Los desafíos de toda oposición al castrismo

José Gabriel Barrenechea

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Según opinión general dentro del movimiento opositor no se debe dirigir nuestro instrumental crítico sobre nosotros mismos, o al menos, en caso de que no se siga tan previsor consejo, se debe callar sobre los defectos descubiertos ya que lo que ahora importa es conseguir la democracia y después ya se verá. Hacer lo contrario, para los representantes de este mayoritario punto de vista, es no otra cosa que una traición, o la exteriorización involuntaria de nuestra real naturaleza de provocador gubernamental infiltrado.

Aparte del claro impedimento que a nuestro derecho a expresarnos libremente implica este punto de vista, no nos parece tampoco que para la democratización sea todo lo eficiente y beneficioso que algunos suponen. Las evidentes limitaciones del movimiento opositor, manifestadas en su incuestionable incapacidad para conseguir arrastrar a una mínima masa crítica de la población cubana, tienen que ser corregidas y tal no cabe hacerse sin un previo reconocimiento de los problemas esenciales que afectan la credibilidad del mismo ante el cubano que no ha dejado la Isla. Su natural representado, de más está decirlo.

Por otra parte, es también evidente que si esta sociedad civil opositora es el germen de la futura sociedad cubana, se deben de localizar ya desde ahora sus defectos para evitar que inficionen a la democracia por venir. No podemos de ninguna manera darnos el lujo de repetir el error de nuestra última Guerra de Independencia, en que desoyendo el consejo martiano de construir la República ya en la misma Guerra, nos dedicamos más que nada a lo más tangible, pero secundario en definitiva: o sea, a lograr solo la separación de España, con lo que inexorablemente la Colonia y sus muchos vicios siguió viva tras la tenue fachada de los nuevos tiempos independientes.

El absoluto control sobre la Vida Humana.

El gran desafío al que se enfrenta cualquier oposición actual o potencial al actual régimen cubano se descubre en el absoluto control del estado castrista sobre los medios y posibilidades para reproducir las condiciones de la vida humana en la Isla.

Berta Soler, líder de las "Damas de Blanco".

Berta Soler, líder de las «Damas de Blanco».

El estado castrista es todavía hoy el más grande empleador del país, a la vez de que el dispensador de las licencias para trabajar por cuenta propia o en general para desempeñar cualquier actividad laboral, todo ello mediante un sistema legal ambiguo que le permite ejercer el más amplio discrecionalismo bajo un manto de aparente legalidad. Por otra parte, su eficacísimo sistema de vigilancia y control ciudadano, que solo se hace de la vista gorda cuando el individuo demuestra una servil incondicionalidad con el mismo, impide que quien se atreva a declararse opositor pueda ejercer incluso la actividad económica sumergida.

Oponerse en Cuba es cerrarse todas la posibilidades de obtener de la sociedad cubana al interior de la Isla lo necesario para sostenerse a sí mismo  y a su familia, ya que ni podrá trabajar para el estado, ni conseguirá una licencia de cuentapropista y muchísimo menos alcanzará a dedicarse al mercado negro a causa del estrecho y minucioso operativo de vigilancia que aquí se establece  de inmediato alrededor de todo opositor.

En consecuencia a los inconformes solo les quedaran un número muy limitado de opciones, relacionadas todas  con su sostenimiento a costa de lo que pueda obtener de más allá de las fronteras de la Isla: La más lógica, claro está, lo es el emigrar.

La naturaleza esencialmente opositora de todo emigrante cubano suele no admitirse por quienes no acaban de aceptar el carácter extraordinario de la sociedad cubana actual, que impide que para explicarla se usen adecuadamente ciertos términos, ciertas ideas, de la misma manera en que se hace al referirse a la mayoría de las demás sociedades presentes. La sociedad cubana no se organiza como la mayoría de las contemporáneas con el objetivo de que los humanos reunidos en ella enfrenten conjuntamente sus desafíos concretos, y para que de ese gregario modo solucionen sus necesidades cotidianas (que pueden ser del día a día, pero también del siglo a siglo). La sociedad cubana actual más que nada posee desafíos milenaristas (la construcción de la Nueva Jerusalén, o la Sociedad Comunista), y se organiza ante todo para solucionar necesidades supra-cotidianas (alcanzar una especie de salvación presente, obtenida al hacer lo correcto para el establecimiento de un específico futuro en el que sin embargo no se vivirá).

