El pasado que nunca acaba de pasar

Sobre la novela El balcón en invierno, de Luis Landero

Jesús Villaverde Sánchez

 

El balcón en invierno
Luis Landero
Tusquets Editores, Colección Andanzas, 2014

 

luis-landero-narrativa-librario-otrolunes37La prosa de Luis Landero sugiere una de esas voces experimentadas, a veces aterciopeladas, a las que uno podría quedarse escuchando las horas muertas. Su estilo literario es una mezcla de personalidad y lirismo, de imágenes firmes y recuerdos; en definitiva, una construcción similar a la que cada ser humano lleva a cabo con su propia memoria de vida, como si fuese ésta un cuaderno de ruta.

En su nueva novela, El balcón en invierno, se aleja, precisamente, de la novela para echar la mirada atrás y dibujar un panorama por aquellas situaciones que le marcaron desde su adolescencia. Como si el autor quisiese hacer productiva la persecución de recuerdos que le sobrevienen, la memoria del joven Landero se desliza por las páginas con una elegancia y una finura muy estilizadas. “A veces el pasado no acaba nunca de pasar”, asegura el narrador.

El aprendizaje y el paso de la niñez a la edad adulta, previo paso por la convulsa adolescencia, vertebran la estructura de la obra, entre la novela y el ensayo. En palabras del propio autor “de eso es, entre otras cosas, de lo que tratan estas páginas, de cómo fui encontrando un sentido a mi vida en el oscuro y errático devenir de los años”. Errático, pero en ningún momento errante, es el avance de la historia, con saltos, vaivenes y vueltas a los recuerdos dejados atrás.

Y entre tanto, la literatura, la irrupción de los libros en la vida de un niño que creció sin ellos. La llegada del arte de leer (y posteriormente de escribir) como el principal motor de cambio en la existencia de ese joven: “Y luego, un día, no sé de qué manera, dejé de creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer”. El balcón en invierno es la novelización de una nostalgia, el retorno de los ojos de un niño a la mirada de su yo adulto. Landero expone su descubrimiento como quien enseña que acaba de evidenciar el dispositivo del paso del tiempo, “el secreto latir de una ciudad en marcha”.