Un escuadrón de viejos tigres de la escritura, gente acostumbrada a trabajar las palabras a fuego lento, en la noche, cuando una máquina de escribir, la memoria y el insomnio son los únicos instrumentos que hacen falta para ganarse la vida. Inmunes a la fama y el insulto, pero bien fogueados en el arte de injuriar. Sobreviven con poco y hablan después de muertos, con una lucidez que a menudo se parece a la amargura o al cinismo. Esos son mis Apóstatas.
Si se les puede acusar de alguna traición es porque se mueven al margen de la página, calibrando, engrasando y permutando palabras como si fueran mercenarios entre dos fronteras —la ficción y el periodismo— acostumbradas a faltarse el respeto, a cortar cabezas y a invadir el territorio siempre pantanoso del idioma.
Iré ajustando cuentas con tres ellos —Rodolfo Walsh, Guillermo Cabrera Infante y Manuel Vázquez Montalbán—, llamándolos a contar, en el sentido más literal del término, y calculando cada fogonazo con el cual esta banda subvirtió los límites entre una cosa y otra. De modo que toda etiqueta —novela, crónica, reportaje, relato— es para ellos motivo de risa o de escándalo. Se trata de un modo de escribir donde hay una sola certeza: narrar, contarlo todo con tal de cambiar el mundo, lanzar la botella del náufrago a ese lector incierto, lejano y borroso, que justifica tantas horas de trabajo duro y cansancio.
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i ∙ espionaje y máquinas de escribir
El hombre que escribe su reportaje, encorvado sobre la Olivetti recién engrasada, envuelto por el humo de un cigarro, insomne y con un jazz cálido y dulzón girando en el tocadiscos imaginario, apretando el entrecejo por la poca luz y los espejuelos empañados: este es el reportero que todos quisimos ser alguna vez.
Una especie de agente secreto o detective, que trabaja de noche y pasa el día observando la vida, derrotado sobre la barra de un café. Sin importarle el peligro, en lucha perpetua con las palabras y con la verdad como chaleco antibalas.
Quizás esta es la primera imagen que me viene a la cabeza cuando pienso en Rodolfo Walsh, el argentino que describió un asesinato político como si fuera una novela policial. ¿Cómo se le ocurrió a Walsh —mucho antes que a Truman Capote y Tom Wolfe— que el periodismo podía alimentarse de esas herramientas que constituyen la escritura de calidad, no importa si es ficción o no?
El maridaje entre periodismo y literatura había sido uno de los terrenos más escabrosos por los que podía transitar un autor. La precisión y la aparente objetividad del primero parecía —aún parece— incompatible con la libertad expresiva de la segunda. Pero Walsh amplificó las posibilidades creativas de la escritura periodística, enriqueciéndola con recursos narrativos habitualmente utilizados en la literatura. Y con esta técnica, encerrado en una cabaña que alquiló en el Delta de Tigre, escribió Operación masacre.
Antes de todo esto, incluso antes de cumplir veinte años, Rodolfo Walsh había sido lavacopas, limpiador de ventanas, obrero de varios oficios y anticuario. Empezó a foguearse muy joven en el periodismo, dentro del mundo editorial y a publicar sus primeros relatos. El 9 de junio de 1956, luego de que un golpe tratara de poner punto final al gobierno de Pedro Eugenio Aramburu, doce civiles fueron apresados y fusilados en un basural de Buenos Aires, en plena madrugada.
De aquellos nueve infelices —que además eran o parecían inocentes—, siete sobrevivieron y uno le contó la historia a Walsh, seis meses después. Es el relato unos hombres que escuchan, afincando su rostro contra el suelo, cómo el plomo de los esbirros remata a sus compañeros. Una narración dura que, no por estar contada con un estilo personal y literario, deja de ser feroz, impactante y funesta.
Operación masacre fue escrita de un tirón, con los dedos adoloridos por la resistencia de la máquina, y con el revólver cargado y a mano, por si acaso. Sigue siendo la obra maestra del periodismo de investigación, además de un testimonio de lo canalla que puede ser un gobierno, cuando maneja a gente inescrupulosa, dispuesta a asesinar por dinero o privilegios políticos. Pero es también un monumento a la verdad, a la justicia y al coraje de no quedarse en silencio, cómplices de la brutalidad y la corrupción.
