Incitación al vuelo

Cuento

José René Rigal


José René Rigal (Baracoa_ Cuba 1953) Profesor y Economista. Es miembro del Taller Literario «Pablo de la Torriente Brao» patrocinado por el escritor cubano Rafael Vilches Proenza. Ganó el concurso provincial de Talleres Literarios en el género de poesía con el poema «Remembranzas del Exilio», obra que da título a un poemario que fue publicado bajo el título La profundidad del tiempo (Editorial El barco ebrio, España, 2013). Poemas suyos han sido publicados en revistas de la isla y el exilio.

 

–***–

Lo vi acercarse con pasos rápidos. Un poco más rápido que de costumbre. Por el modo de andar se notaba que el hombre venía contrariado. Al acercarse me pidió a ruegos que lo llevara en mi barca a cayo Moa. Me dijo no haber podido llegar a tiempo para alcanzar el último viaje del yate esa mañana. A pesar de mi falta de proyecto, acepté. Lo acompañaban su esposa y dos niños. Cuando salimos el yate era un punto perdido en el horizonte.

En el atracadero del cayo esperaban varias personas. Entre ellas había una mujer que se hacía acompañar de una niña de unos seis años de edad. Al verme llegar, se acercó diligente al borde del embarcadero y me dijo:   ­

― ¿Señor, usted regresa para Moa? – Sin mirarla, asentí con un movimiento de cabeza.

― ¿Usted pudiera llevarme? Es que tengo necesidad de marcharme y el yate no regresa hasta las dos ― me dijo en un tono casi suplicante.

Era una mujer dotada de una belleza sobrenatural. Alta. Ni gorda, ni delgada. De piel trigueña, más bien cobriza. Con todos sus miembros en perfecta armonía y una cabellera negra y abundante, que parecía salida de las entrañas de la noche. Una de esas mujeres que, de tan solo mirarla, nos dejan sin aliento. Un ángel en forma de mujer, diría yo. La edad frisaba entre los treinta y cinco y treinta y ocho años. De modales finos, su aspecto era el de una persona dotada de una vasta cultura.

Como único atuendo vestía una trusa de esas que usan algunas féminas, que les cubren casi medio cuerpo. Debajo la trusa era inocultable una gran protuberancia. Al verla, literalmente, dejé de respirar. Tragué en seco varias veces y, mirando al piso apenado, asentí con un nuevo movimiento de cabeza. Casi inconsciente volví a fijarme en aquella parte, cuyo desconcertante bulto ella, por muy cauta que fuera, no hacía más que poner de manifiesto con su presencia.

Primero cargué la niña. A ella le tendí una mano y la ayudé a bajar. Buscando apoyo situó su mano en uno de mis hombros y al retirarla la dejó correr por el omóplato con tal delicadeza, que lo sentí como una caricia. Acomodé la niña en el banco y a ella la instalé a mi lado, junto al timón.

Durante el viaje apenas hablamos, amén de las molestias causadas por el motor. Solo le hice una pregunta de compromiso:

― ¿Cómo te llamas?

― Susana ― me respondió sin mirarme.

— «Como la casta Susana» — pensé. Aunque, a decir verdad, más seductora no podía ser.

Me dijo además que trabajaba en Educación y vivía en Rolo, en una de las casas dejadas por los americanos; que su esposo era ingeniero y prestaba servicio en una de las fábricas de la localidad.

Ella, en cambio, me hizo una sola pregunta:

― ¿Cuál es el nombre de esta embarcación?

Cuando llegamos al embarcadero me agradeció el gesto y se marchó. Había caminado apenas una decena de pasos, cuando miró hacia atrás y al ver que yo la seguía con la vista, me regaló una sonrisa. No fue una sonrisa pícara ni malintencionada, más bien una muestra sincera de agradecimiento. Aunque es justo decir que aquella sonrisa me marcó. Quizás porque la mostraba tal como era, sin reservas ni miedo, satisfecha de sí misma, como si llevara un sol por dentro.

