“En los detalles está el diablo”: en su novela El hombre que amaba los perros (Tusquets, 2009), Leonardo Padura desliza con gran habilidad un toque que creo ha sido poco percibido1 y menos valorado en sus implicaciones históricas, contextuales y psicológicas.
En premio por sus “servicios”, al regresar a Moscú (con una breve estancia de paso por La Habana) después de haber permanecido fiel en su mutismo durante 20 años de cárcel en México, la alta oficialidad del NKVD-KGB, “cumpliendo órdenes superiores”, ya no del dictador José Stalin (fallecido unos años antes), sino del nuevo mandamás soviético, el camarada Nikita Serguéievich Jrushchov (Secretario General del PCUS desde el 3 de septiembre de 1953 al 14 de octubre de 1964), obsequia el 9 de mayo de 1964 a Ramón Mercader-Jacques Mornard un reloj de pulsera, con una dedicatoria grabada. Aunque –así lo sospecho- quizá este regalo estaba ya preparado desde la época de Stalin, en espera de ser entregado a su usuario final.
Esto de regalar relojes no es exclusivo del mundo soviético: el mismo Fidel Castro también ha entregado relojes “dedicados” a sus colaboradores y servidores más cercanos; por ejemplo, un antiguo alto funcionario cubano tenía un Rolex Modelo Premier con ese origen, el mismo que después le fue arrebatado con violencia a su hijo en un asalto en una oscura callejuela mexicana. Así, es de suponer que algún ladrón azteca luce hoy en su muñeca esa pieza, y (si no la ha vendido a un coleccionista), seguramente la mostrará complacido a sus cómplices, con quienes quizá presuma su amistad con “el invicto Comandante”, muy admirado por ellos, ciertamente, como su “guía e inspiración”, pues ellos hacen en pequeño lo que el otro ha hecho en grande: cuestión de escalas.

Ramón Mercader,alias Jacques Mornard, o Franck Jackson, en el interrogatorio en los tribunales mexicanos.
Mercader acepta la joya complacido (o resignado), aunque después su generoso mecenas -a quien nunca puede ver- resultará derrocado por esa infalible maquinaria de terrible precisión destructiva que son las “revoluciones”: hoy son unos los que suben al patíbulo, y mañana serán los mismos que aplaudían la inmolación de los anteriores quienes ocupen su lugar debajo de la filosa cuchilla. Las revoluciones, lo sabemos muy bien quienes las hemos padecido, son unas frías máquinas de moler carne, insaciables e incesantes. Y los países donde se imponen, generalmente dejan de producir cualquiera otros frutos que no sean la envidia y la desconfianza, que así se transforman en sus grandes productos de consumo interno: logran de esta suerte una curiosa industrialización, al convertirse en grandes “fábricas de odio”, sin excepción, y para comprobarlo basta mirar la Historia. Perversamente, dejan de generar otros bienes o “recursos humanos”, que no sean los odiadores, los envidiosos y los enemigos. Y quienes caen en sus engranajes, terminan convertidos en papilla… eso sí, una espesa pasta muy “revolucionaria”.
La “Revolución Cubana”, como muchas otras de su tipo, en definitiva, fue también el cataclismo que removió y sacó a flote toda la podredumbre que ya subyacía en la psique colectiva –envidia, odio, resquemor- y la convirtió en discurso oficial, para ser encauzado en función de un carisma, una voluntad y un ego superiores, pro domo sua: “¡Paredón, paredón!”, gritaban las turbas en la Plaza al principio; más cercanamente, en las calles se oye: “¡Pa’lo que sea, Fidel, pa’lo que sea!”. Pues bien, ahí lo tenemos: por ser lo que somos, estamos como estamos. Debe considerarse que Fidel Castro sólo aprovechó –no creó- lo que ya existía, y con esa materia nauseabunda forjó el pedestal de su mausoleo en la historia. Y mientras no cambiemos, así seguiremos.
