El poeta parte de la soledad, y movido por
el deseo, se dirige hacia la comunión.Octavio Paz
Uno de los temas en el Ismaelillo es el de la pureza e inocencia del hijo del poeta. Desde la descripción física hasta la moral y espiritual el hijo aparece como el paradigma de lo puro, de lo sencillo e inocente. Por eso, sin duda, el poeta utiliza tantas veces el color blanco, que tradicionalmente simboliza la castidad y lo moralmente limpio. A partir de 1875 Martí empieza a conferir a blanco «valores tradicionales en este color dentro de la escala cromática del mundo occidental: pureza, castidad, perfección y belleza moral».1 El empleo del blanco como símbolo de pureza e inocencia es de un valor sumamente artístico en el Ismaelillo. Aparece repetidas veces a lo largo del volumen como un leitmotif cuya función es sugerir la eterna presencia del hijo y su influencia purificadora.2
En el primer poema de la colección habla Martí del «hombro blanco» y «las guedejas rubias y blancas» de Ismael. Luego, en «Musa traviesa», insiste otra vez en la pureza del hijo cuando el padre duda si el cuerpo de. Ismaelillo es de carnes o nácares. En «Mi reyecillo» se encuentra el color blanco reforzado por otros dos adjetivos descriptivos que aumentan la cualidad vigorosa e inocente del hijo. Aquí el hijo se representa como «desnudo, blanco y rollizo». El desnudo es símbolo de la sencillez sin adornos. La característica de ser rollizo, que se asocia con la sana y vigorosa robustez de los niños, intensifica la sencillez natural referida por el blanco. Así, el hijo resulta ser sencillo, puro y de una gran vitalidad innata.
Además, el empleo del diminutivo en el Ismaelillo contribuye al sentido de sencillez y pureza que quiere producir el poeta. Amado Alonso en su estudio sobre la estética del diminutivo distingue entre los diminutivos afectuosos y los de carácter representacional y destacador. Los de la primera categoría tienen la función de encariñar un objeto amado. Los otros, en cambio, pueden dar una representación imaginativa del objeto.3 El diminutivo en el Ismaelillo parece participar de ambas funciones. Por ejemplo, cuando Martí habla de su «diablillo»,4 todo lo malo de diablo se quita con el diminutivo. El hijo es un diablo no malo sino travieso y simpático. Aquí tenemos que ver con un diminutivo afectuoso. Pero, al mismo tiempo es un diminutivo representacional y destacador. Según. Amado Alonso el diminutivo de este último tipo nos hace parar » en la representación imaginativa del objeto, pero ahora poniendo el ‘dedo sobre su ‘valor’, o más exactamente, sobre lo valioso que nos es… es una contemplación del objeto como valioso».5 Esto es precisamente lo que quiere lograr el poeta con el ya citado diminutivo. El hijo le es valioso porque es un diablillo benigno, un «diablillo con alas de ángel».6 Ángel, como se ve, en este caso trasmite simbólicamente las ideas de pureza e inocencia. Además, dentro del sistema simbólico de Martí la palabra alas, es un símbolo de idealismo ascendente que indica altura y elevación.7 Así, la palabra «diablillo» queda depurada de todo lo malo que podría significar.
Varias veces la sencillez del hijo se encuentra en yuxtaposición con un elemento bajo, sensual o lujurioso. Este fenómeno ha sido estudiado e identificado como un procedimiento de polaridad.8 En tales casos la pureza no sólo sirve de contraste para lo inmoral, sino que esto último hace destacar aún más lo elevado del hijo porque es él quien siempre sale vencedor sobre las bajas condiciones humanas. En «Brazos fragantes» lo sencillo y puro se encuentra frente a frente con lo sensual. El poeta se ve seducido por los brazos fragantes y sensuales de una mujer, pero él los rechaza, prefiriendo el amor casto y espiritual de su hijo: «Y yo doy los redondos/Brazos fragantes/por dos brazos menudos…».9 El amor del hijo se encuentra en un plano más alto y espiritual que el de la mujer. El goce de este amor es más bien místico que sensual. ‘Dice el poeta que estos brazos saben halarle y labrarle un collar de místicos lirios. Lo mismo ocurre en el poema titulado «Tórtola blanca», donde el poeta rechaza los placeres de una orgía bacanal precisamente porque el hijo aparece llamándole desde la ventana. Explica Eugenio Florit: «Y aquí tras lograr un cuadro bellísimo, cuadro de agitación de una fiesta — ejemplar pintura de color y movimiento– rechaza el poeta ‘la copa labrada’ porque la visión del hijo, símbolo de pureza, se le aparece en el balcón; aquellas alitas blancas llenas de miedo le llaman rescatándolo así de caer en el vértigo del vals».10 La tórtola, símbolo tradicional del amor casto y puro, encarna la esencia del hijo y salva al poeta.
