De Ortega y Gasset a Mañach:
El vitalismo como existencia concreta del sujeto

Yoiner Díaz Rodríguez
Leodanis Torres Barrero

José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – Madrid, 18 de octubre de 1955) .

José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – Madrid, 18 de octubre de 1955) .

 

La razón física no puede decirnos nada claro sobre el hombre. ¡Muy bien! Pues esto quiere decir simplemente que debemos desasirnos con todo radicalismo de tratar al modo físico y naturalista lo humano. En vez de ello tomémoslo en su espontaneidad, según lo vemos y nos sale al paso. O, dicho de otro modo: el fracaso de la razón física deja la vía libre para la razón vital e histórica.

José Ortega y Gasset (Historia como sistema)

 

Desde su primer libro, Meditaciones del Quijote, de 1914, José Ortega y Gasset había expuestos ideas medulares sobre la dinámica sujeto-circunstancias, que habrían de tener efectos muy palpables en los derroteros metodológicos de Jorge Mañach. Allí aparecen criterios esenciales sobre la unidad del Mundo, sobre el pensamiento como reflejo de la realidad, sobre la relación como crecimiento y verdadero sentido de las cosas.

El circunstancialismo de Ortega y Gasset es un principio básico del método antropológico de Mañach, no solo por esa transferencia de un sujeto pasivo a otro activo, sino también, y podría decirse que mucho más, por sus implicaciones en su teoría cultural y su historicismo. En ese sentido, no podría exagerarse el significado de dejar de ver al hombre como un ser biológico, como naturaleza, para asumirlo como ser histórico-cultural.

yoiner-diaz-estelunes-4-otrolunes37En 1955 Mañach escribió «Imagen de Ortega y Gasset» en homenaje al autor de La rebelión de las masas. No es el ensayo que mejor sistematiza su pensamiento filosófico, pero sí es el de mayor profundidad teórica y el que contiene las claves metodológicas más elaboradas a las que se suscribió. Lo publicó en la Revista… en 1956, pero lo había expuesto como culminación del ciclo de conferencias organizado el año anterior por la Sociedad Cubana de Filosofía en homenaje al recién fallecido José Ortega y Gasset. Es su interpretación más sistemática del pensamiento del filósofo español, quien, como se ha reiterado, ejerce una influencia tutelar en esta generación.

Mañach ostenta el reconocimiento de ser el mejor exégeta cubano de su filosofía y su más fiel seguidor. No se trata de considerarlo un simple reproductor de aquellas ideas, pues no son pocos los momentos en que toma distancia crítica de ellas, ni es Ortega y Gasset la única fuente de que se nutre. Por otro lado, la verdadera originalidad del autor de Martí el apóstol, aparece cuando su vasta cultura filosófica, formada sin dudas, en la tradición del pensamiento occidental, se aplica a la solución de los problemas concretos de Cuba. Mañach se proyecta como ideólogo de la burguesía nacional y las clases medias frente al orden oligárquico neocolonial.

Debe reconocerse, sin embargo, que el pensamiento de Ortega y Gasset le aportó los fundamentos teóricos fundamentales de su filosofía y su método; es por eso que, en cierto sentido, al interpretar sus ideas, se expresa así mismo. Eso le otorga un significado especial a este ensayo como testimonio de su propio pensamiento:

Desde hace más de treinta años Ortega y Gasset es una de mis grandes devociones de lector. Puede asegurarse que lo ha sido para toda la generación de que formo parte, con escasas excepciones acaso más detonantes que sinceras. Ni hay inconveniente en reconocer –usando una palabra favorita del propio Ortega y Gasset– que ha habido hasta una «beatería» orteguiana: cierto éxtasis más o menos incondicional ante su obra […] Pues sobre la gracia de la palabra tuvo la del pensamiento, que parece consistir menos en el poder de la verdad que en lo refinado de la verosimilitud. La misma contrariedad que en él hallábamos nos enriquecía provocadoramente. En una época todavía de mucho aldeanismo cultural del orbe hispánico, Ortega y Gasset nos traía aires de mundo, nos forzaba a sacudir las rutinas de opinión, a reconocer problemas insospechados, a prevenirnos contra la logomaquia y la «frasificación». Si no siempre podíamos aceptar sus dictámenes, rara vez dejamos de sentirnos luminosamente penetrados por ellos […] Si en alguna parte ejerció magisterio fue entre nosotros.1

