Galina Álvarez (Moscú, 1948) Graduada del Instituto de Química Mendeleyev, de Moscú, vivió veintidós años en Cuba y otros veinte en Suecia. Desde hace unos meses reside en Guardamar del Segura, Alicante. En esta localidad comenzó a asistir a la Tertulia Literaria en la biblioteca municipal y al curso-taller de narrativa del escritor Antonio Álvarez Gil. Como fruto de ese trabajo tiene listo un libro de cuentos para niños y varios relatos para adultos. De este último es el título que publicamos en este número de OtroLunes.
*****
¡Cómo me gusta la gimnasia artística! La adoro. Es una pena que haya empezado a practicarla tan tarde. Dice mi entrenador que soy demasiado vieja para ello. Lo acepto, sí, pero ¿qué hago si me gusta tanto? No pretendo convertirme en deportista, ni ganar las competencias escolares. Es que me gusta el proceso de entrenamiento, aunque es la parte más dura de todo. Me gusta mucho sentirme ágil, cuando el cuerpo supera las metas que creías imposibles sólo algunos meses antes. Disfruto el poder volar sobre los aparatos, me olvido del peligro cuando doy saltos en el aire. También me apasiona la barra de equilibrio, y eso que todo el mundo dice que es lo más difícil. Además, me encanta la sensación del piso fresco bajo los pies descalzos, cuando caminas por la sala para cambiar de aparato, con el pelo desordenado y el maillot empapado de sudor. Me gusta sentir el cansancio después de las tres horas de entrenamiento y aplacar la sed con el agua fría, bebida directamente en el grifo. Para resumir, me gusta todo; menos el entrenador. Debo ser justa. Por una parte, él es pedagógico, sabe estimular a la gente y hacerla trabajar duro. Pero, por otra parte… es difícil de soportar. Es pegajoso, le gusta el toqueteo. A mí me repugna sentirlo cerca. Nunca se sabe cómo se va a comportar: si te deja en paz o te toca las nalgas. Lo hace de una forma tan natural que es difícil juzgarlo. Si alguien viniera para ver el entrenamiento, es posible que no notara nada. Pero es que una no es boba y entiendo perfectamente el porqué del manoteo. Cree que somos muy jovencitas y no nos damos cuenta; pues se equivoca. No lo soportamos, y siempre comentamos su manera de comportarse. ¡Si nos escuchara cuando hablamos de él en el vestuario! Seguro que perdería las ganas de seguirlo haciendo. Pero ¡míralo ahora! ¿Qué está haciendo? ¡Le está pasando la mano por el muslo a Marina! ¡Pobrecita! Con lo pequeña e inocente que es ella, si sólo tiene diez años. ¡Sinvergüenza! A una le da asco. Sería bueno quejarse de él, a ver si lo echan de la escuela. No debería trabajar con los niños. ¡Pero nos da tanto pavor hablar del tema con los mayores! Yo, simplemente, no me atrevo. Si lo comentara con mi padre, él mataría al descarado. Así de simple. Y yo no quiero escándalo. Tengo miedo. Además, me perdería la posibilidad de seguir con los entrenamientos. Me lo prohibirían para siempre. ¿Qué hago? No hay solución, así que hay que callar y seguir.
