"Desde nuestra profundidad más abisal"

Sobre la novela La faz de la tierra

Daniel Sarasola

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Daniel Sarasola

dice:

Abordar el maltrato y la violencia de género en una obra literaria requiere de una mirada  generosa que no juzgue a los personajes y sea capaz de mostrar en toda su complejidad motivaciones, causas y el entreverado universo de relaciones que condicionan comportamientos y actitudes. En mi opinión, esa debe ser la actitud del artista genuino en cualquier tema pero especialmente en este. Caer en el panfleto y en la denuncia simplificadora al hablar de la violencia de cualquier género en el ámbito familiar, es un peligro evidente que Juana Salabert sortea con enorme talento, zambulléndose en el alma de sus criaturas para bucear en las heridas que cincelan sus conductas.

La familia esa célula que nos construye y sustenta, la tela de araña que nos protege y estrangula si nos dejamos, es el gran tema que discurre como la lava bajo la punta del iceberg visible del maltrato concreto de Adela Mendes Punter, uno de los personajes centrales de La faz de la tierra, novela que en su momento me produjo rechazo y atracción enormes. A partes iguales. Desentrañarla un poco ahora como merecido homenaje al talento incuestionable de Juana me sirve también a partes iguales para analizar la naturaleza de aquel rechazo inyectado en “familiaridad y cercanía”, cruz ineludible de la otra cara: la de la fascinación por la palabra en estado de gracia que se convierte en escalpelo, en puerta en la oscuridad a la que asoma la parte maldita de nosotros mismos cuando nos reconocemos en perturbadoras reacciones racionales o emocionales de personajes de ficción.

Ya sabemos desde la Ana Karenina de Tólstoi aquello de que “todas las familias felices se parecen pero las infelices lo son cada una a su manera”. Como lo sabe  Isabel Palacios, la eficiente doctora que opera a Adela tras el accidente en autobús que la conduce al fondo de un barranco. Detectar parecidos en gestos aparentemente nimios pero reveladores, en las reacciones minúsculas de los “seres queridos” de Adela -que aguardan ansiosos en la sala de espera- provoca a la doctora oleadas de reflexiva introspección sobre su propia familia. Lo mismo le sucede a cualquier lector inteligente.

Ahí se encuentra precisamente el principal atractivo –junto con la elección atinada de la palabra precisa, la palabra cargada de cualidades físicas (a veces pesa, huele, es rugosa o lisa, contamina de colores que chorrean sensaciones…) que embrujan. Pero para detectar todo este delicado material -peligroso por inflamable- de forma contrastada, para mostrar sin ambages la relativa “bondad oficial” de algunos personajes, la agresividad destructora que hunde sus raíces en el desamparo y la prolongada falta de afecto, la venganza iracunda disfrazada de justicia y fría eficiencia, el pánico a la pérdida con ropajes de intolerancia y ansias de control, se requiere precisamente de una estructura eficiente que permita el contraste, los cambios de puntos de vista sobre los mismos aspectos de la trama. Precisamente porque cada criatura – incluso la capaz de los actos más abyectos- tiene su razón, Juana Salabert da voz a las suyas en igualdad de condiciones, brinda a todas la posibilidad de irrumpir en el relato bien pertrechadas de su mundo consciente e inconsciente. Poniéndose “en el lugar del otro” aún en el caso de Álvaro Batlló, el guapo marido maltratador que “detestaba oscuramente su belleza”, que se hubiera cambiado gustosamente por cualquier otro con tal de no provocar ese “estupor reverente y un poco inquieto que suscita casi siempre la exagerada belleza masculina”. Que se hubiera cambiado, sobre todo, por Adríán su hermano mayor y ojito derecho de Matilde Urondo, su madre. Ser capaz de crear personajes complejos pasa por saberse poner en su lugar, por brindarles la ocasión de expresarse en toda libertad, por saber dialogar con ellos, por intentar escuchar su voz y no imponerles la propia. En suma: por dejarles vivir en su genuina contradicción y rompernos los esquemas. Juana sabe muy bien que ser buen novelista exige un continuo ejercicio de tolerancia con ese “otro”, real o de ficción, que todos llevamos dentro. Y ella lo consigue.

Lo sabemos: cuando una obra de arte nos conmueve esencialmente es porque la forma es el fondo y viceversa. Porque “eso que se nos quiere contar”  es indisociable de la “forma en que está contado”. La desestructuración y la fragmentación individual de los personajes que componen el universo familiar Batlló-Urondo radica precisamente en la estructura fragmentada que combina personas narrativas, voces discernibles con nombres y apellidos que contienen otras voces huérfanas que pueblan el mundo inconsciente de los personajes, apelando a la profundidad más abisal del lector.

