El filme Cuarteles de invierno (1984) basado en la novela de igual título y año de publicación reafirma doblemente la presencia de Osvaldo Soriano (1943-1997) en el cine y en la literatura como un autor de éxito1.
La adaptación cinematográfica de 115 minutos de duración estuvo a cargo del conocido actor y director chileno Lautaro Murúa2.
En cierta forma el filme funciona como una saga de una novela anterior (No habrá más pena ni olvido) igualmente trasladada de la palabra escrita a la imagen cinematográfica3.
Tanto en las novelas como en los filmes las acciones transcurren en un ficticio poblado de la periferia de la provincia de Buenos Aires denominado Colonia Vela que tiene “un doble” real en la geografía de la Argentina en el poblado llamado Capitán Sarmiento.
En lo que al tiempo ficticio transcurrido entre uno y otro filme se refiere el cambio es mínimo pues solo median unos pocos meses, sin embargo, todo parece haber cambiado drásticamente. Colonia Vela ya no es el escenario de las luchas fratricidas entre los bandos rivales del peronismo, ahora el pueblo está en poder de los militares que después de haber ganado la “guerra sucia” contra la hueste opositora han entrado en estrecha alianza con los políticos y los ricachos.
El filme Cuarteles de invierno transcurre entre el atardecer de un día sombrío y frío y el amanecer del siguiente día igual de sombrío y frío. Y de principio a fin será un filme marcado por la tristeza, el olvido y la desolación.
A Colonia Vela, en tren, desde la gran metrópolis de Buenos Aires, llega un par desigual de idéntico desclasado status: el boxeador en proceso de jubilación Tony Rocha (actor Eduardo Pavlosky) y el cantor de tango también en proceso de retiro Andrés Galván (actor Oscar Ferrigno).
El dúo Rocha-Galván no se conoce entre sí y su presencia en el pueblo se debe a que son invitados de honor al festival de “la pacificación” de la llamada Junta de Reorganización Nacional. Y serán los huéspedes de un anónimo señor Suárez, un anfitrión del que muy pronto sabrán su verdadera identidad: el teniente coronel Suárez (actor Arturo Maly), todopoderoso factótum de Colonia Vela.
Ya de noche el dúo Rocha-Galván tras ser revisadas sus identidades y pertenencias por los militares comparten cena y pensión y empiezan a ser copartícipes mediante comentarios a media voz de los secretos y misterios ocultos del pueblo.
Hace ya tres años que el ejército, la policía y los paramilitares controlan el pueblo. Los militares patrullan las calles montados en jeeps, portan armas y otro tanto los policías de uniforme y de civil en autos Ford modelo Mustang que son emblemáticos de la represión4.
Gráficamente un parroquiano del café en el que cenan y desayunan les hace saber al dúo Rocha-Galván el pasado y el presente.
– Los militares no dejaron perro con cola en el pueblo.
Una parte de la población se ha ido a vivir a otras zonas o al extranjero, otra parte se ha auto exilado en sus casas con el perenne recuerdo de las pasadas víctimas de la represión de “la guerra sucia” (el alcalde Fuentes, el piloto Cerviño, el loco Peláez) y el temor de que puedan ser las próximas víctimas.
El Dr. Águila Bayo, que se esfuerza por ser la cara amable de la Junta de Reorganización Nacional, invita al dúo a su mansión para hacerle saber las “reglas del juego”.
A partir del encuentro con el comisionado la mayor parte de las futuras incidencias del filme adquieren un tono previsible que le restará dramatismo aunque el director se esfuerce para que la atmósfera sea cada vez más de humor negro y absurdo.5
Serán de previsible tono de humor negro una serie de secuencias que en conjunto ocupan en pantalla la mitad o más del filme.
- La regla de oro de la estancia del dúo Rocha-Galván en Colonia Vela será que ambos deben destacar en sus presentaciones el exitoso rol del ejército en las tareas de pacificación.