Ramón Mercader fue de esos que cayeron –saltó o fue empujado- en la voraz boca de la maquinaria implacable, y su caso es sólo uno de muchos más, pero semejante sucesión -de riguroso cumplimiento- no logra convertirse aún en ejemplo suficientemente aleccionador para ingenuos, incautos o fervorosos cegatos. Para remediar esto al menos en parte, supongo que Padura escribió esta historia de El hombre que amaba los perros; título que puede referirse a León Trotsky o a Ramón Mercader, o al mismo José Stalin, pues los tres amaban los canes. Y hasta a Adolfo Hitler, quien parece le costó más dolor pegarle un balazo a su pastor alemán “Blondie”, que a él mismo y a su mujer Eva Braun.
No sé por qué lo asocio en este momento, pero de Fidel Castro no se sabe que tenga (o haya tenido) alguna mascota –aparte de sus 11 millones de conciudadanos-: ni perro, ni gato, ni canario. De jovencito, tuvo unos gallos de pelea a los que mató de hambre, para “perfeccionarlos” y “hacerlos más combativos”. Y después, a veces, tuvo una vaca o un toro, hasta que los liquidó también, ordeñándolos (Ubre Blanca) o masturbándolos (Rosafé) hasta el exceso2. Tampoco baila, ni canta, pero sí come frutas y en abundancia. Y su sentido del humor resulta sumamente peculiar y personalísimo (sólo él ríe –voluntariamente- con sus chistes: el resto de sus cercanos lo hacen por “solidaridad”).
La joya soviética aparece varias veces en la novela, pero levemente, sólo con una ligera y muy circunstancial mención, como parte del atuendo del personaje, sin insistir demasiado, procurando no llamar la atención sobre ella. Sin embargo, el lector atento no la pasará por alto, pues será un elemento desencadenante de la tragedia, en su forma más simple y terrible: la muerte ciega.
Mercader es una molesta herencia que recibe Nikita como parte del incómodo legado de su compadre José. En un sistema donde el Estado lo es todo y el Individuo no significa nada, las decisiones se toman con rapidez y sin controversia: lo más abominable de los gobiernos así no es que alguien mande a matar a otro sin audiencia ni proceso, sino que pueda hacerlo sin discusión, ni despertar, no digamos una protesta, sino siquiera una tibia opinión discrepante. Es lo que Hannah Arendt definió como “la banalización del mal”3: ella tomó sus ejemplos de los terribles campos de concentración y exterminio de los nazis, a propósito del juicio contra Adolf Eichmann, pero igualmente pudo hacerlo, quizá con igual horror, del amplio “archipiélago Gulag” que desde mucho antes se insertaba en la inmensa geografía del Imperio Soviético. Con la salvedad que los ejecutores de semejantes crímenes no han tenido aún un Nüremberg ni un Jerusalén. Todavía… La variante castrista de las UMAP’s, en Cuba, fueron apenas acogedoras “villas de descanso”, confortables “dashas tropicales”, en comparación con lo que nos enseñaba la “Madre Rusia”: ¡Hurra! (Grítese tres veces, de preferencia, arrodillado y con el puño izquierdo levantado hacia el cielo). Algo remarcado en la novela de Padura es que no se percibe ni un leve síntoma de arrepentimiento o de culpa en Mercader, así como tampoco se aprecia en los represores de las UMAP’s, ni de los combatientes carceleros de los centenares de prisiones que han marcado una geografía del horror en la isla caribeña, para confirmar una vez más la maldición herediana: “Cuba, en tu seno se miran,/ en el grado más alto y profundo,/ las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral”… Los verdugos y los sicarios, no tienen una verdadera noción del arrepentimiento porque carecen de auténtica conciencia humana, aunque puedan ser excelentes y amorosos esposos y padres de familia: son sociópatas para quienes determinadas formas de poder absoluto (totalitarismos y autoritarismos, de izquierda y derecha) resultan muy propicias para desatar sin represalias su más profunda esencia bestial.