Guillermo Fariñas, líder de FANTU.

Guillermo Fariñas, líder de FANTU.

Por tanto, más que como cualquier sociedad política contemporánea, la Cuba de Fidel y Raúl funciona más bien como una celosa religión medieval, y en consecuencia abandonarla no es visto desde adentro de manera tan sencilla y plácida.

Lo primero es entender que dejar México, Guatemala, Colombia o Ecuador, para irse a vivir en otro lado, no es una herejía y una traición como si lo es en el caso cubano.

Mas en general emigrar no es algo que pueda llevarse a vías de hecho de ahora para ahorita, e incluso algunos individuos excepcionales no lo desean de ninguna manera. En este último caso para seguir siendo inconformes deberán recurrir necesariamente a la ayuda externa, ya no solo si quieren pasar a la actividad opositora organizada, sino incluso para conseguir mantenerse vivos a sí mismos y a sus familias.

Antes de continuar y analizar los graves problemas de imagen pública que semejante necesidad le crea al movimiento opositor, reflexionaremos un poco sobre la naturaleza del estado castrista, que es en definitiva el causante de esa necesidad. ¿Es la absoluta concentración de las posibilidades y medios para reproducir las condiciones de la vida humana en manos del estado castrista algo gratuito, inspirado en el altruismo, como él pretende y no pocos todavía creen, o simulan creer?

 

Las razones espureas del absoluto control

Dos son las razones que llevaron en su momento al castrismo a aproximarse ideológicamente al llamado Socialismo Real: La primera el hecho de que Cuba, por sus características geopolíticas, no está capacitada para la autarquía económica más que a un nivel muy primitivo de las fuerzas productivas (la sociedad más compleja sobre la Isla que ha conseguido reproducir las condiciones de la vida humana de esa manera fue la Taina, agricultora-ceramista), y por tanto, tras romper con su tradicional economía complementaria, la americana, necesitaba de otra que viniera a servirle de sucedáneo. La URSS y el bloque de sus satélites llenaban los requisitos adecuados para ello, además de que en medio de la Guerra Fría aseguraban un respaldo militar y diplomático del que la Cuba de Fidel necesitaba desesperadamente por su proximidad extrema a los EE.UU.

José Daniel Ferrer, líder de UNPACU.

José Daniel Ferrer, líder de UNPACU.

La segunda razón es que la ideología del Socialismo Real, el Leninismo, justificaba más que ninguna otra la concentración absoluta de los medios y posibilidades para reproducir las condiciones de la vida humana en manos del estado. Y Fidel Castro necesitaba desesperadamente de tal concentración por dos razones, una esencial a su temperamento y otra de utilidad práctica: Por sí misma, su naturaleza psicológica exigía ese completo control del mundo y sus congéneres, pero a la vez ese completo control le aseguraba la imposibilidad del surgimiento de una oposición en Cuba, alimentada desde la misma Cuba, al privar a los inconformes de los más elementales medios de vida, si es que no entraban por el aro. Sin contar con que al adscribirse al Leninismo, una ideología mediante la cual cierta élite nacionalista rusa opuesta al proceso globalizador occidental había conseguido legitimarse al apropiarse espuriamente del discurso socialista, le cabía hacer también lo mismo ante las grandes mayorías cubanas: Aquel discurso político de poner la riqueza en manos del pueblo trabajador, quien supuestamente se convertía en el dueño de los medios de producción y al que cabía manipular mejor en base a esa ficción.

Oscar Elías Biscet, líder de la Fundación Lawton por los Derechos Humanos.

Oscar Elías Biscet, líder de la Fundación Lawton por los Derechos Humanos.

