Un libro posmodernista per se: Exorcismos de Esti(L)o

Waldo González López

A mi admirado GCI, por los 23 años
de la obtención del Premio Cervantes
y a la actriz Miriam Gómez

 

«La Historia, es decir el tiempo,
pasará, pero quedará siempre
la geografía,
que es nuestra eternidad.»

GCI. Mea Cuba, Londres, 22/abril/1992

***

«La historia, después de todo, no es más que el nombre que damos a una crónica de desatinos, afortunados o adversos, cometidos por unos hombres, que otros hombres ni más ni menos atinados, tratan luego de explicar, de desmentir o de afirmar —o, simplemente, de contar.»

GCI. Exorcismos de esti(l)o

***

«La Habana, en realidad, es una ciudad que no existe más que en la nostalgia y en los sueños y en la literatura para mí.»

GCI. En una entrevista concedida en España.

 

Publicado por Punto de Lectura en 1976 y 1982, y reeditado por Suma de Letras, S. L. en 2002 (las tres ediciones en España), Exorcismos de esti(l)o es uno de los varios libros paradigmáticos que constatan el singular talento del escritor Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929-Londres, Reino Unido, 21 de febrero de 2005), quien no fue, sino es —pues, como genuino creador, vive en su peculiar obra— un excelente narrador, un brillante periodista cultural y el mejor crítico de cine cubano, no igualado por ninguno hasta la fecha.

Integrante, junto a Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, de la tríada  fundacional del Posmodernismo en Cuba y Latinoamérica —a la que se aúna el relevante narrador argentino y, como Guillermo Cabrera Infante,  guionista Manuel Puig, con sus novelas: La traición de Rita Haiworth (finalista del Premio Biblioteca Breve, Editorial Seix Barral, 1965, publicado en 1968) y Boquitas pintadas ( «folletín en dieciséis entregas», 1969)— prestigia lo que este crítico redenomina tetralogía de la narrativa hispanoamericana.

 

Sobre Exorcismos…

Definido como:

[…] un laberinto en sí mismo, rico en sutilezas semánticas, repleto de saber clásico y sarcásticas investigaciones literarias, y compuesto de piezas breves, secuencias incendiarias que despiertan la risa y la reflexión, estas «herejías» del lenguaje ponen en cuestión la inmutabilidad de géneros y convenciones: juegos verbales, parodias, intromisiones en el habla popular cubana».

En fin, un libro disfrutable desde el inicio hasta la última página, como pocos.

Acerca de la conjunción de «géneros» que dimensionan Exorcismos…, de veras un libro raro (v. g.: Los raros, de Rubén Darío), lo diré con las palabras del propio G. Caínsegún el ingenioso seudónimo que, uniendo las dos primeras letras de sus apellidos, creara para estamparlo en su canónico libro de ensayos cinematográficos: Un oficio del siglo xx, cuya edición príncipe fue en La Habana de 1963; mas, en América Latina y Europa, sería reconocido como lo que es, sin duda: uno de los mejores libros de ensayos latinoamericanos publicados (hasta hoy: abril de 2020), por lo que sería incluido en la arriba mencionada antología de esta función, por decirlo con un término grato al maestro mexicano Alfonso Reyes—, quien entrevistado sobre Exorcismos…para un medio español, respondería:

Se puede leer como Exorcismos de esti(l)o o Exorcismo de estío. Es un libro de fragmentos, de parodias, de pequeños poemas, de palíndromos, de alteraciones del lenguaje, de juegos con el lenguaje, con la literatura, con las formas de la interrogación… en ciertos tratados de preceptiva literaria, hay incluso un página para ser quemada viva. Y el libro está dedicado a una misteriosa Carolita Sesé que es, sin embargo, mi hija menor.

No obstante, deja de mencionar otro recurso: el Calembour, al que dedica dos páginas en un apunte aclaratorio sobre Exorcismos…: «Pun no es onomatopeya». «Calembour, retruécano, paronomasia son las posibles traducciones. Calembour es una palabra francesa.»

Tampoco comenta que sus jeux de paroles (juegos de palabras) los realiza en español y en otras lenguas, como el francés y el latín. Mas, en cierto lugar, admite su adictivo gusto por otro de sus esenciales rasgos estilísticos: su sens de l’humour (sentido del humor). De tal suerte, desde la primera línea combinaría con humor: «jugando» con dicha y ducha, muchas y muchachas, como con nombres de actores, títulos de filmes, marcas de jabones y talcos, y datos históricos:

Caín nació, qué dicha, en la ducha y fue el único crítico preparado para el cine odorante que tanto temió Chaplin. Sentada a su lado una de sus muchas muchachas, al par que miraba Esplendor en la yerba, observó que olía a Heno de Pravia. Era el talco que usaba nuestro crítico.

Pero Caín no murió en la ducha. Fue Janet Leigh quien hizo aguas letales en Psicosis. Murió de psitacosis, que es la enfermedad favorita de lores y de loros. Recuerdo que me dijo: «Si te digo que tengo la psitacosis y te quedas como si tal cosa». Es verdad, lo confieso, que permanecí inmutable, pero siempre creí que la frase no era su frase final, sino otra salida de tono al entrar al cine. Pero tal vez murió en el agua después de todo. Nunca fui nada de Caín. Ni siquiera Abel Gance para este Napoleón crítico. Pero hay otra versión de su nacimiento dada por Casiodoro de Reina. Dijo Reina: «… y dio a luz a Caín [y] después dio a luz a su hermano Abel». Esta revelación genética no es apta para mayores porque fue el cine el que dio a luz a Caín. Fueron los hermanos Lumière, Caín y Abel del cinematógrafo, los que dieron luz al cine y al siglo. Pero basta de metáforas literarias y que comiencen las imágenes críticas.

Y en el «Epilogolipo» de su Exorcismos… —al que pondrá fin en la página 301— lo denomina potpourri en francés, idioma que, como el inglés, dominaba; pero desliza un augurio ¿autobiográfico? al aludir, sentencioso y poético, a la muerte… ¿Acaso presagiaba la suya, aún muy lejana, ya en la primera edición de Exorcismos…, de 1976?

De cualquier modo, resalta en estas relevantes páginas, como en toda su obra, su congénita capacidad de impertérrito y hondo lector (subrayo los adjetivos, pues en fotos suyas, tomadas en su hogar, aparece sentado rodeado de su enorme biblioteca, integrada por grandes libreros).

Además, como los mejores autores, GCI era un infinito veedor, un inclaudicable fisgón y un infatigable voyeur, pues —tal el Philipe Marlowe de Raymond Chandler— indagaba todo lo que podía servirle para su original creación, como guionista, narrador, crítico de cine y periodista cultural.

Por otra parte, el siempre sorprendente escritor cubano, por su rostro y carácter adustos, no anunciaba el asombroso humor, a veces corrosivo, que marca indeleblemente su poética. Acorde con ello, en TTT afirma: «[…] siempre soy así: reacciono contra lo que tengo enfrente, aunque sea mi imagen del espejo».

