«Encasillar los géneros es algo difícil, sobre todo en un mundo «postmoderno» donde las fronteras tienden a borrarse entre los géneros y cada vez más hay una literatura híbrida en que se mezclan de tal manera los tipos de escritura que a veces no es fácil encasillarlas, ni fácil ni conveniente. Pero sí creo que hay textos que claramente son cuentos. Puedo decir las cosas que todo el mundo sabe: es un género escrito en prosa, generalmente breve, con una gran economía de lenguaje, con pocos personajes, con un tema central; donde hay una mirada vertical, en profundidad, sobre una parcela de la realidad y no una mirada horizontal, panorámica, indefinidamente extensa como lo sería en la novela. Tal vez podría decirse del cuento lo que Cortázar señalaba para diferenciar la descripción de la narración. El decía que la descripción era a la fotografía lo que la narración era a la filmación. Creo que un cuento es un momento intenso que no se expande de manera tal que provoca una revelación o una mirada que no se da en otras circunstancias sobre algo. Y ese algo, generalmente, es algo que sucede, más que alguien. Estoy consciente de que puede haber cuentos que podrían ser más de personaje que de acción, o más de atmósfera o clima que de cosas que suceden. Pero en el fondo no hay un cuento si no hay un suceso: el cuento tiene que contar algo. Pero no se puede tampoco quedar en la pura anécdota porque entonces es un simple relato, una simple narración, y no toda narración o relato es un cuento. El cuento es una forma de calar profundamente en un momento excepcional, de una circunstancia o simplemente de la vida de alguien, y el resultado de eso es, si el cuento es bueno, un cambio en el lector; lo transforma, le da un conocimiento, una experiencia que lo hace diferente. Estoy hablando de los buenos cuentos, insisto. Para saber lo que un cuento es, hay que leer cuentos».
Enrique Jaramillo Levi
Entrevista concedida a Edward Hood,
Revista Espéculo, No.9, 1998
Sinestesia
Para ti, incuestionablemente y para siempre
Si lo mío siempre ha sido el fulgor de la mirada, su intensidad a veces, la forma en que me produce reacciones cuando te miro a los ojos, lo tuyo es tu percepción de mi olor, su efecto gratificante, el arrobo que te produce, su estímulo en tu sensualidad siempre a flor de piel. Me refiero, claro, a las peculiaridades que nos acercan, que consiguen sincronizarnos las emociones. Tal vez no sean privativas de nosotros, pero han resultado ser determinantes. Tanto, que hoy fue un día particularmente singular para ambos. Nos miramos, oliste mi cuello, y el mundo empezó a girar más aprisa, a envolvernos en sus movimientos que en realidad eran solo los nuestros contagiados de una suerte de frenesí que iba en aumento a medida que entraban en juego los otros sentidos: oíamos los sonidos de placer del otro, sentíamos la piel de cada quien vibrando al unísono en un solo tacto sincopado, saboreábamos la fusión de nuestras salivas convertidas en una misma fruición desmedida. Ocurría sin duda –nos ocurría– una intensísima sinestesia de la que en ese momento teníamos y no teníamos conciencia plena. Pero qué duda cabe de que oíamos sabores, sentíamos olores, veíamos la forma en que saboreábamos los sonidos crepitantes del amor. Y todo esto aún sin penetrarte; sin que tampoco tú me absorbieras por completo la vitalidad creciente del cuerpo como esponja lúbrica que disputara la disponibilidad absoluta de su presa con los poderes innatos de un indómito imán. Y cuando al fin estallamos en un inmenso grito simultáneo de placer, continuamos mirándonos arrobados a los ojos, sonreídos, a sabiendas de que la vida es bella, y de que para vivirla juntos una vez más habíamos renacido.
Panamá, 28 de mayo de 2014
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El indiscreto
No siempre conviene, como dice el dicho, llamar a “las cosas por su nombre”. Ni debe uno andar por ahí de lengua suelta diciendo lo que no le preguntan; y menos a destiempo. Ambas cosas –muestras claras de indiscreción rampante– comentaba siempre mi ex suegra a manera de consejos, y la experiencia revela que tiene razón. ¿O díganme ustedes si no?
Desde joven siempre fui muy poco diplomático. Las cosas más delicadas, e incluso algunas que podían resultar ofensivas, las decía tal cual, sin pelos en la lengua, gústele o no a quién le cuadre. Y, claro, me metía en cada lío… Decirle, por ejemplo, a una señora que llegó a mi casa para ayudar a mi madre con el quehacer: “Oiga, por qué no se opera esa horrible verruga que tiene en la nariz, al menos se vería un poco mejor” La mujer, furiosa, se fue esa misma tarde y mi mamá me castigó encerrándome en mi cuarto por una semana en tiempo de vacaciones. O interrumpir al cura del pueblo poco antes de que terminara su sermón en la misa de las diez, levantando la mano con desesperación para hacerme notar entre el público asistente, y preguntarle: “A ver, díganos la verdad, padre Benítez, ¿usted realmente se cree el cuento chino ese de que Jesús y María Magdalena no eran pareja, con lo mucho que se querían y siendo ella la única mujer que se caía de buena entre sus discípulos?” O bien, ponerme a contarle a mis amigos todo lo que decía mi padre acerca de la enorme estupidez irremediable de la mayoría de sus empleados en la fábrica, sabiendo yo que varios de ellos eran sus hijos? O describirle a varios niños del barrio, con pelos y señales, y supuestamente para que se instruyeran de una buena vez, la manera en que todos los domingos, cuando se quedaba sola, me cogía a la sirvienta del vecinometidos en su minúsculo cuartito del patio.
