A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Alberto Garrido? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Alberto Garrido, el ser humano y Alberto Garrido, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
Soy un lobo estepario. La culpa de mis exilios, de las hijas e hijos que quedaron atrás o que no fueron, de los trabajos de amor perdidos, la tiene esa transición de todos los hombres que soy en alguien que al final está solo frente al mar, frente a la eternidad, frente a la página en blanco. Alguien que quiere anclar, y sin embargo, fluye.
Si la gracia de Dios no me alcanzara (y no hay lugar en este mundo donde no pueda alcanzarme), sería tal vez un demonio inteligente. Pero no. Soy una errata en el libro del cielo. Soy lo que no quiero, lo que odio en los demás por parecerse tanto a mí. Y también lo que quiero ser, lo que amo en los otros, lo que sueño y lo que creo.
Como escritor soy dos cosas: un voyerista que mira, huele, come, hace el amor en las habitaciones de los otros (el narrador). Y también un kamikaze (el poeta) que se da puñaladas de las que no sale sangre, sino palabras, recuerdos, ficciones, esas emociones, los espasmos, las cuarteaduras de lo que llamamos vida.
Pero, hablando en plata cubana, solo soy el hijo menor de Guido y Cachita, el más chiquito. El hermano de Guidi, Monguito (todos le dicen así, yo le digo Ramon), Marlen, Pupi y Raquelita (yo le digo Misha), mi hermana de mi otra viejuca (Matilde).
De los orígenes
Más allá de la nostalgia, ¿qué agradeces, si nos referimos a la atmósfera de una época, a la Santiago de aquellos, tus primeros años en las letras?

Casa Museo Heredia, que fuera la sede del Taller Literario Municipal en Santiago, dirigido por la escritora Aida Bahr.
Del Chago agradezco lugares, personas. Y esos lugares y personas me tentaron a profanar, vivir y contar mi propio Santiago, porque he vivido más fuera que dentro (23 años dentro, 27 fuera). La atmósfera cultural de Santiago en los ochenta era como una erupción (los funcionarios la verían como una alergia, un acné juvenil disidente de los cánones). Escribir en provincias siempre ha sido un acto heroico, y muchos escritores establecidos le tenían miedo a nuestra rebeldía o a nuestra inocencia. Se respiraba ese miedo, y también nuestra ambición de escribir con entera libertad (y nuestra inocencia de querer suplantar al periodismo anquilosado que no miraba lo que estaba ante sus narices). Porque nuestra irreverencia olía a problemas ideológicos. Y para darles el beneficio de la duda, tal vez era eso. Percibo que hoy existe esa misma relación entre los soldados de la cultura totalitaria y la Generación Cero.
Cuando pienso en el viejo Santiago, pienso en lugares: Sueño, mi reparto, con sus calles que mueren en Garzón y en la avenida de las Américas, en el estadio Guillermón y en el Bosque de los Héroes (escenario de mil y una batallas de todo tipo) o en los feos edificios de dieciocho plantas; pienso en La calle de la Trova, en la escalera de la esquina de Heredia con Santo Tomás. Pero sobre todo pienso en la casa del autor de El himno del desterrado, con su patio interior, sus plantas y un pozo que siempre nos negó su agua, mientras nos leíamos los primeros poemas, cuentos y rabias.
También hay lugares personales: reinvento aquel banco tras la iglesita antigua y nocturna; la sala infinita de la Biblioteca Elvira Cape, de la cual yo salía con dos libros como si me llevara el pan de cada día; el agua aceitosa de la Bahía entre Barrio Técnico y Punta Gorda; el Morro de Santiago, la calle Trocha, que se cerraba cada vez que ganaba el equipo de Santiago en la pelota (cosa que no ocurre hace siglos). Pienso en la calle primera de Sueño y la casa de Teresa Madlum, o en calle N (donde siempre recalaba con un libro para Gladys Horruitiner). O instauro otra Alameda con sus parques y sus novios, las cuevas de Justicí pobladas de golondrinas; la columna tortuosa de la ciudad: mi Enramadas; los balances de la vetusta casona de la UNEAC en los que siempre veía al viejo Soler. Son mendrugos que el olvido me deja recordar.
Obviamente, en esa atmósfera hubo rostros, instantes definitorios, sin los cuales no existiría el escritor que hoy eres, o, al menos, serías un escritor distinto. ¿Qué rostros recuerdas, que momentos crees marcaron ese camino?
Bueno, repetiré a los vivos de mi felicidad:
Mi hermano Guidi, es mejor escritor que yo, pero ha querido hacer cosas más útiles con su vida. Trajo a casa a Rulfo, a Quiroga, a Poe y todo el teatro. Oí hablar del método Stanislavski a los ocho años, lo cual pudiera ser traumático para un niño normal. Y cuando tuve nueve años ya me hablaba de literatura como si yo fuera la única persona del mundo que pudiera entenderlo. Últimamente, esas conversaciones están volviendo a ocurrir.
Gladys Horruitinier, mi ángel tutelar, desde la Biblioteca del preuniversitario Cuqui Bosch organizaba un taller literario, tiraba en mimeógrafo una plaquette llamada Farabundo y montaba obras de teatro. Nos llevó a ver a Juan Gelman, que parecía un Buster Keaton más triste. Gladys me enseñó en la práctica que el oficio de tinieblas de la escritura era un sacerdocio. Ella comenzó a publicar sus investigaciones después de los sesenta años, y tenía más vitalidad que todos nosotros juntos. Debe de estar organizando la biblioteca celestial, y poniendo a correr a los ángeles.
El Chino Heras apareció en 1983 como Jurado de un Encuentro Municipal de Talleres Literarios, y logró el milagro de convencernos, a través de nuestros textos infames, de cuán buenos escritores éramos. Luego lo convencimos de que no se había equivocado.
