Roberto Farías vera (Santiago de Chile, 1945). Es profesor de Educación General Básica. Desde 1977 hasta el 2011 residió en Suecia, donde se desmpeñó como Profesor. Su obra poética ha sido publicada en diversas antologías y traducida al sueco y al francés. Alguno de sus poemas han sido musicalizados y grabados por dievrsos intérpretes. Es autor del CD de música Ven aquí,grabado con temas propios. Ha publicado los libros de poemas: A cuatro voces (Suecia, 1986), Crónica del rocío (España, 1989), Tercera lluvia (Chile, 1994), Muerte y Exilio (Chile, 1999), Secretos de mi sombra (Chile, 2002), La ciudad de los murmullos (Chile, 2005). Este libro fue llevado a la pintura por el pintor finlandés Esa Toivonen. Ha escrito y dirigido varias obras de teatro infantil. Desde el 2011 reside en Torrevieja, España, donde ha publicado el libro Miguel Hernández: Poeta, Pastor, Mensajero del Alba. Además ha publicado los folletos «Más allá de las palabras», «Citas de café» y la obra de teatro «¿Por qué llora María Celeste?», que fue llevada a los escenarios de la ciudad. El relato que aquí incluimos pertenece a su libro Relatos futboleros (Editorial EAS, España, 2014).
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Tren al sur… tren al sur
«El tren de las 3.10 a Yuma». «El último tren a Gun Hill». «Kansas Pacific». «Solo ante el peligro». Tantas películas de trenes que poblaron mi infancia de pájaros rurales, de frutos cogidos y saboreados directamente del árbol, de calle larga, terrosa, dispuesta a participar del partidillo; mi juventud opacada por amores frustrados incluidos. Recuerdos y más recuerdos que aún danzan a sus aires, ahora, en mis años melancólicamente otoñales.
La estación grande, inmensa, majestuosa. La estación habitada por trenes generosos que me llevarían a conocer el mar, ese mar… «…que tranquilo te baña». Esa amable estación habitada por tranquilas palomas, por gorriones desenfadados, hermosos seres alados que nunca viajarían como ilustres pasajeros.
La doña locomotora, ésa que resoplaba y echaba humo, como un cetáceo herido, como Moby Dick -la ballena asesina del genial Melville-, cuando lanzaba agua espumosa desde sus entrañas. Los carros, serios, en ordenada fila a la espera de que subieran los pasajeros.
Los viajeros atentos a sus valijas, a sus familias, a sus ansias, a sus preocupaciones. Niños, jóvenes, adultos, ancianos. Todos con su carga, con su nerviosismo, prestos a gozar de una travesía ferroviaria.
Los inspectores, conductores, vestidos de negro infinito, con su gorra, con su silbato. Atentos, vigilantes, dispuestos siempre a cumplir con sus deberes. Los mozos, vigorosos mozalbetes, cargados de bultos de toda especie para recibir a cambio unas modestas monedas.
Oda a los trenes heroicos, trabajadores infatigables, dispuestos a devorar la distancia, el paisaje, las estaciones… a galopar sobre unos rieles destinados a vivir separados eternamente. Oda al tren de lata fabricado por mi padre sin tener un título de ingeniero.
Retorno a mi infancia, a mi cine de barrio. Me invade la visión de un tren que corre por la inmensa pradera con una locomotora que expulsa un carboncillo que si te penetra por los ojos es una gran molestia. Esa gran estructura metálica que echa humo más gris que blanco. Veo asaltantes a caballo, con pañuelos adheridos al rostro, sombreros que no se caen de milagro. Asalto al tren para robar a los pasajeros o robar la carga de oro que lleva. Veo a indios «salvajes» que atacan a lomos de caballos sin monturas, con arcos y flechas, al tren usurpador de sus territorios. Siempre moría con una flecha clavada en el corazón el tipo que iba pegado a la ventana. Tarde, mi humana existencia me trasladó al bando de los indios.