- El encuentro fortuito entre el bóxer Rocha y Martita (actriz Adriana Ferrer), la hija del Dr. Águila, desembocará en un futuro involucramiento sexual clandestino de los amantes desnudos en el lecho sorprendidos por el cantor de tangos Galván.
- La respuesta del cantor de tangos Galván cuando los militares le hacen saber que vendrán por él en la mañana para llevarlo a misa en la iglesia.
-Vine a Colonia Vela a cantar no ha confesar
- La presencia del dúo Rocha-Galván en los cafés y en las calles de Colonia Vela levantará las más disímiles reacciones. Unos como Mingo (actor Ulises Dumont) se mostrarán solidarios con los forasteros y “les abrirán los ojos” sobre las intenciones de los militares al traerlos a Colonia Vela; otros tomarán el gesto del bóxer Rocha, que saluda a todos levantando los brazos, como una risueña parodia rioplatense de Rocky Balboa.
- En las paredes aparecerán amenazadoras pintas en alusión a los visitantes de Buenos Aires.
“En cada Rocha un torturador” denuncia una frase y otra advierte “Galván cantor de asesinos”.
¿Quiénes son los autores de las pintas? ¿Militares en activo? ¿Militantes peronistas anónimos? ¿Provocación? ¿Auto provocación?
- No aparecerán los culpables y los militares, por sí o por no, se apresurarán a cubrir con cal los escritos y a tomar las anónimas denuncias públicas como una excusa para aumentar la represión.
- Galván no le firmará el autógrafo a un policía que se lo pide a punta de metralleta y lo llevarán al comando y le dirán que le van a pagar aunque no cante pero tendrá la obligación de regresar a Buenos Aires esa misma noche.
Un punto de viraje o de inflexión realista dentro de una narrativa visual signada por el previsible tono de humor negro ocurre más allá de la mitad del filme cuando Galván, acompañado de Mingo –un sobrevivientes del peronismo en Colonia Vela que será asesinado por un comando parapolicial-, se acerca a una casona iluminada en medio del campo (burdel) donde los militares festejan con mujeres y bebidas anticipadamente el triunfo en el ring del sargento Marcial Sepúlveda.
El sargento Sepúlveda ha asumido la pelea como una orden de victoria o muerte dictada por el mando y jura delante de sus compañeros uniformados que colman el interior del teatro municipal de Colonia Vela que saldrá coronado campeón del ring.
El cantor Galván se da cuenta que todo ha sido un “teatro dentro del teatro” preparado de antemano y se esfuerza por alertar a su compañero Rocha que el acto final de la farsa se avecina. Ambos deben tomar una decisión: acatar la voluntad de los militares, del comisionado Águila y de los ricachos del pueblo o rebelarse contra la previsible derrota que les tienen programada6.
Optan por la segunda solución. En los minutos que restan del filme tratarán de salir adelante dignamente y lo harán con cierta sagacidad no exenta de inocencia y candor si se confronta con la mala voluntad de la trilogía del poder (militares, políticos y burgueses) que gobierna a Colonia Vela.
En medio del teatro Rocha reta al sargento-bóxer Sepúlveda e increpa a los militares. El gesto desata la ira del anfitrión, el inefable teniente coronel Suárez, gran factótum de Colonia Vela, al que todos temen. Rocha interrumpe el discurso del teniente coronel y grita en medio del teatro delante de los militares mientras la policía lo arrastra a la fuerza.
-¡Me cago en este pueblo de mierda y en todos ustedes!
La frase estentórea hará aún más previsible el final que le aguarda. Una vez que se trasladan al complejo deportivo en el que tendrá lugar la pelea, Galván se olvida de su oficio de cantor de tangos y le pide a Rocha que le deje ser su manager.
Rocha le pone como condición que si no se lo pide no pare la pelea pactada a diez rounds aunque lo estén moliendo a golpes. Impone una segunda condición: pide un minuto de silencio por la memoria de Mingo, el peronista que murió ahorcado por la policía en una casucha de las afueras del pueblo
El encuentro tendrá más de función dominical de coliseo romano que de pelea boxística. Y de nada vale que en un momento determinado un golpe de suerte permita que por unos segundos derribe al sargento Sepúlveda. Nada, de forma irremediable, predeciblemente, Rocha perderá la pelea.