Aida Bahr, con el taller de la casa de Heredia, hizo de maga y de hada: terminó con las batallas campales que nos antecedieron, en las que las críticas a un texto se reducían a decir que el poema era una mierda. Todo eso cambia gracias a Aida, y al taller, con sus nuevas voces: Odette Alonso, León Estrada, la elusiva Teresa Melo, Oscar Rojas, Ricardo Hodelín, Marcial Lorenzo, José Manuel Poveda, Radhis Curie, Carlos Valerino, Ana Belkis Luna. Y Amir, Torralbas, Marcos… y muchos. Nunca nos perdonará los diplomas que rompimos y dejamos sobre el piano de la UNEAC, en protesta por un Jurado que premió sin leer nuestras obras. Bien por ella, y bien por nosotros.
También aparecían Fernández Pequeño y Jorge Luis Hernández. Pero Jorge Luis, aparentemente, era muy cerrado con algunos de nosotros (contigo no, porque tú eras una lamprea marina en esa casa). Y Pequeño nos miraba con mucha más complicidad.
Por último, el viejo José Soler Puig. Era mítico, anguloso, y el cigarro parecía otro dedo humeante. Un funcionario lo presentó como alguien muy humilde y, cuando llegó su turno, lo primero que dijo fue: “Quiero decirles que soy un hombre extremadamente vanidoso”. Años después me dedicó su novela Ánima sola, con una letra temblorosa, después de decirnos que no escribiría más. La dedicatoria decía: “Para Garrido, con la esperanza de leer alguna vez una obra suya”. Nadie le había dicho que yo quería ser escritor.

Garrido, José Mariano Torralbas, Marcos González y Amir Valle, los miembros principales del grupo «Seis del Ochenta».
Dejo aparte, con toda intencionalidad, uno de esos momentos que sería un sello de identidad para nosotros y nuestra generación: Seis del Ochenta, un grupo literario que en aquellos años 80 fuera ninguneado incluso por nuestros amigos y promotores, pero que con el paso del tiempo demostraría su valor en las letras cubanas. ¿Qué significó ese grupo para ti, como escritor?
¿Seis del Ochenta? Una isla dentro de la isla. No era una de esas fabriquitas de literatos en las que todos escriben igual, sino un espacio imantado de tolerancia y Amir Valle y respeto y José Manuel Poveda y discusiones acaloradas sobre política y José Mariano Torralbas y jugos y anoncillos y Marcos González y libros y lecturas y el fantasma vivo de Radhis Curie (la invitada siempre ausente) y más discusiones acaloradas de más libros y autores… y yo. Los seis contra Tebas. Si existió una república de amigos, eso fue Seis del Ochenta.
Los que sabemos que la literatura es cualquier cosa, menos ese circo romano donde algunos creen que hay que competir, sabemos reconocer las influencias que nos marcaron en esos primeros años. Me gustaría entonces preguntarte por esas influencias, pero me gustaría que hablaras por separado de los autores o libros cubanos y de los autores o libros de la literatura universal que moldearon al escritor que ibas a ser.
Sabes, hay influencias a las que ni siquiera quiero volver. Fueron tan vitales en un momento que no quiero regresar a ciertos libros donde fui muy feliz y sé que ahora no lo sería tanto. Amo los sancochos, los ajiacos, los asopaos y la “ropa vieja”. Ya no recuerdo a quién leí primero, si a Vallejo o a Carpentier. Si a Borges o a Mañach. Ahora no parece importar. Solo recuerdo que a Borges lo leí tarde, ¡ni siquiera aparecía en el programa de Literatura Hispanoamericana de mi carrera! Aún no había salido la edición de Casa de las Américas con el lamentable prólogo lambón de Roberto Fernández Retamar.

La partida al exilio de José Mariano Torralbas, puso fin a la cofradía de «Seis del Ochenta». Actualmente, Torralbas vive en Estados Unidos, Garrido en República Dominicana, Marcos en Cuba y Amir en Berlín.
Pero me pides que haga una Selección nacional y un Dream Team, ¿no?
Si es una Selección Nacional, debe ser de béisbol. Y ya que es una Selección Nacional como la que quisiéramos todos los cubanos, incluiría autores que vivieron dentro o fuera, que escribieron y pensaron como les dio su realísima gana. Jugando en serio, allá vamos. En los jardines pondría a mis poetisas (Dulce María Loynaz, Jardín derecho; Gertrudis Gómez de Avellaneda, jardín central; y Fina García Marruz, jardín izquierdo); en el cuadro: cuentistas (tercera base, Alejo Carpentier; short stop, Lino Novás Calvo; en la almohadilla: Virgilio Piñera; y en primera, el cuarto bate de mi novena y de la novela cubana: Cabrera Infante). Como bateadores designados: Soler Puig y Heberto Padilla; como cátcher: Kozer. El lanzador: Eliseo Diego. Y el director técnico: José Martí. Le echo ese equipito a cualquier selección.
En cuanto a mi cambiante Dream Team no sé si comenzar con los rusos o con los americanos. La lista puede ser interminable y aburrida: Dostoievsky, Turguenev, Chejov, Ajmátova, Nabokov. De los franceses: Stendhal, Balzac, Alejandro Dumas, Mallarmé, Baudelaire. De los italianos: Emilio Salgari, Boccaccio, Italo Calvino. De los españoles: Quevedo, Cervantes, Lorca. De los ingleses: Enid Blyton, Blake, Shakespeare, Wilde, Byron. Otros europeos: Celan, Hesse, Kundera, Kafka, Patrick Süskind, Gunter Grass, Rilke. De los norteamericanos: Poe, Whitman, la Dickinson, Thoreau, Katherine Anne Porter, Edgar Lee Master, Ezra Pound, Hemingway, Faukner, Salinger y por supuesto, Mark Twain. De los latinoamericanos: Borges, Onetti, Vargas Llosa, Cortázar, Monterroso (casi todos sus cuentos son mejores que El dinosaurio), Sábato, Fuentes, Rulfo, y Vallejo, Vallejo, Vallejo.
Onetti y Lee Masters son las lecturas más tardías entre los autores que menciono, pero sus huellas son poderosas y frescas. Mencionarlos a todos me trae flashazos de lo que hicieron sus novelas, cuentos, poemas, versos: esas heridas me han dejado más lúcido y más vivo. Y me hace pensar en otros autores, otras heridas, otros flashazos… otro listado completamente distinto. Y en la luminosidad mayor de otro libro, de otra biblioteca: La Biblia.
