Dos cuentos

(Cuento)

Del libro Impulsos indomables a plena luz del día

Carolina Fonseca

Carolina-Jaramillo-OtroLunes39Carolina Fonseca (Caracas, Venezuela,1963). Abogada. Editora y escritora. Reside en Panamá desde el 2011. Libros: Dos voces 30 cuentos (Panamá, 2013) con Dimitrios Gianareas; Escenarios y provocaciones. Mujeres cuentistas de Panamá y México 1980-2014, con Mónica Lavín (Panamá, 2014- México, 2015). En 2013 gana el premio «Diplomado en Creación Literaria» de la Universidad Tecnológica de Panamá con su libro de cuentos A veces sucede (Panamá, 2015). Cuentos compactos con Enrique Jaramillo Levi (Guatemala, 2015). Socia fundadora de Foro/taller Sagitario Ediciones, junto con Enrique Jaramillo Levi.

Correo electrónico: carolina@ombit.com

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Una flor mustia

Carolina-Fonseca-Narrativa-OtroLunes43-1Elsa nunca se había mirado la vulva. Quizás por eso tenía una fijación con las flores. Las contemplaba. No dejaba de admirarlas, cuidarlas, podarlas con tijeras de espléndido filo, con cuchillas especiales para sujetarlas, cortarlas, quitarles sus espinas. Prefería las rosas. Su jardín un rosal que mezclaba variedades y colores, puras e híbridas, clásicas y modernas. Ella no sabía ni le interesaba saber. No teorizaba las rosas. Tan solo se entendían. Mejor que con su marido se entendía. Porque él se levanta sin mirarla siquiera. Ella lo siente moverse un poco en su lado de la cama grande, sacarse las sábanas de encima sin tomar en cuenta que la destapa, sin que ese gesto pequeño le importe; estirarse y carraspear como lo hacen los hombres, sobarse la barriga y acomodarse las bolas y de vez en cuando, acariciarse ahí como para recordar que todavía lo tiene y que aún está vivo aunque lo use poco. Ella no se voltea pero lo siente incorporarse lento y quedarse sentado al filo del colchón. Si no fuera tan requetealto le colgarían los pies un buen rato, pero no le cuelgan, los tiene bien apoyados sobre el piso frío de granito. Y ahí los deja estar. No porque sea un hombre meditativo y consciente, sino para juntar las ganas de pararse e ir al baño a orinar de espaldas a Elsa sin tener tampoco la delicadeza de cerrar la puerta ni de limpiar las gotas de orine que salpican la taza y el suelo. Y eso no significara mucho si él fuera un hombre amoroso, si lo fuera ella lo vería salir arrastrando los pies sin sentir su propio cansancio, volverse a recostar en la cama con el control remoto en las manos y prender la televisión en un canal cualquiera sin que ese zumbido la impulse a bañarse, vestirse y lidiar con la casa y con el día lejos de él y de su televisión hasta que decida abandonar el cuarto e irse a su estudio a terminar un cuadro. Porque él es pintor. No tiene renombre ni viven de eso, pero tiene el talento suficiente para ser conocido en su país y ser invitado a participar en un par de exposiciones al año.

Él tampoco le ha visto la vulva a Elsa. Si bien en los años que llevan juntos la ha visto desnuda y abierta, no se detuvo nunca a descubrirla, a hurgarla, a conocerla debajo de la fronda que la cubre. Ella sospecha que él quiere que sea diferente; quiere que ella sea una de esas mujeres de formas redondas y seductoras, de curvas inmensas como asas de jarrón y de pechos airosos, que se tatúan los marineros y que él se empeña en representar en muchos de sus cuadros: mujeres lascivas en juegos de luz y de sombras; mujeres de piernas abiertas y sexo vibrátil; cuerpos desnudos cimbreados de placer; brillos de humedad en ojos torneados; siluetas, contornos, cabelleras, espaldas, pezones, grupas, pantorrillas en posiciones provocadoras apenas trazadas no definidas en la justa frontera en que lo erótico comienza a degradarse hacia lo vulgar. Una vulgaridad y un erotismo ajeno en todo a esta mujer sencilla, de cuerpo aceptable y de rasgos graciosos que él conoció y decidió llevarse consigo, preñar dos veces –sin el resultado feliz del parto porque los dos se le murieron antes de nacer– y mantener a su lado al cuido de la casa, de la comida; los aspectos cotidianos y tediosos que le son indispensables. Una mujer a la que desvirgó y se cogió por unos años con las ganas de hacerla, moldearla, transformarla, pervertirla un poco sin entender cómo cada vez menos ella respondía a su deseo, sin entender cómo penetrarla era entrar en un desierto de arenas frías en el que le es difícil permanecer más tiempo del que le toma sacudirse para regar su semen, una gota apenas en un terreno sediento y agrietado y seco. Sin entender cómo su virilidad poderosa no era suficiente para hacerla gemir, maravillarla, seducirla, humedecerla, moverse, como lo harían las mujeres que palpitan en sus lienzos, como lo hizo alguna en sus encuentros de juventud. Sin entender nada que no sea el impulso erecto de embestir, frente al cual Elsa fue enmudeciendo de vergüenza, de sed, hasta cerrarse como una flor tímida e incomprendida. Porque ella no sabría del placer que tenía encapsulado entre sus piernas y en la superficie toda de su piel de hembra, pero sí sabía del carácter variable de cada una de sus flores y de cómo tratarlas, sabía que aun la más arisca de las plantas podía florecer corimbos. Lo aprendió con la paciencia que heredó de su abuela y de su madre, lo aprendió de las horas de soledad y de la búsqueda del amor entre sus plantas, fuera de su cama y de su hombre, al que quería con una mezcla de devoción y rabia.