Así, ahora, voy por la vida disfrutando de una amistad eterna con los trenes. Sin embargo, algo ajeno a mi fascinación por los ferrocarriles pasa en este momento tan presente. ¿En qué se están convirtiendo los trenes con sus extremas velocidades? «El AVE». ¿Por qué se llama así? ¿Es qué ahora los trenes vuelan? ¿Es qué le nacieron alas? Me quedo absolutamente con mis trenes del pasado, con aquellos en los cuales uno podía disfrutar del grato paisaje, conversar con el vecino, leer un buen libro, fumar un cigarrillo o simplemente echar un sueñecito. Por favor no hablemos de los móviles, de los ordenadores, etc…
En un tren del pasado, del ayer que solo retorna en el pálido recuerdo, ocurrió esta historia que paso a contar tratando de ser lo más fiel posible a los acontecimientos que acaecieron en la realidad. Sucedió en un tren que iba al sur.
La estación, sumida en sus glorias y sus pesares, esperando, siempre esperando, transitada, limpia, ordenada como monja de convento, vio llegar una muchedumbre, una masa de individuos, que solo pretendía viajar para ir a ver al equipo, club de sus amores, que se iba a jugar la vida en una final de la liga nacional en territorio ajeno -territorio comanche, como diría un comentarista deportivo aficionado al cine policíaco-. Gente sencilla, aficionados, presos de una pasión extrema por el fútbol, se dirigían al sur cargados de banderas, mochilas, radios, máquinas fotográficas; ataviados con los colores tradicionales de su equipo, es decir, gorros, bufandas, camisetas de color rojo encendido. Habría que agregar los instrumentos de la banda de la institución: tambores, instrumentos de viento, etc. La estación, entregada, resignada, los vio llegar exhalando algunos suspiros de agobio.
El tren designado, ubicado en el andén número 3, también esperaba la invasión de los forofos que habían contratado con anterioridad todo el convoy. La majestuosa e impresionante locomotora negra, como el carbón que alimentaba sus calderas, daba señales de querer salir pronto hacia la distancia, a galopar sobre los rieles que insinuaban perderse detrás del horizonte. Los vagones, divididos en tres clases, con cierta desidia vieron cómo los viajeros iban ubicándose en su interior.
El maquinista, de imponente figura, con su estridente silbato, dio la señal de partida. «¡Pasajeros al tren!». Sin hacerse de rogar, la locomotora echó a faenar su maquinaria y abandonaba lentamente la estación con su inmenso reloj, ubicado en la fachada central, que señalaba las 10 de la mañana de un domingo casi veraniego.
Los alegres forofos, formados por familias completas, niños revoltosos, jóvenes impetuosos, padres nerviosos, apacibles ancianos -de ambos sexos-, competían entre ellos en optimismo. Radiantes, dispuestos a apoyar al equipo de sus amores, cuyos integrantes habían hecho una promesa, una manda a la Virgen del Carmen, prometiendo todos hacer un peregrinaje, caminando desde la capital hasta la zona donde se encontraba. Los hinchas, vestidos con ropa liviana, no habían olvidado sus chubasqueros; viajaban al sur, donde la lluvia se dejaba caer en cualquier momento sin importar que un tímido sol estuviera presente. El partido, «la gran finale», se iba a jugar a las 18 horas, tiempo habría de sobra para llegar en forma holgada al estadio del club que ejercía de dueño de casa.
Triqui triqui triqui traca. Rítmico traqueteo. El tren corría su maratón particular sin rival alguno que enfrentar. Poderoso como un caballo joven y salvaje dirigiendo una manada. El paisaje se iba transformando poco a poco. Atrás iban quedando estaciones sumidas en la somnolencia, ciudades, pueblos, túneles, terraplenes. El tren pasaba sin detenerse en las estaciones, pues ya tenía un destino fijo. Los pasajeros, pasado el mediodía, comenzaron a sacar de sus bolsos y mochilas, productos destinados a ser consumidos. Trozos de pollo, huevos duros, tomates, pan, bocadillos, bebidas gaseosas, botellas de vino… en fin, un verdadero festín, un picnic en movimiento. Los clásicos vendedores de los trenes hicieron su agosto con aquellos pasajeros despistados que no llevaban nada. Qué manera de compartir. Brindis, carcajadas, conversaciones por doquier. Por un rincón asomó un guitarrista, un joven de pelo largo, barba y gruesos lentes, con algunas características de un hippie adelantado a la época, que comenzó a interpretar melodías populares coreadas por todo el grupo.