Indudablemente la literatura está influenciada por eso que suele llamarse «el autor y sus circunstancias». Dentro de ese universo, la ciudad es un factor esencial, así que quiero que busques en el recuerdo y me digas en qué sentidos tu estancia vital en Santiago de Cuba y Las Tunas influyeron en tu concepto de la literatura. Además, me gustaría que compararas qué cambió, se solidificó o se reblandeció en ese concepto tus estancias «cubanas» y «dominicanas».
No sabría decirlo. Aunque mis personajes suelen moverse en urbes, a mí me da lo mismo vivir en la selva que en una metrópoli. “Donde haya lumbre y vino tengo mi hogar”. No me harán mejor persona, ni mejor escritor una cosa u otra. Pudiera tener a Tusquets en la esquina y nunca publicar nada.
Como escritor, Las Tunas me ha reconocido más que Santiago, por lo menos hasta ahora (les doy a ambas ciudades la oportunidad de quererme aún más). Y eso que no creo que, después de Soler, haya un escritor más santiaguero que yo. Pero en Las Tunas, cada premio mío lo celebraron como si hubiera nacido entre ellos. Y de alguna manera, también nací allá. Fue mi nuevo nacimiento, en 1995, cuando conocí la belleza de Dios al revelarla en su Hijo. Todos saben que creo en Jesucristo como Dios hecho hombre, que murió por mis pecados y resucitó al tercer día, como lo dicen las Escrituras. Y eso influyó en mí como escritor, porque el lobo estepario se convirtió en perro del Buen Pastor tras la oveja perdida en las colinas. Si me pusieran, como hacen hoy en muchas partes del mundo, a elegir entre la vida o Cristo (no es tan absurdo, por Su Causa han muerto 46 millones de genuinos creyentes, la mitad el siglo pasado), elegiría a Cristo porque Él es la vida. Les diría como el anciano Policarpo en la hoguera: “No puedo negar a quien ningún mal me ha hecho”. No sería raro, ya que hay muchos emperadores Antonino sueltos y abusando de su poder. No me avergüenzo del evangelio. No me puede avergonzar lo que me hizo sentir más amado, más abrazado y más libre. Recuerdo que mis odios hacia ciertas cosas de mi país se hicieron menos radicales. Perdoné incluso algunas muertes imperdonables: las de mis amigos en Angola y en el mar. Perdoné a los culpables. Mi obsesión por abandonar el país se diluyó. Comencé una familia que duró veinte años.
En Las Tunas nació mi hijo. Allí surgieron proyectos como La llama doble (que llevó a los mejores narradores del país a aquella villa), o el Taller La Oveja Negra para jóvenes narradores. ¡Qué tiempos aquellos! Vi formarse la primera iglesia que planté. Salieron mis hijos espirituales: los de las casas de oración y los del Taller. Ya todos ellos son grandes y me olvidan, pero sé esperar del cielo las recompensas y de los hombres la probable ingratitud.

Con el mítico promotor dominicano Freddy Ginebra (a la derecha de Garrido), Director de Casa de Teatro.
República Dominicana me abrió sus puertas, en el 2005. Es como Santiago de Cuba, pero sin libreta de abastecimiento. Su gente es maravillosa y mía. Amo este país. Tengo grandes amigos. Son pocos, pero son. Y grandes amigas, sobre todo. Me gustaría vivir en Santiago de los Caballeros. Pero en todas partes ha habido gente que me ha dado la mano y gente que me ha dado la espalda. Personas de las que quise ser amigo y no quisieron. Amigos que aparecen y desaparecen, que viven en La Habana o en Santiago (tierra soberana), en Las Tunas o en Miami, en Montreal o el D.F., en España o Alemania.
Me dicen en el colmado, mientras me tomo una malta india: “¿Tú eres cubano, chico?”. Alguna muchacha me saluda: “Cuba, ¿cómo estás?” Y le respondo: “Mejor de lo que merezco”. Me encantan ciertos giros idiomáticos, la risa rápida, la disposición a bendecir, el calor y el color de muchas almas que se te dan sin pedirlo siquiera. Como dije en un poema “Quisqueya, si las almas tienen color, la mía tiene el tuyo”.
Pero a la hora de escribir, es irracional que pretenda parecerme a una postal de mi país o de mi otra isla. Es como exponer las costuras de un relato. Por eso, cuando me siento ante la pantalla del ordenador, no pienso en cuán cubano o dominicano o cristiano debería ser. No quiero escribir La Biblia (ni puedo), ni la Nueva Historia de las Casas: solo quiero despojarme del peso de un personaje, del corrientazo de una historia, del olor de ese poema, de esa carne que se agolpa en una novela. Y si salen las sucesivas identidades que me han tocado poseer o que me han poseído… que salgan. Porque escribo para vivir otras muertes y morir otras vidas. Para intentar ser libre totalmente y de la única manera en que un escritor pudiera serlo: en la selva autónoma de las palabras, en la alquimia de su sagrado encuentro con la metáfora que estalla y nos alumbra o enceguece.
Hay tres nombres que, también con toda intención, estuvieron muy presentes en tu vida como, para decirlo al uso de algunos países de América Latina, «escritor nacional»: Salvador Redonet, Eduardo Heras León y Guillermo Vidal.
¿Quién que es/ no quiso a Redonet? El negro apostó por nosotros. Y lo hizo desde la cátedra, desde la universidad: les hizo ver a sus estudiantes que había jóvenes como ellos que no eran complacientes con la realidad, narradores que dinamitaban las formas, las estructuras. Y luego nos juntó en aquella antología inolvidable de 1993, Los últimos serán los primeros, que se vendió en una semana en una Feria del Libro: una antología romántica, sí, como lo fue el título que nos endilgó: los novísimos. No fue un proyecto institucional, como algunos quieren hacer creer en estos días. Luego sus antologías violentas y gays se institucionalizaron y el efecto fue negativo en la narrativa de los años noventa, porque los mediocres pensaron que era necesario tener a un gay, un balsero o una jinetera para ser premiados o publicados, en ese río revuelto que se engendró después. Para entonces, la mayoría de los antologados ya estábamos escribiendo otras cosas y de otra manera.
