Pellejo

Capítulo de la novela homónima

Julio Jiménez

Uno siente que ciertas palabras son terribles para todos los demás, salvo para nosotros mismos.

                                                                                                           Elías Canetti.

 

Mi vida como actor porno duró menos de una semana y comenzó un sábado por la tarde, unas semanas antes de que terminara la Guerra contra los Malvados.

Habíamos ganado gracias al Lechón, el mejor superhéroe que tenía Santiago y uno de los pocos socios que me quedaban.

Como tantos de su especie, llevaba una doble vida: en la pública tenía un nombre irrelevante, una abuela y una casa, y se aburría de ocho a cuatro en una biblioteca municipal. Por las noches, en su cómodo uniforme de shorts y chancletas, se convertía en mi única esperanza en las aburridas noches santiagueras, diseñadas para turistas y otras criaturas amantes del folclore. Para verlo no bastaba con ir hasta su casa. Tímido y antisocial como varios de los suyos, primero uno debía tumbarle la puerta a golpes hasta que abriera su abuela, una especie de Robin senil y absolutamente enajenado de los problemas de este mundo, que demoraba una eternidad tratando de entender el llavín de su propia puerta. Después de saludarme, la señora, a quien no cariñosamente apodaba The Keeper of The Seven Keys, me señalaba con un mohín de desprecio el cuarto de su fantástico nieto, y hacia allá iba yo, al Reino de la Templazón, el Placer Mezquino y la Irresponsabilidad Total.

Aun así no estaban superadas todas las barreras. Podía ser que ante la ondeante cortina de flores de su cuarto, El Lechón te detuviera con un grito. Esta era una advertencia común ante sus compulsivas masturbaciones. Si te mandaba a pasar, invariablemente, lo encontrabas sentado ante su máquina, La Lechona, sosteniendo nuestra humilde porción de planeta. A su lado, un cigarro humeaba sobre una lata de Tukola (había que vaciarlos menos y eran desechables), del otro, su invencible ventilador ruso Orbita 5, renqueante y ruidoso, soplando despacio sobre la torre de la computadora, y cabos de cigarros, bolas de papel, alguna camisa colgada de una pata de la silla, y decenas y decenas de tubos y tubos de dvd quemados y numerados con películas, series de televisión, discos, libros, juegos y todo lo que humanamente sirviera para escapar a las inacabables estrategias diseñadas por los Malvados.

Teníamos una especie de ritual: lo saludaba, le preguntaba si tenía algo nuevo y el socio me echaba una mirada de superioridad burlona. Con un ágil movimiento de la mano y una mueca resignada, El Lechón buscaba en el disco duro la carpeta de porno y ponía a reproducir una.

Un culo enorme o un par de tetas de silicona llenaban el monitor.

–Coño – decía yo invariablemente-, ¿quién es esa?

Eso bastaba para que el socio me mirara con infinito desprecio.

–¿De verdad tú no te acuerdas de ella? Yo no sé para qué cojones tú ves tanto porno.

Mi desmemoria lo exasperaba. Siempre se sentía obligado a nombrar productora, director, actrices y actores principales de la presente y películas anteriores donde hubiera aparecido el pedazo de carne en cuestión. En otras, ofrecía una breve reseña crítica, en caso de que mi contumaz ignorancia no hubiera tenido el gusto. Al poco rato adelantaba un poco la película y yo me inquietaba.

–No hagas eso, compadre, déjame verla con calma.

–No te me estés calentando – decía el Lechón golpeando con el mouse sobre la mesa-. La copias y disparas en tu casa.

–Tú sabes que no tengo en qué llevármela.

Cerraba el reproductor de windows y me miraba irritado.

–Acaba de conseguirte una memoria flash y aquí no vengas más a joder.

Así había sido todas nuestras conversaciones desde que nos conocimos en aquella fiesta de frikis, allá por los años del hambre, cuando El Chino aún vivía en Cuba y yo tenía un casette de fábrica de Rage Againts the Machine.

No viene al caso cómo lo había conseguido. Lo importante es que como no se vendían en ninguna parte del territorio nacional, en las fiestas funcionaban como talismanes para templar. El Chino y yo nos habíamos pasado la semana dándonos brillo en el rabo con aquello, para desinflarnos en cuanto llegamos a la fiesta y solo vimos unos cuantos peluses aullando delante de un bafle.