El tren, ajeno a estas manifestaciones, seguía avanzando. La locomotora, con su humo dibujaba figuras que se borraban al instante; plena de energía, continuaba su camino sin amilanarse ante nada. El tiempo, fiel a sus consignas y ceremonias, iba moviendo sus agujas secretas, marcando el paso de las horas.
Sin embargo, la historia cambia cuando intervienen extraños acontecimientos, factores inesperados, que no están previstos por los seres humanos. ¿Quién tuerce el quehacer, el momento crucial que se vive y se disfruta? ¿Quién interviene? ¿Es un Dios distraído o es un Demonio que mete su nefasta cola? Nadie lo sabe. Misterio absoluto. Sucedió algo que…
El tren estaba en el territorio sureño donde se desarrollaría el gran evento deportivo. Zona de ríos caudalosos, de lagos inmemoriales, de bosques impenetrables, de lluvias intensas dando la sensación de que nunca fuesen a terminar. Solamente era cruzar el puente, recorrer unos cuantos kilómetros, llegar a la estación, bajar e irse caminando, cantando, hacia el estadio.
El puente era digno de ser admirado, estructura de hierro que le costó al erario nacional buena parte de su economía. Un puente donde intervinieron gran cantidad de personas; ingenieros, arquitectos, trabajadores. Puente que costó vidas humanas, obreros por supuesto. Se elevaba sobre el río, llegando a una altura que provocaba vértigo al mirar hacia las aguas torrentosas. Era una vista maravillosa, impresionante. Los pasajeros se pegaban a las ventanas para observar con exclamaciones de admiración el fabuloso puente, orgullo de la nación ante el resto del mundo. Muchos, casi la mayoría, por primera vez miraban tamaño espectáculo. Abajo, muy abajo, el río con su cauce imponente; a los costados el inmenso roquedo y el verde de los árboles; aunque había algunas zonas lamentablemente calcinadas. Eran muy habituales los incendios.
El tren se detuvo. Todos pensaron ingenuamente que era para que disfrutaran a sus anchas del panorama. Pero no era así el tema. Extraño, muy extraño. El tren estaba en medio del puente, cerca del final, cerca del comienzo. Hasta la máquina dejó de echar humo. Un silencio profundo se produjo. Transcurrieron algunos instantes y surgieron algunas voces preguntando qué era lo que estaba sucediendo. En estos casos siempre aparecen personas que se las dan de líderes, voluntarios, ofreciéndose para ir a investigar lo que sucede. Se demoraron en llegar a ciertas conclusiones. Los sorprendió la entrada al vagón de uno de los inspectores, muy parecido al director de cine Alfred Hitchcock, denominado «el rey del suspense». Viejo empleado del ferrocarril, experto en situaciones de emergencia, que con una voz profunda y seria, dijo:
-«Señores pasajeros, les ruego presten atención, en nombre de la empresa, les informo que tenemos un problema de carácter técnico pronto a solucionar. Tengan paciencia y sobre todas las cosas les pedimos perentoriamente no bajar del tren, estamos a gran altura y sería muy peligroso para ustedes, podrían caerse. Les pedimos perdón por esta situación que provocará un pequeño retraso. No se preocupen, llegarán con tiempo a disfrutar del partido. Se retiró dejando una oleada de murmullos».