En cuanto al Chino Heras, solo te puedo decir que es una suerte de padre y maestro. Y mira: nunca estuve tan cerca de él como Torralbas o tú, que se carteaban continuamente con el Chino. Sin embargo, hay algo, un magisterio, un deseo de descubrir el talento tras la última piedra de la isla que es loable. Tiene la humildad de un sabio, y la entrega de un misionero. Tal vez no sea el gran escritor que todos los que lo queremos creemos que es. O tal vez es uno de los mejores cuentistas que hemos conocido. No sé. Le quiero demasiado. Me entristece que los instintos políticos separen a amigos de amigos. Y me doy cuenta de pronto de que estoy contestando esta pregunta un cinco de agosto: precisamente el día de su cumpleaños. Larga vida, Chino Heras.
¿Y Guillermo Vidal? Lo sueño vivo a cada rato, conversando, discutiendo, riéndonos, haciéndonos las mismas bromas una y otra vez. Solángel, su esposa, siempre nos decía: “¿No se aburren de hacerse los mismos chistes?” En 1993 dejé de trabajar en el Pedagógico de las Tunas en solidaridad con él: le habían tramado un juicio legal en el cual lo inculpaban de promover la lectura de Vargas Llosa e impugnar un documento metodológicamente anquilosado. Guille ganó el juicio (gracias a la intervención proverbial de Abel Prieto), y también ganó amargura y enemigos. Pero perdió años. Permíteme una anécdota al margen: una vez yo tuve una pelea marital con la que era mi mujer en ese momento, y ella fue a darle las quejas al Guille. Guillermo, que la quería como un padre, fue a buscarme, dizque a fajarse conmigo. Me encontró en un banco del parque y dice que vio tal desolación en mi rostro, que se derrumbó en el banco sin decir una palabra. ¿Te imaginas? Yo me hubiera dejado matar, sin levantar una mano, y él se hubiera muerto de vergüenza un segundo después de haber lanzado el primer golpe.
Cuando murió, la ciudad parecía una aldea desalmada. Él era el alma de esa ciudad, y el mejor escritor vivo que yo conocía: mi mejor amigo. ¿Se puede pedir más? “Nos joden si nos separan”, repetía una y otra vez. No pudieron: ni los funcionarios, ni los chivatos, ni los diletantes, ni los envidiosos ni los adulones. Ni los que lloraron su muerte pero le serrucharon el piso en vida.
A él le preocupaba mi tendencia natural a no escribir. A mí, su compulsión por hacerlo sin descanso. El Guille era emocional, irascible, malhablado, contradictorio, maldito, bendito. Heras le llamaba “el angry man de la literatura cubana” y eso le gustaba. Yo fui quien lo condujo a los pies de Cristo. Compartíamos habitación en los eventos, y orábamos de pie, como los profetas antiguos. Y un día, como a un elegido, el Señor lo llamó a Su presencia. Los buenos siempre se van antes. Un día nos volveremos a ver: es nuestra esperanza bienaventurada.
La literatura latinoamericana actual, como se ha hecho evidente en los más recientes eventos literarios en Europa, donde nuestras letras es centro del debate, está haciendo en los últimos 30 años una especie de ajuste de cuentas sobre la realidad nacional de cada país, algo que también, aunque a su modo, hizo el boom y el post-boom. ¿Qué sucede en ese sentido en la narrativa cubana?

De pie, de izquierda a derecha: Peglez, Roberto Manzano, Francisco López Sacha, Garrido, Jesús David Curbelo. Agachado al centro: Carlos Esquivel.
Percibo que el impulso soberbio de la narrativa de los años noventa se diluyó, por lo menos en un sentido generacional. Tal vez la razón es que los editores extranjeros, quienes pensaban encontrar al Solzhenitsyn cubano, se sintieron defraudados. Porque, incluso para escribir panfletos de derecha con olor a buena literatura, hay que tener cierto talento. Aunque nos habían etiquetado como violentos, en los primeros años de los noventa la inmensa mayoría habíamos entendido claramente que la literatura no podía usurpar el papel del periodismo. Aunque el periodismo en general no hacía (ni hace) en Cuba su verdadero papel.
Como en feudos, hubo un crecimiento notable en provincias sobre todo. Gracias a Dios, Alfredo Zaldívar, en Matanzas; Arístides Vega, en Santa Clara; Chichito, en Sancti Espíritu, Jesús David Curbelo en Camaguey; León Estrada en Santiago; Lesbia de la Fe en Las Tunas, todos ellos promovieron espacios, presentaciones, ediciones. Algunos con mayor éxito e ingenio, todos con una mesiánica pasión por salvar las letras de la morosidad burocrática, de la desidia monolítica. Y creo que Sacha y Arturo hicieron un trabajo valioso en la capital. Y siempre me hablaron de La Azotea y del grupo de Rolando Sánchez Mejías en la capital.
Poetas se convirtieron en novelistas (Lo han hecho bien, la mayoría). Novelistas y poetas se convirtieron en exiliados o insiliados. Y ese extrañamiento desde la noche en otro país, desde el exilio (fruta negra), ha traído una visión más lúcida, más brechtiana (suena más a brechero que a Brecht, que en Dominicana es el rascabuchador, el mirahuecos, lo cual me parece excelente para expresar lo que quiero decir). Mientras, Cuba vive en una página del absurdo, en el karma del inmovilismo. Cada año me reúno con mi familia y mis amigos (ellos son mi patria). Regreso. Vuelvo un año después. Y parece que no ha pasado un año, sino tan solo un día: todo está idéntico, la misma mancha en la pared, la misma tos en el vecino, el calor inmóvil, el remiendo en la sábana gastada que cuelga de un balcón como la auténtica bandera nacional. Y otras veces, parece que nos ha explotado una granada en plena cara: todo girando, amenazando caerse, destrozarse, como los edificios de La Habana Vieja. Y en medio de todo eso, lo único que me anima es ver que hay tanta gente creando y creyendo.