Cuando Mercader llega a Cuba en su etapa final, todavía se escuchaba el eco de aquellos inmortales compases de las congas callejeras que cantaban “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”, y aún el Gran Timonel insular sangraba por la herida que le hubieran arrebatado sus juguetes nucleares, precisamente cuando estaba a punto de apretar el fatídico botón (como orgullosamente reconoció él mismo años después, en conversación con un estupefacto Bobby MacNamara4). Por cierto, viendo cómo va la evolución del galardón, en algún momento, así sea post mortem, con tan poderosos, convincentes y sobre todo explosivos argumentos, los inefables miembros del Parlamento Noruego terminarán concediéndole a este señor –o a su hermano- el Premio Nobel de la Paz (total, dirán ellos, si Don Alfredo, el fundador, inventó la dinamita…)
Anton Chejov decía que si pones un clavo en una pared dentro del escenario, en algún momento habrá que colgar “algo” en ese clavo. Nada puede aparecer en una obra bien concebida y hábilmente escrita (y sin dudas, Padura es un buen novelista que conoce su oficio con maestría) que no contenga su propia justificación narrativa. Y así pasa con el reloj de Jrushchov. Por supuesto, no es el mismo reloj que se le desprendió al soviético cuando el famoso incidente del zapatazo en la ONU.5
Pocos se han percatado que la enfermedad mortal de Mercader es muy parecida a la de la desdichada Ana, la adorada esposa de su joven amigo cubano el veterinario (escritor frustrado) Iván Cárdenas Maturell (aunque Padura desliza, implacable que fue “probablemente provocada por la polineuritis avitaminosa destapada en los años más duros de la crisis de los noventa”, pero esto no excluye lo anterior, sino que se añade): ambos padecen un progresivo deterioro que los conduce irremediablemente a la muerte Y esta muerte decide otra, la del mismo Iván quien hereda una culpa y –al parecer- se suicida. En el caso de Jacson-Mornard-Mercader, se diagnostica un tipo de cáncer desconocido, después de numerosos estudios clínicos. Un buen día, ya muerto Mercader, se le aparece al joven veterinario cubano una emisaria, “una mujer muy negra, altísima”, con el paquete que se supone le envió aquel también “negro, flaco y alto” quien “cuidaba” o mejor vigilaba a Mercader en la playa de Santa María del Mar. Su color y su físico los relaciona. Le entrega de parte del fallecido unos sobres con papeles y un encendedor (“fosforera” se le dice en Cuba, aunque no contenga fósforos o cerillos), y se supone que tanto los papeles como el encendedor han estado en contacto directo y por mucho tiempo con Mercader, así que pueden haber sido contaminados con el reloj obsequiado, ya en época de Jrushchov –y no de Breznev, como resbala Padura, pecatta minuta– al sicario.
Al recibir el legado, a Iván ya no le caben dudas que el enigmático paseante con los insólitos Borzois en una playa del Caribe, deja de ser el nebuloso Jaime López para convertirse de pronto, si no en un protagonista de la Historia, al menos sí en uno de sus más sangrientos instrumentos: el tenebroso superagente soviético Ramón Mercader.
En realidad su aspecto no indicaba nada especial: llegué a conocerlo cuando yo era muy jovencito, en la Biblioteca Nacional de Cuba, donde él iba con frecuencia para aprovisionarse de libros que excepcionalmente obtenía como préstamo domiciliario por un algún secreto privilegio, que me explicó un día María Lastallo, la entonces Jefa de Canje y Adquisiciones de la BNJM6: “Es Ramón Mercader”, me susurró, abriendo muy grandes sus ojos tras los gruesos lentes. De hecho, luego nos presentó y noté que era una persona de hablar pausado y suave, quien apenas levantaba la voz y lucía siempre como ensimismado y triste, aunque de porte muy distinguido, casi elegante. Algo encorvado, como si soportara un peso enorme en las espaldas.