Resulta muy parecido el caso del poema titulado «Mi despensero»:
¿Qué me das? ¿Chipre?
Yo no lo quiero:
Ni rey de bolsa
Ni posaderos
Tienen del vinoQue yo deseo;
Ni es de cristales
De cristaleros
La dulce copa
En que lo bebo.Más está ausente
Mi despensero,
Y de otro vino
Yo nunca bebo.
Otra vez el poeta rehúsa los bienes mundanales y sus placeres porque no satisfacen su sed. Es otro el vino que él apetece y él no prueba de las tinajas de este mundo. El padre queda vencido por el amor puro y casto de su hijo, el cual no le fuerza, no le vence por las armas duras porque sus armas no son de acero sino de plumas.11 Aquí, además del contraste en el plano físico entre lo duro del acero y lo blando de las plumas, el primero es símbolo de la fuerza brutal y material. En cambio, las plumas simbolizan una persuasión cariñosa y espiritual.
Son muchos los otros símbolos referentes a la pureza del hijo: «mariposa»,12 «blanco, pálido ángel»13 que «deja rumor de alas de ave»14 todos los cuales indican una cualidad de elevación etérea y llevan implícitos en sí las ideas de inocencia y pureza sublimes.
Ya establecida cuál es la naturaleza poética del hijo de Martí, veamos ahora las tres funciones que él ejerce dentro de los poemas.
Protección
En el poema titulado «Príncipe enano» claramente se encuentran enunciadas las tres funciones del hijo dentro del Ismaelillo: «El para mí es corona, /almohada, espuela».
En la obra de Martí corona es símbolo de la capacidad del hombre de levantarse por encima de sí mismo, de mejorar y ennoblecerse.15 «Darío interpreta sagazmente el valor intelectivo de las tres figuras poéticas, asegurando a corona el significado de triunfo, a almohada el de reposo y a espuela el de ímpetu. Un rasgo concomitante de estas imágenes lo tenemos en el empleo del término de realeza príncipe para referirse al hijo. Este término posee contenido semejante en caballero, reyecillo y monarca, todos los cuales se usan de manera análoga en Ismaelillo aplicados a su descendencia».16 Sirve el hijo de guardián, y protector espiritual para su padre. Cito del poema titulado «Hijo del alma»:
Guardiancillo magnánimo,
La no cerrada
Puerta de mi hondo espíritu
Amante guardas…
Le protege a su padre de sus penas y no deja que entren en su espíritu, como se ve otra vez en el mismo poema:
Y si en la sombra oculta
Búscanme avaras,
De mi calma celosas,
mis penas varias,
En el umbral oscuro
Fiero te alzas,
¡Y les cierran el paso
tus alas blancas!
Aquí las alas son símbolo de protección y abrigo y su blancura (pureza) forma contraste con las oscuras sombras en que se esconden las penas.
Cuando le atacan al padre las tentaciones del mundo, él no teme nada porque sabe que su hijo le protegerá. Será su escudo y su espada, como se ve, por ejemplo, en «Tábanos fieros»:
No temo yo ni curo
De ejércitos pujantes,
Ni tentaciones sordas,
Ni vírgenes voraces:
El vuela en torno mío,
El gira, él para, él bate;
Aquí su escudo opone;
Allí su clava blande;
Y a diestra y a siniestra
Mandobla, quiebra, esparce;
Recibe en su escudillo
Lluvia de dardos hábiles;
Sacúdelos al suelo,
Bríndalo a nuevo ataque.