Tal vez sí haya un ajuste de cuentas con la realidad desde la literatura. Porque se pierden los miedos a hablar y a escribir. Porque las orillas se están difuminando desde la literatura. Sí me remito a mi propia obra, sí veo ese ajuste de cuentas con la realidad. Por lo menos, eso es El círculo de los infieles.
Según las circunstancias socio-políticas actuales, tal parece que los escritores latinoamericanos (y en especial, los cubanos) seguiremos siendo abatidos por esa polaridad compromiso social– escritor casi como una condicionante de la existencia. Es como si la discusión entre Camus y Sartre sobre el papel del escritor, de la que ya muy pocos se acuerdan en la actualidad, siga siendo una constante vital para el caso del escritor y el intelectual en América Latina. ¿Cuál es tu posición ante este “dilema”?

Alberto Garrido durante su graduación como Licenciado en Educación en Literatura y Español (Instituto Superior Pedagógico Frank País, Santiago de Cuba).
Creo que voy a ser parcializado y tendencioso. La polémica de Camus y Sartre tuvo demasiadas aristas, visibles e invisibles: Arte y filosofía, forma y fondo, el fracaso de las revoluciones y el triunfo del absurdo versus la idea sartreana de la transformación existencial por vías sociales. El gran peligro sartriano es comprometerse de tal manera que se deje de ser objetivo, que incluso se deje de escribir para abrazar el proyecto político. He sido sartreano en muchas cosas, pero me pongo del lado de Camus: es más sabio encarnar el dilema del hombre que conceptualizarlo, es mejor esculpirnos a nosotros mismos como forma de darle sentido a la vida.
El Camus novelista le gana al Sartre filósofo. La genialidad del último hoy parece por ratos frívola. Eso no quiere decir que no aparezcan como un eje transversal esos elementos de compromiso social (si recordamos, casi al mismo tiempo que Sartre insistía en llevar a los Estados Unidos por sus crímenes, Camus se levantaba a favor de Argelia, so pena de ser considerado un traidor a su patria). Pero mientras el filósofo Sartre convertía sus ideas existencialistas en abstracciones y conceptos, Camus las encarnaba en historias, experiencias individualizadas, literatura. Aunque en su tiempo Camus pareció perder ese pelea (y perdió a un amigo), al paso de los años, vemos que ganó. Su obra es más perdurable.
En este dilema, creo que debemos pensar y actuar como creemos y somos. Siento que algunos amigos míos parecen más “sartreanos”, no importa si de izquierda o de derecha, ateos o religiosos. Temo por ellos. Por la vida de algunos, por la obra de otros. Imagino que ellos piensen lo mismo de mí. Estoy de acuerdo en que el escritor tiene una responsabilidad que va más allá del compromiso estético. Pero ese compromiso no puede quebrantar la idea de que el escritor debe ser libre de toda atadura o coyuntura de tipo político.
–***–
Estadíos de espiritualidad y la fe
Estuve pensando en no incluir estas preguntas, pero estaríamos restando importancia a esa verdad casi absoluta: «la obra de un escritor es él mismo en toda su complejidad como individuo, en todos sus matices, sean oscuros o luminosos, sean iluminaciones o frustraciones vitales», respondió Hemingway en una de sus más famosas entrevistas. Y como sé que muchos colegas, lectores o amigos siempre se preguntaron: ¿dónde se metió Garrido todos estos años?, ¿la fe en Cristo mató al escritor?, ¿qué es esa locura de perderse por los montes tuneros a pastorear a las ovejas de Dios y luego irse a otro país a ser pastor de una iglesia?, ¿qué le aportaría la religión al escritor que ya era?…, quiero que les respondas.
No tienes que darle vueltas. Muchos se lo preguntan. Pocos me lo preguntaron. Los que más me quieren se lo preguntaron y me lo preguntaron. Eduard Encina le dijo a Carlos Esquivel: “El problema es que Garrido es un Elegido”. Y eso es verdad. Pero ese pensamiento de que la fe mató al escritor es una falacia, porque sugiere que la fe te hace estéril cuando sabemos que muchos grandes escritores tienen un trasfondo cristiano, desde los inspirados (oh si Dios me hubiera concedido el salmo 73, o el 41, o el 23…), pasando por Agustín, Quevedo, los místicos, John Bunyan, C.S. Lewis, Tolstói, Auster… hasta el mismísimo Solzhenitsyn. La religión te hace estéril, la fe no: Ahí están el movimiento barroco y mi pintor favorito: El Bosco.
Ahora, saca el lápiz y haz bien la cuenta: si recuerdas, mi fe en Cristo nació en 1995. Solo había publicado hasta entonces tres libros (Siglos después de las fraguas de Vulcano, El otro viento del cristal y Nostalgia de septiembre). Pero no dejé de escribir. En 1997 gané el premio Cucalambé de décima, con Sueños sobre la piedra. En 1998, el premio de novela erótica con La leve gracia de los desnudos. En 1999, primero gané el Premio de La Gaceta y casi inmediatamente el Casa de las Américas, con El muro de las lamentaciones. En el año 2001 tenía lista la primera versión de El círculo de los infieles, y los ensayos de Tres mundos narrativos alucinantes. Nunca he escrito mucho. Soy un vago habitual de la literatura. Me sorprende que la narrativa no me abandone, ya que la he tratado como una amante casi toda mi vida. Vuelvo los ojos, toco, y me pregunto cómo ha podido ser: ¡dieciséis libros publicados! ¡Casi tantos como Amir Valle o Carlos Esquivel, los envidiables curieles de mi generación! De esos dieciséis, solo tres aparecieron antes de que el nihilista se convirtiera en discípulo.