Y, sin duda, la seriedad confundiría, incluso a sus conocidos, según confesaran a este crítico dos de sus colegas de Lunes de Revolución: en La Habana de inicios del 2000 quien, desde los años setenta, fuera colegamigo y, desde el 2000, vecino de este crítico: Humberto Arenal: periodista, dramaturgo y narrador de El sol a plomo (primera novela publicada en 1959, a su regreso de los Estados Unidos, donde residiera entre 1948 y 1959); y, en la Miami del 2018, mi también colegamigo desde La Habana —donde tras su salida hacia Miami, lo sustituí en la emisora CMBF. Radio Musical Nacional: el periodista, dramaturgo y narrador de la novela La vida en dos, Luis Agüero. Ambos laboraron bajo la dirección de GCI en el equipo del recordado semanario cultural, que, en apenas su brevísima existencia de dos años y nueve meses (del 23 de marzo de 1959 al 6 de noviembre de 1961) devendría el mejor de la prensa cubana de todos los tiempos, pues GCI logró aunar, prolífico haz, lo más relevante de la intelectualidad cubana y latinoamericana.

Sobre este esencial semanario, el escritor y periodista francés Serge Raffy, en su magnífica biografía Castro, el desleal (Aguilar, 2004, p. 366) —cuya traducción portuguesa leyera este crítico durante su estancia de un mes en el Portugal del 2007—, subrayaría:

Cabrera Infante logró que en Lunes… colaboraran importantes escritores hispanoamericanos, además de cubanos. Así, Carlos Fuentes fue el encargado del número dedicado a México y Juan Goytisolo, del consagrado a la literatura española del exilio. Entre los cubanos que participaron en el suplemento, cabe destacar a Antón Arrufat, Edmundo Desnoes, Lisandro Otero y Virgilio Piñera, entre otros. ​

Sin embargo, a pesar del reconocimiento internacional y del sector intelectual y artístico de la capital, la supuesta arrogancia/pedantería de GCI, no se mostraría cuando definiera a Lunes…:

 un suplemento literario que editábamos varios amigos y que entonces no era más que un semanario torpe, hecho entre el ocio y el sueño, de madrugada, rápida, chabacanamente y con técnica de aficionados (a pesar de la ayuda tipográfica de un taller con oficio y de la maquinaria distribuidora del diario oficial —Revolución— que lo envolvía cada lunes y lo introducía casi de contrabando en palacios y cabañas y en La Cabaña y en Palacio), medley, quincalla o potpourri al que el tiempo convertiría en pieza de convicción histórica.

En su ingenioso «Epilogolipo», de Exorcismos…, escribe el también Premio Cervantes 1997:

Desee Dios que lo que de monótono tiene este potpourri (que el tiempo recogió, no yo, y que incluye enxiemplos pretéritos que  no quiero corregir, porque los escribí con otro concepto de lo poético) se muestre menos evidente que el disímil origen geopolítico o histórico de mis motivos. De los muchos libros con que se hicieron mis impresores, ninguno, creo, es mío propio como este colectivo y en desorden digesto de diversos ejemplos, y esto es como es porque insiste preciso en innúmeros reflejos y en entreveros. Poco me ocurrió y mucho he leído. Mejor dicho: pocos sucesos me ocurrieron menos dignos de olvido que el discurrir de ese filósofo teutón que fue enemigo perverso del sexo femenino o el son verborreico de los ingleses.

Un hombre se propone el empeño de escribir el mundo. En el  discurrir del tiempo construye un volumen con trozos de pueblos, de reinos, de montes, de puertos, de buques, de islotes, de peces, de cubiles, de instrumentos, de soles, de equinos y de gentes. Poco tiempo previo del morir, descubre que ese minucioso enredo de surcos en dos dimensiones compone el dibujo de su rostro.

(Londres, 22 de Julio, en el comienzo del séptimo decenio del siglo veinte.)

Ya desde la dedicatoria o «Dedicace» —tal escribe en francés—, intuimos el disfrute que tendremos a lo largo de trescientas trece páginas con la insólita lectura de este inaudito jeu fou (juego loco) que al crítico evoca algunas obras dadaístas y surrealistas, de los movimientos vanguardistas del primer cuarto del siglo xx —tan significativos para el arte occidental— que lo marcaran hondamente: «A las comas, alegres, diversas, múltiples, minuciosas, salvadoras pero modestas, a todas las comas como comas bajas y altas, al coma y, sobre todo, a las comas recién venidas al mundo, que aquí bautizo como comas suspensivas,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,»

«Palabras liminares» es otra muestra de su rara raza (y no es un juego de palabras) de invencionero, ya que en apenas una página la corrobora, de tal suerte que los lectores informados intuirán dos de sus autores preferidos: Lewis Carroll (quien tanto influyera en los surrealistas, algunos de los que, a su vez, infiltraran TTT, en cuyo pórtico GCI estampara el epígrafe tomado de las primeras páginas de Alice in Wonderland, que él tradujo al español): «Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada», y Lawrence Sterne, por mencionar dos de sus narradores ingleses predilectos. (Otros  preferidos, en virtud de su asidua mención en estas y otras páginas de su obra, son: Mark Twain, Quevedo, Cervantes…).

Mas, atiéndase al final el burla/burlando contra el sanguinario tirano cubano, del que parodia —nítida alegoría mediante— sus absurdas campañas masivas y sus inacabables arengas contra el Imperialismo, cuyo único fin era tener/mantener a todos (pre)ocupados por los malos, pésimos augurios del Gran Farsante (o, como lo nombrara el escritor mexicano José de la Colina en su artículo: «El gran ventrílocuo barbudo»). En fin, siempre las mentiras del tirano, con las que pretendía y lograba mantener al pueblo sometido en la miseria y la absoluta carencia de los esenciales alimentos y, sobre todo, de lo más preciado, la libertad:

¿Cómo una palabra se vuelve liminar, así como así, de la noche al día? Tiene que haber un método, una técnica tal vez que permita a todas las palabras, sin excepción de ninguna clase, ni de raza ni religión o sexo (que tanto se parecen), tiene que haber un camino para que una palabra se haga liminar. Tal vez un retiro, campestre o religioso, tal vez una fórmula mágica o siquiera química que permita a todas las palabras llegar a la liminaridad sin problemas ni pretextos. Será necesario hacer un movimiento de masas para permitir el acceso a la región liminar. O tal vez encontrar la clave, la llave, la pata de cabra para forzar la puerta liminar. Sería de desear no tener que llegar a la violencia, pero o todas las palabras son, si ellas quieren, liminares, o ninguna palabra es liminar. Esto lo decimos sin ánimo de herir susceptibilidades ni incomodar intereses ajenos: nosotros, los del Movimiento Pro Palabras Liminares, debemos tratar de lograr por todos los medios nuestros objetivos. ¡Ni una palabra que deje de ser liminar! ¡Todas las palabras como una sola en la lucha por el poder liminar! ¡Palabra o muerte! ¡Liminaremos! [El subrayado es mío. WGL.]

Cabrera Infante visto por Arístide.

Cabrera Infante visto por Arístide.

En la sección: «Textos contextos» leemos «Autorretracto» con preciados instantes, como el siguiente, donde destaca a su inseparable Miriam Gómez —a la que dedicara TTT de tal suerte: «a quien este libro debe mucho más de lo que parece»— con estas sugerentes y sencillas palabras de amor: «ese Yin de mi Yan».

