La voz del retorno
José María Muñoz Quirós
Eurisaces Editora. Ourense, 2015
Días atrás, la escritora uruguaya Ida Vitale -galardonada recientemente con el XXIV premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana-, confesaba en una entrevista: “Toda poesía es un misterio, sólo con el tiempo se comprende”.
Tiempo y misterio, sí, duración y enigma, deshoras y secretos…, un binomio esencial, al cabo, para comprender y aprehender la sustancia de cualquier ciclo lírico.
Y traigo a colación esta dualidad, tras la lectura de La voz del retorno, el nuevo libro de José María Muñoz Quirós (1957), quien ha vertebrado un bello viaje interior a través de la nostalgia y la memoria de lo vivido: “Vengo/ a recibir la oscura sacudida del sol/ en las laderas, en la caricia/ del tiempo/ que no podré sentir/ con la cansada voz de las hojas heridas/ cuando caen tristemente”.
Inspirado en la abisalidad del verso, José Mª Muñoz Quirós inauguró en 1983 su periplo literario. Ternura extraña, titulaba entonces su primer poemario, que veía la luz en la salmantina colección “Álamo”.
Desde entonces, y tras más de una veintena de volúmenes, su credo lírico sigue creciendo desde la esencia de un silencio contemplativo y un meditado fulgor. Su verso, sabe cómo ahondar en los interrogantes de la existencia y en la inquietud que convoca a la muerte. La huida del tiempo, la fugacidad del ser, el dolor, el murmullo amatorio, la sed de la remembranza.., han ido conformando, a su vez, la temática de un escritor generosamente comprometido con su dramática tensión creadora.
En esta ocasión, ha querido afrontar la verdad de su decir alzándose hasta lo más alto de su alma y de sus sílabas. Desde esa atalaya, ha extendido su mirada hacia lo amado, hacia lo vivido, hacia lo soñado: “Hemos caminado, hemos vuelto los ojos/ hasta la belleza blanca de los montes,/ sentándonos en el infinito cansancio donde/ viven las águilas, donde la luz termina,/ donde se incendia el rojo desnudo/ de la línea última de las horas”.
En su anterior poemario, Ventanas a la noche -editado el pasado año en la colección ecuatoriana “2 Alas”-, Muñoz Quirós, escribía: “Tiempo amargo./ No atrapar la distancia de las cosas/ lejanas e invisibles”. Ahora, sin embargo, revela una mayor confianza en poder alcanzar todo aquello que importa y que resulta imprescindible en la diaria batalla del vivir: “Las cosas esenciales. Aprendo a ver el curso/ de la luna en la altura, pretendo/ que lo que está tan lejos se aproxime/ hasta mí…”.
Lo que hace al ser humano mortal y sucesivo y las cicatrices que comporta el saberse herido por la inasible temporalidad, se unen, en el transcurrir de estas páginas, a la meditativa actitud con la que el yo poético traza la pureza de la palabra en hervor. A través de ella y de su esencia, podrá el hombre inventariar su costumbre y su soledad, su triunfo y su destino, su pecado y su libertad (“Me duelen las palabras …/.. En el calor de sus letras me adentro,/ escribo su inocente ser de humo”).
En su prólogo, afirma Antonio Colinas que “el poeta ha pensado en sus poemas, pero sobre todo ha sentido, y por ello su poesía acaba siempre del lado del corazón y la intrahistoria”. Y no le falta al razón al escritor leonés, pues detrás de este cántico reflexivo y metafísico, hay, también, un mensaje humano y amatorio: “Fue hermoso/ como era hermoso el mundo,/ como nuestra propia existencia/ construida en el tiempo de lo hermoso./ Allí el amor nos mojó con sus labios/ para avivar la sed que no se sacia nunca”.
No hay en este poemario nada que quede al azar, nada que no esté sujeto por las líricas bridas de un verbo sostenido y solidario, que persigue -apuntado queda- un regreso al ayer, a la inocencia, a la felicidad pretérita, que, en suma, signa con sus ecos la verdadera voz del retorno, “la tibia/ desnudez/ del relámpago”.