El suceso pasó como un acto más de buena voluntad. No pensé en buscarla, a pesar de haberme encontrado con una prenda de alto valor. Uno de esos días en los que el Sol brilla más intensamente, volví a verla. Ese día yo andaba en asuntos de trabajo y casi choco con ella en una oficina, detrás de un buró, envuelta en papeles. Cuando me advirtió, su semblante se iluminó y de nuevo la sonrisa. Tras el saludo, quedamos en silencio durante unos segundos. Fue ella quien rompió el hielo, con una pregunta que aún late en mi corazón:

― Y la Esperanza, ¿qué?  ― dijo sin dejar de sonreír.

―Ahí, esperando por tu amor.  ―le respondí.

Confieso que no fue un atrevimiento. La expresión llegó en un estado total de seducción. Más tarde me confesó que mi respuesta la había impresionado tanto, que la interpretó como una frase poética. Me dijo que trabajaba en el lugar desde hacía poco tiempo. Que había llegado a Moa acompañada de su esposo, procedente de una provincia cercana. Se interesó en conocer mi nombre. Quizás por cortesía me dijo que era musical y poco usado. Le dije que la Esperanza estaba a su disposición. Que para mí sería motivo de satisfacción tenerla nuevamente a bordo.

El encuentro fue propicio para apreciar con detenimiento sus dotes de mujer. Esta vez se notaba más alta, quizás porque llevaba pantalón ancho de tela fina, algo despegado del cuerpo. No tenía labios pintados ni otro maquillaje, y el pelo, recogido en forma de cola, le daba una apariencia angelical.

Estaba frente a ella, observándola, en tanto recordaba aquel momento cuando la conocí en Cayo Moa. En realidad, nunca imaginé que pudiera volver a verla, y menos de forma tan inesperada. Al retirarme sentí que el corazón me latía aceleradamente. Aquella mujer había calado tan hondo que su imagen me acompañaba a todas partes. Cada vez que aparecía en mi mente, una extraña sensación de vacío recorría todo mi cuerpo. Una fuerza superior llamaba. Tenía que volver, aunque esta vez no fuera por motivos de trabajo.

A los dos días regresé. Cuando entré a su oficina rostro se volvió a iluminar y de nuevo la sonrisa. Una sonrisa que parecía decir, aquí está la otra mitad de tu alma. Quizás presentía mi llegada, o eran reacciones inevitables que se originan cuando provienen de una causa mayor. Más adelante me lo confirmó. Me dijo que experimentaba una rara sensación de apego, y que extrañaba mi presencia, a pesar del efímero contacto.

Sentí que estaba navegando por aguas mansas. Me senté a su lado y hablamos. Lo hicimos en una atmósfera de cordialidad y respeto. Me dijo que acababa de regresar de Santiago. Que había ido a llevar a su niña a pasar la semana de receso escolar junto a sus abuelos. Que su esposo andaba por Venezuela en asuntos de trabajo y su estancia podía extenderse de uno a tres meses.

Por mi parte le dije que la pesca no era mi oficio, sino solamente una suerte de hobby. Mi trabajo lo desarrollaba en una institución estatal, donde ocupaba un cargo de alcance municipal. Le confié el lugar y la responsabilidad. Le dije además que esta vez no estaba hasta allí por motivos de trabajo. Que mi presencia se debía solamente a la necesidad de verla. Que había pensado mucho en ella desde que la conocí y su imagen se había hecho tan familiar que la veía en todas partes. Y algo que no podía faltar: que era una mujer irresistiblemente bella.

Yo esperaba de ella alguna respuesta. En cambio, solo se limitó a mirarme atenta y escrutadoramente por unos segundos que me parecieron siglos. Luego sonrió con timidez, bajó la vista y quedó absorta en un pensamiento que solo ella y su interior sabían. Llegado el momento me hice de piedra. Sabía que era la ocasión de hablar, pero las palabras se resistían a obedecerme.

En un esfuerzo supremo, logré retomar el hilo de la conversación. Le pregunté si admitía que la visitara a su casa. Le dije que mi presencia iría precedida de absoluto respeto. Que me considerara parte de su círculo de amistades.