Padura acude en su novela a un antiguo recurso, tantas veces utilizado en la literatura, desde El Quijote hasta en la clásica y multiplagiada novela gótica de Jan Potocki Un manuscrito hallado en Zaragoza (1803)7, y todavía en Edgar Allan Poe y su Manuscrito encontrado en una botella (1833): el “texto encontrado”, a través de la figura de este seguroso, variante del Cide Hamete Benengeli cervantino.
Iván Cárdenas Maturell es el Cide Hamete de Daniel Fonseca Ledesma, quien a su vez lo es de Leonardo Padura Fuentes, pero en definitiva, los tres son UNO solo: el propio autor de la novela, quien además es también en parte Trotsky y Mercader, todo mezclado, en un admirable juego de espejos. Todas estas son sus “máscaras”, que ha utilizado una tras otra para llegar a su obra. Es una cadena de sucesivas paternidades postergadas y encubridoras. En el caso del desdichado joven cubano que recibe esa herencia maldita, es todavía más enigmático, pues su progresivo deterioro puede vincularse también con la depresión de una vida sin sentido después de una existencia anodina, mediocre y sin horizontes, símbolo de varias generaciones, y haber perdido además a su compañera, Ana. Es como una maldición mortal: todo lo que toque ese drama de sangre, iniciado en un remoto salón del Kremlin en los años 30 del siglo pasado, acaba mal. Es un mal fario (que proviene del latín popular malfarium, combinación de maleficium y nefarium, crimen nefando, nunca mejor dicho que este caso) dirían los gitanos, o jettatura, el maléfico influjo de un gafe asesino. Y si algo de contacto físico tienen ambos personajes es, precisamente, el reloj que Jrushchov (por profiláctica interpósita vía, obviamente), le obsequia al español, y luego éste traspasa indirectamente al cubano como muestra de su afecto, pues ha estado en contacto con sus papeles de confesión y su fosforera, pues en el fondo identifica en su interlocutor a otra persona destinada a la tragedia, víctimas ambos de un sistema implacable y con una ciega capacidad destructiva de igual precisión que un “mecanismo de relojería”, pero descontrolado por el azar. Como en la tragedia griega, los hombres son marionetas de los dioses ciegos, que juegan a los dados sus existencias. Y un pequeño elemento apenas advertido desencadena el pathos, el destino fatal.
Y al final, el testimonio cae (literalmente) como una pesada herencia en el albacea renuente, en Daniel Fonseca Ledesma, que es con quien el lector identifica a Padura, pues es el destinatario final de la trama y quien la da a conocer, aunque muy a su pesar.
El reloj es un símbolo de poder, pero también de la fugacidad de la vida. En los antiguos carillones europeos era común la inscripción latina que decía: “Todas hieren; la última mata”, refiriéndose a Las Horas. El Caballero y La Muerte, armada de guadaña y clepsidra, era también una pareja alegórica de frecuente aparición en las carátulas de esos monumentos de la ingeniería medieval. Y ya en el territorio de los símbolos, las alegorías y los emblemas, debe considerarse que la fosforera, o encendedor con mayor propiedad, es una llama pequeña, una antorcha en miniatura con propósito individual y doméstico, y esa llamita que produce es como una lucecita ¿de la verdad? que se abre al final de un túnel de mentiras y misterios, de trampas y traiciones. Es la heredera de aquella llama de Prometeo quien conquista el fuego de la verdad para los hombres, al precio de su sacrificio y aparejado con el martirio sufrido, por los dioses celosos que no le perdonan su hurto: su hígado (sus entrañas, como las de Mercader y Ana) será devorado implacablemente por un águila hasta el fin de los tiempos. ¿Por qué, si no, entre todos los objetos posibles, al novelista se le ocurrió poner como obsequio de Mercader a Cárdenas una fosforera junto con los papeles y no otra cosa? ¿Realmente sería para quemarlos, como desliza irónico el propio Padura?
