¿En qué ha consistido, cuál es la verdadera naturaleza de eso que obstinadamente insistimos en llamar Revolución Socialista Cubana (de 1959)? Para responder a esta pregunta intentaremos ubicar correctamente al proceso revolucionario cubano entre algunos otros paradigmáticos ocurridos durante el siglo XX.
Dicho siglo ha sido el de la contraofensiva del mundo periférico ante el avance globalizador que, bajo la égida de occidente, se había venido dando desde fines del siglo XVIII. Desde este punto de vista los procesos soviético, chino o iraquí, comparten la misma esencia última: La resistencia de las antiguas sociedades ancestrales y extraoccidentales, revitalizada por unas nuevas elites suyas, a medias occidentalizadas, ante el perfilamiento de un Estado… o al menos de un Mercado Mundial con su centro en las grandes capitales del mundo occidental.
El caso particular ruso es un ejemplo paradigmático de lo dicho. En la coyuntura de una profunda crisis, provocada por la evidente inferioridad rusa, cultural, económica y social, para enfrentar en una guerra a una nación occidental moderna, una minúscula minoría se ha hecho con el poder. Pero más que gracias a alguna razón trascendental, lo ha logrado por una feliz jugada política: La minoría bolchevique es la única facción política que ha admitido sacar de inmediato al país de la 1ª Guerra Mundial, sin cuidarse de la opinión de sus aliados franceses, británicos y norteamericanos. Actitud que le ganará el apoyo incondicional del gigantesco ejército de reclutas campesinos, que en ese conflicto ha puesto la mitad de las bajas (de 8 millones de muertos, casi 4 corresponden al ejército ruso; aun cuando solo habrá peleado durante tres de los cuatro años que dura el conflicto). Apoyo que a partir del 7 de noviembre, al hacerse los bolcheviques con el poder en Petrogrado, se manifiesta de un modo harto sui generis: Los soldados que debían haber defendido a la naciente república, ávidos de escapar de los frentes, demostrarán su apoyo a los bolcheviques nada menos que con los pies, ya que de inmediato los ejércitos comenzarán a ser desertados en masa.
El nuevo poder que a continuación se forma en Rusia no será uno de obreros y campesinos, aunque individualmente una parte significativa de sus miembros provengan de dichas clases, sino el de una minoría consciente de la necesidad de modernizar al país en unos pocos aspectos claves, para de esa manera mantener viva una pretendida rusidad, frente a los embates de la occidentalidad. Una nueva elite que se mostrará mucho más eficiente que la que le precedió en aprovechar, de lo creado por Occidente en la Modernidad, aquello que le es útil para mantener a la sociedad rusa atada a sus maneras ancestrales profundamente despóticas y antidemocráticas (industrialismo relacionado de modo directo con el abastecimiento del ejército y con su organización, técnicas policiales… pero también, y por sobre todo, una ideología tan ambigua como el marxismo, que a pesar de presentarse como la quintaesencia del progresismo, se demostrará en las realidades del siglo XX más útil para armar sociedades a la usanza faraónica que a la post-capitalista).
Una elite que en definitiva cumple su cometido casi tan eficientemente como la que encabezó Pedro el Grande, dos siglos antes.
¿Cabe meter al proceso revolucionario cubano en el mismo saco con el ruso-soviético?
Lo primero que nos salta a la vista al compararlo con aquel es el hecho de la mucha mayor participación política en el nuestro. Si en el ruso-soviético son unas minorías que se hacen del poder mediante promesas sencillas (pan, paz y tierra), en medio de una situación de crisis profunda y lo fundamental, palpable, para ejercerlo casi en seguida en solitario y por medio del terror indiscriminado, en Cuba no ocurre de igual modo: El poder se ha establecido no mediante una hábil componenda política armada sobre el hambre o las vicisitudes de una guerra atroz, sino gracias a la anuencia consciente de una mayoría de la población (quien lo dude puede consultar los surveys de la revista Bohemia, a inicios y mediados de 1959).
La diferencia esencial, la que obliga a abandonar la pretensión de situar al proceso cubano junto al Ruso-Soviético, es que Cuba, al contrario de una Rusia a medias asiática, es una nación occidental. Solo que una nación occidental secundaria, pequeña, de escasa población, incapacitada para la autarquía económica y a la vista casi de las costas de la que, a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, se haya llamada a convertirse en la nación central del proceso globalizador: Los EE.UU. Esta radical diferencia se nos transparenta en que si en Rusia la conciencia de la desventaja y relegación nacional por el avance de un proceso homogeneizador no concebido desde la rusidad, sino desde la occidentalidad, solo se da en una minoría, en Cuba la conciencia de la inferioridad de facto del cubano ante lo americano es más bien un (re)sentimiento nacional a partir de 1901.