Pero hubo cosas peores. Una vez me monté a un taxi –mi carro estaba en el taller–para ir por mi novia y de ahí al cine. En el camino, interminable por el exceso de tranques, me hice amigo del conductor: simpático libanés que supuse era católico por la cadena con la imagen del crucificado que pendía del espejo retrovisor como –supuse yo– signo de veneración, o amuleto de buena suerte (resultó que un pasajero lo dejó olvidado y lo iba a tratar de devolver). Sin que preguntara, le fui contando algunas excentricidades de mi novia: cómo se untaba con helado de chocolate sus grandes pezones para que yo se los lamiera, y cómo le gustaba ser penetrada por el culo, apoyada en sus brazos sobre la cama alzando ricamente su grupa para incitarme. Pero resultó que el tipo era un musulmán ultra conservador que detestaba la procacidad de no pocas mujeres occidentales, según me gritó airado tras bajarme violentamente del carro y entrarme a patadas sobre la acera.
La única vez que me mordí la lengua a tiempo fue cuando me estaba casando y, frente a todos en la iglesia, estuve a punto de decirle a la novia–mi futura esposa por solo un año–, que se limpiara el labio superior porque se le había quedado ahí una manchita muy visible de semen. Cuando el cura dijo al fin que podía besar a la novia, urdí un beso largo y apasionado y con disimulo logré quitársela con la lengua. Sabía a eyaculación reciente. Pero resultó que el remedio fue peor que la enfermedad. Pasado ese momento, al ir saliendo ya del recinto, muy sonrientes y románticamente tomados del brazo, cuando llegamos a la puerta de salida de la iglesia mucha gente –presente y en sus casas– oyó cuando dije emocionado. “¡Oye, con el apuro de venirnos para acá corriendo se me olvidó decirte que esa fue la mejor mamada de mi vida! ¡Eres una profesional!” Muy cerca, los periodistas contratados por mi padre habían dejado sus micrófonos abiertos a la espera de una entrevista al hijo único del prominente industrial y empresario.
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La mala costumbre
Jacobo tenía la mala costumbre de robarse todo lo que podía, tranquilamente, como si fuera lo más natural del mundo. De hecho, para él lo era, desde niño. Y nadie, ni sus maestros, ni el cura del pueblo, ni siquiera su padre, pudo jamás quitarle ese hábito. Porque incluso a este le robaba: dinero, ropa, alguna joya heredada de los abuelos. El padre lo sabía y se avergonzaba, pero nunca quiso castigar, golpear ni siquiera amenazar al hijo, mucho menos acusarlo con la policía para que lo pusieran preso cuando alcanzó la mayoría de edad.
Por supuesto, trató de hablarle al hijo muchas veces, de hacerlo entrar en razón. Pero cuando se cree tener otra razón más poderosa que la ajena, más cautivadora, y esta se vuelve obsesión, no hay nada más que hacer. Y Jacobo estaba convencido de que robar era en realidad uno de los derechos humanos que habría que establecer. Pero sobre todo saber robar: debía tenerse en ello un refinamiento inobjetable, hacer del hurto un auténtico arte. Para lo cual día a día se perfeccionaba con esmero y perseverancia.
Lo curioso es que Jacobo quiso, en esa materia, ser del todo autodidacta. Rehusó siempre tener profesores, imitar a nadie. Creía a pies juntillas que su propio ingenio y destreza le bastaban. Así es que poco a poco fundó su propia escuela, se ejercitó al máximo poniendo en juego todas sus habilidades; y esa escuela, a medida que Jacobo se perfeccionaba, se tornó academia.
Algo había de magia en su forma de no dejar huellas, de hacer invisible cualquier trazo, cualquier residuo, de no hacerse notar en lo que hacía. Y nada más cuando se sintió del todo preparado, se dispuso a consagrar abiertamente su oficio.
Así, una mañana, a plena luz del día, realizó la hazaña de su vida: dio un espectacular golpe de gracia. De cuerpo entero, se robó a sí mismo; y fue tan rápido y eficaz que, aunque parezca mentira, él mismo no se dio cuenta de nada.
Su padre, ya viejo y achacoso el pobre, lleva años buscándolo.
Panamá, 14 de junio de 2014
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Desde la ventana
Desde la ventana, por la calle solitaria la vio venir, tan bella como siempre, con esa sensualidad suya que podía tocarse a distancia con las yemas de los dedos, con el olfato, saborearse, pese a todo. Ligeramente cabizbaja, se dejaba no obstante mirar, y trataba de no hacer lo propio, sin lograrlo. Otra vez estaré con él, pensó empezando a sentir la taquicardia, me besará hasta quitarme el aire, mis pechos se dejarán sorber por sus labios ávidos, en mi cintura su brazo sostendrá mi cuerpo para que, vulnerable y frágil, su fuerza no quiebre del todo mi falta de voluntad. Una vez más me dejaré querer, entrará en mí como Pedro por su casa, me hará gozar, como siempre gozaremos. Y cuando finalmente ella toca a su puerta y él no la deja entrar, cuando lo oye decirle en tono altanero, desafiante, que para qué ha venido si esa relación ya no existe, si ya sabes la verdad, lárgate de mi vida de una buena vez, ella se pasma, lo ve cerrar bruscamente la puerta, desaparecer por completo su figura tras cerrar después la ventana, irse para siempre de su existencia. Entonces, temblorosa, da media vuelta y se aleja lamentando su debilidad, esa vieja estupidez que la ata al pasado, y masculla entre dientes eres un malagradecido del carajo, jamás tendrás a alguien como yo, una mujer casada que quiere a su esposo, que por ti lo ha traicionado, que estaba dispuesta a dejar su hogar por irse contigo, ¡y tú, hijo de puta, maldito maricón de mierda, me dejas por otro hombre!
Panamá, 29 de abril de 2014