Nadie, que yo sepa, ha advertido la sutil jugada del novelista y él tampoco -¡faltaría más!- se ha encargado de descubrirla, quizá abonando su propia leyenda, como aquellos “12 errores de Cien años de soledad”, que García Márquez se llevó a la tumba (sabe Dios si existieron en verdad). Pero lo que me ocupa ahora es ponderar, a partir de ese “reloj maldito”, las posibles lecturas e implicaciones del mismo.
Empiezo por afirmar que el dichoso reloj-fosforera (el objeto maldito en resumen) es una trampa muy bien concebida. Los de mi generación en Cuba (Padura incluido), que usamos aquellos “Poljots” y “Slavas”, a falta de “Casios”, “Seikos”, “Longines” y mucho menos “Rolex”, teníamos muchos amorosos cuidados con ellos para conservarlos: limpiarlos del sudor cuando nos los quitábamos, nunca ponerlos sobre un vidrio o superficie fría que pudiera alterar sus mecanismos suprasensibles, sometidos además al brutal calor tropical, cuando en realidad fueron diseñados –como los Ladas, Moscovich y otros autos de semejante ralea- para las condiciones gélidas de Siberia. Eran un “objeto de culto” y status, pero además muy necesarios, y virtualmente insustituibles. También eran parte de un símbolo de virilidad: cuando el muchacho cubano de entonces cumplía cierta edad, recibía del padre dos elementos que lo reconocían ya como casi un adulto, digno de confianza: uno era el reloj, y el otro eran las llaves de la casa. Ambas representaban que ya uno era dueño del tiempo y la oportunidad para regresar al hogar, dentro de los saludables límites de la prudencia y el discernimiento. Ahora ese papel (en la comunidad cubana del exilio) lo representan las tarjetas de crédito, las llaves del auto, o la infinidad de gadgets que cada día brotan mágicamente en las tiendas. Pero los muchachos de aquella época –y Padura debe recordarlo muy bien, como hijo de un “padre de respeto”, masón y educado- recibíamos aquellos dones con la íntima satisfacción de ser considerados ya unos “hombrecitos”. El reloj y la fosforera son símbolos masculinos: uno, para saber quién tiene la hora correcta y el otro, la posibilidad de fumar, otro antiguo rastro de madurez en un país de grandes consumidores de tabaco.
El tenebroso y neurótico gobernante Stalin (o Jruschov, o Breznev, el nombre es un accidente dentro del sistema) –quien de contar con ella, tendría sobre su conciencia muchas más muertes que el propio Hitler, como demuestran los terribles datos históricos comprobables8– le reserva a su agente más fiel, quien nunca habló, ni confesó de dónde venía realmente el origen del golpe del piolet, un sencillo objeto como un reloj (maldición que después se transmite a una fosforera), donde expresa su “reconocimiento y cariño”. Sin embargo, es “el abrazo del oso”, y nunca mejor dicho tratándose del autócrata ruso. Pero en ese obsequio, la manzana envenenada, va la propia destrucción del obsequiado. Padura no lo dice claramente pero lo sugiere para oídos y ojos atentos: a partir de recibir el regalo, la salud del obsequiado empieza a decaer. Y cuando finalmente muere, uno de sus últimos gestos es obsequiar a su vez, sin saberlo, el regalo de sangre a un desprevenido joven cubano, quien sin comerla ni beberla entra así en uno de los más sangrientos torrentes de la Historia Universal: el asesinato de Trotsky, quien tampoco, ni remotamente, era “un santo” como se han empeñado en tratarlo de vender sus apasionados y cegatos seguidores: fue tan despiadado y frío asesino como Lenin y Stalin, sólo que perdió en la lotería política y el otro “le hizo manigüiti” con las postalitas del álbum soviético.
A partir de ese momento, a su vez, la salud del joven cubano empieza a descender una penosa cuesta, hasta su prematura muerte. Primero pierde a su mujer y luego perece en una catástrofe que nunca queda claro si fue suicidio o derrumbe.
