Carlos Esquivel (Elia, Las Tunas, Cuba, 1968). Posee una amplia obra en poesía y narrativa. Está considerado uno de los escritores más significativos de su generación en todo el país. Tiene publicados, entre otros, los libros Perros ladrándole a Dios (décimas, 1999), Fuera del círculo (poesía, 2002), Balada de los perros oscuros (poesía, 2001), Tren de Oriente (México, poesía, 2001), Los epigramas malditos (poesía, 2001), Una ventana al cielo (cuento, 2002), La isla imposible y otras mujeres (cuento, 2002), El boulevard de los capuchinos (poesía, 2003), La segunda isla (poesía, 2004), Zona negra (poesía, 2005), Bala de cañón (poesía, 2006) y Toque de queda (décimas, 2006). Ha merecido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional Cucalambé en 1998 por Perros ladrándole a Dios y el Premio Iberoamericano Cucalambé en el 2005 por Toque de queda. Sus libros más recientes son: Los hijos del kamikaze (poesía, 2008), El libro de los desterrados (Editorial Sanlope, 2011) y Once (Ediciones Unión, 2014, poesía).
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Alberto Garrido. El lobo sobre la piedra o los sueños antes de regresar a casa
La noche es la patria de Alberto Garrido. Noche transformada en ubicuidad, acaso alimenta el irreal cruce de marcas que parecen temporales y no lo son. A esa noche entramos, en coexistencia peligrosa con un autor y sus máscaras, prevenidos por (hacia) una relación que descubre sus conflictos bajo fidelidades únicas.
Si trazo un imaginario mapa insular, una isla ahora, un parasitismo patriótico con la poesía, si me atrevo a ubicar, o a dislocar categorías, presunciones, objetos de expresión, nombres, estilos, es probable que disienta de la mayoría de críticos, plaguicidas que abundan y sobreabundan en las misteriosas aguas poéticas del inicio de siglo cubano. Porque las agrupaciones de poetas confluyen en una línea de obstáculos y unos pocos, para mí, saltan con libertad y con esplendor esos cauces; no me divierten las opulencias de grupo, me arrastro por espectros entre suntuosos y rústicos. literatura. Alberto Garrido es más que un nombre, su carne literaria cuaja en privilegios de elegido: premios y reconocimientos, loas críticas a su obra, un magnetismo desprendido hacia todos los ángulos: el mejor de cuanto narrador exista en su generación, y digo más, en la contemporaneidad del género en Cuba, ha echado raíces en la rebeldía y en el impulso para el (re)conocimiento de la verdad mucho más allá de un miedo de expresión, de un atavismo de causa, de pegajosas ilusiones. Hablar bien de él es lugar común, y aún así, habría que insistir en reconocimientos reales, y entre ellos, sus valiosos aportes a la poesía cubana de los últimos años. Innegable resulta que su trascendencia como narrador opacó el resultado de sus libros de poemas. Quizás otras razones pululen sin corrección o no asciendan ahora. Signos que desprende el Garrido muy joven en su primer cuaderno de poesía: Siglos después de las fraguas del Vulcano (Editorial Oriente, 1994). Lobo él, como un Montaigne afincado a una vocación clandestina, aullar: encuentra y replantea una autonomía creacional, en tiempos de falsedades, de inhibiciones o cortaduras de cerebros, Garrido apuesta por el testimonio de una insociabilidad probable, aúlla la decadencia, como un lobo hijo de Montaigne o de Rimbaud. Siglos … no es un libro de experimentaciones, pero la propia energía marginal, su conflictivo lenguaje, la renuncia al ostracismo ontológico, y la posibilidad de dar origen a una construcción de la anécdota poética, evidencian la categoría trascendente de estos textos. Un viaje a Moscú, o a la infancia, el énfasis onírico y visual, casi pictórico, su derecho a emocionar desde la brevedad epigramática o el fluyente discurso retratan al autor: su persistencia, su máscara de riesgo, como lobo ya, lobo de Vallejo y por siempre, ajuste de cuentas a una atmósfera de provocación. Los mismos signos, vitales parentescos con su posterior Morir sin los ángeles (Editorial Sanlope, Las Tunas, 2000).