Por si fuera poco la presencia de la plana mayor del regimiento militar sentado en la platea un helicóptero con un potente foco de luz prendido sobrevuela el ring todo el tiempo mientras a Rocha, literalmente, lo despedazan a golpes.
Su rostro en primer plano, irreconocible, bañado en sangre y con docenas de moretones, rebotará una y otra vez en la pantalla golpeando la conciencia del público que mira el filme.
No la de los militares de uniforme o de civil que gritan alentado a Sepúlveda a que termine de matar a golpes a Rocha mientras en el cielo de Colonia Vela estallan los cohetes de artificio celebrando doblemente la victoria del ídolo local el sargento-bóxer Sepúlveda y la muerte en el ring del bóxer-forastero Rocha.
Consideraciones finales
Al llegar a este punto tendría que aparecer en pantalla predeciblemente el fin, pero la secuencia final nos reservará una sorpresa no del todo predecible como ha sido el tono dominante anterior de aproximadamente 1 hora y 45 minutos.
Pareciera que el director “se juega el final a una sola carta o golpe de efecto”.
En una larga secuencia que ocurre al amanecer de la salida -sombrío y frío como el atardecer de la llegada- el cantor de tangos Galván emprende el camino de regreso del pueblo a la estación de trenes arrastrando por las calles desiertas la camilla metálica en la que yace tieso como una momia su compañero, el bóxer Rocha.
La larga secuencia final con una duración de unos 3 minutos y 40 segundos va acompañada, como el resto del filme, de la interpretación sonora sin asomo de voz de un tango por el maestro Astor Piazzola: lo que se dice un verdadero éxtasis melódico arranca-corazones.
¿Acertó o se equivocó el director Lautaro Murúa al dejar para el final el estallido de la carga emotiva que se había ido acumulando en los restantes ciento y tantos minutos del filme?
¿O será que al ser el boxeo el tema central el director se contagió y para evitar perder la pelea por puntos metafóricamente quiso ganar por knockout?
Solo un año media entre la adaptación cinematográfica por Héctor Olivera de la novela anterior de Osvaldo Soriano No habrá más penas ni olvido (1983) y la realizada por Lautaro Murúa de Cuarteles de invierno (1984).
Toda adaptación de un texto literario al cine supone de una parte el apego al texto original y de otra parte el despegue creativo del texto en cuestión.
El desbalance entre ambos extremos de la tensa cuerda que es trasladar la palabra escrita a la imagen cinematográfica supone el éxito o el fracaso.
Un año antes (1983) Héctor Olivera se anotó un gol con la versión fílmica de No habrá más penas ni olvido, un texto que puede ser leído y visto dividido en dos mitades: una primera mitad cómica hasta el derroche de la risa y una segunda mitad trágica hasta la efusión torrencial de las lágrimas.
Al examinar ambas mitades encontramos un sostenido esfuerzo por parte del director de mantener el colorido de la historia, el brillo de las anécdotas y la celeridad de vértigo (thriller) de la narración de principio a fin.
¿Ocurre igual con Cuarteles de invierno (1984) llevado a la pantalla un año después por Lautaro Murúa?
Si se compara el segundo texto de Soriano (Cuarteles de invierno) de atmósfera lenta y opresiva con el primero (No habrá más penas ni olvido) lleno de “sonido y furia, aquel funciona más por la acumulación de detalles que este por el tremendismo de la acción y los estallidos de cólera de los personajes7.
Y aunque la tristeza de la música de tango de Piazzola enmarca al par de héroes “humillados y ofendidos” por la junta militar puede que no sea del todo un buen recurso dramático “jugarse entero” el filme a los tres minutos finales.
Podría sobrevenir la duda de si ¿hemos visto un filme que es una obra de arte o para seguir con las analogías boxísticas fuimos tomados por sorpresa con “la guardia baja” en el último round por un golpe de efecto?