Y es que en esencia el castrismo no es para nada un sistema colectivista y sí profundamente individualista: La total concentración en manos del estado castrista de los medios y posibilidades para reproducir de las condiciones de vida humana, que en los setentas y ochentas llegó a niveles no igualados en el mundo socialista, cuando salvo algunas pequeñas fincas agrícolas todas las actividades económicas quedaban bajo control directo estatal, responden no a un altruista interés social, sino a una voluntad inflexible de permanencia. El desaprovechamiento de innúmeras y clarísimas oportunidades para el cubano de a pie, en base a una supuesta firmeza ideológica que no obstante en casi todos los demás aspectos de la vida se ha hecho muy fluida, lo demuestran: Si se observa con detenimiento, el estado castrista es capaz de ceder absolutamente en todo, excepto en su principio de control total sobre los medios y posibilidades para reproducir de las condiciones de vida humana dentro de la sociedad cubana isleña.

En todo caso su increíble habilidad para presentar con tintes altruistas lo que no tiene otro fin real que asegurar su permanencia ad aeternas, para usar sus propios mecanismos de dominación total como elemento legitimador ante determinados sectores de la población, es quizás el más grande logro de este engendro que la intuición criolla y la voluntad de Fidel Castro, en connivencia con los recovecos de la historia, la suerte y el escaso tino de la diplomacia americana, armaron en igual medida.

 

Los desafíos que a la inconformidad crea el absoluto control (1).

Estas singulares características del estado castrista, unidas a las facilidades que para lograr la regularización de su estatus migratorio en los EE.UU. encuentran los cubanos que se marchan hacia aquel país, explican en parte el por qué en Cuba no se acaba de lograr la vertebración de un movimiento opositor de masas mínimamente creíble. Sobre todo ahora que el discurso político del castrismo ha perdido buena parte de su capacidad para movilizar conscientemente a dichas masas. Si no toda, tras el 17 de diciembre de 2014 y el comienzo de los devaneos con Washington.

Yoani Sánchez, bloguera y directora de 14yMedio.

Yoani Sánchez, bloguera y directora de 14yMedio.

En la Cuba actual ante el inconforme se abren dos opciones: O declararse por completo como tal, y en consecuencia poner en solfa su propia capacidad para sostenerse a sí mismo y a los suyos; o intentar emigrar. Como hemos dicho es esta la más lógica opción, si es que tenemos en cuenta que ante el cubano se encuentran abiertas de par en par las puertas del más codiciado destino de todo emigrante en el mundo: Los Estados Unidos de América.

Ante la magnitud de semejante oportunidad, como no cabía esperarse de otra manera, el inconforme preferirá no señalarse ante las autoridades castristas y soportará de manera estoica lo que venga hasta que consiga encontrar un resquicio para salir del país. Mientras tanto esconderá su inconformidad con el régimen y por el contrario tratará de aparentarse lo más servil e incondicional al mismo, para de ese modo obtener de las autoridades la suficiente cuota de vista gorda que le permita allegar en el tolerado mercado sumergido los recursos siempre necesarios para la travesía, o los trámites migratorios.

En este sentido la política migratoria de los EE.UU., con su indiscriminada práctica de aceptar a cualquier cubano que arribe a la superficie terrestre de su territorio, ha sido uno de los puntales más firmes en que se ha sostenido el castrismo. No tanto por haberle facilitado el librarse regularmente de las nuevas ornadas de inconformes, como indudablemente lo ha hecho, sino por haber creado una vaga esperanza en el corazón de la mayoría de los cubanos que los ha ayudado a sobrellevar en silencio su situación, a no señalarse exteriorizando su inconformidad.

Jorge Luis García Pérez "Antúnez".

Jorge Luis García Pérez «Antúnez».

Mención aparte por su desproporcionada importancia merece un singular y minoritario tipo de emigrante: El que se anota a inconforme abierto con la esperanza de obtener el estatus de refugiado político en los EE.UU.

Partamos de definir que todos ellos son realmente inconformes, ya que sino no tendrían la intención de emigrar de esta cruzada milenarista que se pretende la Cuba de los Castro; aun hoy, a poco más de un año de la reapertura de la embajada americana en La Habana y con la Constitución de 1976 todavía muy vigente. Lo que lo distingue del emigrante promedio, sin embargo, y por sobre todo de esa gran masa latente que espera su oportunidad sin señalarse, es que es alguien que se atreve a desafiar al régimen. O sea, aunque el objetivo final de su actividad es conseguir emigrar, el que opta por el estatus de refugiado no pretende pasar inadvertido sino que por el contrario trata de usar precisamente su inconformidad para hacer lo más racional en Cuba, al menos desde una lógica individualista: emigrar a los EE.UU.