Los pasajeros quedaron medianamente tranquilizados. Trataron de olvidar, paliar sus preocupaciones, ocupándose de otros menesteres. Algunos se pusieron a jugar a las cartas, otros a contarse chascarros, otros simplemente a conversar, los niños a correr por el pasillo, una pareja de jóvenes a besarse interminablemente. El guitarrista volvió a sus canciones. Un individuo, maduro, incansable fumador de pipa, luciendo unas gafas aparatosas, fuera totalmente del ambiente reinante en el vagón, arrellanado en su asiento, se dedicó a leer un libro de memorias, de vez en cuando a tomar notas en un cuadernillo de tapas negras. Mientras el guitarrista entonaba «El chachachá del tren», comenzó a llover, al principio suavemente, después a caer el agua como un diluvio. Afortunadamente fue un simple chaparrón. El guitarrista, que no se sabía de dónde sacaba tanta energía, inició los compases del baile nacional y varias parejas salieron a exponer sus talentos de danzarines en el estrecho pasillo. Enseguida bailaron corridos mexicanos.
Esta vez la gente comenzó a impacientarse de verdad; cuando consultaron sus relojes, había pasado demasiado tiempo. Los matemáticos comenzaron a echar cuentas: quedaban tantos kilómetros; quedaba tanto tiempo. Regla aritmética. Tiempo-distancia. De pronto, un individuo con características de aventurero, joven, atlético, chándal azul, cintillo en la cabeza, con algunos gestos teatrales, tomó la palabra:
-Amigos, presten un poco de atención. He recorrido todo el tren, primero llegué hasta la parte delantera y con la ayuda de mis prismáticos pude observar la presencia de militares en la orilla, todos con traje de campaña; bueno, los conozco bien porque trabajé con ellos algunos años. Luego he retrocedido hasta la parte trasera y me encontré con la misma situación, soldados armados hasta los dientes, ubicados estratégicamente. Al parecer algo gordo ha ocurrido en el país.
Terminó de hablar y se escuchó una voz trágica: «¡Oh, dios mío, no me digan que se trata de un nuevo golpe de Estado!». Otra voz, más juiciosa, se oyó: «Propongo que encendamos las radios portátiles para escuchar noticias». Los dueños de tales aparatos los encendieron pero solamente se escucharon canciones populares, noticias deportivas, informes sobre el tiempo y otras. Nada de bandos militares. Descartado el golpe de Estado, comenzaron las elucubraciones. Se escuchó nuevamente la voz del hombre tranquilo, sereno, sabio, que era un modesto profesor de Educación Básica:
-«Amigos, propongo que dos personas que pasen desapercibidas vayan a corroborar lo dicho por este joven para saber a ciencia cierta lo que acontece».
Aprobado. Una mujer normalita, es decir, ni muy joven ni muy vieja, ni muy bonita ni muy fea, y un señor cercano a la tercera edad, fueron los elegidos. Partieron a sus respectivas misiones. Entretanto, una simpática señorita entretenía a los niños en un rincón contando cuentos.
El entusiasmo del grupo estaba en el punto cero. El tiempo avanzaba inexorablemente. El pesimismo se iba haciendo carne en sus cuerpos, en sus mentes. La hora de comienzo del partido se acercaba. Silencio. Silencio interrumpido por la llegada de los emisarios que, antes de hablar, pidieron sendos vasos de agua. La dama encargada de la zona trasera, confirmó la presencia de los militares y que en los vagones con los otros forofos reinaba una intensa inquietud. Se comentaba que había habido un terremoto y se habrían producido derrumbes. Raro, muy raro, nadie lo había sentido. La radio no había entregado ninguna información al respecto. El señor cercano a la tercera edad, con voz mesurada informó que también había visto militares, pero algo más. En el vagón restaurante vio un tipo, con todas las características de un médico, examinando a una pareja tendida en los asientos -también estaba uno de los inspectores y otras personas-; escuchó palabras sueltas, algo así como que hablaban de un virus, de una, posible epidemia. Pero no estaba seguro del todo, había mucha gente alrededor.