Ya probada mi falta de esterilidad, admito que tengo una rara relación con la literatura, con la mía y con la de los otros. Te confieso que a veces me aburren hasta los más grandes clásicos, que no llenan cierto vacío existencial. En 1994 vendí todos mis libros, Pensé de qué sirven si no puedo comer. Vendí por igual a Amir Valle que a Shakespeare. Y comí unos días gracias a esa necedad. Luego comprendí que en esos momentos (o días, o meses) en que sientes ese enorme abismo lo que debo hacer es llenarlo con el libro que no existe. Y escribo rabiosamente, usando, como Joyce, las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.
Tal vez convengo contigo en que la literatura pasó a un segundo plano (aunque sospecho que siempre ha estado en ese segundo plano, detrás de las mujeres o de Dios, según los tiempos) con mi labor misionera. Y no me importó mucho, deslumbrado por el milagro de ver cómo estallaban iglesias en medio de una sociedad que siempre ha perseguido a los cristianos (Viví en carne propia una cuota de esta persecución, cuando destruyeron el templo que habíamos levantado). Sentía que el corazón me ardía al ser compulsado, constreñido por el amor de Dios hacia un pueblo sumido en miserias y engaños y falsas promesas. Vi a mucha gente cambiar (incluso a un agente encubierto confesó que su misión era vigilarnos, hasta que abrazó genuinamente a Cristo). Vi milagros reales. Te cuento uno: Oramos por un niño que iba a morir. Tenía tres tumores y una bacteria en el cerebro. Había quedado ciego y no caminaba. Tenía cinco años. La piel se veía translúcida por los problemas del corazón. Los médicos habían dicho que moriría por los tumores, o por la bacteria, o por las cardiopatías. Y oramos, como lo dice la Escritura: Al Padre, por los méritos ganados por Cristo en la cruz al morir por nosotros. Mira, Amir, yo no creía realmente que pudiera ser sanado. Le dije a la madre que se preparara para lo peor. Soy un hombre con una fe muy pequeña, pero con un Dios muy grande. Y a los pocos días, el niño comenzó a ver. Y luego, a caminar. Y los médicos testificaron que habían desaparecido los tumores y ni rastros de la bacteria. Se llama Alejandrito. Tiene ya dieciséis años. Dime, ¿no vale la pena andar como un loco por esos campos a pastorear las ovejas de Dios, cuando te abren una ventanita del cielo, ves un milagro y contemplas Su gloria?
No me hubiera importado ser feliz con eso toda la vida. Pero no fue así. Tal vez porque hay un tiempo para todo: para vivir y morir, para plantar y arruinar lo plantado. Y a fines de 2014, el matrimonio se derrumbó y, por consiguiente, el ministerio. Me fui enfermando: hipertensión, sangramientos intestinales, ahogos nocturnos, crisis de pánico, depresión.
Me fui a Cuba, seis meses. Había vivido seis años en San Cristóbal, en Dominicana, como un misionero en la selva, alejado de las letras. Salí desnudo, como había entrado, sin haber sacado ninguna ganancia material del ministerio, como debía ser. Alguien, un ángel de Dios con cuerpo de mujer, me amó y me levantó con sus palabras. Me dijo que debía regresar. Luego, dos ángeles sospechosos, Freddy Ginebra y Alejandro Aguilar, me ayudaron a ponerme de pie. Desde el cielo se abrió una puerta en la prestigiosa Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, mi nueva casa. Y volví. Sané milagrosamente de la hipertensión (desde el primero de diciembre de 2015 no tomo ningún medicamento). Desaparecieron los ataques de pánico, los sangramientos. Y la mitad de mí que no habían conseguido destruir, comenzó a vivir el doble. Y a escribir de nuevo. Gracias a Dios.
–***–
De su obra y otros ámbitos
Me gustaría comenzar con la idea de ubicar a los lectores en algunos aspectos de tu obra; es decir, qué dirías a una persona interesada en tus libros, para definir los sueños que tenías al escribirlos y, a la vez, intentar que lo compren. No me referiré a tus libros de poesía, porque a esos los veremos más adelante. Comencemos: yo menciono el título de alguno de tus libros y tú intentas dar esa definición en no más de un párrafo por obra.
El otro viento del cristal, cuentos, 1993:
El primer libro escrito en Cuba contra las absurdas guerras internacionalistas. Se escribió entre 1983 y 1988. Una protesta pública desde los dilemas de la pérdida de la inocencia, con un estilo desgarrador, hirsuto. Sorprendió el autor con este libro, al ser finalista del premio Casa de las Américas, con solo 18 años.
Nostalgia de septiembre, cuentos, 1994:
La escisión familiar, la pérdida de los valores, los conflictos generacionales, el amor y la muerte son las obsesiones de estos textos que se apartan de los temas puestos de moda durante la década del noventa. Un libro que todo lector querrá en su biblioteca, por el trazado de los personajes y el dramatismo de las historias.
El texto y sus códigos, ensayo, 1996:
Tal vez el único ensayo publicado en Cuba acerca de la obra de Cabrera Infante. El autor desmonta los resortes que hacen de Tres tristes tigres una de las más grandes novelas hispanoamericanas de todos los tiempos.
La leve gracia de los desnudos, novela, 1999:
Novela escrita desde la elipsis, más que contar la historia de un pintor obsesionado con atrapar la belleza del sexo e inmortalizarla, dibuja esta obsesión. Cada capítulo es un lienzo pintado o pensado por un genio o un monstruo: el protagonista del relato. Un relato cinematográfico, intenso, de un erotismo lírico que asombra por su plasticidad y belleza.
El muro de las lamentaciones, Cuentos, 1999:
Siete relatos concurren para seducirte en un viaje desde los juegos intertextuales y lo carnavalesco hasta lo trágico, lo absurdo y lo onírico. Los grandes temas del hombre aparecen aquí expresados con plena madurez expresiva y estilítica.
El círculo de los infieles, novela, 2006: Exiliado dentro de su propio país, el protagonista de la historia decide completar un juego peligroso: escribir y reinventar su propia vida, salpicada por las cuarteaduras de una generación desencantada y por cotidianas infidelidades. Con una mirada irónica, al decir de los críticos, esta novela es una metáfora a ras de suelo.