No obstante, ese uso individualista de su inconformidad le crea al movimiento opositor un serio problema de imagen pública hacia el interior de la Isla.

El que el actual movimiento opositor esté constituido en un mayoritario por ciento por estos opositores-aspirantes a refugiados, crea una serie distorsión en su imagen ante aquella parte de la población que, aunque con serios cuestionamientos al régimen castrista, encuentran no obstante repulsiva aquella actitud de aprovechamiento personal de la política. Esto los hace alejarse asqueados ya no solo de este movimiento opositor, sino de cualquier actitud opositora: No me acerco a la oposición porque todos los que están ahí son unos aprovechados que lo que quieren es irse para los EE.UU., y Cuba les importa un carajo.

Manuel Cuesta Morúa, líder de Consenso Cubano.

Manuel Cuesta Morúa, líder de Consenso Cubano.

De hecho para no pocos de los cubanos que han conseguido conservar los altos valores éticos, a pesar del clima de relajamiento moral que ha traído el tardocastrismo, semejante actitud de buena parte de las bases opositoras los lleva a dejarse sugestionar aún hoy por el viejo argumento castrista de que su completo control sobre la política se explica en la necesidad de evitar la politiquería (la pluriporquería, según Fidel Castro): O sea, el referido aprovechamiento de la política con fines personales, uno de los tantos males que nos legara la Colonia todavía viva en lo profundo del espíritu cubano presente.

Lo que representa un gravísimo inconveniente de consecuencias trascendentales, porque precisamente es ese tipo de personas las que idealmente deberían integrar el movimiento opositor, ya que solo ellas podrían provocar la reacción en cadena que atrajera al bando opositor explícito a la mayoría de la población isleña, y no los grupos de moralidad y actitud dudosas que son los que hoy por hoy se atreven, en parte por su incapacidad para emigrar de otra manera y en parte por el deseo de asegurarse las amplias comodidades del estatus de refugiado político.

Añádese todo lo dicho al desafío trascendental que de por sí crea la imprescindible necesidad de todo movimiento opositor cubano de procurar sus medios ya no solo para oponerse, sino hasta para conseguir mantenerse a sí mismo y a su familia, en el más allá de las fronteras del país. Lo cual, como no cabía esperarse de otra manera en un país de tan arraigada tradición nacionalista, crea casi insalvables distorsiones en la imagen pública interna del movimiento opositor existente, o en general de toda posible actitud opositora.

Para las mejores canteras del pueblo cubano que todavía hoy alientan el inveterado nacionalismo cubano en su interior, y que por otra parte no tienen los suficientes medios para mirar más allá de la burbuja aséptica en que el castrismo pone a vivir a cada ciudadano desde el día de su nacimiento, la posición no puede ser otra en realidad: No me uno a la oposición porque todos no son más que unos vende patrias.

 

Los desafíos que a la inconformidad crea el absoluto control (2).

Porque incluso no se equivocan por completo los que piensan de esa manera: La inevitable necesidad de cualquier oposición cubana organizada de obtener lo necesario del más allá de las fronteras del país la coloca en manos de intereses extraños a la Isla, y a veces hasta foráneos también a la Nación. Intereses que necesariamente condicionan el discurso de esa oposición: Si es que ella quiere obtener las ayudas prometidas debe asumir a la larga o a la corta la defensa de determinados intereses del que paga, su vocabulario político, sus maneras discursivas y hasta sus orientaciones específicas, en no pocos casos.

Antonio Rodiles, líder del proyecto intelectual Estado de Sats.

Antonio Rodiles, líder del proyecto intelectual Estado de Sats.

Como el principal interesado en lo que ocurre en Cuba es el elemento emigrado, al cual el régimen castrista le niega la posibilidad de participar directamente en la política de su país (uno de los pocos países latinoamericanos en que tal ocurre al presente), la consecuencia más evidente es que un sector importante de la oposición interna termina convertido no en otra cosa que en representantes internos de aquellos. O sea, delegados en Cuba de aquella otra incuestionablemente legítima oposición nacional: La de los emigrados.