La imaginería propia de la infancia y la deslumbrante capacidad  invencionera de GCI, asombran al lector en cada vuelta de página de Exorcismos… De tal suerte, en «Sueño y verdad del Doctor [Isidore] Ducasse», leemos una supuesta carta del poeta uruguayo —cuyo seudónimo era Conde de Lautréamont—, fechada el 15 de julio de 1879, en Montevideo, donde evoca uno de los clásicos cuadros de Salvador Dalí, adalid del movimiento vanguardista con el que la poética del cubano tendría no pocos puntos de contacto. Y no conforme aún, el incambiable menteur (mentiroso), apoyado en su capacidad invencionera, «juega» con el apellido coincidente y atribuye la icónica obra del Surrealismo a otro creador muy distante, nacido a fines del siglo xviii y fallecido en el xix: el poeta y dramaturgo español Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873).

Pocas líneas atrás, apunté el influjo surrealista constatable en toda su obra. Sin duda, tal huella se comprueba en TTT, desde el epígrafe inicial de Lewis Carroll, hasta el anterior ejemplo, donde «juega» con los apellidos del Breton francés y el español; pero, más constatable aún resultan la concepto y la estructura de Exorcismos…, distintiva creación asumida por GCI en una de las concepciones utópicas narrativas más logradas en las letras hispanoamericanas del siglo xx, gracias a la invención, el talento, el contenido y la avalancha de datos, pesquisas, testimonios, tales otros aspectos narrativos, periodísticos, poéticos, teatrales, históricos e idiomáticos: en fin, obvio derroche de su enorme cultura constatable en sus libros, tan distantes y distintos de los escritos por el resto de sus colegas cubanos e hispanoamericanos.

Otro aspecto destacable es que el excepcional creador cubano jamás se afilió a ningún «ismo» ni grupo, a pesar de que, por el año de su nacimiento y aun contra su voluntad, puede y debe ser incluido entre los mejores narradores latinoamericanos e hispanoamericanos de su época: los del Boom, quienes, aunque no se agruparon —como los poetas de la Generación del 50, con adeptos en España y países latinoamericanos: Argentina, Chile, México y Cuba— fueron reunidos por ensayistas y críticos en antologías, en las que, por la calidad e imaginería de su obra, el nombre de GCI aparece por derecho propio junto a los del mexicano Carlos Fuentes, el peruano Mario Vargas Llosa, el colombiano Gabriel García Márquez, el argentino Julio Cortázar  y el chileno José Donoso, entre otros pocos.

Mas, hubo contactos amistosos entre GCI y sus mencionados colegas, quienes, a pesar de que temían sus criterios políticos sobre el castrismo, aun apoyaban al (des)gobierno, a través de la Casa de las Américas. Pero quizá el más destacado: el futuro ganador de los Premios Cervantes y Novel, Mario Vargas Llosa —quien integrara el Comité Editorial de la revista homónima entre 1965 y 1971—, ese último año cortaría su cordón umbilical con la institución oficialista, a través de su conocida carta dirigida a la ex guerrillera y suicida Haydée Santamaría.

Sin embargo, antes, a fines de 1967, habría un encuentro londinense en el que participaran GCI y algunos de los arriba mencionados, tal se comprueba en la crónica «Octavio Paz y los narradores del Boom», republicada en 2013 por la periodista Malva Flores en su columna «Hilo Negro» de la web Literal. Voces Latinoamericanas, anunciada así: «En estas páginas, Malva Flores recuerda, entre fiestas y cartas, un episodio central en la vida cultural latinoamericana del siglo pasado.»

En su amena crónica, la colega referiría: «Se trata de una historia que puede fecharse simbólicamente el último día de 1967, en el número 9A de Hampstead Hill Gardens, en Londres», en la que, sobre todo, importa al cronista la breve pero deliciosa anécdota que cuenta sobre GCI, quien en el festejo de despedida de 1967 en la gélida Londres y entre sus colegas del Boom aquel inolvidable fin de año, niega con su habitual jocosidad lo arriba comentado a este crítico por dos de sus colegas de Lunes… sobre el ¿huraño? carácter del narrador cubano, corroborando al contrario su condición surrealista y, por qué no, cubana, por lo jocoso.

GCI, con su «disfraz» de outsider, en esa memorable noche, «jugaba» —sique cubana, mediante— con el adusto Carlos Fuentes, al que el ingenioso cubano le haría una deliciosa boutade (broma) —cercana, sin duda, a las de sus admirados surrealistas—, acerca de la que en otro momento ironizaría (parafraseando el verso de Neruda: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos») con su acostumbrada vis comica: «los amigos de entonces [que] ya no son amigos». Según cuenta Malva:

Fuentes daba una fiesta de fin de año que fue una despedida porque «los amigos de entonces ya no son amigos», recordó alguna vez Guillermo Cabrera Infante, al evocar aquella cena a la que él llevó un pastel de chocolate especial, cocinado con «cocoa y hachís». Al ofrecer el postre, Carlos Fuentes le dijo sobresaltado: «No necesito drogas para expandir mi conciencia». La reacción de Octavio Paz fue diferente: aceptó el pastel. Para Cabrera Infante ese gesto revelaba la actitud del poeta frente a las distintas y provocadoras experiencias de la cultura. [El subrayado es mío. WGL.]

Mas, otro relevante colega del «Caín vividor y sensual, humorístico, dado al invento verbal y vacunado contra los maximalismos» —tal lo definiría el escritor y cineasta español Vicente Molina Foix en su artículo «Cuba como desengaño»— tampoco aceptaría su invitación a consumir el pastel aportado por el autor de Mea Cuba con hachís que ya en aquellos libérrimos años sesenta fluía libremente en Europa. Así, continúa Malva: «Mario Vargas Llosa […], recuerda Gutiérrez Vega, “se puso lívido al enterarse de que el pastel que Guillermo había aportado a la celebración era de chocolate con hachís”.»

Y añadía la periodista otros datos reveladores y nada halagüeños de algunos integrantes del Boom, tal el «fidelismo» de Cortázar, quien —asiduo invitado a La Habana, y después acobardado por la dura carta del tirano en respuesta a la enviada al propio sátrapa por prestigiosos escritores y artistas de Occidente (entre los que estaba el argentino), exigiendo la liberación del poeta Heberto Padilla, injustamente tras las rejas— publicaría (en el no. 67, julio-agosto, 1971, de la revista Casa de las Américas) un peoma (valga el atinado retruécano de Roque Dalton) que aumentaría aún más cobardía a la ya amplia del lúcido narrador de Rayuela. Ciertamente: la farsa del célebre Caso Padilla, sería «tan condenada en el extranjero como la primera gran manifestación visible de los procesos de Moscú en […] la isla», tal la definiera GCI, de acuerdo con Jacobo Machover, en su ensayo «Galería de retratos», incluido en El heraldo de las malas noticias: Guillermo Cabrera Infante (Ediciones Universal, Miami, 1996).

