaba a todas luces declaraciones como las del polémico editorial del segundo número de Revolución y Cultura, firmado por Lisandro Otero, que afirmaba enfáticamente a la acción como condición sine qua non del intelectual revolucionario.11 En ese misma entrega de la revista del Consejo Nacional de Cultura se publicó un artículo del comandante Jorge Serguera, entonces director del Instituto Cubano de Radiodifusión, que iba aún más lejos que el autor de Pasión de Urbino: a partir de la crítica a los intelectuales formados dentro de la ideología burguesa y de la afirmación de que "ideología revolucionaria y cultura es la misma cosa", Serguera combinaba el antiintelectualismo de "El socialismo y el hombre en Cuba" y de "Por una alta cultura popular y socialista cubana" con un pedestre dogmatismo marxista, bien alejado del pensamiento del Che y más aun del de Martínez Estrada.12

El que en desacuerdo con las afirmaciones de Otero y Serguera el consejo de redacción en pleno de Revolución y cultura haya renunciado, según se hizo público en una nota aparecida en el número siguiente de la revista, indica que a esas alturas aun existía un considerable margen de discusión en torno a la cuestión de la función del intelectual revolucionario en la sociedad socialista. Contra el creciente antiintelectualismo, el "dirigismo" y el "manualismo", "el ejercicio de pensar" y de hacerlo "con cabeza propia", dentro del marco del marxismo, era afirmado, por parte de los jóvenes profesores del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana que integraban la redacción de la revista Pensamiento crítico, como una necesidad impostergable en la búsqueda de una vía propia en la construcción del socialismo.13 La crítica abierta del realismo socialista, de la Revolución Cultural china y del dogmatismo en general, la defensa de la renovación del marxismo realizada por autores occidentales como Gramsci y Althousser, la reivindicación de la herencia del arte moderno y el llamado a que no ocurriera en Cuba la escisión entre la vanguardia política y la vanguardia artística característica del socialismo europeo fueron puntos fundamentales de la posición asumida en esos años por un sector mayoritario de los intelectuales de la llamada "generación del 50" o "primera generación de la Revolución", cuyos principales voceros fueron Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes. "Su adhesión, si de veras quiere ser útil, -afirmó Retamar en 1966 refiriéndose al intelectual- no puede ser sino una adhesión crítica, puesto que la crítica es "el ejercicio del criterio".14

Hacia 1968 el debate en torno al papel del intelectual estaba a la orden del día, tanto que en el Congreso Cultural de La Habana, celebrado en enero de ese año con la participaron de más de 500 intelectuales extranjeros, se le dedicó al tema una comisión completa.15 En el discurso de clausura del seminario preparatorio a ese congreso, efectuado a finales de noviembre del 67 con la asistencia exclusiva de los delegados cubanos, el entonces presidente de la República, Osvaldo Dorticós, afirmó que "se ha logrado producir en estos años de definiciones [...] una conciliación entrañable y excepcional entre los conceptos de libertad y expresión artística y los conceptos del deber revolucionario de escritores y artistas".16 Hoy no puede uno más que sonreír cuando lee que el hecho de que ni una sola voz haya tenido que alzarse en el seminario para reclamar esa libertad de expresión indica "que de veras estamos entrando en el reino de la libertad". Pues precisamente a finales de 1967 el cambio del consejo de redacción de El caimán barbudo, suplemento cultural del periódico Juventud Rebelde, órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas17, indicaba que la conciliación estaba quedando atrás, cosa que en el propio año crucial de 1968 confirmaron los sucesos relacionados con el otorgamiento de los premios UNEAC en poesía y teatro a Fuera del juego y Los siete contra Tebas, respectivamente. Aunque con una extensa nota en la cual el Comité Director de la institución expresaba su "total desacuerdo" con los premios por considerarlos "contrarios ideológicamente a nuestra Revolución"18, los libros de Padilla y Arrufat fueron publicados; luego no lo sería ningún texto que se considerara portador de "problemas ideológicos". La clausura del espacio de la crítica y la expresión para intelectuales y artistas aumentó visiblemente en los años siguientes hasta que 1971 marcó un parteaguas con el caso Padilla, el cierre del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana y de la revista Pensamiento crítico, y la celebración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura.