Cuatro partes con nombres y apellidos, decía. El primer capítulo de la primera es Ela, diminutivo de Adela, quien habla en primera persona desde el fondo del barranco del Uro al que se ha precipitado el autobús de línea Finis-Madrid en el que escapaba de su marido, apenas recuperada de la última paliza y de la muerte súbita de Román, su hijo recién nacido.  Repaso rápido por su adolescencia en Finis, la muerte de cáncer de su madre, su estrecha amistad desde la infancia con Jonás Zaldívar, su conocimiento de Álvaro en el instituto y su enamoramiento años después al reencontrarse en Berlín. En el segundo capítulo, Álvaro, el marido maltratador nos narra en tercera persona cómo acude al hospital tras el aviso de que su mujer ha ingresado en coma, incrédulo de que haya podido intentar abandonarle. Acompañado de Adrián, su hermano mayor, asiste a todos los trámites mientras se debate por contar la verdad y denunciarse a sí mismo, aunque finalmente no se atreve.

La segunda parte está compuesta por La reina del mundo 1, narrada desde el interior del cuerpo de Ela en coma. La niña que fue revive las voces de su infancia, tal vez impulsando a la vida a la mujer dormida. De entre todas, destaca la voz de la madre muerta que le asegura “tú eres la reina del mundo y las reinas del mundo no le temen a nada luego de su ceremonial de coronación, ni a las luces apagadas ni a las arañas ni  a los osos roncadores de los sótanos y respiraderos, y, ¿cómo, cómo pudo olvidarlo?”. En Jonás, el segundo capítulo, nos trasladamos a una isla del Índico a donde Jonás Zaldívar ha acudido en viaje de trabajo a rodar con su equipo un spot publicitario. De educación francesa y habiendo pasado parte de su adolescencia en Bruselas, Jonás recuerda en tercera persona su infancia acomplejada y difícil por su gordura y el desprecio de los demás chicos; su preocupación por Ela, que le ha pedido instalarse temporalmente en su casa madrileña, la  amistad que les une desde la infancia y el amor que posiblemente sigue sintiendo por ella. Recuerda sus estancias infantiles en Finis y en La reina del mundo, la sastrería de disfraces a medida de Joao Mendes el “portugués”, padre de Ela. La reina del mundo 2, nos devuelve  al interior del cuerpo de Ela, ya en el quirófano justo cuando se le está aplicando la anestesia antes de la delicada  operación para detener su hemorragia interna. Junto al rumor de voces del anestesista y su equipo, las otras interiores se interrumpen por la persistente Si yo muriera antes de despertar, por la imagen de su hijo muerto. Pero una voz antigua le impulsa a  aferrase a la vida, a la niña que fue.

La tercera parte lleva el título genérico de Sala de espera puesto que en ella se encuentran ya los tres personajes desde cuya perspectiva se nos completa la narración, siempre en tercera persona, mientras aguardan el resultado de la operación que la doctora Isabel Palacios y su equipo llevan a cabo, mientras aguardan tal vez metafóricamente, un cambio radical en sus vidas, que no se atreven a emprender:

  • Adrián, hermano mayor de Álvaro, brillante e inteligente, que se ha pasado la vida protegiendo a su hermano y que ahora comienza a sospechar que Ela escapaba de su marido. Hasta que atando cabos – el collarín en el cuello de Ela, su brazo en cabestrillo, las gafas ocultado la cara amoratada en el funeral de Román- comprende que es un maltratador pero no se atreve a denunciarlo.
  • Sofía: Mujer de Adrián, que ha intentado en vano quedarse embarazada (por culpa de los “espermatozoides vagos” de su marido) a través de la inseminación en vitro y planea la adopción, detesta a su suegra que siempre le recuerda sus orígenes humildes y somete a Adrián, su hijo dilecto, a chantaje emocional continuo.
  • Matilde contempla ansiosa a su hijo Álvaro adormilado por el calmante y comprende que nunca ha podido quererle porque la belleza de sus rasgos le recuerda la de los de su marido Aloys Batlló Wagener, a quien sorprendió, abusando de una niña de doce años en su despacho. La escena en cursiva va asaltando a trompicones la mente de Matilde hasta reproducirse por completo. Uno de los fragmentos más jugosos para uno de los personajes más potentes de la novela, esta matriarca que detesta a su nuera Adela  porque le recuerda a la joven ingenua y enamorada que fue -y que hubiera podido seguir siendo- si hubiera denunciado a su marido a tiempo, en vez de tragar por codicia y miedo a la vergüenza pública, convirtiendo su matrimonio en una lucha de poder implacable en la que ella había acabado triunfando, recuperando el control de la economía familiar, desposeyendo de todo a Aloys hasta confinarlo en la isla balear de donde vino.  Tan joven, tan milagrosamente joven, por Dios, con su aspecto de niña, la perturbadora voz de Aloys, tal vez referida a Adela o a ella misma, le asalta de continuo mientras recuerda cómo intentó sobornar a su nuera para que abandonara a su hijo a principios de su noviazgo.