A continuación, transcribo un breve fragmento del harto extenso y repugnante bodrio del «animal político» (v.g.: Aristóteles): Julio Cortázar, quien con esta vergonzosa prueba de su rastrero fidelismo, denigraría aún más su conducta civil:

Buenos días, Fidel, buenos días, Haydée, buenos días mi Casa, / Mi sitio en los amigos y en las calles, mi buchito, mi amor, / Mi caimancito herido y más vivo que nunca, / Yo soy esta palabra mano a mano como otros son tus ojos o tus / Músculos, / Todos juntos iremos a la zafra futura, / Al azúcar de un tiempo sin imperios ni esclavos. // Hablémonos, eso es de hombres: al comienzo / fue el diálogo. Déjame defenderte / cuando asome el chacal /    de turno, déjame estar ahí. Y si no lo quieres, oye, compadre, olvida tanta crisis barata. Empecemos de nuevo, / di lo tuyo, aquí estoy, aquí te espero; toma, fuma conmigo, / largo es el día, el humo ahuyenta los mosquitos. Sabes, / nunca estuve tan cerca como ahora, de lejos, contra viento y marea. / El día nace.

Por fin, concluyo la valiosa crónica de Malva de esta suerte:

No solo hablaron de Fidel, aunque a partir de ese momento Castro se volvería un personaje central en la historia de la enemistad entre los escritores que aquel verano en Saignon planearon una revista que durante tanto tiempo habían querido realizar Paz, Segovia y Fuentes. El veto que Cortázar impuso a la incorporación de Cabrera Infante a las iniciativas de la revista, bautizada como Libre, fue un aviso de la más importante fractura entre los escritores hispanoamericanos del siglo pasado. Años después, Paz recordaría el proyecto de Libre y las razones de su distancia: el grupo le parecía «heterogéneo y disímbolo»; además, desconfiaba de «García Márquez, demasiado ligado a La Habana». La idea de Paz sobre una posible revista «se había desfigurado» y no se consideró a Segovia para ocupar el puesto de secretario de redacción, como estaba convenido originalmente. [El subrayado es mío. WGL.]

 

En el cine

Justamente a fines de los años cuarenta, por su permanente interés en el cine surgido en la adolescencia capitalina y, luego en sus inicios en la crítica de filmes, GCI sería uno de los miembros fundadores del primer Cine Club de La Habana, creado por destacados artistas: el  fotógrafo Germán Puig y el director teatral Ricardo Vigón. El primero incorporaría a la nueva institución a quien luego brillara como notable fotógrafo de cine, Néstor Almendros —a quien GCI le dedicaría una crónica: Néstor Almendros, un Oscar que habla español (El País, abril/11/1979)—, «hijo de un extraordinario educador exiliado desde la guerra civil en Cuba»: Herminio Almendros, ex profesor de la Universidad de Oriente, autor de la primera biografía del Apóstol para niños: Nuestro Martí y primer director de la habanera Editorial Gente Nueva, quien, bonhomía mediante, brindara su amistad en La Habana de los años setenta, al entonces joven poeta, amante de la cultura y autor de este ensayo.

Luego dirigirían el Cine Club, alternativamente: Tomás Gutiérrez Alea, Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante y Rine Leal, quien sería, además, uno de los personajes de TTT y, a finales de los años sesenta y setenta, profesor de Historia del Teatro Universal y Cubano, en la Escuela Nacional de Teatro, donde impartiera clases a este ensayista, con el que entablaría una sólida amistad hasta la década del ochenta, cuando partió a Caracas, Venezuela, donde muriera el 16 de septiembre de 1996.  

Aunque nunca el ICAIC, ni su ya fallecido presidente y otro lamebotas del tirano: Alfredo Guevara, ni siquiera ninguno de los críticos de cine, en la prensa plana ni en sus espacios en la Televisión Cubana, lo han mencionado, el Cine Club es el irrefutable antecedente de la Cinemateca de Cuba. Se corrobora en la web Cuba Encuentro (17/04/2020) en la magnífica entrevista de Manuel Zayas con Germán Puig: «Debido a la política, me quedé sin amigos», en la que el importante creador habla de su amplia labor como gestor cultural en La Habana de la década del cincuenta y otros temas de interés. Sobre el autor de Un oficio del siglo xx, afirmaría Puig: «[…] he conservado fotos de Guillermo […] en el solar donde vivía frente al Instituto de La Habana, a quien recuerdo con gran cariño en esa época de nuestras vidas».

Además, sin aspavientos protagónicos, GCI —«uno de los críticos más ocurrentes e inteligentes que ha habido», tal lo calificara el narrador y cineasta hispano Vicente Molina Foix en su artículo Mea Cuba—, regala en Exorcismos…, con humor, otra prueba convincente: «En la Cinemanteca de Cuba» [la n en cursivas es mía. WGL], una breve evocación de aquellos días juveniles, cuando un grupo de fans del cine, sin apoyo institucional privado ni del gobierno, se esforzaban en La Habana de la época por presentar buenos filmes y cultivar a los interesados. En tal sentido, siempre con humor, GCI alude al clásico cuento de Edgar Alan Poe: «La caída de la casa Usher»:

Había noches cinemáticas inenarrables, como aquella durante la proyección de Fiebre (o tal vez fuera La inundación), en que la película se interrumpía a cada momento y la pantalla (y toda la sala) quedaba en un negro que convertía ver cine en un momento embarazoso. Ocurrió tanto, que Germán Puig, presidente, se vio obligado a explicar por qué se detenía tanto la película —en realidad afectada de vejez progresiva en sus bordes. Así, en la próxima parada se oyó de pronto a una voz cavernosa decir: «Las  interrupciones son debidas a las perforaciones», y no decir más, dejando la explicación en una frase memorable o famous last words.

En otra ocasión y otro lugar, Jaime Soriano traducía los letreritos en inglés, esta vez en programa doble. En el intermedio, las luces encendidas, se le oyó decir la frase solitaria: «Y ahora unos minutos mientras preparamos la caída de la casa Usher.»

Esa querida cinemanteca no cinemateca proveía en cada sesión una sorpresa imperecedera.

Pero hay más, mucho más, porque GCI fue el primer escritor y guionista latinoamericano y cubano en Hollywood, «lo que fue para mí una experiencia fascinante», dijo, pues, ciertamente, estuvo en el Viejo Hollywood, donde:

tuve un encuentro en el rodaje de la película Myra Breckinridge (1970), con uno de los grandes mitos de eróticos del siglo: Mae West. Pude conocerla personalmente. Ella estaba en una especie de caravana dentro del estudio. Y cuando me la presentaron yo le dije galantemente que había venido desde Cuba para conocerla. Y esto le gustó mucho. Ya Mae West tiene ochenta y tantos años.

Mas, no tuvo tanta suerte como esperaba en su debut como guionista en Hollywood, entonces La Meca del Cine, donde al grande Luis Buñuel tampoco le iría bien con sus proyectos durante sus dos frustradas estancias allí, adonde fuera invitado a filmar.

Una importante solicitud para escribir un guion sobre la valiosa novela Debajo del volcán (1947), del gran narrador inglés Malcolm Lowry, le llegaría del recordado realizador también británico Joseph Losey; pero nunca se realizaría, pues el igualmente director de El sirviente (1963), perdería los derechos de la novela original.