El socio fue a fanfarronear con el que estaba a cargo de la música, y yo me dediqué a plantear mi táctica habitual para empatarme en lugares públicos. Ya desde entonces esta consistía en situarme en un lugar visible para cualquier mujer que llegara, meter las manos en los bolsillos y mirar a todas partes con desprecio.

No le importé a nadie. Los pocos presentes se encontraban muy interesantes a sí mismos sacudiendo rítmica y ridículamente sus tupidas melenas criollas, agrestes y grasientas, deteniéndose momentáneamente para abanicarse con la mano, halarse el cuello de sus rigurosos pulóveres negros, dar una palmada de júbilo y reincorporarse a la actividad.

Yo no era mejor que ellos. Con mi corta pelambre y mi intenso acné, lucía igual de inadaptado y neurótico, pero lograba reunir una estúpida superioridad por la posesión de mi casette y un ligero dominio del inglés que me dejaba corear algunos estribillos.

Dos horas y tanto después, ya tenía decidido avisarle al Chino que me iba, cuando un mulato gordo, en shorts y con una camiseta de Guns and Roses, vino a preguntarme si lo dejaba grabar la cinta de Rage Against the Machine. Se presentó con su apodo, y me explicó que dejarlo copiar me daba derecho a hacer lo mismo con lo que me interesara de su ya extensa colección. Me dijo donde vivía, le dije que después pasaba por allá, sonrió y se fue.

Me quedé otro rato por allí, la cosa no mejoró y entré a buscar al Chino. Estaba en un sofá, un poco más allá de la sala, jugueteando con Las Dos Urracas.

Hace unos años, le escuché decir a alguien que en todo el ambiente del metal santiaguero no hubo una mujer bonita hasta finales de los noventa, y yo asentí recordando a las Urracas. Eran amigas, pero de ser hermanas no se habrían parecido tanto, y aunque aquel apodo había salido de sus pelos lacios y negros partidos al medio y sus narices de aquelarre, también las describía con exactitud moral. Yanelis y Yuzimí tenían una debilidad extrema ante todo lo que brillara o fuera no santiaguero. Si estas características confluían en un metalero habanero, o yuma, sus revoloteos alrededor de la víctima alcanzaban para la vergüenza ajena.

Me acerqué al Chino, él hizo por despedirse y ellas dijeron que venían con nosotros. Habían llegado en pos de un turista noruego, rubio fornido como esos semidioses que guerreaban en las carátulas de los discos que veíamos en las revistas, y aunque la troupé de diabólicos tropicales no perdía las esperanzas de que apareciera, ellas temían que el nórdico se hubiera perdido, así que iban a dar una vuelta a ver si lo encontraban.

–Conocí a un tipo allá dentro- le dije al Chino, ya de camino-. Le dicen El Lechón.

–A la pinga – graznó una de las Urracas.

Pregunté qué pasaba con el tipo y El Chino me explicó lo que sabía. En el ambiente, El Lechón y dos o tres de sus socios íntimos eran considerados fuckin aristocracia. Coleccionaba música desde chama y poco a poco se había ido haciendo de un enorme conocimiento del asunto. Su típica soledad adolescente, unida con su rencor visceral hacia todo lo humano, había hecho lo demás. Abusaba de una fama de académico que lo calificaba para botarte de su casa si hablabas en medio de una canción de Pink Floyd, y su sola opinión podía condenar a cualquier banda, nacional o extranjera, al estrellato u olvido más inmediato y definitivo. En esencia, El Lechón era un gordo aburrido que protocolizaba demasiado el rock and roll, tanto como para pasarse las fiestas conversando en un cuarto donde escuchaban siempre otro metal, mientras afuera los demás tratábamos de emborracharnos lo suficiente como para templarnos a las Urracas sin vomitar.

Llegamos al Parque Céspedes y lo encontramos vacío, lúgubremente sazonado con retazos del son tradicional que llegaba desde las arcadas del Hotel Casagranda. Aún así, nuestras amigas lo sobrevolaron rápidamente y al poco rato se posaron a nuestro lado, desencantadas y aburridas. El Chino les preguntó qué les parecía si comprábamos algo de ron y nos íbamos a casa de alguna de ellas a templar y escuchar nuestro casette. Urraca 1 se levantó de al lado de su amiga con un súbito batir de alas, se sentó del lado de allá del Chino y se puso a cuchichearle algo. Yo y Urraca 2 no teníamos nada que decirnos.

