Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.
Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.
Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.
Redacción de OtroLunes
Los ardores de Donna Maradona
(Segunda de dos partes)
Tras el limpio fracaso con la adolescente y perversa Ratita, a la que sedujo (o más bien por la que fue seducido y abandonado en pleno estropicio de amor) el Doctor Amóribus afronta un caso difícil: vulnerar la insufrible doncellez de una elefantiásica entidad en un baño de vapor).
II.8
Como buen macho, el amoroso comenzó a impacientarse, en diciéndose que si la hembra frondosa seguía traveseando con su mosquete, tarde o temprano iba a disparar con las consecuencias terribles de que la mujer, acaso frustrada en sus expectativas de fornicio primero, legal e inmiscuido, orgasmo clitórico y vaginal sin disculpas o desviaciones, se enojase e utilizara sus doscientos o más kilos para agredirlo intentando que él le fregara con el tontón la tontaina, ya sea montándola o montándose, lo que terrible sería, pues dos placeres o alivios se aparejarían, el de la venida y el de que hiciera el horrendo favor de quitarse de encima.
Por todo ello el Doctor Angélico, convertido agora en San Benito del Amor, que no redimiría negritos africanos o indios cunas sino gordota tontaina en baño ejecutivo, decidió buscarle el ángulo, acomodarla, encontrarle el lado correcto, manejarla con cuidado con el objetivo obvísimo de involucrarla a fondo, pero la hembra, sin duda de la especie mostriloide, no gustó para nada de tales manifestaciones y trasteos, que tenía su dignidad y su cuerpo no era mueble para empujarlo de tal manera y en lugar de propiciar el ayuntamiento, lo que hizo fue imitar los empujones, que amparados en la ley de la gravitación universal, llevaron al victimado monjito a caer cinco metros más allá, adonde se allegó la gordota con más celeridad de la imaginable, para proceder a un segundo empujón, más vigoroso que el primero, y al segundo empujón siguió otro y luego otro, de modo que pronto el asombrado consejero espiritual comenzó a escurrir la sustancia de la vida por heridas muy bien dispuestas y la elefanta marina iba pasando de la risita a la risota, a la carcajada, al grito libertario y vengativo.
II.9
Cobarde sobremanera hubiese sido que Amado comenzara a gritar. Sin duda hubiese sido más fácil y expedito. Pronto hubieran arrimado los guardianes del inmoral orden. Pero el técnico del amor, que conocía sus responsabilidades y los riesgos a que se exponía con el desfogue de sus impulsos, concluyó que no iba a dejarse vencer por el volumen, pues que la calidad de su amoroso continente había hecho calmar a bestias más tenebrosas y recordó la sentencia aquella de que
monstruos terribles hay en la tierra y en el mar, pero ninguno como la mujer
y munido con ésta y otras razones buscó la forma de resolver el conflicto, pues cada mujer tiene su punto flaco y cada problema matemático su incógnita y su desaguadero, que en unas es la poesía y en otras el hacerse el desvalido y en otras el convertirse en fiera y en otras hablarles de escritores famosos o de películas buenísimas con final triste. Y mientras iba de un lado a otro empujado por Donna Maradonna, el sufridísimo se devanaba los sesos buscando el lado flaco de aquel engendro, que resultó ser, y lo supo el atribulado como por iluminación, el llamarla como gatito.
II.10
-Ven acá minina, pst, pst.
Con lo que permaneció quieta y su gesto de crueldad se fue reblandeciendo y en vez de agredir, la hembra se dedicó a posar y luego, despatarrada, enseñando el fulgor bermejo de su caracola, jugó con sus atributos mamilares echándoselos al hombro y luego aprisionándolos entre las piernas, y el patético seguía psst, psst, al tiempo que pensaba que todo ser humano es como una computadora que de vez en cuando se desboca y hay que buscarle la tecla para que deje de estar haciendo lo que obsesivamente hace.
-Pssst, psst, minina.
Y la mujer hacía una cabriola, y se ponía de perrita haciendo pipí y en su rostro crecía una furia de expectativa, que el ecléctico supo descifrar: quiere aplausos: pues aplausos lo dio.
Y ante los aplausos Donna Maradonna reaccionó de una forma perfectamente normal: paró en seco sus visajes y sus poses, de la misma forma que se detiene una computadora cuando le dan la tecla de control.
A partir de ese punto el capitán ya no supo qué hacer. Si volver a susurrarle psst, pssst, para que renovara sus esperpentos, o hacerle un nuevo acercamiento, más cariñoso y medido, en busca de sus zonas de erosión sentimental, o de plano hablarle de forma más racional exponiéndole algún tema de altura o simplemente ofreciéndole servicios de consultoría sentimental y/o erótica.
Por lo pronto tenía a Donna Maradonna inmovilizada, casi sin aliento, a la espera de la próxima movida.