Sé que sientes un respeto inmenso, casi reverencial, hacia la poesía. ¿Qué es la poesía para ti? y ¿Cómo se llevan el Alberto Garrido narrador y el Alberto Garrido poeta?
¿Cómo definir lo inasible? La poesía es la esencia del ser humano. Somos una metáfora de Dios, el poema de Dios. La poesía está en todo lo que nos asombra, en lo que descubrimos, en la expectación, en el viaje. Cuando perdemos la capacidad de asombrarnos, dejamos de vivir, porque la poesía ha dejado de visitarnos. Está en la belleza y en lo terrible, en el dolor y el amor, en lo trágico y lo cómico, en lo sagrado y lo carnavalesco, en el sufrimiento y en el hedonismo, en el cuerpo y en el espíritu.
Mis cuentos y novelas son un bosque tropológico y mis poemas son historias elusivas, marginales, violentamente cotidianas.
En ese mismo camino, viviendo en un país de excelentes poetas, ¿qué se siente al ser más reconocido como narrador que como poeta?
Una satisfacción permanente, porque vivimos también en un país de excelentes narradores. Ocurre que el reconocimiento es algo que se hace por contagio textual. En Cuba no hay casi críticos: los de poesía son poetas que hablan de otros libros de poesía, generalmente de sus amigos. Los críticos de novela son novelistas que hablan de otros novelistas, generalmente sus amigos. Al parecer tengo mejores amigos novelistas y cuentistas.
Si tuvieras que sugerir algunos libros, o algunos poemas, a quienes busquen acercarse a, llamémosle «tu esencialidad poética», ¿qué libros o qué poemas específicos recomendarías?
Sueños sobre la piedra, El leopardo en la casa de Dios y La hora de despertarnos juntos. El que quiera saber quién soy, que lea esos libros. El círculo de los infieles, El muro de las lamentaciones, La leve gracia de los desnudos, Todas las hambres: el que quiera saber quién puedo ser, que lea esos libros. Los poemas «Un denuedo, una pregunta«; «Alucinaciones«, «Balada de los ahorcados«, «Hipótesis del salto«, «Altzheimer«, «Cuando el hijo es una hogaza… «, «Poema al lugar nada comun de tu boca«, o «Dominicana« me animan cuando parece imposible volver a escribir.

El amigo y maestro Guillermo Vidal lee «El muro de las lamentaciones». Sus ojos demuestran su complacencia con lo que lee.
Hay un momento que, obviamente, cambia tu vida: el premio Casa de las Américas de cuento. Pero más que hablar de ese premio, me gustaría que hablaras de esos momentos de ruptura que se producen en la vida y la obra de un escritor, como procesos naturales de su desarrollo y que hace pensar a algunos en la existencia de «varios escritores en la trayectoria de un mismo escritor». Siguiendo esa posibilidad, ¿podemos hablar de varios Garridos?, ¿cuáles serían esos instantes o sucesos de salto cualitativo en tu vida como creador?
Es un gran premio, el Casa de las Américas. No me cambió en nada (más bien cambió a muchos con respecto a mí), pero es un gran premio. Se lo dediqué al viejo Soler, porque había sido el primero en ganarlo, en novela, y yo cerré el ciclo de escritores cubanos en ganarlo durante el siglo XX. Quiero confesarte dos secretos de ese libro: «La gratitud de Joseph K. « es un palimpsesto, fundo ahí párrafos, páginas completas de El proceso con la otra historia que cuento en un único estilo. Fue una experiencia literaria absorbente. Y en «Relato de hombre al margen« cada descripción que aparece, aparentemente de personajes de La Habana nada elegante de fin de siglo, es en realidad una descripción de un cuadro de Picasso en su etapa azul. Eran muy parecidos en sus miserias y dramas, una concurrencia de la vida imitando al Arte que descubrí y volví a pintar con palabras.
Volviendo a tu pregunta, mi primer salto cualitativo fue junto al Grupo Seis del Ochenta, ese sancocho de estilos, pensamientos políticos, ese justo encono, esa hambre literaria, esa ambición de trascender y trascendernos.
El segundo, luego de vivir tres años en Las Tunas sin escribir una línea, encarcelado como profesor en un preuniversitario en el campo, en 1992 huyo de esa cárcel de aire impuro y escribo Nostalgia de septiembre, y algunos poemas de Morir sin los ángeles. Fue la liberación de una vida anodina que repetía noche a noche los mismos tropiezos al escritor que estaba enterrando: una botella de ron y una muchacha.
El tercer salto, escribir El muro de las lamentaciones: significó un giro de 180 grados. Las viejas y eternas obsesiones se sedimentaron, encontraron sus voces, se expresaron desde lo onírico, el palimpsesto, lo hedónico y lo absurdo. “El brazo y el lienzo”, “Diana Cazadora and Colorado Springs”, “El muro de las lamentaciones” y “Relato de hombre al margen” han sido de gran influencia en muchísimos narradores jóvenes, según me han dicho ellos y ellas. Pero el mejor cuento del libro es “En el vórtice”. Y ahí le debo a todos, y a nadie. Escribí El muro de las lamentaciones entre 1995 y 1999, y cada texto fue un alumbramiento. Hubo muchos otros, pero esos quedaron.
El cuarto salto, la escritura de Sueños sobre la piedra y La leve gracia de los desnudos. El primero, poemas en décimas, los escribí en un mes. Y la estrofa buena para contar penas, al decir de Lope de Vega, se convirtió en buena para abrirme las vísceras y contar mis obsesiones más profundas. Escribí La leve gracia de los desnudos en catorce días, en una oficina, frente a Guillermo Vidal, que también escribía una novela, como dos ajedrecistas que juegan una partida a ciegas. La literatura es sorprendente: hay textos que te dan vueltas y vueltas durante años hasta alcanzar su forma definitiva, y hay otros que son eclosiones de luz y de sombra, que llegan y te visitan en segundos o días.