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A la altura de 1955, Mañach es dueño de una formación filosófica consolidada; ya ha rebasado, como él mismo diría, la época de deslumbramiento, «cuando ya no estamos expuestos a algunas de sus reacciones olímpicas, la gratitud que le guardamos y la admiración, que con cada nueva lectura más se nos afincan, no han de vedarnos de juzgarle con un poco siquiera de aquella exigencia crítica que él nos enseñó y que tan severamente aplicó a muchos de sus contemporáneos.»2 Le critica la fragmentación y dispersión de su doctrina, el insuficiente asentamiento metafísico. «Prefirió orientarse hacia una filosofía de la vida humana, dejando así reducida su doctrina a una antropología no por profunda menos carente de verdadera raigambre metafísica.»3 A causa de eso -dice-, carece de proyección trascendente, de respuestas decisivas, que en él no se encuentran:

[…] Su repugnancia a la irracionalidad, a lo «místico», le impidió todo lo que no fuera meramente aludir a esos problemas primordiales y finales de cuyo misterio se alimenta lo que llamamos «angustia metafísica». De tanta luz que en él hay, Ortega y Gasset  carece de claroscuro, y por eso también como de bulto filosófico. Atento sólo a la forma de la vida, que consideraba esencialmente correlacional, no nos dijo cuál pudiera ser, en último término, la razón trascendente de ella, su sentido extraempírico. No habló de destinos últimos, sino de destinos históricos. De aquí que su misma filosofía de la vida y de sus contenidos, privada de referencias ulteriores, se quedase atenida a una elucidación descriptiva y crítica, más que propiamente explicativa; a una programación sin justificación.

Por supuesto, desde los criterios y métodos adoptados por Ortega y Gasset, así tenía que ser. A pesar de su desdén hacia el positivismo formal y hacia el pragmatismo, su pensamiento es, después de todo, una suerte de positivismo plenario, para el que se declaró alguna vez propicio – un positivismo vitalista, no poco matizado de instrumentalismo.4

He aquí un acercamiento a las distancias que marca Mañach con respecto a Ortega y Gasset. Ese que le cuestiona al filósofo español cierto coqueteo con el funcionalismo positivista, es el mismo que, siguiendo su rastro, elabora la teoría condicionalista y le reconoce al positivismo y al pragmatismo, como una fortaleza, la asociación de la metafísica y la práctica, o sea, el haber incorporado la experiencia a la reflexión filosófica.

Mañach tiene razón en cuanto a la dispersión del pensamiento de Ortega y Gasset y a su incapacidad para la sistematización metafísica; se quedó, como él dice, en el entramado antropológico de la vida y su práctica concreta, sin elaborar respuestas a los grandes problemas que se planteaba la filosofía. Tampoco lo hizo, sería pedirle demasiado, pero se observa en él una inclinación mayor hacia ese terreno, sobre todo en cuanto a la autonomía que le otorga a la conciencia con respecto a la realidad. Ortega y Gasset es más ontológico, se apega más al ser; Mañach en cambio no descuida la base material de la vida, pero sitúa la prioridad en los procesos del espíritu. Esa es una distinción que marca su método y su teoría de la cultura.

En La Habana, los escritores cubanos Alfonso Hernandez Catá, Juan Marinello, persona sin identificar, Jorge Mañach y Conrado Massaguer.

En La Habana, los escritores cubanos Alfonso Hernandez Catá, Juan Marinello, persona sin identificar, Jorge Mañach y Conrado Massaguer.