A diferencia del ruso, cuyo completo mundo coincide con la docena de verstas cuadradas de tierra en que se desenvuelve su vida, el cubano, cuyos ascendientes en algún momento han cruzado al menos un océano, lo fue desde un inicio por su ansia consciente de abrirse al mundo, por su clara aspiración a desembarazarse de los rígidos corsés que le imponía la mentalidad de cruzada cristiana esencial hasta hace muy poco a España.
En la concreta satisfacción de tal ansia no es extraño que comenzáramos a crearnos a conciencia una idiosincrasia propia que completara la que ya de hecho iba distinguiéndonos de matritenses, sevillanos, leoneses o aun canarios. Lo que conllevó a su vez a buscar modelos más allá de nuestras costas en aspectos no tan prosaicos y automáticos como el comer, el andar o el decir. Así, los proyectos políticos y económicos cubanos de mediados del siglo XIX, que mantendrán de alguna manera su vigencia hasta los primeros años del XX (con exactitud hasta la crisis financiera de 1920, que dio fin a las “vacas gordas” y comienzo a las “flacas”), imitarán abiertamente primero, y hallarán luego su inspiración en las formas que la política y la economía han adoptado en la única nación americana independiente que no ha terminado en un estado fallido para mediados del XIX, y en que sus habitantes viven constatablemente mucho mejor que sus ancestros de antes de la independencia: los Estados Unidos de América.
Es en la búsqueda de realizar dichos proyectos políticos y económicos que nos habremos de lanzar a nuestra Guerra de los Treinta Años (1868-1898) por la Independencia. Guerra sin comparación posible en las guerras humanas, por sus marcadas desproporciones en nuestra contra, y que en justicia nos hará creer merecedores de situarnos entre las naciones líderes a nivel mundial. Guerra, sin embargo, de la que saldremos con el monumental fiasco en que terminará convirtiéndose la Intervención de 1898 para 1901: Nuestro paradigma político y económico, en el cual habíamos buscado los modelos de civilización y modernidad que contraponer a la medievalidad española, nos decepcionara muy a lo profundo al demostrar con la Enmienda Platt que no nos creen capaces de seguir su misma senda por nosotros mismos.
Desilusión que es incluso patente en la obra de un confeso anexionista como José Ignacio Rodríguez, quien en Estudio Histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América no se ha propuesto en sí propagandizar dicha idea, sino más bien poner frente a frente los modelos de anexión prevalecientes antes de 1860, y de los cuales los Informes presentados respectivamente a la Cámara y el Senado el 24 de enero de 1859 constituyen su expresión más acabada, con los que propugnaban para la fecha de composición de la obra (1899) “McKinley y sus amigos”. Modelos aquellos primeros en los que los “partidarios (cubanos) de la anexión creyeron siempre, y continúan creyendo, a pesar de todo”, ya “que por medio de aquella (la anexión a los modos de los Informes) podría alcanzarse para su patria amada la mayor suma posible de dignidad, de libertad, y de grandeza material y moral”, muy al contrario de lo que ocurría con los últimos (los de “McKinley y sus amigos”), encaminados más bien hacia la consecución de una Isla “gobernada militarmente, como colonia, o (considerada como) posesión habitada por gente de raza y civilización inferior, a la que hay que enseñar el arte de gobernarse, e indigna de ser dejada a sus propios destinos”, y que por tanto resultaban inaceptables a los anexionistas que mantenían dicha posición por patriotismo.
Es por ello que a partir de 1901 y actuando como si en verdad la telaraña de los poderes mundiales estuviese organizada a modo de un justo mecanismo de premio y castigo, premiando primero que nada las virtudes guerreras y los méritos bélicos de cada pueblo, y no como casi siempre en la realidad, lo abrumador de los números geográficos o censuales, o las bondades del subsuelo, los cubanos, creyéndose víctimas de un malintencionado despojo, serán cubanos por esa sorda aspiración que alienta en lo profundo de todos sus corazones a reponerse al lugar que creen merecer en la mentada telaraña. Lugar que como condición sine qua non deberá ponerlos a un mismo nivel con los americanos. Aspiración o más bien sentimiento, no obstante, que aunque corroe el alma, todos lo tienen por irrealizable… al menos hasta 1959.