No me dejó continuar. Levantó la vista con cuidado, y mirándome fijamente otra vez, me dijo en tono autoritario:

― Te espero esta noche.

 

Quedé anonadado. Fue como si me hubieran propinado un mazazo. Comencé a temblar y a sudar. Un estado anormal de confusión se apoderó de mí. Ahora menos hallaba qué decirle. Tragué en seco varias veces tratando de encontrarme, pero nada llegó. Solo acerté a ponerme de pie y tomándole una mano, le dije:

 

―Espérame ― y abandoné el lugar a toda prisa.

 

El resto del día fue angustioso. El corazón golpeaba con fuerzas inusuales. Las horas pasaban más lentas que de costumbre. El tiempo parecía haberse detenido en un impasse torturante. Al fin apareció la noche. Al llegar a su casa me percaté de que todo estaba cerrado. Hasta las luces permanecían apagadas. Me dirigí a la puerta con la mano en alto y cuando me disponía a tocar, esta se abrió cuidadosamente. Entré, mientras ella cerraba a mi espalda.

Nos abrazamos en un abrazo de nunca acabar. Las bocas se buscaron ávidas en la oscuridad. Al hacer contacto había despertado ese sentido enloquecedor, furioso, desenfrenado, que la naturaleza ha puesto dentro del cuerpo cuando hizo al hombre y la mujer. Nos besamos en el desasosiego de un amor espontáneo, frenético, casi brutal. Éramos como dos ríos fluidos y parejos de amor. En medio de la intensidad noté que estaba solícita como un regalo, en bata transparente de dormir. Debajo no había más que un cuerpo encantador y sediento. Con delicadeza levanté la bata hasta alzarla por encima de la cadera. El voluminoso sexo que tanto me había fascinado aquel día en Cayo Moa, ahora podía palparlo. Estaba ante mis ojos en toda su dimensión. Traté de agacharme y al notar mi intención, me detuvo con un ligero movimiento, y de la mano, me condujo a la habitación. En un lugar espacioso del piso había preparado el nido. El encuentro resultó en un acto de entrega total. Nos amamos de todas las maneras. Con intensidad, sin límites. Sin pensar que afuera podía existir algo llamado mundo.

Me retiré pasada la media noche. Al pasar por la cafetería compré medio vaso de ron, vertí parte del contenido en las manos y me lo estrujé por todo el cuerpo. El resto lo apuré de un trago. Ya nadie podía decir que no me encontraba jugando dominó. Al día siguiente volví a su oficina. Sus ojos brillaron en una mezcla de gozo y satisfacción. Tuve que reprimir el deseo de abrazarla. Hablamos, pero solo mediante frases entrecortadas.

Nuestros encuentros posteriores se hicieron frecuentes. Unas veces la buscada yo, otras ella me buscaba. Se aparecía a mi oficina sin esperarla, siempre precedida de aquella sonrisa angelical. Continuamos amándonos en todas partes. No podíamos pasar un solo día sin encontrarnos. Su presencia se había convertido en necesidad espiritual.

Dios sabe que yo no quería enamorarme, pero sucedió. Pronto descubrimos que teníamos en común el amor al mar, a la naturaleza y a una vida llena de ilusiones. Cada semana nos escapábamos hacia puntos distantes del litoral, alejados del ruido de la sociedad. Nadábamos. Nos enterrábamos en la arena. Buscábamos caracoles. Nos amábamos. Nos pertenecíamos el uno al otro.  Nos sentíamos felices con solo vernos. Era todo tan hermoso que creíamos que el mundo y la vida comenzaban irremediablemente en nosotros.

Por razones de trabajo tuve que pasar varios días sin ir a verla. Me sentí extrañado porque en esos casos siempre acudía a mí. Cuando pude volver, no estaba en su oficina. Pregunté y me informaron que ya no trabajaba en el lugar. Un dolor de lágrimas me invadió cuando supe que se había marchado definitivamente para Santiago. Estuve a punto de llorar. Salí con una especie de nudo en la garganta. En mí había anidado un sentimiento de otra clase, una huella que a veces resulta difícil explicar. Todavía me pregunto por qué no fue a despedirse.