Mañach elabora una teoría de la cultura, que sitúa su prioridad en el campo de los valores y de la conciencia. Eso le sirve de instrumento metodológico para recosntruir la historia de la cultura nacional cubana, cuya esencia él sitúa en la forja de una conciencia nacional que diera corporeidad a la nación. Desde esa concepción, no ve la cultura como un adorno del espíritu, sino como una necesidad ineludible de todo pueblo que busca la realización de su adultez histórica en una nación consolidada e independiente. Para él, la solución de los problemas de Cuba pasaba, necesariamente por la elevación del nivel cultural de su pueblo, cuya primera preocupación habría de ser la creación de un sistema de valores nacionales, la creación de un estado de conciencia nacional.5

El otro cuestionamiento importante es la poca proyección social y moral de la filosofía orteguiana, su escaso comprometimiento con los ideales de justicia social y de libertad.

Quien jerarquizó tan lúcidamente los valores, no siempre nos orientó hacia los más altos. Pasado el fervor socializante de su juventud, una creciente «sofisticación» mundana y su impenitente aristocratismo llegaron a hacerle parecer insensible, por ejemplo, a los ideales de justicia social y de libertad que son hoy la pasión del mundo. De tanto hacer de la vida razón de sí misma, tendió en exceso a la autojustificación de ella, o de lo más patentemente «vital» en ella, como la fuerza; o bien a exaltar con cierta frivolidad lo puramente estético y deportivo. En suma: tuvo Ortega y Gasset la inteligencia prodigiosa; pero no la generosa pasión, salvo en lo tocante a los problemas de España. Caudaloso de ideas, le faltaron ideales de sentido moral y de dimensión humana. Nos ilumina, mas no nos calienta el alma.6

Esa sí es una fortaleza de Mañach que lo distingue radicalmente de Ortega y Gasset. Estos reproches no le impiden repasar la filosofía orteguiana y mostrar sus simpatías por ella. El primer problema que plantea Mañach es cómo Ortega y Gasset resuelve la relación entre la realidad y la conciencia, entre el pensamiento y las cosas. Concluye que el polo más firme de Ortega y Gasset es el sentido de la realidad exterior. Las cosas existen y la función de la mente al conocer, es ajustarse a ellas.

Sin embargo, lo que realmente le cautiva es la solución de unidad que ofrece el español:

El pensamiento es quien, al ordenar esas imágenes, construye la única visión del mundo que podemos tener. Mas, por otro lado, Ortega y Gasset tiene también la sensación, como la tenemos todos, de que esas imágenes no las fabricamos, no las inventamos nosotros, sino que hay algo fuera de nuestra conciencia de lo cual proceden, algo que no podemos cambiar a nuestro antojo y que se nos acusa, pues, con un carácter general de ´resistencia´. ¿Cómo resolver esta dualidad a que el conocimiento se ve sujeto?7

Ese es el problema que él resuelve en su teoría sobre el condicionalismo mutuo entre lo material y lo espiritual, que habrá de irradiar hacia su concepción de la historia y la cultura:

Recordemos que todo filósofo genuino es, como antes dije, un apasionado de la unidad. Ortega y Gasset no puede evadir ese desideratum, raíz de todo anhelo de sistema. El mismo señaló, además, el carácter conciliatorio de la filosofía de nuestro tiempo. Se trata, pues, de ver cómo nuestro filósofo concilia lo subjetivo con lo objetivo, y la demanda unitaria de la conciencia con la intuición insuprimible que tenemos de la variedad de las cosas […].

Yo creo que en el modo de esa conciliación está el gozne de la filosofía orteguiana.8

Precisamente ahí también está el centro de la filosofía de Mañach, es lo que él mismo definió como tercera posición. Solo que en Mañach se carga la mano hacia la conciencia y en Ortega y Gasset hacia las cosas. El verdadero concepto clave de Ortega y Gasset es la relación, opina Mañach. Eso lo lleva a una concepción unitaria y dinámica del mundo, donde cada cosa adquiere su verdadero significado y se potencia en relación con las demás. «Afirma que la realidad misma es relación, o, más exactamente, relacional. Esto es lo más importante y lo más nuevo».9