Ahora sí que cundió el pánico. Una señora gorda, aficionada al cine catastrófico, comentó que a lo mejor les pasaba lo mismo que a los pasajeros de un tren donde se declaró una epidemia entre los pasajeros y que no dejaban al tren parar en ninguna estación. Y así varias personas intervinieron, cada cual más trágica, para contar situaciones dramáticas y accidentes ferroviarios. Nuevamente surgió la voz serena y sabia del profesor de Educación Básica:
-«Amigos, tranquilidad, no sacamos nada con discutir, con barruntar hipotéticas razones que no nos llevan a ninguna parte. Confiemos en las autoridades, en la gente responsable de este tren; sin duda nos sacarán de este atolladero. Damas, caballeros, el partido va a comenzar, propongo que los poseedores de las radios las enciendan, por lo menos podremos escuchar como transcurre el encuentro».
Aprobado.
«Esto comienza señores. A estadio lleno, aforo completo, se enfrentan los dos equipos que luchan por el trono, por la conquista de La Liga. Avanza el equipo visitante, con rapidez de galgos se van sobre el arco del rival. Línea de fondo, pase de la muerte, entrada de Juanito que con un golpe bajo de su pierna derecha, introduce el balón en la portería contraria. ¡Gol…! ¡Gol…! ¡Gol…!».
Un gol larguísimo, como larguísimos fueron los vítores, las hurras, los gritos desaforados de los pasajeros del tren que en ese momento olvidaron el suceso nefasto por el cual estaban privados de acudir a la cita deportiva. Había sido el gol más rápido de la temporada. Fue celebrado intensamente. Se escucharon gritos de entusiasmo desde los otros vagones y hasta se oyeron los ecos de la banda que empezó a interpretar sus clásicos himnos. Luego un impresionante silencio de los pasajeros, solamente se escuchaba la voz profesional del comentarista que transmitía la brega:
«Esto continúa, señores: ambos rivales defendiéndose con sus armas, con vehemencia, con energía, con entrega total, con entusiasmo, poco fútbol pero mucho pundonor deportivo. Hacemos constar, recuerden, que el equipo visitante debe ganar para salir campeón, no le sirve el empate, si hay igualdad al término del partido, el equipo dueño de casa tiene el título en sus manos».
Comenzó un verdadero calvario para los hinchas viajeros. Carrerillas para el baño. Con la garganta seca puesto que ya se lo habían bebido todo. Terminó el primer tiempo. En el descanso, miles de jugosos comentarios sobre el partido. «Aguantaremos, claro que aguantaremos, tenemos una excelente defensa». «A lo mejor podemos hacer hasta otro gol». «Pero se lesionó nuestro goleador»… Y así, cada uno dando su parecer, los más expertos dando indicaciones de lo que debería hacer el entrenador de su equipo.
Comenzó el segundo tiempo, nuevamente la voz elegante, efectista, del relator deportivo:
«Ambos equipos salen al campo con los mismos jugadores que terminaron el primer tiempo, seguro que en el transcurso del partido ambos directores técnicos harán los cambios que estimen pertinentes. Se hace más complicado el buen fútbol, pues ha comenzado a llover intensamente, está cayendo un verdadero diluvio, cuesta bastante ver desde nuestra caseta lo que sucede en el campo».
«¡Maldita sea, los dueños de casa están acostumbrados a jugar con lluvia!». Otros comentarios por el estilo se escucharon hasta que alguien mandó callar. Hubo que poner orden. Se separaron en tres grupos alrededor del dueño del aparato de radio. Todo el mundo pendiente de la narración deportiva. El lector del libro de memorias, sumido en su mundillo particular, tomaba nota en su cuadernillo entre bocanada y bocanada de su pipa. Alguien aficionado a las novelas del Comisario Maigret, seguro, le habría encontrado un cierto aire a Georges Simenon, célebre escritor, creador del personaje policíaco llevado al mundo del cine en varias ocasiones.