Walsh tuvo un acercamiento a mi país en 1959, como su compatriota Jorge Masetti o Gabriel García Márquez. Trabajó como periodista y hasta de criptógrafo, interceptando un mensaje decisivo para prever la invasión a Bahía de Cochinos. Pero, tras el cisma de Prensa Latina —dirigida por Masetti hasta que fue removido— regresó a Argentina.
Allí vivió, implicado en la célebre agencia clandestina ANCLA, hasta que los militares lo acorralaron en 1976 en una esquina bonaerense. Su cuerpo, acribillado por las balas, desapareció tras las puertas de la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada, convertida hoy en un espacio para recordar a esa generación mutilada por torturas y asesinatos. ¿Quién mató a Rodolfo Walsh? La gente que, en todo tiempo y país, no soporta que el oficio de un hombre sea decir la verdad.
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ii ∙ el cine y un infante difunto
¿Qué más puede decirse de Guillermo Cabrera Infante, en cualquiera de las dos orillas, que no se haya dicho ya? Era nocturno, triste y amargo, como cualquier escritor. Era un malabarista de las palabras, un humorista de lo serio —es decir, un pesado— y un practicante del rito del habano. Era, por último, un cubano en el exilio, y decir eso es ya una especie de epitafio.
He tenido delante de mí, en casi treinta volúmenes, la colección añeja y bien encuadernada de la revista Carteles, donde Cabrera Infante inventó su propio género de periodismo apóstata: la crónica de cine. Estas crónicas —crítica era un nombre que le hubiera aburrido— no las firmaba él sino G. Caín, un seudónimo que, como el tiro que explota por la culata, le resultó profético. A la larga, igual que el personaje bíblico, Cabrera Infante tuvo que salir del paraíso con la marca del exiliado y del traidor.
Pero en aquel momento temprano —después de haber sido arrestado por atiborrar un cuento de english profanities— Caín era solo un corrector de pruebas de imprenta, periodista de camisa blanca y espejuelos de miope, y el escritor era solo un sujeto que existía en potencia, más por juego que por oficio. Obligado a no usar su nombre y apocopando sus apellidos, comenzó a publicar sus crónicas en aquella revista que aún hoy, amarillenta y tostada, puede hojearse en las bibliotecas.
En el prólogo a la antología de estas crónicas, Cabrera Infante dramatizaba la «tortura» de sus lectores: «Con una paciencia ante la que Job parece un frívolo y Caryl Chessman un desesperado, los suscriptores esperaban cada miércoles con una mezcla de expectativa angustiosa y helada indiferencia: ¿aparecerá hoy también?, ¿cuándo acabarán de quitarlo?, ¿este hombre nunca duerme? Pero Caín persiguió a sus lectores con una saña montecristiana y los alcanzó allí donde menos ellos lo pensaban: en una guagua, en la barbería, en la antesala del dentista».
Nunca entendí nada de lo que dijo —confesó un lector, tiempo después— pero lo decía de una manera tan fascinante, tan suya, que era imposible no leerlo. Caín recogió sus trabajos en Carteles —luego de que en 1959 se convirtiera en uno de los personajes más influyentes de la cultura cubana— en Un oficio del siglo xx.
El libro tiene una edición cuidadosa y está sazonado por una serie de caricaturas que representan a Caín con su pipa bien cargada y humeante, Caín masticando y digiriendo palabras, Caín matando y enterrando a Caín. Esta voz, falseada por un Cabrera Infante que finge prologar un libro ajeno, es el anuncio de lo que vendría después, en sus novelas mayores —Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto— y en sus otros libros, de imposible clasificación.
Muy poca gente fue tan constante en sus obsesiones: Cuba, la ciudad, el cine, las mujeres, la noche, el bolero, el humo puro del habano, la libertad y la destrucción del lenguaje, para lo cual diseñó cientos de experimentos, concebidos como exorcismos de estilo. Su naufragio lo hizo recalar en Londres, hasta el final de sus días, en compañía de su mujer, sus libros, su gato y sus amigos. Lo cual, como se sabe, es la única manera en que puede vivir y morir un escritor.