El quinto salto, en el año 2001, fue un cambio de brújula, cuyos reflejos en el escritor se verán en toda mi vida futura. Planté una iglesia en Las Margaritas, Las Tunas, Cuba: una experiencia inefable y gloriosa. Por cierto, tal vez deba decir cómo yo veo a la iglesia. No como el estercolero de alucinados alienados (según la mirada de algunos ateos), ni como el museo de santos (según muchos religiosos), sino como un taller de reparaciones, un hospital de emergencias, un oasis en medio del desierto de la vida, una familia de hombres y mujeres pecadores que ayudan a hombres y mujeres pecadores a parecerse al único Hombre en el que no hubo pecado. Pecadores indignos, y sin embargo, incondicionalmente amados. Esa idea fue la que plantamos en Las Margaritas, y allí dejé una familia. Y la plantamos en San Cristóbal, en República Dominicana, y allí dejé a otra familia amada.
El último salto, desde el vacío, desde el subsuelo: levantarme, a mediados de 2015; sacudirme el polvo de Abaddón sobre mi rostro. Nunca he creído que los libros pueden salvarnos (la gloria solo la da Dios), pero si ha habido un libro que me salvó de mí mismo, ese fue La hora de despertarnos juntos. Después de haber visto derrumbarse todo a mi alrededor, dejé de creer en el ser humano, en su capacidad de amar. Y de pronto vino la idea del libro, la idea de cantarle al amor, al que vendrá, al que llegó, a la mujer que soñé de niño, a la que desea despertarse cada mañana junto a mí como yo lo deseo. Fui llevado a ese sueño profundo que Dios puso en Adán para crear a Eva, y escribí La hora de despertarnos juntos. Cuando sabemos que los odios andan sueltos, uno ama en defensa propia, así es. Y el libro fue saliendo, en días, en semanas: Versículos, sonetos, epigramas, apócrifos, heterónimos. Un libro fresco, íntimo, lúdico, intenso. Ganó el premio Casa de Teatro. Una importante poetisa, miembro del Jurado, me dijo que La hora de despertarnos juntos hubiera ganado cualquier concurso internacional. Y junto al libro, fue un salto cualitativo volver a encontrarme en la UNPHU con el maestro que fui, que siempre he sido; escuchar a esos jóvenes rebeldes, iconoclastas, creativos; verme en ellos, darme a ellos en cada clase como si fuera la última. Una estudiante de educación me dijo ayer, terminando el cuatrimestre: “Cuando sea maestra, quiero ser como usted”. Pero será mejor.
Un dilema de nuestra cultura es esa existencia de dos aguas, dos orillas, que razones totalmente extraliterarias han contrapuesto. ¿Qué piensas sobre esa división de nuestra cultura? ¿Qué caminos crees que deberían recorrerse para que vuelvan a tener la unidad que debería tener?
Secar el malecón. Pero esa idea se parece a la antigua y trasnochada locura de querer desecar la ciénaga de Zapata. La existencia de dos aguas es una división político-administrativa de las fuentes de poder, no de los escritores y artistas. Y la fuerza es y será el derecho de las bestias. “No piensas como yo, no te publicaré”. “Te atreviste a tocar al mono, y no a la cadena, te invento una causa común y te vas a la cárcel”. Sé que también hay autores que trazan sus cercas eléctricas del otro lado de la finca. Respeto sus opiniones, son sus libros y tendrán los lectores que ellos quieran o puedan tener. Pero si me negaran entrar a Cuba, si por error o aviesa intención no me dejaran entrar (como en una ocasión no me dejaron salir), no me haría enemigo de los lectores que tengo allá. Quiero que me lean en el reparto Sueño, y en el reparto Buena Vista, y en Gazcue y en Montevideo y en Alaska y en Burundi y en París. Pero sobre todo me gustan los lectores y lectoras que conozco, que de pronto citan un verso mío o me echan en cara lo que hizo un personaje, como si yo fuera el culpable.
Pero, ¿preguntas por una solución al dilema de las dos orillas? Desde lo político, desde ese ejercicio de la mentira y la violencia que es la política, no la veo. El espíritu de la nación está dañado y, por consiguiente, la cultura. Y no creo que algo que ha sido perverso y maligno para los cubanos de ambas partes, sea bueno para la cultura. Ha sido malo para las familias, para el pensamiento, para la economía, para los estómagos, para la identidad nacional, que cada día sé menos en qué consiste. La solución pudiera ser bíblica, pasar del libro de Éxodo al libro de Deuteronomio. La antigua generación incrédula murió en el desierto, y una nueva generación entró en la tierra prometida. Y aunque parezca demasiado radical, es lo que parece que va a ocurrir. Un día. Y como en la historia bíblica hubo dos hombres de la antigua generación que pudieron entrar, yo espero ser uno de los que vea ese día.
Finalmente, pregunta socorrida, pero siempre necesaria: ¿qué escribes actualmente?
El poemario “Una casa llamada Sueño”: una mirada a las personas que rodearon al niño que fui, cada poema es una historia contada por estos personajes.
El ensayo “La gloria de la cruz” un libro que me conmueve en cada página, al descubrir el amor de Cristo por todos nosotros: su muerte que es mi vida, su grito de abandono para que nunca estemos solos.
“Todas las hambres”, un libro de cuentos que invierte de continuo los niveles de realidad (me gusta aun más que El muro…).
Tengo detenida la novela “Corazón de perro”, pero en cualquier momento echa a andar. Y empecé un nuevo borrador de “La fe y los condenados” mi mejor novela, más de 300 páginas sobre las crisis de fe del hombre contemporáneo: fe artística, científica, religiosa, política, todo mezclado.
Pero ahora, mientras escribo, vivo. He descubierto que durante veinte años viví para los demás, pero ahora, estoy viviendo el doble. Y disfruto la grandeza de las pequeñas cosas: una copa de vino, un beso, la pregunta de un estudiante que de pronto no sé contestar, la inteligencia y la belleza que me rodea, las voces de los árboles, una canción antigua o nueva, los gritos de los niños en medio del polvo, la amistad de los que me aman incluso con su silencio, una entrevista como esta, un cuento, un poema, los lectores y los libros que vendrán.