Las flores la esperan todos los días menos los domingos; es un acuerdo tácito, una mutua concesión, una pequeña tregua. Los otros seis de la semana parte de la tarde la pasan juntas en los rituales creados para llenar el tiempo; hay tardes en que remueve la tierra para airearla y darle vida a las raíces, espacios para crecer y adentrarse sin ahogarse de humedad; hay otras en que sostiene uno a uno los tallos revisando que estén libres de pulgones, hongos, libres de peligro; las hay en que esparce abonos y fertiliza al pie de los arbustos y trepadoras cuidando de no acercarlos demasiado para no quemar la planta; otras las poda con cortes limpios y sesgados que no dejan de serle dolorosos; pero las hay en que solo las recorre, las huele, les toca los colores, las nombra, les abre con delicadeza los pliegues que hacen los pétalos suavísimos para mirarles el centro, esa concavidad aterciopelada diseñada para atraer; les murmura a los capullos animándolos a abrirse y despide a las gordas y maduras que empiezan a doblarse hacia la tierra; a todas las acaricia, las riega si están secas al pie de sus tallos firmes o las rocía de diminutas gotas de agua si las siente sedientas y tristes. Son estas últimas las tardes más felices; tardes en las que el jardín entero se cubre de un vapor tibio y rosado que se va colando por las ventanas, por debajo de las puertas, por las rendijas, llenando la casa de un aroma dulzón e irresistible que queda suspendido por horas haciendo difícil transitar por ella sin tropezarse de tan denso. Fue una de esas tardes, ya entrada la noche, que Elsa, imbuida de los efluvios envolventes de sus rosas, entró al baño, se desnudó por completo, abrió las piernas, y acercándose un espejo redondo y limpio, vio con curiosa compasión una flor mustia y pálida que al tacto de sus dedos finos y pacientes fue abriendo sus pétalos, humedeciendo sus pliegues, retomando los colores, rezumando un rocío que empezó en su centro y le fue cubriendo la piel toda de corrientes y escalofríos hasta hacerla temblar y reírse de placer por primera vez a sus años.

 

No se supo mucho más de Elsa, de sus pequeñas contrariedades, de sus íntimos resentimientos. Solo se dice que la casa fue enmarañándose en una rosaleda de colores que trepó sus paredes, enroscó sus columnas y la invadió de aromas atrevidos.

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El temple de Armando

Detrás del mostrador de una pensión de quinta categoría un hombre lee un ejemplar de “La Columna”, el diario que vive de fotografías en primera plana y a todo color de los cuerpos ensangrentados que aparecen cada madrugada en una cuneta, en un matorral de las afueras, debajo de alguno de los puentes de la avenida Libertador, flotando en el río que atraviesa los barrios del sur de la ciudad, en el baño de un bar, en un cuarto de una pensión como esta. Armando se detiene en los detalles con que el reportero describe la escena de la muerte; el patio de cemento en el que bailaba el flaco Edgardo Pedraza en la hora justa en que entra un hombre identificado como Aquiles Vecino prendido en celos, marido de la negrita, y dando tres pasos largos, le llega por la espalda con una buena navaja que lo hace caer sin tener el chance de voltearse siquiera, de tan hondo y tan rápido y tan certero el movimiento de la mano uno y dos y tres, Edgardo Pedraza empujando con el peso de su cuerpo a la mujer que no entiende y se aparta alcanzando apenas a ver el brillo del filo de la navaja que cierra y guarda Aquiles Vecino en un bolsillo del pantalón mientras se pierde en la oscuridad poblada de parejas que siguen en lo suyo. Armando sonríe al imaginar el charco de sangre oscura corriendo por el cemento hasta ensuciar las suelas de los zapatos que se deslizan al ritmo de un merengue que a él le suena a tango, el grito sordo que salió del fondo de la garganta del muerto en la caída y que pareció más bien uno de esos ayes que sueltan los danzantes en el fervor de la juerga, la cara de susto de la negrita que en lugar de agacharse a auxiliar al hombre, se escurre hacia atrás porque conoce el temple de Aquiles cuando lo agarra la rabia con una navaja encima. Por cabrón, masculla Armando, y le arranca el pedazo a la cubierta del diario, arruga en su mano grande el cuerpo de Pedraza y lo estruja con rabia, afloja y aprieta el puño, afloja y aprieta, hasta hacer una bola compacta de letritas negras en la que desaparece la imagen del muerto ahora doblemente muerto que lanza a sus pies, detrás del mostrador junto a las colillas y el polvo que no se limpian desde hace semanas porque no se limpian solos. No hay brisa que los barra y Elvira, su mujer, está ocupada; pasa horas en el cuarto, mirándose el rostro en el espejo de la cómoda, buscándose manchas, aplicándose cremas aceitosas alrededor de los ojos, maquillándose, mientras él detrás de la portería recibe los billetes gastados de los clientes, atiende las quejas, resuelve alguno de los muchos problemas que da ese edificio de dos pisos con ocho habitaciones mal iluminadas que alquilan por horas o por días, o por meses, siempre que paguen por adelantado. La cosa no está mal, le dice ella. Y no está mal porque los billetes gastados no salen con la rapidez de antes, pues lo que compraban, ahora se los fía el chino; su quincalla de la esquina les provee de víveres, llaves, materiales de ferretería, productos de limpieza, papel higiénico; hasta de las cremas de Elvira los provee a plazos inverosímiles y en mínimas cuotas.

