UMAP: un engendro demasiado absurdo para ser cierto

José René Rigal

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Ninguna sociedad debe ignorar sus errores.
Reconocerlos y dolerse de ellos
es la única manera de evitar su repetición.

 

Las tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), devenidas en verdaderos campos de concentración, dejaron una profunda huella de dolor en la historia de Cuba. Conocidas a través de generaciones por las prácticas inhumanas a que fueron sometidas miles de personas, cuyo único delito consistía en ser diferentes a lo que alguien imaginó debía ser el “hombre nuevo”, siempre tuve en mente la posibilidad de que alguno de los tantos encarcelados sin causa, dejara testimonio de su existencia. Pero no fue hasta mediados del año 2016 que, por azar, me encontré frente a una genial novela-testimonio que da fe de tales insultos. Su título: Dios no entra en mi oficina, del autor reverendo Alberto González Muñoz, pastor bautista desde hace cuarenta años y quien fuera uno de los cientos de jóvenes cristianos conducidos, bajo una despiadada y férrea disciplina militar, a estos centros de confinamiento, a realizar trabajos forzados.

Editada siete veces por la Editorial de la Convención Bautista de Cuba Occidental, refleja de modo testimonial y visto desde una óptica cristiana, las vicisitudes de Alberto, un joven estudiante de cuarto año del Seminario Bautista, a punto de graduarse de pastor.

4-Jose-Rene-Rigal-EsteLunes-Otrolunes43-1Después de leído detenidamente me atrevo a confesar que Dios no entra en mi oficina, es uno de los más impresionantes libros que haya leído hasta hoy.  Cuando un libro provoca que el lector se detenga  en más de una ocasión a pasar el dorso de la mano por la mejilla, y cerca del final haya de abandonar la lectura para dedicarse al servicio de llorar intensamente, es porque estamos en presencia de una excepcional obra de arte. Obra de arte además, porque la idea, el contenido, es de importancia para la humanidad, y ha sido expresado con tanta vehemencia y claridad que todos podemos entenderlo; y algo muy fundamental, que lo que ha incitado al escritor es una necesidad interior y no una inducida del exterior.

No es que, como Alberto, haya sufrido en carne propia los embates de la pesadilla que representó su encierro en un campo de concentración. Es que Alberto, mágicamente, ha hecho de mí el principal protagonista de su obra. Juntos salimos un 27 de noviembre de 1965 a bordo de un tren con destino incierto, y juntos hicimos un extenso recorrido por toda la isla de camino a un infierno llamado Las Marías. Y allí estuvimos bajo un mismo escenario de dolor, estoicismo y mendicidad espiritual,  por espacio de dos años, siete meses y dos días.

Treinta años después volvimos a hacer el mismo recorrido y juntos lloramos a la sombra de un viejo árbol con el que habíamos establecido un compromiso, y le hablamos de la misma manera en que lo habíamos hecho tres décadas atrás:

– “¿Sabes? He contado la historia con lujo de detalles. He escrito un libro. Mi hijo está conmigo”.

“Ese árbol conoce más de mí y mis sentimientos que muchas personas que me han visto vivir”- confesó.

A lo largo de esta excelente obra, encontré un pequeño detalle con el que tímidamente difiero, y es tan insignificante que para nada empobrece la magnificencia del texto. En una de sus partes el autor aduce, y cito: “Insistimos en que sería un craso error tomar este libro como una acusación a ultranza”.

Sin embargo, sucede que estamos en presencia de una obra que encierra tantas muestras de barbarie, que en sí misma constituye una acusación, además del sentido expreso del autor: un testimonio del poder, el amor y la grandeza de Dios, para con quienes decidan serles fiel bajo cualquier circunstancia.

Ejemplos hay muchos. El siguiente es uno de los tantos:

“¿Podrán creerme? Recordé la cara de aquel hombre. Siempre mostraba una cruel expresión de satisfacción cuando cubo a cubo llenaba el tanque que tenía al lado del calabozo. Disfrutaba la idea de maltratar a quienes habían ido a parar allí tirándoles agua mientras dormían desnudos en el piso”.

¿Dejará de ser esta una prueba de los desmanes que allí se cometían? ¿Es que acaso no es motivo de acusación que condenen a miles de personas a realizar trabajos forzados, bajo pésimas condiciones carcelarias, sin que medie un hecho reprobable? Es demasiado cruel, demasiado absurdo para ser cierto. Una persona pierde su derecho a la libertad únicamente bajo el quebrantamiento de la ley. Tal como señala el autor, testigos quedan pocos, la historia para ser historia, no ha de ser olvidada. Ninguna sociedad debe ignorar sus errores. Reconocerlos y dolerse de ellos es la única manera de evitar su repetición. Decía Cicerón que “el pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla”, por eso se hacen necesarios textos como este que saquen a la luz delicados asuntos acaecidos que no deben repetirse nunca más.

Un evento marcado por una intensa gama de acontecimientos crueles y dolorosos, burdos y aborrecibles, injustos y desalmados, no ha de pasar sin que el dedo acusador apunte hacia los culpables. No precisamente el autor ha de convertirse en justiciero. Una conciencia apenas inexistente, borrosa por lo oscuro e insano del contexto histórico, hizo que muchos se convirtieran en sus propios acusadores: “Tenerlos a ustedes aquí fue una metedura de pata”, confiesa un miembro de la oficialidad.