Un conversatorio sobre el tema del intelectual y la Revolución organizado por Casa de las Américas en 1969 y en el que intervinieron reconocidos intelectuales cubanos y extranjeros, es muy ilustrativo del estado de la cuestión en ese momento crítico. La posición radicalmente antiintelectualista que por entonces ganaba cada vez más terreno la representó entre todos los participantes el escritor uruguayo Carlos María Gutiérrez, quien sostuvo que los intelectuales cubanos conservaban aún la noción burguesa de la "sociedad intelectual" como grupo de poder aislado de las masas. Gutiérrez planteó que el hecho de que recién apareciera la contradicción entre "la construcción del socialismo y la solidaridad internacional", esto es, que la intelectualidad progresista que había apoyado a la Revolución comenzara a distanciarse de ella, no era sino una consecuencia necesaria de que en su décimo año la Revolución se hubiera decidido a echar mano de la superestructura cultural: "no es que la dirigencia entre ahora, tardíamente, en el campo de la cultura (objetivo que estuvo siempre en su gaveta); es que la intelectualidad no supo o no pudo entrar desde el principio en el campo de la política, aquilatar adecuadamente el papel a la vez humilde y magnífico que le está reservado en la Revolución".19

Otro fue el criterio sostenido por Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes y Ambrosio Fornet. Este último criticó también el papel asumido por los intelectuales cubanos desde 1959, pero lo hizo a partir de presupuestos muy diferentes a los de quienes afirmaban que había que "revolucionar a los intelectuales y no intelectualizar a la Revolución"20. Fornet planteó que, a pesar de que en el Congreso Cultural de La Habana se había aceptado como punto de partida la definición gramsciana del intelectual, por su función en el conjunto de las relaciones sociales era una muy distinta la que en los años anteriores había prevalecido en Cuba. Temerosos del fantasma del realismo socialista, abocados principalmente a preservar "las conquistas del arte contemporáneo" y aquejados de "un oscuro sentimiento de culpa por la falta de participación activa en la lucha insurreccional", los intelectuales cubanos no habían actuado, según Fornet, como verdaderos intelectuales revolucionarios 21. Si en su ensayo de 1966 Fernández Retamar alertaba contra el peligro de que los intelectuales cubanos, únicamente ocupados en cuestiones de orden estético, se vieran "confinados en límites gremiales", tres años después Fornet confirmaba el cumplimiento de esta limitación al afirmar que había sido a la larga un lastre para ellos el que, como conjunto, sin politizarse demasiado, se hubieran visto reducidos a su terreno: un jardín donde se había sentido "el choque de dos fuerzas reaccionarias: el dogmatismo, vástago ideológico del sectarismo; y el liberalismo, hijo bobo del idealismo pequeño burgués." La política basada sólo en evitar los errores de otros países socialistas había derivado en la falta de un clima tenso y dinámico, que se reflejaba incluso en la ausencia de secciones culturales en la prensa diaria22. "Nosotros tuvimos durante mucho tiempo la exclusiva como intelectuales, -afirmó Fornet- pero en realidad lo único que conservábamos era el nombre; la función de intelectual revolucionario iban a cumplirla, en la práctica, el dirigente o el cuadro político."23 Pero esa duplicidad de "intelectuales nominales" e "intelectuales funcionales" no podía perpetuarse, lo cual, según Fornet, había comenzado a verse claro a medida que la Revolución se había ido radicalizando. Para quienes habían defendido una literatura crítica, el problema se complicaba porque esta opera con un "margen de ambigüedad que la hace inquietante" y no siempre "se entiende".

Mentadas en más de una ocasión, la premiación y publicación del libro de Padilla estuvieron todo el tiempo en el trasfondo del debate. Si en el contexto burgués era legítimo poner énfasis en el poder de impugnación de la literatura, "en un contexto eminentemente revolucionario sería ridículo por parte del intelectual el querer ser más polémico y más rebelde que los hombres de acción que han hecho la revolución"24, afirmó René Depestre, que sin embargo polemizó con Gutiérrez y mencionó la posibilidad de que la Revolución, que era "conciencia crítica", se adormeciera o atrofiara, aunque rápidamente añadió que "esto es otra cosa que no nos incumbe aquí". Retamar, por su parte, recordó la temprana advertencia de Martínez Estrada de que el intelectual se podría convertir en obstáculo si insistía en copiar actitudes de individualismo y excentricidad en una revolución cuyo acento estaba en las masas, y discrepó de Vargas Llosa, defensor de la función de crítica permanente del escritor en cualquier sociedad. En las antípodas del gran escritor peruano, Gutiérrez afirmó, por su parte, que "Si el intelectual revolucionario [...] piensa que su conciencia crítica puede pasar a través de la ordalía de una revolución y seguir cumpliendo su principal mérito", deja de serlo pues "insistir en ser conciencia crítica en la sociedad revolucionaria, cuyo primer efecto es la desalienación, es un anacronismo que conduce a la contrarrevolución."25

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

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Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

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La serpiente de la casa

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Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

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Mario G. de Mendoza

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Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

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