La cuarta parte, titulada El final de la escapada vuelve en Ela a la recién operada, ya en la sala de reanimación, a las voces que parecen incitarle a escapar de la muerte, refugiándose simbólicamente en el solar que fue cobijo en su Finis natal de la casona indiana de los Bergara. Comprendiendo que “ha estado mucho tiempo perdida”, su propia voz parece mezclarse con la de su madre, “diciéndole ambas al unísono: levántate y habla”- Los dos capítulos siguientes en tercera persona, Antesala de reanimación y Sombras, están vistos a través de la doctora Isabel Palacios: el encuentro con la familia de su paciente en la sala de espera, desencadena una reflexión sobre su propia familia, sobre su desastrado marido Carlos, guapo y encantador como ese tal Álvaro adormilado que parece estar casado con Adela y que se resiste a abandonar el hospital. Sobre su hija Violeta, tan inconstante como su padre. Sobre su nieta Julia de siete años, que acaba de sufrir una hipoglucemia. Isabel, que hasta ahora no ha irrumpido en el relato, que solo ha sido citada como de pasada por los demás, capta la incomodidad abrasiva típica de las familias cuyos miembros a duras penas se soportan cuando están juntos. A partir de ahí se sumerge en una reflexión sobre la suya que tiende un puente para que el lector haga lo propio, en caso de que no haya descubierto ya coincidencias alarmantes entre los personajes de ficción y sus seres queridos reales. Aunque los síntomas coincidentes no hayan desembocado en los mismos y aciagos hechos, la sabiduría de la estructura parece alumbrar por un segundo la posibilidad de que todos tenemos en potencia la misma capacidad destructiva si nos dejamos llevar.

Pero enseguida volvemos a las Voces que componen la quinta parte. A monólogos en primera persona de esas sombras que pueblan la sala de espera: a la voz de Matilde  pidiendo que Ela despierte para que acaso lo haga también aquella joven Matilde  anterior a la bomba en la calle Goya que acabó con su madre; a la de una Sofía estupefacta que ha detectado la animosidad  repentina de Adrián hacia Álvaro mientras deja cariñosamente que su cuñado semidormido se acurruque junto a ella; a la de un Adrián irritado ante la actitud cariñosa en exceso de Álvaro y Sofía que decide denunciar a su hermano y evitar que Ela vuelva con él si despierta, mientras la llamada de su padre Aloys interrumpe sus pensamientos. Al sobrecogedor monólogo de un Álvaro que quiere ser lo primero y lo único que su esposa vea cuando despierte. Decidido amarla como en la época de Berlín. Pero que, si Ela muere, está dispuesto a llevársela a su casa, llenarla de flores, a maquillar su cadáver encantado de que Ela ya nunca le pueda abandonar (porque “a mí nunca me ha dejado ninguna mujer, siempre he sido yo quien las dejaba a ellas”).

De nuevo a la tercera persona para dar voz al propio Aloys Batlló Wagener en el capitulito titulado Acecho, que lo sitúa en el chiringuito insular en el que trabaja llevando la contabilidad, mientras maquina cómo tirarse a Verena, la hija del matrimonio que lo regenta. Y de ahí nos trasladamos de nuevo en El centro de la tierra a la angustia de Jonás, todavía en su isla del océano Índico, ante el silencio persistente: “Dónde te has metido Ela, joder, qué te ha pasado”.

La novela se cierra con un concierto de voces que tiene lugar en el interior de Ela. Tal vez pertenecientes a todos o solo a algunos de los personajes anteriores. Tal vez una sea la voz de la niña que fue y otra la de su madre, captadas en un estado ya de semi-inconsciencia que remite a un posible e inminente despertar. A la capacidad de Adela de estar en todas partes y de haber podido incluso leer el pensamiento de sus seres queridos. Tal vez las frases salteadas y de apariencia se entrevere con el discurso del lector, con nuestro propio flujo de conciencia. En nuestra profundidad más abisal, a donde solo los grandes escritores llegan..