Esto provoca que este sector de la oposición interna asuma el discurso emigrado, sus objetivos y su terminología, que como era de esperar no coinciden de modo exacto con el de las mayorías de cubanos de a pie al interior de la Isla. A quienes más que la democratización o el respeto de su derecho a pensar y expresar lo pensado les importa salir de la situación de precariedad absoluta en que vive, y que por su situación dentro de la burbuja castrista no consiguen ver una relación causal tan evidente entre la democracia y las mejoras esperadas. Desfase de imaginarios que a su vez explica en alguna medida el escaso poder de movilización de una oposición interna que mucho se parece al viejo émigrée, y que poco tiene que ver con ese singular personaje que es el cubano atrapado dentro de un sistema sutilmente ideado para anular moralmente al inconforme.

Pero no es solo que al asumirse como representante de la oposición émigrée la interna pierda sus puntos de contacto más importantes con los imaginarios del cubano de la Isla al que naturalmente le toca arrastrar tras de sí: Como en el fondo hay una profunda diferencia de intereses entre el viejo sector emigrado al que se le nacionalizaron tierras y casas en los inicios de la Revolución, las cuales pretende recuperar en la Cuba post-castrista, y el para nada insignificante por ciento de los cubanos de la Isla que se beneficiaron de esas nacionalizaciones, cuyas propiedades adquiridas a consecuencia de aquel proceso pretenden mantener y que en esencia constituyen el único capital con cuentan en el futuro proceso de transición, dicha diferencia de intereses se trasvasa también hacia el muy importante sector de la oposición que por la naturaleza del castrismo termina tarde o temprano convertido en representante interno de ese viejo sector emigrado, que es el que precisamente cuenta con los medios económicos para ayudar a los inconformes internos: Así, para un significativo por ciento de cubanos de la Isla, e incluso para no pocos de los cubanos recientemente emigrados que de una u otra manera han comenzado a capitalizar esos bienes familiares adquiridos gracias a la Revolución, la oposición interna que debería representar sus intereses se convierte por el contrario en un peligro que amenaza con arrebatarle su casita, o su finquita, o la de alguno de sus parientes que quedaron atrás.

Elizardo Sánchez Santacruz, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional.

Elizardo Sánchez Santacruz, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional.

Este problema es de por sí más complejo, de más difícil resolución, que el que plantea la absoluta monopolización por el estado castrista de los medios y posibilidades para reproducir las condiciones de vida en un país de acendrado nacionalismo. Porque si bien de este sutil arreglo se puede salir demostrándole a las masas cubanas isleñas la naturaleza puramente anti-nacional de las políticas clientelares del castrismo, resulta poco probable que se consiga que estas mismas masas sigan a quienes lo amenazan de modo palmario en sus más inmediatos intereses personales y familiares: la oposición interna demasiado cercana al grupo de los émigrée.

Pero además, esta dependencia externa de la oposición crea graves dificultades organizativas dentro del movimiento opositor, al promover todo un entramado caudillista que enturbia su imagen hacia el interior de la sociedad isleña y que termina por fraccionarla hasta lo infinito.

Receptores monopólicos de las ayudas externas, los jefes opositores se convierten no en otra cosa que en los distribuidores hacia el interior de la Isla de todo tipo de recursos, incluidos de la posibilidad de viajes al exterior, cuyo único poder y autoridad sobre sus grupos va quedando determinado en un final por esos flujos. Grupos que no pueden más que fraccionarse continuamente por el deseo de nuevos actores de convertirse en receptores y administradores de recursos. O que surgen, en no pocos casos, gracias al expediente de ciertos pícaros de reunir a par de parientes y un vecino medio chiflado en un “grupo” de nombre rimbombante al que de inmediato se adscribe a alguna Internacional, y que promocionan con habilidades verdaderamente dignas de admiración y un lugar entre clásicos como El Lazarillo de Tormes, el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, o El Buscón de Quevedo.

Resulta innecesario insistir en el severo daño a la imagen pública hacia el interior de la Isla que este fenómeno trae consigo. Semejante, pero mucho más profundo que el provocado por el de la integración del movimiento opositor presente, en un altísimo por ciento, por aspirantes a colarse en los EE.UU. gracias a sus programas de asilo político.