Antes, GCI había escrito el de Wonderwall (La pared maravillosa), una suerte de parodia de los años del Swinging London —términos aplicados a la escena, la moda y la cultura de la Londres de los años sesenta, con música del Beatle George Harrison, que —dijo GCI— sí se rodaría, pero resultó un fiasco el filme por la falta de comicidad, al punto de que nadie se reía. Y añadía GCI:

[…] el guion, a mi juicio, fue traicionado por el director […] novel. Luego escribí otro guion: Vanishing Point (1971). […] Creo que se llamaba, algo así, como Punto cero o Punto de partida. En realidad el título que debería tener en español es Punto de fuga. […] fue filmada en California […] en los estados de Nevada, de Colorado, de Nuevo Méjico. […] Y creo que fui el primer escritor latinoamericano que [llegó] a Hollywood como guionista […] una experiencia fascinante. […] yo me quedé, desde ese día, encantado con California […] tan diferente a Londres.

Adianez Márquez, al entrevistarlo en el blog hispano Clave de Libros, definiría con exactitud a GCI: «un hombre de cine: espectador, crítico y guionista, su terminología y sus técnicas eran siempre constantes en su obra».

La última pregunta formulada por la colega, tuvo una respuesta que cumpliría GCI, pues jamás regresaría a La Habana. Adianez le pregunta:

«—Y para el mañana… se ve mejor usted, ¿dónde? ¿En Londres, en Madrid, en Los Ángeles… u otra vez en La Habana?», y le dice él:

—Bueno, La Habana, en realidad, es una ciudad que no existe más que en la nostalgia y en los sueños y en la literatura para mí. No creo que haya un futuro regreso a La Habana. […] Hay una posibilidad de viajar a Los Ángeles y tal vez me establezca ahí para cambiar un poco el aire de Londres [donde ya] llevo diez años viviendo […].Londres es una ciudad que por su libertad… es decir, cada vez que me tropiezo con un policía londinense y veo que no lleva armas me siento muy bien. Y me doy cuenta que es una ciudad donde uno goza de privilegios extraordinarios. [Los subrayados son míos. WGL.]

En «La ciudad-fantasma», entrevista de Jacobo Machover con GCI,  realizada en Londres, el 29 de abril de 1984, el narrador habla de La Habana que fue y la que, ya en ese año, era. (En este abril del 2020, casi cuatro décadas después, ya no es ni la paupérrima huella de lo que alguna vez fue, según veo por algunos canales televisivos los reportajes enviados por valientes colegas del periodismo no oficialista que se atreven a pesar de la represión, el robo de sus equipos y las prisiones a que son sometidos por el castrismo). Mas, leamos la  definición que GCI diera entonces a Machover:

La Habana siempre ha sido una metáfora de Cuba. Por eso tiene importancia como ciudad. Ahora, una Habana destruida es la metáfora de la destrucción del país. […]  A mí lo que me interesa de La Habana es lo que los latinos llamaban “genius loci”, el lugar donde ocurre la acción, el lugar donde se originan los elementos. No es otra cosa.

Sobre el influjo de La Habana en toda su narrativa —y no solo en su primer libro de cuentos: Así en la paz como en la guerra (La Habana, 1960)—, traigo a colación, aunque brevemente, tal índice singular subrayado por Sandro Ramos en su ensayo «Guillermo Cabrera Infante o el cuentista cubano: memoria, identidad y oralidad en Así en la paz como en la guerra» (Letras Hispanas, vol. 3, invierno, 2006): «Juguetona, sincera, colorida, vívida en sus descripciones de La Habana, experimental y a veces declaradamente confesional, la escritura cabreriana lleva dentro de sí un sentido de propiedad representativa de un universo muy particular, identificable a través de la multiplicidad de referenciales y símbolos pertenecientes a un espacio peculiar.»

Por sus ensayos de cine, el tabaco y otros temas, se le incluiría en la rigurosa antología El Ensayo hispanoamericano del siglo xx, tal constatara en la siguiente nota divulgativa el mexicano Fondo de Cultura Económica:

Un estudio indispensable y una antología de los mejores representantes de un género literario que no renuncia a la anécdota, la poesía ni la disertación filosófica: casi cuarenta autores que cubren más de cien años de creación literaria en Hispanoamérica y que van de Alfonso Reyes a José Carlos Mariátegui, Germán Arciniegas, Enrique Anderson Imbert, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, entre muchos otros. La presente edición de esta obra actualiza los datos biobibliográficos de los escritores antologados en ediciones previas, añade nuevos textos y también a los siguientes autores: Guillermo Cabrera Infante, Rosario Ferré, Néstor García Canclini y Beatriz Sarlo.

 

También en el teatro

Cabrera Infante y la actriz Miriam Gómez.

Cabrera Infante y la actriz Miriam Gómez.

En varios momentos aparece el teatro en Exorcismos…, ¿acaso por el influjo de su inseparable Miriam Gómez, actriz escénica y modelo a la que estaría vinculado hasta su muerte? No sé, pero, de alguna manera, ella lo acercaría a la escena. Quizá por eso, incluye una supuesta miniobra del teatro del absurdo que al cronista le evoca varios autores de este género: Ionesco, Jarry, Artaud, Beckett, Genet, Adamov, Pinter…: «Cancrine (Ensayo de Aliteración, Anacronismo, Ananimia, Ananaclasis y Braquiología)», cuyo argumento vale por la mínima pieza, con palabras esdrújulas que enriquecen lo absurdo y lo humorístico del texto «teatral»:

Adán, preceptor peripatético, camina por la playa con un discípulo neófito, un cangrejo recién bautizado —animal quisquilloso si los hay. (Los hay.)—. De pronto, Adán ve a Eva, que es ahora una poetisa hermenéutica, sensual y erótica —y segura de su talento incomprendido tanto como de su belleza única—, paseando petulante por pura perversidad. El cangrejo, que ha notado la propensión que tiene Adán a entusiasmarse con la sola visión de la depravada rimadora, no las tiene todas consigo y, nerviosa, deja de responder a la repetida pregunta gramatical de Adán.

Lo teatral retornará en otros momentos, de tal suerte, disfrutamos de otra breve pieza: «Laertes escucha en silencio los consejos de su padre, sentencioso—o si Brillant-Savarin, y no Shakespeare, hubiera escrito Hamlet», donde acontece un breve diálogo entre Polonio y Laertes (o, más bien, monólogo del primero por ser solo casi suyo) que marca con su siempre sorprendente humour en una acotación: «Polonio suspira o tal vez eructa», como asimismo recurre a otro juego de palabras en su intenso y no extenso monólogo, cuando le aconseja a Laertes: «[…] es preferible que ahorres tu dinero y no lo emplees en vinos de fina calidad o caros a la bolsa, porque sería tirar tus sueldos o tu sueldo…» Solo varias líneas adelante, se refiere al propio Shakespeare con el jocoso apelativo y, a un tiempo, juego de palabras: «ese bastardo bardo».