Cuando Guillermo Cabrera Infante murió, el 21 de febrero de 2005, ni el noticiero ni los periódicos de Cuba publicaron la noticia. Eso quiere decir, para un lector triste y esperanzado como yo, que existe la posibilidad de que Caín esté vivo. Feliz, cumplido y sonriente, gastando despacio su tabaco en algún bar de La Habana, escondido en la inmortalidad de las palabras.
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iii ∙ de buen comer y de mal hablar
Manuel Vázquez Montalbán no era —o al menos no parecía— un hombre inquietante. Nada más inofensivo que su cabeza calva, sus ojos apretados detrás de los espejuelos, la boca a veces cínica, con la sonrisa discreta de los amargados, la breve libreta de reportero y su chaqueta marrón. Solía llevar un bigote de matarife y unas patillas que disimulaban su papada de tipo bajo y resbaladizo, como los matones de las películas.
Pero Manolo no era nada de esto —ni inquietante, ni peligroso, ni asesino a sueldo— sino un inocente mercenario de la literatura. Y el bigote, las patillas y el vestuario de motorista se los llevaron la vejez y la nostalgia.
Empeñado en redactar una crónica sentimental de España, Manolo hizo malabares con el periodismo apóstata y el ensayo subnormal, además de reinventar la novela negra con su socio de maldades, el detective Pepe Carvalho. Dicen también que era un tipo generoso, que siempre estaba buscándole editorial y trabajo a los escritores con talento que se encontraba en su patria de verdad, la lengua española.
Creo que lo que más hizo en la vida fue comer y conversar, y que esa devoción gastronómica era el motivo escondido de todas sus piezas maestras. De sus novelas, me quedo con la melancolía de Los mares del sur, donde Carvalho se encuentra a gusto y en toda su plenitud: cocinando con su compañero Biscuter, anestesiado por las caricias tibias de Charo y sin dejarse provocar por Bromuro, el limpiabotas que en su tiempo libre es teórico de la conspiración franquista. De su periodismo, además de Y Dios entró en La Habana —un macuto de quejas y sugerencias sobre la Cuba de los noventa—, releo los afilados diálogos de Mis almuerzos con gente inquietante.
Con esta colección de entrevistas, Manolo pone en tres y dos a varios personajes clave de la transición española a la democracia, les profetiza el futuro y hurga con saña en su pasado dolorosamente inmediato. A todo esto, como si nada, la víctima y el verdugo disfrutan un salmón a la plancha, un vino riojano o un puro, quizás a modo de postre o de consuelo histórico.
Por el restaurante —que funciona de guillotina y matadero— desfilan el duque de Alba, impecable y cortante, el nebuloso cardenal Tarancón, la actriz transexual Bibi Ándersen y gente que tuvo mucho poder, cambiando de máscaras. Mientras los interrogados —esa es la palabra— resbalan, se justifican, ofenden o dejan la cuenta sin pagar, el comensal más inquietante sigue siendo Manolo, mirándolo todo por encima de los espejuelos y anotando en su cuadernito algún comentario sobre el filete que acaba de deglutir.
No se trata, por supuesto, de un libro convencional, de preguntas corteses y respuestas amables, a modo de catecismo periodístico. Las interrogantes son siempre una provocación, una estocada, pero nunca con mala fe: Manolo no era un hombre de prensa amarillista ni reportero de escándalos. Las cosas como son, parece ser la conclusión de cada capítulo, sazonado por la comida o bebida que prefiere el entrevistado. Lo cual —bien lo sabe un gastrónomo consagrado como él— dice mucho del personaje. Dime lo que comes y te diré quién eres.
Claro, hoy día ya nadie recuerda a estos sujetos inquietantes ni sus infamias, pero el texto sigue ahí, con su encanto intacto y los olores de cada comida todavía humeantes en el menú de la literatura. Admito, no obstante, que un libro tan hondo, irreverente, subnormal y melancólico como este nunca hubiera sobrevivido al escrutinio de Pepe Carvalho, que lo hubiera incinerado sin piedad en la chimenea de su bien nutrida biblioteca.