Y de pronto se le alumbró el foco de las emergencias y optó por contarle cuentos de hadas muy particulares, donde todos los protagonistas en lugar de acometer hazañas y matar endriagos, se dedicaban a deshacer doncellas, una tras otra, apelando siempre al uso de la sana imaginación y el más grande cinismo. Las doncellas y las princesas –obesas en todos los casos– resultaban más atrevidas y feroces que los príncipes cabalgantes, a quienes esperaban desguarnecidas del calzón y equipadas con una serie de aparatos de placer y felicidad que terminaban por dejar a los nobles caballeros desfallecidos y escarmentados, si no despellejados y luidos.
II.11
Donna Maradonna a medida que las historias aumentaban en color y amenidad, se le fue acercando de nuevo al amantísimo, sin usar su facultad humana de caminar erecta y sobre las plantas de los pies, sino reptando de la especialísima manera en que lo hacen los tlaconetes y se le terminó por adjuntar de forma en exceso confianzuda, lo que por un lado hizo sentir muy bien al consultor de asuntos eróticos y sentimentales, ya que lo persuadía de que sus dotes de seductor, tan necesarias para llenar a cabalidad su oficio sin defraudar a criatura atribulada alguna, y por otra comenzó a preocuparlo, puesto que se vio rodeado por un aroma que le recordaba la chicharroniza, la enorme paila con los trozos de cochino desollado, una especie de vaho entre aperitivo y nauseabundo, que salía en oleadas de ese magno cuerpo en celo y sus opulentos senos hallaron descanso en el regazo del apoplético y las pupilas de sus pezones extraordinarios hicieron bizco para mirar al cabezón sin orejas que se asomaba tímida, pero intrépidamente, pues sabía que la labor que iba a emprender, para honra, prez y alta gloria de su fama, sería comparable a la de David: tendría que seducir, vencer, derrotar, agotar y agobiar hasta dejar desfallecida a aquella homérica montaña de suspiros. Su proeza sería comparable a la de quienes derribaron con sólo trompetas y buen pulmón las murallas de Jericó o erigieron a puro sudor y lágrimas la Gran Muralla China.
II.12
El asunto había llegado a tal extremo y sinrazón, que no habría otra salida del laberinto sino acometer la puerta con el ariete, nada, nada de irse por las ramas y desanudar madeja, sólo llegar directo como aspirina al corazón –Joaquín Gutiérrez, ínclito poeta de nuestra parroquia, dixit–, a las entrañas de aquel territorio inhóspito: sería necesario buscarle la cuadratura a aquel huevo de tiranosaurio y seguir el desfiladero que llevaría a Damasco y la ruta propicia para rasparle el fondo del ánimo y sembrar en la tierra de las especies de las entretelas menos espaciosas de la doncella el mejor elíxir de larga vida. El gravísimo problema –atribuible del todo a la falta de experiencia del profesional del amor en asuntos de trato con pacientes o señoras de más de doscientos kilos– era el siguiente: ¿Sería el yucateco caballero capaz de trasgredir los umbrales de labios mayores, menores e intermedios, después de haberse quitado cortésmente la chistera, para llenar cavernas que no por inexploradas debían de ser poco anchurosas? ¿Alcanzaría el volumen indispensable para hacer tremolar la campanita de la alegría que toda mujer con más de tres dedo de coño y aun menos, tiene colgando del campanario y paladar ameno?
Es sabido que dudas y preguntas no caben demasiado en situaciones como la que afrontaba el hético –quién no recuerda que Don Quijote, Gargantúa, el Divino Marqués y otros valientes y desaforados, ofrecen ejemplos de cómo librar tamaños escollos– y que lo pertinente era recurrir a una praxis más guiada por el instinto que por sesudas lucubraciones.
Por encima y más allá de la pluma olímpica describir el embrollo y mostrencos llegues y retiradas, acometidas que sólo alcanzaron caminos sin salida avergonzantes, por encima y más allá de toda imaginación pretender dar fe de lo que estaba sucediendo; lo que se pone en el papel es reflejo distante, engaño, embeleco, sombra chinesca, y todo ello llevó a lo que podría entenderse como un triunfo más del amantísimo, o acaso un fracaso, nadie sabe bien a bien qué es la verdad y dónde reside el bien y dónde el mal: una íngrima gotita de bermellón líquido cayó sobre el blanco mosaico, acompañada por un grito, que fue maullido, balido, estertor, arrancando lento y piadoso y angustiante como una sirena a la distancia y fue aumentando, hasta terminar en una alarido desgarrado y aterrador como de ruptura final del velo del templo, para entregar a Donna Maradonna a la paz que ni siquiera pudo disfrutar y a Amado a la satisfacción del deber cumplido, que fue breve, pues entraron una suerte de caballeros vestidos con galas ejecutivas y guardaespaldas y sirvientas de cofia, que se llevaron a Donna sin dejar de hacer reverencias y lanzar sonrisas a Amado y agradecimientos, que no fueron sólo eso, sino monedas contantes y sonantes, dentro de un sobre plástico, un elegantísimo cheque con seis ceros y apenas el espacio en blanco para colocar el número correspondiente, y ¡ah cortesía y previsión!, una pluma fuente Pericot-Maluquier, con oro y marfil, que era sin duda la misma con que se había escrito la parte más vana pero significativa del cheque.