Desde hace años se sabe que el GPU primero, NKVD después y el KGB finalmente, utilizaron la inserción de isótopos radioactivos para provocar la muerte sin causa aparente de algunos opositores especialmente molestos y estorbosos. Fueron los casos del envenenamiento con partículas de ricino insertadas por la punta de un paraguas especial en el búlgaro disidente Georgi Marlov, o el té mortal saborizado con isótopos radioactivos que bebió Alexander Litvinenko: estos casos, comprobados y minuciosamente documentados, hasta han sido llevados a la novela y el cine. El plutonio y el radio, en la química policíaca soviética, son mucho más que dos elementos en la Tabla Periódica de Mendeleiev.
Los regímenes totalitarios como el soviético y los que de él recibieron su enseñanza y formación, resultaron sumamente sofisticados para eliminar a las personas que eran molestas o peligrosas. Entre otros métodos como los arriba citados, desarrollaron uno especialmente apropiado porque no deja huellas y es prácticamente indetectable; asombra además por su implacable sencillez: consiste en inyectarle a una persona una solución diurética (con cualquier pretexto: “son vitaminas”, “es un calmante”, “una vacuna antiviral”) de tal suerte, que logra su progresiva deshidratación hasta el punto cuando la sangre “se espesa”, y la víctima muere por un infarto del miocardio como causa comprobable y certificable. Puede llamar algo la atención si la víctima es una persona joven –como de 50 años-, deportista, saludable y sin hábitos dañinos… pero al poco tiempo se olvida: excepto la viuda y los hijos. Así fue el caso de José Abrantes, muerto súbitamente en prisión (Cárcel de Guanajay, 21 de enero de 1991, 56 años), después de ser condenado en la mucho menos célebre Causa 2-89.
Si Padura prosigue con esta línea de trabajo (la novela detectivesca política), seguramente encontrará en la historia inmediata de Cuba muchos temas de inspiración. Existen tantos capítulos que todavía hoy son tan obscuros… La muerte de Antonio Maceo, la de José Martí, la de Camilo Cienfuegos, la de Julio Antonio Mella… Él puede ser una combinación exitosa de John Le Carreé, con Tom Clancy y Stefan Zweig. Por fortuna, en El hombre que amaba… Padura venció la posible tentación de incluir en la trama a su famoso detective Mario Conde, dejándolo tranquilamente con su botella de aguardiente en su covacha de libros viejos en la destartalada Habana.
Accidentes aéreos o automovilísticos, misteriosos desprendimientos, caídas inexplicables de altas ventanas abiertas, súbitas y veloces enfermedades mortales… todo está incluido en el recetario revolucionario. Hasta el “autosuicidio” inducido, precedido por una campaña donde la víctima seleccionada es cuidadosamente presentada como inestable, neurótica, paranoica, autodestructiva… Todo se vale.
Pero llevo mi sospecha todavía un paso más adelante: ¿ignoraba Mercader, un ser de gran inteligencia y ducho en esos menesteres del espionaje, que el reloj obsequiado era el origen de su prolongada agonía? ¿No le bastaron sus años de cárcel, sólo asistido por su fanática madre cubanocatalana, para percatarse que su amo era un psicópata quien inevitablemente buscaría aniquilarlo para no dejar huellas ni una posible delación? Y todavía más, sabiendo que ese reloj fatídico era una “manzana envenenada”, ¿no lo habrá aceptado Mercader precisamente para cerrar el ciclo de su crimen? ¿No será su propia expiación inculpatoria la que lo mueve a usarlo, sabiendo ya que con ello acaba con su vida? Él mismo es víctima de quien lo hizo cometer un crimen y provocar otra víctima. Es un juego macabro y tortuoso, pero con cierta lógica perversa y retorcida, según aprecio. Mercader es, en su compleja personalidad, un masoquista edípico, un gozoso torturado por su conciencia, y se complace en ello para culminar la tragedia de su vida, siempre entre la violencia, desde antes de nacer, en un mundo esencialmente violento y destructivo. El antiguo arquetipo proviene desde la tragedia clásica griega: el Heautontimorúmenos (163 a.C.)9, de Terencio. Fiodor M. Dostoievski, por su parte, en Crimen y castigo, demostró cómo el sentido de la culpa en el propio criminal constituía la purga de su propio pecado, una especie de castigo autoinfligido, self punishment, donde el mal se revierte contra sí mismo y su agente, en las complejidades psíquicas de una mente criminalmente perturbada. Quizá estemos ante una simbiosis Raskolnikov-Mercader. Y aquí brota de nuevo Edgar Allan Poe con “El corazón acusador” (“The Tell-Tale Heart”, The Pioneer, 1843). Sin embargo, ni Crimen y castigo ni “El corazón acusador” son relatos que pudieran considerarse dentro de la literatura policial, sino tramas ético-psicológicas.
