La muerte de la televisión no será televisada
Emersson Pérez
Ediciones Liliputenses, España, 2020
La muerte de la televisión no será televisada, poemario de Emersson Pérez, es un gran relato. Carlos Cociña dice que “el poema no relata, sino que es parte de un relato”, y complementa: “captar en un momento lo innominable es resultado de la relación que se establece a través de la palabra, aunando imaginarios, y por lo mismo, la historia personal inscrita en la lengua de la comunidad”. En este poemario la relación entre la comunidad y sus habitantes se vínculan a partir de un imaginario distópico, anclado a los hechos recientes de un mundo convulso que parece repetirse como un programa público de televisión.
Estas épicas basadas en una realidad aumentada (y simulada) son parte de los realitys show en los que se han convertido nuestras aclamadas sociedades del conocimiento, como un fenómeno social y literario que mezcla ficción con realidad: ¿es antinatural el carácter cosmopolita de los relatos urbanos, al identificarnos con “x” o “y” en espectaculares, comerciales de televisión o propaganda al costado del ordenador? Emersson Pérez nos convida a penetrar en su propia distopía para vernos reflejados en ese gran aparador de ofertas sin fin, distorsionados por la poca señal de la conciencia colectiva: “De niños nos acercábamos a la pantalla / ver cómo esos rostros se descomponen en pixeles”.
La muerte de la televisión no será televisada, asigna un lenguaje digital, presto a juegos visuales que detonan una literatura ágil y cercana; se suma a los libros que cuestionan la realidad presente, usando un habla que tuvo que regresar de un futuro cercano, expuesta a otros códigos verbales que nos acontencieron: “El bellísimo viaje a la luna / no existiría sin un televisor”. Este poemario predice en sus páginas el funcionamiento de las dictaduras digitales y se circunscribe a favor del apagón de la literatura análoga, aquella que no cuestiona, la que se mantiene al margen de los hechos como trozos de tibieza gobernamental —placebos de literatura light y de superación personal— que se pudren en bodegas y que se citan como referentes institucionales para anular los males del tiempo hípermoderno: “Haciendo tratos / va el presidente de mejores tiempos / junto a su respetable familia, / junto a sus amigos, / orinando desde las alturas / jugando a la Gran Capital.”
A partir de este sistema poético, Emersson Pérez bosqueja una serie de múltiples circuitos para contemplar la máquina diaria de eternas repeticiones sociales a las que estamos sometidos. Sintoniza con acierto, varios tópicos del menú en off de la vida global, tan común, tan vigente, tan primitiva: el mercado mundial como un punto de encuentro; la cálida fe que nos transfiere una pantalla encendida; el conocimiento antropológico del primer televisor; el aprendizaje como vía comunitaria para desconfiar de las empresas y de las ideologías; asimismo, la forja de aditamentos personales para: 1) desnombrar lo que permita recuperar la pertenencia al infortunio; 2) aprender a ser una noticia simultánea sin que te desaparezcan; 3) estar insatisfecho, una y otra vez, con nada y con todo; 4) bloquear asiduamente esta memoria —personal y colectiva— para desbloquearla al siguiente día y viceversa. Engranes necesarios para aumentar el gusto por esta distópica manera de no ser, frente al consumo efervescente, un cubrebocas digital y nuestras vidas apegadas a lo efímero. La muerte de la televisión no será televisada, es un gran relato de todo lo anterior:
Todo el mundo sabe / que la escena está pasada de moda / pero seguimos pegados a la pantalla / algún día la chica de vestido rojo / dejará de correr por el callejón oscuro / se dará la vuelta y te abrazará / dirá que todo el mundo lo sabe / que los finales felices sí existen.
Emersson Pérez, muestra además una partida de referentes distópicos como vasos comunicantes con el lector, los cuales nos han rebasado con creces: expone las partes de una sociedad de consumo al circunscribir un intercambio de versos con Aldous Huxley; expone el mapa de un edificio grande y abandonado donde vive actualmente la sombra de Philip K. Dick; y finalmente, habla de otros incendios —los humanos— con Ray Bradbury, cuando cita a los jóvenes de la Escuela Normal Rural “Profr. Raúl Isidro Burgos” de la localidad de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, en México, donde la realidad y la ficción son un mismo revólver que le vuela los sesos a la literatura distópica.
Tengan la seguridad que este poemario volcará ciertos recuerdos de nosotros mismos, esos que están frente a un aparador de un centro comercial o dentro de una pantalla: quizá en la vuelta de cualquier página seamos personas menos grises, más cálidas, mucho más lectores.