En la sección: «Ácido (P)rúsico», incluye «Cena y Escena. Diálogo presocrático en un acto y tres escenas», que sucede durante el crepúsculo en la Escuela de Euclides de Mégara, discípulo de Sócrates. Los Dramatis personae —Tesis (un sofista consumado), Demóstenes (orador griego), Antítesis (esposa del primero, a quien contradice en todo; según las malas lenguas griegas, es amante de turno del segundo, un lujurioso) e Hipótesis (un efebo que pesa)— integran una imprevisible y absurda comedia posmoderna, en la que se conjugan, ajiaco cubano mediante, no pocos eructos del adusto Tesis, mientras Demóstenes, «que es sordo a causa del silencio del mar, sigue comiendo almendras confitadas como si nada, sin haber oído ni papa por su conocida incapacidad para oír los olores. O quizá sea bien educado Tesis, para asegurarse, eructa de nuevo. Como es también tan bien educado, no se excusa después».

Por su parte, en la Escena Segunda, Hipótesis «se pone la mano en la mejilla a lo Alfred Nobel, para indicar que está pensando», y enseguida pregunta con simpáticos y muy cubanos «latinajos»: «¿Cómo mejor dejar mi incubitatium sin caer en una aequivocatio o, lo que es peor, en una fallacia medii termini, que tan peligrosa es para las mujeres de mi edad?»

Mas, no conforme, en la siguiente acotación, continúa su indetenible veta lúdicolingüística, y apunta:

(En ese preciso —o precioso— instante entra en escena Hipótesis. Es muy joven, de formas gráciles […] y enormemente gordo. […] No obstante, Hipótesis se desliza—más que deslizarse, rueda—gracioso y furtivo hasta el triclinio de Tesis para darle un beso en la boca—en la boca de Tesis no la del triclinio, ya que hay que evitar anfibologías.)

A seguidas, tras dos breves intervenciones de Antítesis, leemos otra deliciosa acotación que no puedo dejar de trascribir por su incambiable humor, propiciado por sus geniales jeu de paroles en los que alude al famoso poeta gordo, comilón y más de la calle Trocadero, en La Habana:

(Pero Hipótesis, a quien va dirigida la indirecta, que es mudo además de perverso, y divertido en proporciones iguales —pervertido—, no dice esta boca es mía (es un decir) y sigue besando a Tesis con su puro en la boca, en la boca de Tesis, pero éste, como Lezama, no puede dejar el tabaco y no disfama una fama fina ni por fea fellatio femenina.) [Los subrayados son míos. WGL.]

Otro instante teatral que incluye en la sección «Minotauromaquia» es el monólogo «Tragicomedia en el centro del laberinto», donde, a partir del mito del minotauro, «juega», de nuevo burlón, con Lezama y su poema «Rapsodia para el mulo» («el dilema del mulo y su culo»), como con el mito de Dédalo (arquitecto, artesano e inventor que vivía en Atenas, constructor del laberinto de Creta y de las naves que iban bajo el mar) y, algo importante: menciona ¿por segunda vez?, a Bustrófedon  «poeta oral, centro del calembour y la paráfrasis», tal asimismo personaje decisivo de su novela Vista de amanecer en el trópico que, merecedora  del Premio en 1964, tras ser censurada, solo se publicaría en 1967 con el nuevo título Tres tristes tigres por la Editorial española Seix Barral.

Sobre este nuevo título, añado un tópico de interés: debió cambiarlo a petición de su editor Carlos Barral, quien le dijo a G. Caín que la Censura española le exigía, asimismo, reescribir la novela. Sobre este hecho, ironizaría el también afilado autor de Mea Cuba y La Habana para  un Infante Difunto, en «Mi querido censor», incluido en la edición de TTT (tal en ocasiones la denominaba) de la Biblioteca Ayacucho, (Venezuela, diciembre, 1990): «Franquismo y fidelismo compartían algo más que la intimidad de las efes.»

En tal sentido, aunque nunca se comprobara, siempre he pensado que el largo brazo del castrismo tuvo que ver con la censura de la novela, como con su extraño fallecimiento en un hospital londinense el 20 de febrero del 2005 a causa de sepsis, enfermedad que solo cuando se agrava, provoca la muerte, según recientes informes de especialistas (abril, 2020).

Porque tampoco olvido la filia bidictatorial, callada pero mantenida durante décadas entre ambos dictadores: el de opereta tropical —(o «Quien te dije», tal nombraba sotto voce el pueblo cubano a Fidel) y el dictador, gallego como el padre de Fidel, nacido en El Ferrol: Francisco Franco, quien nunca rompió relaciones con el (des)gobierno castrista ni ocultó su apoyo. Por todo lo anterior, pienso que bien podría haber influido el Hitler cubano en la censura como en su inesperada muerte.

Además, había otra posible causa de odio en TTT. Cabrera Infante, con su iconoclastia, se burla de dos escritores-funcionarios y burgueses del desgobierno castrista: el primero es Nicolás Guillén —designado «El Poeta Nacional» por mandato de Fidel, no por los méritos del vate, dádiva que pagaría con mediocres libros y poemas lacayunos, publicados entre 1959 y fines de los años ochenta, cuando muere el 16 de julio de 1989, tras ser utilizado-guiado como anciano útil por un peota cicerone, que lo llevaba del brazo a lamentables presentaciones en la Televisión), y quien en su peomario La rueda dentada (1972) publicó entre otros textos oportunistas el peoma (sic Roque Dalton): «No me dan pena los burgueses vencidos»—, y el segundo: Alejo Carpentier, quien, por tener un padre galo, creía necesario  hablar «aggrrastrrrando las eggrres». Sobre ambos escribiría espléndidas boutades, incluidas en la sección: «La muerte de Trostsky referida por varios escritores cubanos, años después —o antes». Ambos «retratos» satirizan peculiares características de estos cubanos ilustres, pero lamebotas del castrismo, como otros.

Asimismo, en Exorcismos…, «exorcisa» al francubano (el neologismo es mío. WGL) y en «Cómo hablar una lengua muerta», re-denomina a una de las principales novelas de Carpentier, Siglo de las Siglas.

 

Y asimismo la poesía

La poesía aparece en varios momentos del libro, desde los textos en prosa hasta poemas de otros autores e, incluso, algunos ¿suyos? Así, en la sección «Cinco poemas no escritos» toma versos de otros autores con los que juega a «lo posmoderno»: poniendo, quitando e intercambiando, como incluyendo algunos ¿escritos por él?, surgidos de su sensibilidad y cultura literaria. Asimismo, hay textos en inglés y francés, como algunos en español, al parecer relecturas de autores leídos y preferidos.

Valgan los breves ejemplos siguientes: atisbo en la estrofa 8 de «Ma Poe», con dos versos de Fray Luis de León: «Música callada, / Soledad sonora», como con otros en la 6 del «Cántico espiritual», de San Juan de la Cruz: «¿Adónde te escondiste / Pastores, los que fuerdes / Buscando mis amores […]»

En «Foras/meta/fisicas» —«juego de palabras» y percepciones conceptualmente enlazados: Metáforas y Metafísicas— incluye tres instantes parecidos, igualmente hermosos: dos poemas y un texto en prosa, con inicios y significados muy parecidos. En el soneto el primer verso le da título: «Fascinante es saber cómo la vida / La vida nos va robando cada día: / Somos como esa embelesada avefría / Que espera al áspid para ser comida. // Como el aura letal de una serpiente / Son los objetos: Cojamos como ejemplo / Más a mano del poeta (o escribiente) / Una pluma. No se me escapa, contemplo // Por igual de intensos al fiel amor / y al veleidoso antojo. ¡Tampoco olvido! / Que de toda posesión —o antojo— por /  Bajo corre el sexo como potro herido. / Tomo la pluma: ya es mi mano su nido— ¿O he sido yo a quien ella ha cogido?»