Schulman explica el significado de escudo, espada y lanza en este pasaje: «En ninguna parte está expresado con mayor viveza este contraste con las fuerzas contaminadoras de la vida que en ‘Tábanos fieros’. Por medio de imágenes como ‘tábanos fieros’ y ‘chacales’ que encarnan los elementos innobles del mundo, el poeta los reta estoicamente a atacarle, seguro de poderlos absorber en su invasión porque cuenta con la protección y amor (escudo) de Ismaelillo… El escudo, arma defensiva, emblema de la justicia y de la virtud, está contrastado aquí con dos formas simbólicas de la agresividad: lanza y espada. Como se ha indicado antes, ambas representan la participación de Martí en la revolución que otorgará al hombre su redención final».17 De modo que el hijo es a la vez protector y agresor: protege al padre; pone en huida a las huestes enemigas; y ayuda a Martí a avanzar hacia la justicia. El hijo es el apoyo y el sostén de su padre. Cito del mismo poema: «Hijos, escudos fuertes, /De los cansados padres!»
Como siervo sumiso, el padre responde a este amor protector jurando lealtad y reconociendo a su hijo como su señor. Es un tirano el príncipe enano, este reyecillo que es monarca del pecho de su padre. Pero no es como los otros reyes y tiranos porque él domina con el amor y su cetro es un beso. Cito de «Mi reyecillo»:
Mas yo vasallo
De otro rey vivo,
Un rey desnudo,
Blanco y rollizo:
Su cetro – ¡un beso!
Mi premio – ¡un mimo!……………………………..
Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Úngeme siervo,
Siervo sumiso:……………………..
Lealtad te juro,
¡Mi reyecillo!
Este monarca ejerce un dominio absoluto en el corazón del poeta y le hace pasar por una metamorfosis. Como dice Martí en «Musa traviesa»: «¡Hijo soy de mi hijo! / ¡El me rehace!»
En «Valle lozano» Martí revela el medio de esta transformación: el amor. En este poema el hijo se compara con un labriego que ha transformado milagrosamente en campo florecido lo que antes era un campo estéril e infecundo. El poeta le pregunta al labriego, o sea al hijo, de qué flores ha untado el arado y de qué rio ha regado el prado para que así florezca. Claro, el campo verde es símbolo del pecho del padre, un pecho que todos han arado con dagas, pero el hierro del hijo no hace daño. Como respuesta a las preguntas del poeta el hijo le trae un beso casto. Es el amor que lo ha transformado.
Pasa lo mismo en el poema «Rosilla nueva», en donde Martí pregunta: «¡Traidor! ¿Con qué arma de oro/Me has cautivado?» aquí el poeta se equipara con un peñasco inmóvil, pero en presencia de su hijo se derrite como la nieve:
Y así como la nieve,
Del Sol al blando
Rayo, suelta el magnífico
Manto plateado,
Y salta en hilo alegre
Al valle pálido
Y las rosillas nuevas
Riega magnánimo;
Así, guerrero fúlgido,
Roto a tu paso,
Humildoso y alegre
Rueda el peñasco;
Y cual lebrel sumiso
Busca saltando
A la rosilla nueva
Del valle pálido.
Este amor filial se convierte en un amor mucho más universal y social en el poema titulado «Amor errante». Aquí el «blanco, pálido ángel» busca a quién amparar y socorrer. Inconsolable, siente ganas de llorar al ver que no puede sacrificarse por alguien. El hijo no sólo inspira un amor familiar e íntimo sino también un amor humanitario motivado por los problemas sociales.
Consuelo
Es el hijo quien, montado sobre el cuello de su padre, acompaña espiritualmente a éste por todas partes y no lo abandona en medio de las tormentas de la vida, como se observa en el poema titulado «Sueño despierto».
Yo sueño con los ojos
Abiertos, y de día
Y noche siempre sueño,
Y sobre las espumas
Del ancho mar revuelto,
Y por entre las crespas
Arenas del desierto,
Y del león pujante,
Monarca de mi pecho,
Montado alegremente
Sobre el sumiso cuello,
Un niño que me llama
¡Siempre flotando veo!