La anterior referencia no es casual: Padura ha utilizado magistralmente el consejo de dos de los clásicos del género detectivesco (aspecto pasado por alto en la crítica sobre esta novela en especial, olvidando la historia del propio novelista): Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle: lo que más se muestra, menos se ve10. La mejor forma de esconder un objeto –o una pista- es (como expone el detective Auguste Dupin tan admirado por Padura) mostrarla, exhibirla de tal forma que las miradas no la abarquen y pasen sobre ella, buscando lo oculto, cuando la pieza que ilumina todo está más evidente.
La fosforera (reloj) funciona como el clavo de Chejov: ahí está por algo, que no se dice, pero se deja al lector, lo cual reafirma la destreza narrativa de Padura, que ni dice ni calla todo, pero ofrece una puntita del estambre fuera para por el hilo llegar al ovillo. Siempre, aunque escriba una novela histórica como ésta, en Padura brota, incontenible, el pícaro escritor policíaco, haciéndole guiños y dejándole pistas al lector para que siga la trama.
Aunque histórica y política, El hombre que amaba los perros es, también, una novela detectivesca, donde el enigma va aflorando con la narración pero no todo se hace explícito, para encomendarle al lector el placer del descubrimiento propio. De esta forma su relación es más activa y se convierte no sólo en paciente de la narración sino en su coejecutor, y por tanto es también un co-investigador. Pero me gusta considerar que El hombre… no inaugura, mas si marca un hito importante en un subgénero del subgénero, como novela político policial.
Mercader tiene algo de El candidato de Manchuria (Richard Condon, The Manchurian Candidate. MacGraw-Hill, 1959), un ser programado para matar sin preguntar, como aquella “perfecta y fría máquina de matar”11, según definía apostólicamente Ernesto Che12 Guevara al ideal del buen revolucionario. Por cierto, me gusta especular con la posibilidad real que Ernesto Guevara, entonces revolucionario en ciernes de paso por México (1955-1956), vendedor callejero de libros del Fondo de Cultura Económica (FCE), y fotógrafo ambulante por la Alameda de la Ciudad de México, no haya tenido la curiosidad de visitar en el cercano Presidio de Lecumberri –así fuera de lejos- al famoso y enigmático Mornard13 quien residía allí en condiciones realmente excepcionales14: ¿se habrán conocido en México? Cuando el español va para Cuba, ya el argentino ha salido hacia sus aventuras africanas y bolivianas, y es más improbable. Sin embargo, ambos tienen además sin saberlo un signo en común, pues fueron víctimas de déspotas feroces.
