Rómulo Lollande es el pseudónimo de José Guadalupe Trinidad Pérez. Es narrador y periodista. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Campus Ciudad Juárez. Actualmente se desempeña como periodista en diversos diarios de Chihuahua y ha sido corresponsal de la CNN para cubrir el caso de los feminicidios en Juárez. Tiene dos libros de relatos publicados: Frontera negra (2013), y A 20 km del primer mundo (2016). Y una novela: División del Norte 2020 (2017).
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Al bajarse el último pasajero, y con las ventanillas abiertas, una brisa helada penetró el autobús. Dionisio optó por cambiar de lugar. Se fue hasta el fondo, bien atrás, metiéndose en el más ominoso rincón de un armatoste viejo y descuidado. La rutilante luz que se filtraba de las calles titilaba una y otra vez, hasta que se detuvo un halo nítido alumbrando el asiento siniestro del hombre. Luego, luz verde. El halo desapareció para volver a su parpadeo. Aún faltaban veinte minutos, acaso más para llegar a destino. Luz roja. Un tope. Dionisio se golpeó. Salió de su modorra. Acaso otra razón tuvo para voltear la mirada y fijarla en el asiento que estaba a su izquierda. No. Volvió a andar el camión y Dionisio seguía mirando y mientras miraba ese vacío sus ideas eran un cúmulo falso de fantasías. No se atrevía a tocarla. Pudo haber ignorado el objeto malhadado, seguido su camino y bajarse cuando tenía que bajarse, pero no. Antes de bajar ya tenía el revolver Magnum .357 en su abrigo. Sentía cierta calidez profunda.
No tenía clara la idea de lo que iba a hacer con aquella cosa. Era un hombre inepto, obtuso, aún así inofensivo; huérfano desde niño, abandonado por esposa e hijos. Un pobre infeliz que a sus cuarenta y tantos ya había vivido más de la cuenta, era maestro normalista en una secundaria pública. Seguramente el único lugar en que podía ser déspota e hijoeputa sin ninguna consecuencia ni remordimiento. El pobre Dionisio siempre anheló poder, era envidioso de sus superiores pero sumiso y arrastrado, en pocas palabras: escoria humana.
El arma estaba cargada con cinco balas. Se sentó en la parada de buses que había en la esquina de su casa. Largo rato observó el objeto. A veces apuntaba al cielo, quizá a las estrellas o a la luna llena. Otras veces apuntaba a la calle, al cemento, al asfalto, a la nada misma. Estaba excitado, emocionado, absorto, ensimismado. De verdad no sabía qué hacer con la fusca que había encontrado.
Pasaron varios minutos, más de los que él se dio cuenta, porque su mente corría a mil por hora. Sentía el acero frío del arma y un escalofrío le recorría la espalda; olía la pólvora que desprendían las balas, y sus ojos se ponían en blanco; lamía la culata, la boca del cañón y sentía su pecho agitado y trémulo, como cuando se enamoró por primera vez a los 12 años de Silvia en sexto de primaria y ella nunca supo, siquiera, su nombre. Estaba entretenido jugando con la fusca, cuando se sentó a su lado una adolescente de quince años quien no había advertido el arma de Dionisio, hasta que éste, sin querer, le apuntó descuidadamente.
“No me asalte señor” dijo la chica, cuando se percató del arma en las manos de Dionisio.
“Espera, esto es un malentendido, no grites” respondió un poco asustado, mientras recorría lentamente con su mirada el cuerpo de la adolescente.
“No traigo nada de valor, se lo juro y mi celular es viejito, no me haga daño” suplicó por su vida.
“Si no soy ladrón, mocosa impertinente. Soy profesor y me encontré esta pistola en el microbús 1-B” dijo, tratando de tranquilizarla.
La pequeña mujer no entendía nada e inevitablemente cayó en crisis. Comenzó a gritar: “auxilio, auxilio, me están asaltando”.
Dionisio en un acto desesperado, le intentó tapar la boca con la mano diciéndole: “no seas pendeja, ya te dije que no soy ladrón, deja de gritar que me vas a meter en muchas broncas”.
En el forcejeo el revolver se disparó. Un hilito de sangre corrió por la banca de la parada de bus. El rostro de la niña. Las manos temblorosas de Dionisio. La luna que parecía la boquilla de aquella pistola. La brisa helada que dejó de correr. La niña y su rostro desencajado. La pistola que cayó del bolso de Germán, un expolicía que fue despedido por corrupto. La noche. Ciudad Juárez y sus feminicidios. Los habitantes de Juárez malditos todos. La niña y sus ojos. Los ojos de la niña antes de cerrarse. El rostro. La muerte.
Dionisio quedó congelado durante unos segundos, tiempo en el que tardó en reaccionar y darse cuenta que acababa de matar a una menor de edad. Pensó. Pensó. Volvió a pensar. Hurgó desesperadamente en el bolso escolar de la niña hasta que encontró un plumón negro. Dibujó una “Z” grande en su terso y aún tibio vientre. Corrió. Corrió. Corrió hasta que no supo dónde estaba. Un muro metálico le indicaba que ahí, justo ahí, terminaba el país. Aventó el arma del otro lado de la frontera, así como el bolso de la niña. Se hubiera aventado él mismo si con eso remediara lo que acababa de suceder. Pero no, los deshechos de ambas fronteras siempre vuelven.