Nada hay solitario y estancado, cada cosa es un pedazo de otra, existe en relación y ese es su verdadero significado; la esencia de cada cosa se resuelve en relación:

En otras palabras, la realidad que efectivamente existe se nos presenta siempre en nuestra perspectiva como una co-realidad. Este vocablo no ocurre en Ortega y Gasset; pero me parece útil para sugerir en toda su dimensión la idea central de que se trata. La palabra que Ortega y Gasset emplea es «coexistencia». El tipo de relación que considera dominante en el mundo físico, al que se refiere enseguida, no es la causación, la sucesión o la identidad; es la coexistencia, la correspondencia. Coexistir –dice– no es «un mero yacer una cosa junto a otra», sino un corresponderse entre sí. Esa correspondencia es lo que determina el ser de cada cual.10

Ya se ha visto el significado de ese concepto en el pensamiento filosófico de Mañach y se apreciará de manera muy particular en su teoría de la cultura y de la historia. El vitalismo viene a ser el cauce donde desembocan todos los ríos de Ortega y Gasset. Él tiene una concepción de la realidad toda como vida; incluso ve el pensamiento como una función de la materia, al término de otorgarle carácter orgánico a los fenómenos del espíritu. O sea, tiende a objetivizar los procesos de la conciencia, considerándolos funciones vitales del universo.

La razón, integradora de las imágenes, corresponde de tal manera a la realidad que es como una función de ella. «La razón no es un mero instrumento humano para aprehender la realidad; coincide en cierto modo con ella: es ella misma «un fenómeno cósmico»11, comenta Mañach con cierto reproche. El cubano define esa posición como la síntesis orteguiana final. Él asumió sin reservas el vitalismo orteguiano, pero más bien como biografía, como existencia concreta del sujeto. Fue reacio a esa objetivación de la conciencia. Mañach pone en relación y mutuo condicionamiento lo material y lo espiritual; pero protege la autonomía del espíritu con respecto al mundo objetivo.

El circunstancialismo está unido al vitalismo en tanto este sea considerado como existencia concreta del sujeto. Mañach desliza una crítica sutil al «Yo soy yo y mi circunstancia» de Ortega y Gasset.

La frase se hubiera entendido mejor si Ortega y Gasset hubiese dicho: «Mi vida está hecha de mí y de todo lo que me rodea». Estrictamente, el yo es la conciencia; en sentido más amplio es toda la persona un sistema de relaciones, y aun pudiéramos decir de proporciones, entre la vitalidad, el alma y el espíritu de cada cual, y entre estos y el mundo exterior. La circunstancia no la constituyen sólo tales o cuales condiciones inmateriales y físicas en rededor mío; es todo aquello con que yo me encuentro para mi vida –incluso mi alma y mi cuerpo.12

Vitalismo, circunstancialismo y condicionalismo, configuran una unidad. Coincide perfectamente con Ortega y Gasset en cuanto al vitalismo como relación activa del sujeto con sus circunstancias.

Ahora bien: lo uno condiciona lo otro. Lo que nos limita, también nos determina. El yo a secas, independiente, es una abstracción, porque no hay una naturaleza humana permanente. El yo se concreta en carne y hueso; pero lo que constituye la vida de esa concreción individual son sus relaciones con lo que está fuera de ella. El vivir de cada hombre es lo que le pasa y lo que hace; son las incitaciones que recibe y las reacciones con que contesta; es, sobre todo, el hacer que él mismo elige entre posibilidades innúmeras: un hacer hacia las cosas, un ocuparse y comprometerse con ellas. Tampoco la vida en abstracto existe, por consiguiente; su ser es su actividad, una constante elección de quehaceres que lleva implícita la libertad.13

En Mañach es clave esa relación entre elección y libertad. La teoría orteguiana sobre la historia y la cultura son temas que Mañach roza en este ensayo. Lo mismo ocurre con la teoría estética. Se comentará mejor la crítica de Mañach al relativismo ético de Ortega y Gasset, que asocia el acto moral con la fidelidad del sujeto consigo mismo, con sus necesidades vitales:

Resulta en verdad difícil no ver en esta doctrina, según la cual el único pecado es la falsificación, la hipocresía, un peligroso relativismo ético. Sin duda, la vida se enriquece como espectáculo con esa exclusión de toda norma que ella misma no sancione. Pero la estimación primordial de los valores más vitales deja los criterios éticos expuestos a las mayores indulgencias.14

El sentido de la moralidad en Mañach es otro: se sustenta en la armonía de la conducta con los intereses personales y los colectivos, y queda intrínsecamente vertebrado a un orden de cosas, basado en la justicia y la libertad. Resume del siguiente modo lo que le parece lo esencial del aporte de Ortega y Gasset:

Si echamos ahora una mirada de conjunto al cuerpo de doctrinas que he tratado de resumir, lo que más original e importante nos parece es la idea, poderosamente sustentada, de un nuevo tipo de razón, o más exactamente, de una nueva función de la racionalidad. Por siglos se pensó que la inteligencia sólo tenía una tarea: penetrar, por la intuición y el análisis, en la realidad supuestamente única, a la que se atribuía una estructura fija y en la que se incluía la naturaleza del hombre. Al intuir que esa estructura no es una esencia, sino una coexistencia, y que es la relación de mutua dependencia lo que constituye el ser de las cosas individuales, su «vida», anticipó ya Ortega y Gasset una revisión de la idea de la Naturaleza misma, ajustándola al concepto vitalista. Esta concepción le llevó a penetrar más hondamente en el ser del hombre.15

Notas del artículo

  1. Mañach, Jorge: «Imagen de Ortega y Gasset», en Revista Cubana de Filosofía, Vol. 4, No. 13, La Habana, enero-junio de 1956, p. 123.
  2. Ídem.
  3. Ibídem, p. 124.
  4. Ídem.
  5. Segreo, Rigoberto y Margarita Segura: «La ilusión proteccionista», en Op. Cit., pp. 65-66.
  6. Mañach, Jorge: «Imagen de Ortega y Gasset», en Revista Cubana de Filosofía, pp. 124-125.
  7. Ibídem., p. 111.
  8. Ídem.
  9. Ibídem, p. 112.
  10. Ídem.
  11. Ídem.
  12. Ibídem., p. 116.
  13. Ídem.
  14. Ibídem, p.120.
  15. Ibídem, pp.120-121.

Del Autor

Yoiner Díaz Rodríguez
(Báguanos, Holguín, 1983). Poeta, investigador y escritor para niños. Licenciado en Estudios Socioculturales (2007). Máster en Historia y Cultura en Cuba. Es Profesor Asistente de Filosofía en la Universidad de Holguín. Obtuvo los siguientes premios: Segundo Premio Primitivo Arcos (poesía, 2007), Premio Nuevas Voces de la Poesía (décima, 2008), Premio Oro Nuevo (ensayo, 2010), Premio de la Ciudad (ensayo histórico, 2011), Premio Memoria Nuestra (Investigación, 2011 y 2012) y Premio Regino Botti (ensayo histórico, 2012). Tiene publicado los libros ¿Qué será? (Literatura para niños, Ediciones La Luz, 2011) y Del hecho al dicho (Coautor, Ediciones Holguín, 2011), Orquesta Hermanos Avilés: Centenaria y mambisa (Coautor, Ediciones Holguín, 2012), Un proceso cultural cubano: Del determinismo jurídico al derecho antropológico en la República (Coautor, Editorial Académica Española, Alemania, 2012) y Desentrañar el mito: Idealismo filosófico y nacionalismo liberal cubano (Coautor, Editorial Académica Española, Alemania, 2012). Aparece incluido en la Antología de la Décima Tanática Cubana Tomo II, (FAH, 2007). Textos suyos han sido publicados en las revistas Río Hondo (México), Carta Lírica (Estados Unidos) y Azahares (España). Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y de la Sociedad Cultural José Martí (SCJM).