Padura goza del dudoso privilegio de incordiar a unos y otros, haciendo uso de su soberano derecho a no pretender quedar bien con nadie. Si desde el exilio se le exige “más combatividad” y “más verticalidad” (¿qué me recuerda esto?), tampoco le llueven rosas desde las filas de los “sociatas” del mundo: desde su confortable trinchera marxista de Londres, en 2014 un tal Alan Woods15, en medio de renuentes elogios que parecen arrancados contra su voluntad, llega a insinuar que esta novela incurre en una “conclusión ambigua y cobarde”, en una larguísima reseña ideológico-literaria (mucho más de lo primero que de lo segundo), donde dice que “en Cuba había muchos pequeños Stalins”, como si estos hubieran surgido por generación espontánea, cual hongos silvestres al influjo de la humedad tropical, pero ni siquiera menciona de pasada a Fidel Castro. Sin dudas una novela como esta de Padura coloca en un severo conflicto a los obcecados que contra toda lógica y razón, y el argumento incontestable de la propia realidad, se aferran en negar lo evidente. Es por eso también una novela que vale, porque sirve.
Con los trotskistas tampoco le va demasiado bien a Padura, pues Pepe Gutiérrez-Álvarez16, desde su página de la Fundación Andrés Nin, del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), aunque reconoce los méritos de la obra, obviamente trata de rescatar impoluta la cuestionable figura de Trotsky. Otro comentarista, Julio Benítez17, está dispuesto a conceder –a regañadientes- que la novela de Padura “no es una obra reaccionaria en sí misma”… Menos mal que le perdonó la vida al “Premio Princesa de Asturias” cubano… Desde Mantilla (o desde la Gran Vía) Padura puede suspirar, aliviado. Además, espero que él ya no use reloj.
Con esta novela de El hombre… y aún más con el añadido en su obra de la contundente Herejes (Barcelona, Tusquets, 2013), creo que Padura avanza notablemente su perfil narrativo, y debe ubicarse responsablemente en el umbral de decisiones trascendentes en cuanto a su creación. Ya ha probado hasta la saciedad su dominio de las más diversas y complejas técnicas narrativas, con la superposición y entrecruzamiento de distintos planos narrativos; ha evidenciado su poderío para recrear ambientes, espacios y épocas diversas; ha asombrado con la magistral capacidad para la creación de convincentes y entrañables personajes, imaginarios o reales; y ha cosechado progresivamente los justos frutos de su talento y tesón. Sin embargo, como es un hombre de retos, quizá ahora debe considerar con la seriedad y la madurez que lo caracterizan, si no es hora de dar el salto hacia una nueva dimensión narrativa, de aliento y visión más global, y ya no vinculado con lo estrictamente cubano: en definitiva, declararse un escritor plenamente universal. Y no es que deje de vivir en Mantilla –su Capri antillano- ni olvidar sus esencias ni sus orígenes, sino que se atreva a desplegar las alas con mayor soltura y volar, temáticamente hablando.
Escritor cubano-español18 (decirle hispanocubano no sería hacerle justicia), con un pie en la isla y el otro en cualquier parte, puede y debe explorar otras vertientes y visitar, ocasionalmente, como un pariente querido, al triste y resignado Mario Conde y contarle de sus aventuras por el mundo, que se abre ante él. Es justo y es necesario, porque puede aportar mucho para las letras hispanoamericanas. Ya se agotaron los tiempos de regionalismos, de localismos y del espíritu de aldea, y el mundo es, hoy más que nunca, muy ancho y muy ajeno.
En estos tiempos de globalización, ya el escritor no es de donde nace, ni siquiera de donde vive, sino de donde paga sus impuestos. Todavía José María Heredia a principios del siglo XIX podía decir que ubi pacis et libertas, ibi patria, pero la verdadera patria del escritor es la lengua (como acotó Octavio Paz) y, aunque siempre será parte de su libre y muy respetable decisión personal, un escritor de la estatura de Padura merece, debe, puede empinarse un poco más hacia el horizonte y ver que “hay vida más allá” de la isla, un universo de temas que apropiar, una multitud de personaje por atrapar. Ya demostró que es tan bueno como Loveira, Carrión y Cabrera Infante: ahora quisiera que fuera el Carpentier del siglo XXI: tiene todo para serlo.