El proceso revolucionario cubano que se hace del poder en esa fecha de ninguna manera puede ser clasificado en el grupo de aquellos procesos en que ciertas elites semi-occidentalizadas tratan de aprovechar algo de la occidentalización para evitar que sus culturas no occidentales sean relegadas en las escalas del poder mundial, o incluso absorbidas. En este sentido, si logramos desprendernos de ciertos prejuicios, veremos que solo otro proceso del siglo XX tiene claras semejanzas con él: el nacionalsocialista alemán.
En ambos procesos, sobre algunas diferencias significativas, como la de que en el cubano lo racional, al menos al nivel de discurso, predomina sobre lo irracional (en la actuación concreta la relación es a la inversa), se advierten innumerables similitudes:
- Los dos ocurren en naciones occidentales, aunque no del núcleo, que por su pasado y por su espíritu se creen merecedoras de una mejor posición en las telarañas de ese poder mundial que se globaliza. En el caso alemán solo recordaremos la larguísima tradición del Sacro Imperio Romano-Germánico, al cual durante siglos, al menos en teoría, se subordinaba hasta el poderoso Reino de Francia.
En el nuestro, además de lo más arriba referido, es bueno entender que Cuba, y por sobre todo La Habana, ha sido durante casi doscientos años el único pedazo de lo que fuera el imperio español que ha continuado viviendo como tal. Su único centro expansivo no anquilosado. Desde el cual se ha asestado la única gran derrota que España le infringiera a los nuevos imperios europeos que en los siglos XVII y XVIII pujan por despojarla de sus dominios: La que terminó por propinarle el corso cubano (en combinación con el vasco, para ser justos) a las piraterías y el corso de ingleses, franceses y proto-americanos. Pero también que Cuba es la única “España” en que el emprendimiento ha alcanzado cuotas semejantes al de los colonos ingleses de Norteamérica. No olvidemos que la única clase “tercermundista” que ha levantado una economía de plantación con recursos propios ha sido la de nuestros denostados “sacarócratas” de fines del Siglo de las Luces y principios del XIX: La sin comparación hemisférica Generación de 1793. - Naciones que han tenido como modelo de sus clases sofisticadas a otra más hacia el centro de occidente, pero las cuales a su vez, con sus actos hacia ellas, han terminado desilusionándolas de muerte en algún momento. En el caso alemán, la Francia revolucionaria, que con su maniquea identificación de lo germano con lo aristocrático y lo feudal, en contraposición a lo celta como lo popular y moderno, pero por sobre todo con el concreto expansionismo napoleónico del otro lado del Rin, terminará inspirando Los Discursos a la Nación Alemana, de Fichte, y luego la jerigonza oracular de Hegel; primer fundamento histórico del futuro nazismo. En el cubano, ya nos hemos referido más arriba a nuestra singular relación espiritual con los americanos.
- Ocurren, además, como resultado del desgaste de avanzados intentos democrático-constitucionales. Desgaste achacable más que a las propias falencias de dichos intentos (que en ambos casos las hay, sin dudas), a las expectativas nada realistas que en ellos ha puesto la mayoría nacional. Expectativas que se encuentran fuertemente predeterminadas por la exagerada idea que dichas mayorías tienen de la posición que debe merecer su nación en el contexto internacional, e incluso, para ciertos sectores intelectuales, por la creencia consciente en un destino que su nación debe cumplir en dicho contexto.
En conclusión: El proceso revolucionario cubano pertenece más bien al de aquellas naciones occidentales relegadas a un papel secundario en la globalización occidentalizante, y que poseedoras a su vez de un pasado imperial, han intentado revertir esa situación. O sea, que su naturaleza ha sido desde un inicio más cercana al nacional socialismo que al leninismo. La explicación de que haya tenido que reconvertirse superficialmente en un socialismo a la soviética está en el particular contexto internacional que le tocó vivir en los sesentas: En 1960 no había un hermano pueblo alemán que ayudara al régimen a que da paso la Revolución, el castrismo, en su ineluctable choque con los americanos. Es ese el por qué en la Primera Declaración de la Habana hubo necesidad de sustituirlo por otro pueblo hermano: el soviético.