Lobo de Villon, como en el poema que retrata la alucinante corrupción del poeta condenado a la horca:
La muerte es sólo un viaje.
Ayer apenas, cuando veía a Madre
remendar media y alma,
fusilaron a un hombre,
un tal Francois Villon.
Lobo que nombra y se divierte, sin justificar el espectro de la violencia o la piel de un miedo, de todos los miedos. Garrido acierta en zonas donde acodan prejuicios cívicos, integridades del corazón, designa, su énfasis conviene ideológico pero también revela autonomías más personales: cuenta la historia, escenifica, con las partículas del gran narrador que es.
La poesía es una fábrica de juegos, diría Paul Válery, y juego, aporto yo, a instancias físicas interiores, juego que despedaza una cifra de desgaste, cierta distorsión. Jugamos porque ese acto marca un viaje de resistencia, se restituye una emoción. Garrido juega porque su juego resulta el único acto de enfrentamiento con la realidad, su juego no es piadoso, no divierte.
Sueños sobre la piedra (Editorial Sanlope, Las Tunas, 1998) no parece un cambio de aptitud poética, por más que el discurso se refugie y amolde en la décima, por la abierta declaración a rivalizar con excrecencias anteriores. La voz del poeta se apoya en obsesiones de siempre, oxígeno de una isla, provincia de dolor, añoranza, recuerdos. Pero estos argumentos, sospecho, no son tan simples, y a la vista pueden deformar nuestra oprimida cautela. Hay aquí buena parte de las mejores décimas escritas en época cualquiera, y al decir décima esbozo una misma condición del poema, enjaulado en espinosas estrofas, ni tan de nosotros ni tan de nadie, hijo natural de la poesía. No son décimas comunes, nos agreden, saltan hacia nosotros, son el testamento de una arteria literaria que necesitaba inventar un nervio brutal, un acoso solemne. No pierde el lirismo, Alberto Garrido está hecho con la carne de muchos lobos, abre sus portezuelas a Vallejo, a Byron, a Shelley, a Esenin, a Eliseo Diego, a narradores que igual dejan su influjo (Babel, Onetti, Chéjov, Faulkner…).
El Lenguaje es la virtud ineludible, una bestia pictórica que sabe colocar los ruidos, los colores, la aritmética de sus palabras. Desafío insular.
CUANDO EL HIJO ES UNA HOGAZA DE PAN NEGRO QUE SE ENFRÍA Y SOBRE UMBRALES SE LÍA TODA LA SOMBRA Y LA CASA Y YA NO QUEDA UNA BRASA NI ACEITUNAS Y LA TOS PERVIERTE EL SUEÑO (SU COZ) SOBRE EL HOGAR SIN BULLICIO Y AL REGRESAR DEL HOSPICIO ALGUIEN SE ARRODILLA
Oh Dios…
Intertextualidad disimulada o cómplice de otros fueros, y amontono los primeros síntomas que me producen estos poemas: respiro iguales prohibiciones: la indefinición del salto, o sea, dónde estar, dónde caer, naturaleza equilibrada en textos anteriores (Equilibrista el problema/ no es saltar sino hacia dónde.Hipótesis del salto: Sueños sobre la piedra, o Salir, pero hacia dónde /a la orfandad o al cáliz,/ hacia qué espejo/ no agradecer en nombre del rebaño. Puerta cerrada: Morir sin los ángeles), el desgarramiento es un ceremonial, una identidad permanente.
Cuando uno lee a Garrido y después intenta percibir críticamente el espectáculo de sus versos no puede interpretar el poder afectivo de ellos: son transitivos porque van de un sitio a otro, experimentan una filosofía de la acción, no están dibujando un área visual, no están sugiriendo correspondencias con esa forma de revelación, con ese acto mental, están removiendo, y el poeta nos obliga a participar, a ser.
La Isla es para Alberto Garrido, lo mismo que fue para Gastón Baquero o para Severo Sarduy (emigrantes ellos, ¿emigrante él?), o para la Loynaz, mezcla de misterio y sublimación, o lo que para Shakespeare fuera cualquier isla, trampa para la tempestad. Yo viendo pasar los trenes destino a Tampa, Hansel y Gretel sobre el país sin nieve, Balsas al pairo, o Donde me atrevo a contar los años de la isla en los míos. Es un fade-in (aumento de volumen) que enmarca la cuantificación de pertinencias familiares, de azogues de dolor humano. No es la evocación folclorista de un país, de un trasunto de memoria, no el ritual del drama por el drama, del folktale, porque hay una diferencia de información, núcleos habitados por un reino aparte: la causa inmóvil, el eco de la sangre.