Armando abre el segundo paquete del día, golpea el borde, toma un cigarrillo con sus dedos gruesos, se lo pone en la boca, activa el encendedor, y aspira, aspira hondo para mirar el tabaco encenderse; un gesto que lo vuelve reflexivo; y piensa que pudiera ser peor. Que su vida podría ser menos contemplativa y gris, que bien podría estar obligado a trabajar como obrero en una cuadrilla picando piedra de sol a sol, como Ernesto, su hermano. Y baja los ojos para mirarse los zapatos, apoyados en el cemento pulido, quietos, sin tener que andar largos trechos para tomar el autobús que lo lleve a alguna parte a empuñar el taladro que perfora una calle, sin tener que subir y bajar los tres escalones para entrar y salir del bus con el tumulto de gente que se apiña. La cosa no está mal, le dice ella con unos labios rojos como la laca de una caja que le parece haber visto en la quincalla y ahora descansa en la cómoda, cerrada y llena de toda clase de fantasías baratas que Elvira luce las tardes que sale por la puerta sin despedirse, como un huésped más, y él sabe que le toca hacer la comida y servir la cena a los pocos que la tienen incluida en el costo. La cosa no está mal, le dice ella cuando lo mira detrás de unos ojos que delinea de negro mate para hacerlos rasgados, rendijas apenas que no ven el polvo que va cubriendo los pisos ni el sucio de las paredes ni nada que no sea el caminito que la conduce a la puerta bajo el letrero Shaoxing. No, qué va a estar mal, musita su mujer al aplicar esmalte color naranja a las uñas de su pie izquierdo apoyado en el borde de la cama; un piececito menudo y grácil que sumerge en agua tibia y masajea a diario. Nada, nada, nada mal, repite jadeante las noches que se deja penetrar por el marido porque el chino está indispuesto o cumpliendo un estricto ayuno de desintoxicación.

Armando chupa de nuevo con fuerza succionando el aire todo de la sala-entrada-recepción, como debiera hacer con la pátina de polvo la aspiradora marca Rainbow –que vio en una publicidad traducida al español para el mercado latino–, y que no sería raro que el chino provea, y admite que tiene años con una tos cavernosa, los dedos amarillos como los dientes, y el abdomen blando, que no tiene el hábito saludable del té sino el regusto por la cerveza del tipo que sea siempre que esté bien fría, pero –sigue pensando al hacer volutas de humo que suben hasta el techo–, el chino ese es un tipo sin gracia, un hombre minúsculo y fibroso; no es un Bruce Lee, ni siquiera un Jackie Chan, más bien un Jet Li sin fama ni entrenamientos marciales, aunque quién sabe. Chinos son chinos. Aun cuando sean minúsculos y des-graciados tienen sus mañas. Nada mal está la cosa, le oye decir a Elvira desde la cocina entre sorbo y sorbo de la sopa de fideos con verduras que engulle porque le cae tan bien. Entonces le echa una última chupada al cigarro, lo tira al piso, lo apaga pisándolo con su pie izquierdo, le da un vistazo al gato dorado que llegó hace unos días para quedarse con él en la mesa de la recepción y que parece asentir con la cadencia de su pata, y le grita ¡Cúbreme aquí!, antes de salir hacia la tienda a cumplir el rito diario de su pequeña venganza al pedir –sin la menor intención de pagarlos– en voz alta para que el chino menudo oiga su timbre ronco y contundente, dos paquetes de Lucky Strike, seis cervezas Heineken, y una caja de condones XL