Cuando sufre el poeta de una interna tormenta, su hijo le consuela con un beso. En medio del insoportable camino de la vida, el padre tiende la mano en busca de apoyo y su hijo le da otro beso invisible.18 Algunas veces el hijo ejerce función de consolador y otras veces le ofrece a su padre un alivio más amplio. Cuando Martí baja de sus sueños graves es al hijo a quien primero encuentra en las regiones aéreas. Es Ismaelillo quien despierta a su padre de estos sueños pesados y llega como una ráfaga de aire que lo refresca todo, como vemos, por ejemplo, en «Musa traviesa»:
Suavemente la puerta
Del cuarto se abre,
Y éntranse a él gozosos
Luz, risas, aire.
Al par da el Sol en mi alma
Y en los cristales.
Aquí la luz, las risas y el aire son símbolos de frescura, de alivio y de renovación surgidos por la entrada del hijo.
El poeta mismo necesita y pide esta interrupción en sus quehaceres espirituales. Como Unamuno atormentado por sus dudas pide un momento de tregua en su lucha interior, así José Martí, sumergido en el abismo de los problemas humanos, anhela un rato de gozo y de reposo. De nuevo, «Musa traviesa»:
Venga, y por cauce nuevo
Mi vida lance,
Y a mis manos la vieja
Péñola arranque,
Y del vaso manchado
¡La tinta vacíe!
Es Schulman quien explica la función paliativa del hijo tal como se ve en la idea de almohada en los ya mencionados versos de «Príncipe enano»: «Este símbolo de contraste representa el ansia del poeta por alcanzar un descanso, un momento de tranquila soledad, en su lucha contra las fuerzas maléficas y egoístas».19
Inspiración
Otro aspecto del hijo que se revela en esta colección es el de su fuerza vital. El hijo no tiene nada de estático ni de pasivo. Es, en cambio, activo, robusto y enérgico y un verdadero manantial de vitalidad y vigor. Sus ojos «vuelan, brillan, palpitan y relampaguean».20 Su rica sangre anima la sangre agotada de su padre.21 Es la luz en la oscuridad,22 una «abeja que zumba» y «rompe y mueve el aire».23 Es musa y despensero para su padre.24 En fin, es la fuente inacabable de inspiración y acción en donde bebe Martí. Su presencia trae un vuelo que lleva consigo a su padre.25 Al pasar el hijo, siente Martí dentro de sí un «inquieto mar joven», una «manada alegre de bellos potros vivos» que hacen desbordar su generoso espíritu.26
Es Ismaelillo quien espolea e instiga al padre hacia la acción. El hijo quiere que su padre vuelva a luchar y a vivir. En los ya citados versos de «Príncipe enano», espuela es sinónimo de aguijón o empuje que produce ímpetu y acción. Es frecuente el uso de esta y otras palabras relacionadas con el caballo. El hijo es un «caballero», «caballeruelo»,
«caballero del aire» o «jinetuelo» que cabalga en las ondas de la luz matinal o que se pone de horcajadas sobre el pecho de su padre al despertarle por la mañana. Cito del poema «Mi caballero»:
Por las mañanas
Mi pequeñuelo
Me despertaba
Con un gran beso.
Puesto a horcajadas
Sobre mi pecho,
Bridas forjaba
Con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
De gozo yo ebrio,
Me espoleaba
Mi caballero:
¡Qué suave espuela
Sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
Mi jinetuelo!
Y yo besaba
Sus pies pequeños,
¡Dos pies que caben
En solo un beso!
El hijo le sirve al padre como espolón, le despierta de la inercia y le impulsa a obrar.
Para concluir, puedo afirmar que todos los poemas del Ismaelillo forman una unidad orgánica alrededor de las tres funciones del hijo enunciadas en el primer poema, “Príncipe enano”, el cual se puede considerar como prólogo poético del volumen. Estas tres funciones (protección, consuelo e inspiración) determinan el contenido de los poemas y rigen los símbolos que representan al hijo a lo largo de la colección.