Hechos como el que sigue, ejecutados en presencia del autor, es una muestra más de las atrocidades que se cometieron en las mal llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción:

“Enseguida comenzaron los problemas con los Testigos de Jehová debido a que ellos se negaron a usar el uniforme militar. Fueron aterradores los métodos que se utilizaron para convencerlos. Delante de nuestros ojos los despojaron de sus ropas, dejándoles en calzoncillos y los pararon al sol y al sereno manteniéndolos así sin darles agua ni comida.

– ¡Ahí van a estar hasta que decidan ponerse el uniforme o se mueran. Hay que aprender a respetar a la revolución! – gritó un oficial.

Así estuvieron los Testigos de Jehová a la intemperie hasta que cayeron uno a uno. Cuando se desplomaban desfallecidos los llevaban no sabíamos a dónde. Ese primer día amarraron a uno de ellos por los pies y lo sumergieron varias veces con la cabeza para abajo en una fosa sanitaria a fin de convencerle de que se pusiera el uniforme. Había que ver el rostro del jefe de la compañía, con una expresión de burla cínica que era constante en él, como disfrutaba cada vez que el infeliz era izado todo embarrado de aguas putrefactas”.

4-Jose-Rene-Rigal-EsteLunes-Otrolunes43-2De hecho las UMAP nunca debieron haber existido. Se trata de un engendro maléfico de quien fuera un maleficio en sí mismo. Todo acto de crueldad, donde se haya producido, ha de ser denunciado irremisiblemente.

Por su vigencia y carácter probatorio quiero transcribir la parte del texto que da título a esta obra:

“Cerca de las diez de la noche, mientras servía como ayudante del Oficial de Guardia, vi llegar a una mujer a la oficina. Era ya mayor, bien vestida, traía una pesada jaba que encorvaba su cuerpo al caminar. Salí al portal a ver qué quería. Me explicó que unos reclutas compañeros de su hijo le habían avisado que este había tenido un problema y lo habían trasladado. Cuando supo la noticia, muy preocupada, porque ignoraba específicamente qué problema había tenido su hijo, había viajado de La Habana, a Vertientes, desde el anochecer del día anterior. Llegó después de veintiseis horas de viaje, muy angustiada y cansada.

Le avisé al jefe de personal quien, milagrosamente, se dispuso a atenderla a esa hora, aunque lo hizo de una forma grosera y cruel. Desde mi puesto de guardia escuché al jefe de personal discutir fuertemente con la mujer. Ella quería saber si el problema del hijo estaba relacionado con la religión. El oficial se negaba a darle cualquier informe.

Cuando terminaron la visita, y ya en la puerta, la mujer le suplicó llorando:

– Por favor, usted seguramente tiene hijos, solo quiero  saber dónde está y que sucedió.

– Cuando su hijo le escriba él le dirá, ciudadana. No puedo informarle nada más.

– Pero yo he venido desde La Habana hasta aquí para saber.

– Pues váyase por donde vino, señora. Nadie la mandó a buscar. Regrese y espere carta de su hijo que él ya es un hombre.

Consciente la madre de que el teniente no le informaría acerca del paradero de su hijo, le contestó:

– Ya Dios me hará saber de mi hijo, teniente, se lo aseguro.

– ¡No sé cómo! – contestó el teniente – Dios no entra en mi oficina, ciudadana.

– ¿Qué dice usted? – inquirió le mujer confundida por lo que había oído.

Entonces el teniente se irguió aún más, levantó la voz y repitió mucho más enfáticamente:

– ¡Qué Dios no puede entrar en mi oficina, ciudadana. No sé cómo va usted a saber dónde está su hijo”.

Lo que menos podía imaginar el jefe de personal, era que Dios tenía un ángel escuchando la conversación y que utilizaría como enlace para socorrer a la angustiada madre. Era su propio ayudante. Este, usando un ardid, se encaminó a la estación donde la mujer estaba sollozando y se hizo cargo de la jaba con alimentos que traía para su hijo, con el compromiso de hacérsela llegar al recluta cuanto antes. Al día siguiente en el mismo vehículo del jefe de personal iba, tapada con una lona, la jaba con alimentos y cartas que la madre enviaba al recluta adventista. Dios no solamente había entrado a la oficina del jefe de personal, sino que había utilizado su vehículo y hacía el recorrido con él.

Fue permisión de Dios que el autor de esta obra estuviera dentro de las víctimas de la UMAP por varias razones, y una de ellas, quizás la más importante, para que experimentara en carne propia los embates de un sistema que se llama justicia, escribiera acerca de él, y su experiencia quedara plasmada en estas páginas, como un ejemplo a seguir para muchas generaciones de cristianos.

Del Autor

José René Rigal
(Baracoa_ Cuba 1953) Profesor y Economista. Es miembro del Taller Literario “Pablo de la Torriente Brao” patrocinado por el escritor cubano Rafael Vilches Proenza. Ganó el concurso provincial de Talleres Literarios en el género de poesía con el poema “Remembranzas del Exilio”, obra que da título a un poemario que fue publicado bajo el título La profundidad del tiempo (Editorial El barco ebrio, España, 2013). Poemas suyos han sido publicados en revistas de la isla y el exilio.