Y en el siguiente poema: «Mi vida me ha robado mi pluma», los versos finales de la segunda y última estrofa, dimensionan su quehacer, enriqueciendo su expresión con aliento quevediano y, no menos, calderoniano, al mostrar su preocupación sobre el devenir de la existencia que tanto ha turbado a los grandes poetas y a los que, sin su dimensión, en el primer cuarto del siglo xxi nos desvivimos por dejar nuestra pequeña huella en el (muy real) reino de este mundo: «[…] Pasan las hojas y las horas, / los años pasan y entre ellos los días: / y por sobre todo —por debajo— / va la vida pasando día a día. / Mientras, la pluma queda atrás / como la noche: la consumirá / su uso pero no mi pasión: / ella se atrasa, se reserva / conservándose mientras / yo voy gastando en ella mi ardor y adelanto / cada día / un día más cerca de mi meta. / Desaparecerá su dueño un día, / pero ella, mi esclava que es mi ama: mi pluma / permanecerá indiferente a todo: / inclusive a ella misma: esa es su eternidad. / Mi vida me consume en mil pasiones fútiles / nunca correspondidas / por esto y por aquello: / por uno y mil objetos / que no tienen objeto. / En ella, en ellos / me gasto, me consumo, / consumiendo me sumo mientras más me resto.»

Y en el tercer texto, en prosa «Que nos roban los objetos» entrega otra muestra de su alegórico y poético lenguaje:

Es fascinante ver cómo la vida nos va robando la vida cada día. Fascinación es también  la del pájaro que mira inmóvil a su inminente culebra. Uno de los vajos cotidianos de esa serpiente última son los objetos. Cojo como ejemplo más a mano una pluma. No se       me escapa que el antojo es tan arbitrario como el amor. (Como no olvido que en el fondo de toda posesión está el sexo.) La pluma aparece por vez primera en una vidriera.          La miro: la veo. La compro o la pido para tenerla en la mano. Luego la adquiero                            —momentáneamente o para siempre, quién sabe. Lo cierto es que ya la  tengo. ¿O es ella quien me tiene? De la posesión paso al uso, del uso al hábito, del hábito a otra forma del amor que es gracia de la compañía: la convivencia. De aquí a la necesidad no hay más que un paso. De la necesidad paso al vicio, a la enfermedad, al frenesí patético. Mientras, la pluma queda ahí: la consumirá tal vez el uso pero no los sentimientos, Desapareceré, pero la pluma permanecerá tan indiferente como el universo. Mi vida me consume en mil pasiones inútiles y jamás correspondidas por los objetos y por la misma vida, en ésta, en aquéllos me gasto. Me consumo consumiendo, tanto como viviendo muero.

En otras páginas también alcanzará la Poesía en mayúscula, con prosas poéticas, poemas en prosa o prosemas, en fin, breves y líricos instantes, en los que el prosista-poeta logrará un envidiable vuelo, no alcanzado por casi ninguno de sus colegas, salvo uno, sin embargo tan distante y distinto en lo político: el Nobel colombiano quien, desde temprano y hasta su muerte, mantuvo su triste posición de amigo, admirador ¿y lacayo? del mayor tirano/asesino de Hispanoamérica. Mas, al parecer, tal cercanía dañaría el talento y el prestigio del notable imaginero García Márquez, pues tras su magistral Cien años de soledad, no repetiría tal proeza y quedaría marcado por dicha (diabólica) amistad.

No me resisto a transcribir otras páginas poéticas en Exorcismos…, como «El (c)olor de la memoria», donde, sin dejar sus habituales juegos de palabras, le otorga genuina Poesía a su prosa de alto empaque con preguntas que evocan no solo las dudas filosóficas más conocidas: la socrática y la cartesiana, sino otras formuladas, a lo largo de los tiempos, por el hombre, ese «humano, demasiado humano», que diría otro gran filósofo, Friedrich Nietzsche, en su libro homónimo de 1886:

¿Qué color tiene el recuerdo? ¿Conserva los colores de la realidad inmediata o esa realidad mediata y por tanto fantástica, hecha irrealidad por la distancia, cambia de color con el tiempo? ¿La afectarán los estados de ánimo, pasados y presentes? ¿Un recuerdo triste, por ejemplo, tendrá tintes nostálgicos, malvas digamos, si se le recuerda en una época alegre? Y al revés, ¿recordar el tiempo feliz en la desgracia, además de ser un dolor dantesco, tendrá colores idénticos o diferentes? ¿Y la memoria, pierde color con el tiempo, como una película en colores vieja, dejando color en cada recuerdo? ¿O es que todos los recuerdos son un solo recuerdo? ¿Es mi memoria del color de las plantas en el jardín de mi bisabuela, hace más de treinta años, casi un tercio de siglo, siempre la misma, sin consumirse un poco, sin gastar sus bordes nítidos en cada recuerdo? ¿O son los recuerdos diferentes en cada momento en que se invocan o desbocan? ¿Es el recuerdo repetido de la peonía del color de la peonía actual? ¿Lo será también del color de aquella flor aquel día? ¿No hay sueños confusos en colores y sueños precisamente nítidos en blanco y negro, tan arbitrarios como azarosos, unos y otros? ¿No ocurrirá igual con el recuerdo, con los recuerdos? ¿Cerrando los ojos y creando una cámara oscura, podremos recordar el color vívido o la oscuridad borra el recuerdo? ¿Los recuerdos mejor dibujados por la memoria —«como si lo estuviera viendo, viviendo, en este mismo instante»— son fieles a la realidad o al recuerdo? ¿No es el recuerdo el negativo procesado de la percepción fotográfica de un momento? ¿O es una vieja foto pegada a un álbum, que se mira de cuando en cuando o que cae inesperada de una gaveta cuando buscamos cualquier otra cosa? ¿Es la memoria de veras un mecanismo o, como los sueños, otra dimensión del tiempo? ¿Es el espacio del recuerdo idéntico al espacio real recordado, o mayor y menor, como el recuerdo de las cosas vistas en la niñez y luego vueltas a ver de adulto? ¿Los recuerdos de un ciego que pudo ver hasta un día son diferentes del recuerdo de ese mismo momento por un acompañante de entonces que ve todavía? ¿No hay dos recuerdos iguales o es que no hay dos cosas iguales, que entre la primera visión de un objeto y la segunda se interpone el recuerdo? ¿Y el recuerdo de las cosas al verlas por primera vez? ¿Es toda visión un dejà-vu? ¿Es todo recuerdo el recuerdo de un recuerdo? ¿Es la memoria una visión segunda o se trata, realmente, de la primera y única visión del mundo, de la realidad, que no es más que un momento del recuerdo?

Y en la sección «Ácido (P)rúsico», la honda pregunta es respondida, en el excelente texto «La voz detrás de la voz», por autor, texto y…:

¿Quién escribe?