 

Lo que cabría hacer

Si se desea sinceramente la democratización de Cuba sin echar mano de ningún recurso extremo, cabe en consecuencia resolver el nudo gordiano del problema cubano: Romper el monopolio que al interior de la Isla mantiene el estado castrista sobre los medios y posibilidades para reproducir las condiciones de la vida humana.

Eliécer Ávila, líder de la agrupación opositora juvenil Somos +.

Eliécer Ávila, líder de la agrupación opositora juvenil Somos +.

Esto es lo primordial, sin lo que no se podrá avanzar en esa específica democratización no conseguida gracias a las botas de algún ejército extranjero, o a la explosión de una revolución interna más. Los encargados de política exterior de países amigos que desean tal transición deben por sobre todo limitarse a tratar de asegurarnos a los cubanos, isleños y emigrados, el ambiente necesario para intentar cambiar a Cuba por nosotros mismos.

La más sensata manera de lograrlo sería recargando la mano de los condicionamientos al régimen sobre las libertades económicas, más que sobre las políticas: Si el estado castrista quiere aperturas debe él mismo permitir la pequeña y mediana empresa, de cubanos isleños o emigrados, y debe asegurarles el derecho de comerciar más allá de las fronteras del país, y a financiarse en base a mecanismos externos; debe también permitirle a las empresas extranjeras radicadas en la Isla la libre contratación de su personal, lo que, claro, incluiría, el pago directo a los mismos.

Pero sobre deben presionar al estado castrista a que camine en la dirección de un estado de derecho que permita de manera segura y ordenada la actividad económica, no amenazada por la espada de Damocles del discrecionalismo: Por ejemplo, debe establecerse un claro marco legal para toda actividad económica o laboral en el país que no deje grandes espacios a la ambigüedad; debe dictar una nueva Ley de Procesamiento Penal y estatuir el que los miembros de instituciones armadas, policiales o para policiales, queden bajo jurisdicción judicial civil y no como ahora bajo militar, incluso por crímenes que exceden por completo el rango del derecho castrense; y por sobre todo acabar de reformar la Constitución y de una manera mínimamente creíble.

Todo ello sería el pequeño costo, no directamente político, a exigir al gobierno castrista por cualquier avance en las relaciones bilaterales.

En el caso de los EE.UU la eliminación de la llamada Ley de Ajuste Cubano, o incluso del Embargo, podría condicionarse a que se le permita ejercer el voto en su país de origen a todos los cubanos que hoy residen más allá de las costas de la Isla, y por sobre todo su derecho inalienable a contar en el parlamento nacional con un determinado número de asientos propios en dependencia de su proporción dentro de la población nacional (solo a los cubanos residentes en los EE.UU. le correspondería el 12 % de los asientos).

Haría bien Washington, específicamente, en declarar con absoluta claridad que no asumirá la defensa legal de los intereses intervenidos en Cuba, a partir de 1959, de personas que en el momento del acto expropiador no tuvieran nacionalidad de los EE.UU. Que solo se ocupará de exigirle al estado cubano el que tramite cualquiera de estas reclamaciones en sus propios tribunales, en procesos abiertos al público y con todas las garantías procesales.

En cuanto a la oposición interna, que evidentemente ganaría en independencia en caso de que mejorase el respeto a las libertades económicas por parte del gobierno, haría bien en asumir dos posiciones programáticas: La primera la naturaleza transnacional y no solo isleña de la Nación Cubana, y la segunda su defensa inapelable del principio de que todo lo nacionalizado en tiempos de Revolución, que al momento de la Transición permanezca en manos de particulares continuara en esas mismas manos, y que a dichos propietarios no se les exigirá, ni aun pedirá voluntariamente, asumir el pago total o parcial por los bienes de que hoy disfrutan. Incluye esto las actuales cooperativas, sean del tipo que sean, siempre que estén constituidas mayoritariamente por trabajadores; y los usufructuarios, a quienes se les aseguraría la propiedad a perpetuidad y sin costo alguno.

De este modo la oposición interna defendería el derecho de los emigrados a participar en el gobierno de su país, y de gestionarse por sí mismos sus intereses sin necesidad de intermediarios; y el de sus naturales representados, los cubanos de la Isla, en sus luchas no solo contra el castrismo, sino contra dichos intereses.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.