El Chino me hizo una seña, se levantó y lo seguí.

–Dice esta que podemos irnos a su casa – dijo, señalando a la que había hablado con él-, pero no quiere que tú vayas.

–¿Por qué? El casette es mío.

–No sé. Tú sabes cómo son ellas. Pregúntales.

Regresamos al banco y le pregunté a Urraca 1.

–Porque eres feo – dijo, y su amiga y El Chino sonrieron.

–Tú también – respondí-. Y el casette es mío.

–No me importa. Tú eres más feo que yo y Rage against the machine es una mierda.

No pensaba tener una estúpida discusión sobre estúpidos gustos metaleros con una gótica estúpida en aquel estúpido parque de esta estúpida provincia, así que nos quedamos otro rato sentados, guardando un estúpido silencio. Al cabo me despedí. El Chino me pidió el casete prestado y me negué. Ya cuando salía del parque miré atrás. Él y las dos Urracas lo abandonaban por la esquina contraria.

A los pocos días fui con mi casette a casa del Lechón. Era en Santa Bárbara, un barrio de clase media que había ido subiendo de nivel a fuerza de alquilar para extranjeros. Unos metros antes de llegar ya se escuchaba el metal, y debí tocar un buen rato antes de que me abrieran.

Me atendió un tipo en completo uniforme de metalero, es decir, de arriba hacia abajo, unas greñas recogidas precariamente con una felpita, un pulóver de Metallica bastante viejo y sudado, algún abalorio ligeramente religioso, un jean viejo y botas cañeras.

Pasé a la sala. El mobiliario demostraba que al Lechón no le iba tan bien como a sus vecinos. Un sofá, dos sillas en juego y una mesita en el centro, todos de madera, viejos y despulidos. El dueño estaba en el sofá, en shorts y sin camisa, extático y patiabierto, siguiendo la música con lentos movimientos de su gran cabeza porcina. Enseguida me reconoció, se paró y me hizo una seña de que lo siguiera a su cuarto. Un muro bajo separaba la sala de otra habitación. En esa había un televisor, encendido y sin volumen, con una señora mayor sentada enfrente. La saludé sin detenerme, no me respondió y entré al cuarto.

El Lechón abrió un armario y sacó una caja de zapatos, llena de casettes, la vació sobre la cama y se sentó. Enseguida vi uno de Flotsam and Jetsam que me interesaba, y otro de Slayer.

Estaba decidiéndome y miré a la puerta del armario, que no había cerrado completamente. Por el espacio abierto podían adivinarse unos lomos de VHS, sin cajas y polvorientos, y me di cuenta de que eran pellejos. Así le decíamos a las pornos todos los fanáticos. Los otros, hipócritas y moralistas, los llamaban “de relajo” o cualquier otra tontería. Ya yo era un especialista. Podía entrar a una casa y saber de un vistazo si el dueño los consumía y dónde los guardaba. Llevaba años descubriéndolos en un jarrón apartado, encima de un armario polvoriento o en el fondo de una gaveta, detrás de libros de medicina o de ingeniería, sin indicaciones o con títulos desconcertantes como Venganza Criminal o Aumente sus bíceps en quince días.

–¿Esos son pellejos?

El Lechón los miró, sonrió con resignación y asintió. Nunca más hablamos de Rage Against the Machine.

Del Autor

Julio César Jiménez Jardínez
(Santiago de Cuba, 1974 ). Licenciado en Letras por la Universidad de Oriente. Egresado del Centro de Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso". Ha colaborado con programas radiales de la emisora provincial CMKC; se desempeñó como profesor del Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad Médica de Santiago de Cuba, donde fundó y dirigió el Taller Literario “Alejo Carpentier” y el Taller de Apreciación Cinematográfica “Fresa y Chocolate”. Actualmente es investigador y editor del Centro Cultural Africano “Fernando Ortiz” de Santiago de Cuba.

Entre sus premios destacan: el Premio de la Ciudad de Santiago de Cuba 2004 (Cuento), el Accésit La Gaceta de Cuba 2005 (Cuento), el Premio Internacional de Cuento Corto “Francisco Garzón 2008”, de España y la Mención Única en el Premio de Novela Franz Kafka 2014, de la República Checa.

Ha publicado Cinco perros y un ratón (Ediciones Santiago, 2015), y además, muchos de sus cuentos han sido incluido en numerosas antologías y revistas en Cuba y fuera de la isla.>