¿Quién habla en un poema? ¿Quién narra en una novela? ¿Quién es ese yo de las autobiografías? ¿Quién cuenta un cuento? ¿Quiénes conversan en esa imaginada pieza de solo tres paredes? ¿Qué voz, activa o pasiva, habla, narra, cuenta, charla, instruye —se deja ver escrita? ¿Quién es ese ventrílocuo oculto que habla en este mismo momento por mi boca —o más bien por mis dedos?

La pluma, por supuesto, a primera vista o de primera mano anoche. O la máquina de escribir ahora en la mañana. Una segunda mirada sonora, escuchar otra vez ese silencio nos revelará —a mí en este instante; a ti, lector, enseguida— que esa voz inaudita, ese escribano invisible es el lenguaje.

Pero la última duda es también la primera —¿de qué voz original es el lenguaje, el eco?

El aliento poético, aliado al humor, aflora en numerosos instantes, como en «Las viejas páginas», donde extrae la poiesis de un hermoso tema expresado con poesía: «Las páginas viejas son como las fotografías de hace tiempo. Si son propias, al verlas de nuevo se siente una curiosa extrañeza. De alguna manera ahí está uno, pero uno no es uno exactamente.»

Mas, también enrevesada en una amalgama sentenciosa, reaparecerá ella, la Poesía, en el párrafo final de «¿Qué hacer?», título tomado del panfletario texto de un autor ruso olvidado, le serviría para enriquecerlo con atisbos reflexivos, sentenciosos y —¿por qué no?— filosóficos, apoyado en hondas preguntas existenciales:

[…]

¿Qué hacer con ese pasado irrecobrable? ¿Qué […] nos prepara el futuro peligroso por incierto —o tal vez previsible? ¿Qué hacer con el porvenir, próximo o pospuesto, que acabará con las ideas que acabaron con los hombres que acabaron con los libros tratando de acabar con las ideas? ¿Qué hacer con el tiempo que lo destruirá todo? ¿Qué hacer con el mañana remoto indiscernible del remoto ayer? ¿Qué hacer con la eternidad, contra la nada? ¿Nada?

 

At last, but not least

Ahí está la isla, todavía surgiendo de entre el océano y el golfo: ahí está.

Y ahí estará. […] esa triste, infeliz y larga isla estará ahí después del último indio
y después del último español y después del último africano y después del último
americano y después del último de los cubanos, sobreviviendo a todos los naufragios
y eternamente bañada por la corriente del golfo: bella y verde, imperecedera, eterna.

GCI. Vista del amanecer en el  trópico
(Premio Biblioteca Breve, España, 1964)

Brillante escritor y periodista, GCI se preocupaba por lo que afectara el libre desempeño de la democracia, la libertad y la verdad, sobre todo a su «bella y verde, imperecedera, eterna», como amada Cuba; pero castigada, vejada, pisoteada por el sátrapa enajenado.

Por su amor a Cuba, subrayaría con acierto el colega cubano Jacobo Machover, en su ya citado libro de ensayos y entrevistas sobre y con GCI: El heraldo de las malas noticias: Guillermo Cabrera Infante: «Por eso, la palabra Cuba adquiere una dimensión incantatoria, obsesiva, trágica y mágica al mismo tiempo. Apropiarse la palabra es recuperar la geografia».

Por eso, también, GCI se quedaría en España, pues no soportaba la farsa del maldito castrismo que, desde el inicial 1959, fusilaba y mentía. Con ello, dejaba atrás importantes cargos ¿otorgados o impuestos? por el desgobierno, pues no quería seguir formando parte de la gran estafa.

El valioso escritor y periodista tanto amaba la profesión (denominada «El Cuarto Poder»), que por su trayectoria se me antoja una versión latinoamericana del gran escritor y periodista inglés Daniel Defoe, quien —considerado por unos «El Primer Periodista» y, por otros, «El Pionero de la prensa económica»— es también el célebre autor de clásicas novelas, tal la mundialmente conocida Robinson Crusoe, como las famosas La vida del capitán Singleton, Memorias de un caballero, Moll Flanders y Roxana, sin olvidar su célebre reportaje Diario del año de la Peste, elogiado por Gabriel García Márquez.

El periodismo, hoy tan prolífico, como tan cuestionado en el mundo, tendría un adalid en GCI, quien se negara a continuar viviendo bajo el régimen comunista impuesto en nuestra oprimida patria, pues tampoco soportaba la falsedad de la profesión en Cuba, tal muy bien conoció in situ el crítico, pues laboró durante varios años en la oficialista revista Bohemia, donde antes del fraude sociopolítico de 1959, colaborarían los mejores periodistas, como publicarían los mejores narradores de Cuba, Latinoamérica, España y los Estados Unidos, por solo poner un ejemplo, Ernest Hemingway, quien diera a conocer no pocos cuentos suyos en las páginas dedicadas al género. Sin embargo, desde varias décadas, la ex notoria revista es imborrable muestra de la mediocridad generada por el socialismo, prensa censurada mediante.

Por tanto, dedico a su esposa y colaboradora Miriam Gómez, este ensayo en homenaje al auténtico Guillermo Cabrera Infante, uno de los esenciales escritores y periodistas cubanos de todos los tiempos.

Miami, 25 de marzo-15 de abril, 2020.

Del Autor

Waldo González López

Waldo González López
(Puerto Padre, Las Tunas, Cuba. 1946) Poeta cubano, ensayista, crítico literario y teatral, antólogo y periodista cultural. Graduado de Teatro en la Escuela Nacional de Arte (1971) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana, Universidad de La Habana (1979). Hasta el 2011, cuando abandonó la Isla para venir a residir a Miami, integró la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en sus Asociaciones de Poesía, Literatura para Niños y Teatro.

Laboró en la Escuela Nacional de Arte (donde impartió clases de Historia de la Literatura para Niños y Jóvenes, en la Cátedra de Teatro para niños fundada por él y la actriz y directora escénica María Elena Espinosa, y de Historia del Teatro Universal y del Teatro Cubano, también creó el Archivo de Dramaturgia).

Entre 1990 y 2010, fue periodista cultural de las revistas Bohemia, Mujeres y Muchacha y colaboró con las especializadas Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Universidad de La Habana y Biblioteca Nacional José Martí. Recibió importantes reconocimientos por su labor escrituraria y periodística, como, entre otros: Mención del Concurso Plural (México, 1990) por su poemario Salvaje nostalgia; Premio “13 de Marzo” (1976), de la Universidad de La Habana, por su poemario para niños Poemas y canciones y varias Menciones en los Concursos «Ismaelillo», de la UNEAC y «La Edad de Oro», de la Editorial Gente Nueva. En la Isla, publicó una quincena de poemarios, un volumen de ensayo, dos de crítica literaria y otro de crónicas, así como diversas antologías de poesía y poesía para niños, décima y décima para niños, cuento y teatro. Colaboró con publicaciones extranjeras con ensayos, artículos, crónicas y poemas. Sus versos han sido traducidos al inglés y francés y publicados en revistas de EUA y Francia, así como ha publicado poemarios en México y Colombia, y un volumen de ensayos sobre lectura y literatura en Ecuador.