En un mundo donde todo parece tener réplica, las obras que intentan la individuación son emblemas de poder, iluminan entreabiertas intensidades del arte, y ascienden. Es demasiado resbaladizo lo anterior, demasiado común, tal vez, pero revivifica una convalecencia contradictoria: la verdad no asombra. Y a mí no me asombra que los poemas de Garrido sean el destello de una urdimbre interior: les ha dado brillo a términos inapresables: escudilla, gubia, molinillo, sucedáneo, yesca, vendimia, pairo, los ha expuesto a una supervivencia frágil, a un desamparo, y han sobrevivido, sobreviven. En Resumen de noticias vibra el paseo ptoloméico, definimos nuestra relación con el orbe a partir del tiempo, de una hora a otra hora, del lunes al domingo, y ocurren y discurren otros paseos: un hábito particular de relacionar las referencias comunicativas: nos aislamos de la falsedad de lo que no es nuestro, de aquello que no sabemos. Discurso físico, objeto de una sonoridad, un modo semántico de asentar el logos o encubrir un agujero cuya ramificación resulta perfecta, es decir, hacia afuera.
Es difícil un mapa de Isla, un mapa de afinidades, confirmación de herejías, densidad de exploración, pero un mapa es el territorio que escenifica el desplazamiento vital de los sentidos. Razono y clarifico. El nombre de Alberto Garrido (como poeta) altera las provincias de ese mapa, y se instala en ellas. Oscuro iceberg, impulso de átomo que resiste a la tormenta, o la crea. Lobo sobre las piedras de un país donde los sueños no son peor o mejor cosa que sueños.
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Breves claves para distinguir la obra de Alberto Garrido
Estructura narrativa versus estilo. ¿Acaso uno no aumenta o disminuye a la otra, y viceversa?
Nos sentimos obligados (y no solo como autores) a beneficiarnos de una relación (casi un negocio) que construye parcelas espaciales dentro de la propia historia.
La obra de Alberto Garrido supone y distingue accidentes o enfrentamientos así. Tal vez porque el suceso creacional distienda espacios que otros evitan recorrer.
El beneficio queda en familia, dirá alguno. Lo cierto es que a veces se contraponen las circunstancias con las que un autor defiende (proclama) su estilo muy por encima de la estructura de la narración.
En Garrido ambas materias descubre un tejido de sinuosas conveniencias. Nunca sabemos hacia dónde vamos porque importa más la consecuencia del viaje, su itinerario.
El cálculo dista de lógicas impasibles. No hay veredicto sino la influencia de paisajes en los que coinciden hechos más trascendentales: el talento, la capacidad imaginativa y el don para reformar eso que llaman arte literario.
Presunciones así solo pueden gobernar las marcas expresivas que van de un libro a otro, desde reincidencias difíciles de revocar.
Alberto Garrido ha necesitado (su estilo, su aire, la distinguida marea de expresiones) un argumento de opresión. Cualquier tipo de opresión es necesaria. Un escritor que escribe (y vive) al margen de un estatus opresivo es un escritor muerto, o peor, un escritor falso (o uno de los poetas que veo todos los días). Ahora, la batalla del escritor no termina (o comienza) ahí. Se necesita algo, o alguien, para atacar. Opresión y ataque componen una fórmula que es ventajosa porque reconoce desafíos que se producen más allá de la hoja, o la pantalla, en blanco.
El grado de inferioridad pertenece a una incomparable escena shakesperiana. No siempre vence el bueno. No siempre el bueno es el bueno. No siempre el poeta resuelve la locura que le aventaja. La poesía necesita corduras vigiladas.
Alberto Garrido gana esas batallas con furiosa lealtad. Quizás sea uno de los tres mejores escritores cubanos de la actualidad. No es poco. Se mire por donde se mire.
Carlos Esquivel