Para angustia de los forofos viajeros, el segundo tiempo se hizo interminable. El míster del equipo visitante ordenó defenderse, irse atrás, cambió a sus delanteros por defensas. El equipo contrario atacaba y atacaba. Todo esto narrado por el relator deportivo, que hacía gala de un lenguaje efectista y espectacular, hacía sentirse a los que escuchaban partícipes del juego. Ninguno de los viajeros estaba pendiente del accidente que los tenía retenidos, todos estaban atentos a los acontecimientos deportivos que narraba el locutor:
«Esto se acaba señores, se juegan los tres minutos adicionales que ha señalado el juez de la contienda. Avanza el equipo dueño de casa, dominador absoluto en la segunda parte de la brega. Centro al área, pelota que cae mojada por la espesa lluvia, pito, silbato, el señor arbitro algo ha cobrado, no sabemos la falta cometida y a quien favorece, consultaremos a nuestros ayudantes de campo… Penalti, ha cobrado penalti el señor arbitro. Penalti resistido por los jugadores del equipo visitante. Un momento, hay un expulsado. Se trata nada menos que del arquero. Así es, estimados auditores. Es el guardameta, que se había convertido en el mejor jugador del equipo de la capital con sus fabulosas atajadas, quien debe abandonar el campo de juego en los últimos segundos de descuento del partido por una decisión arbitral. Menudo problema tiene el entrenador, ha agotado los cambios, tendrá que ubicarse bajo los tres palos un jugador de campo. El central Manolita, el más espigado, es el elegido. Todo esto sucede, señores y señoras, bajo un verdadero vendaval de agua y viento».
Los forofos estaban en un clima de efervescencia fatal. Un señor entrado en carnes, al borde de sufrir un infarto. Los únicos tranquilos eran el hombre de la pipa y el libro de memorias del cuadernillo negro y el Profesor de Educación Básica. Afuera reinaba la oscuridad absoluta.
«Garlitos, el conocido capitán, mediocampista, todoterreno, será el encargado de chutar el penalti. Expectación en todo el estadio. ¡Qué momento tan emocionante estamos viviendo! Con su habitual ceremonia, experto en penaltis, Garlitos, sin tomar carrerilla alguna se coloca frente al balón. El arbitro da la señal con un fuerte silbato. Garlitos chuta elegante, finamente, tocando el balón hacia un costado. Señoras, señores, el esférico ha dado en el palo y ha caído suavemente en las manos del improvisado guardavallas. Manolito lanza lejos el balón, el arbitro da por concluida la contienda. ¡Pang, pang, se acabó!».
Describir la que se armó en el vagón es complicado, mejor dicho, la que se armó en todo el tren. Gritos de júbilo, consignas deportivas, canciones, abrazos, besos, la banda tocando a todo trapo. Pasados algunos minutos de jolgorio general, nadie se percató cuando entró el inspector parecido a Alfred Hitchcock. Le costó un tanto acallar a la gente.
-«Estimados pasajeros, la empresa de Ferrocarriles del Estado, que tengo el alto honor de representar, vuelve a reiterar sus excusas por el lamentable incidente que ha sucedido. Se han solucionado los problemas técnicos que teníamos y ya nos ponemos en marcha».
Todos dieron un discreto suspiro de alivio. Increíble que con todo lo acontecido no hubieron desgracias que lamentar. Los atribulados forofos se habían comportado con responsabilidad y con todos los atributos del buen ciudadano. Claro, eran otros tiempos. No existían las barras bravas, los hooligans, los ultras, etc. El profesor, después de saludar a sus vecinos más cercanos, se acercó al tipo de la pipa más que nada por curiosidad.
-«Disculpe que me siente a su lado y le pregunte con todo respeto, ¿qué hace usted en este tren?».
Pregunta directa, típica de un maestro. El aludido, antes de contestar, cerró lentamente su cuaderno de notas. El maestro primario, que poseía una vista de lince, había alcanzado a leer unas letras mayúsculas, casi góticas, que decían: «TREN AL SUR… TREN AL SUR».
Entretanto, el tren, marcha atrás, volvía a la lejana metrópoli. Los pasajeros, rendidos, cansados, no se dieron cuenta. La mayoría dormía, insinuando en sus rostros una leve sonrisa de felicidad. Afuera la intensa noche y el cielo poblándose de estrellas. Atrás quedó el puente, mudo testigo, una vez más, de la condición humana.
