Juan Carlos Recio (Santa Clara, Cuba, 1968). Tiene publicados los libros El buscaluz colgado (Capiro, Santa Clara, Cuba, 1990), Sentado en el Aire (Capiro; Santa Clara, Cuba, 2011), La Pasión del Ignorante (Hoy no he visto el paraíso, Estados Unidos, 2011), Para Matarlos a todos (Neoclub Ediciones, Estados Unidos, 2017). Radica desde el 2000 en New York. Actualmente tiene el Canal Sentado en el Aire, para el trabajo de la Biblioteca Visual de autores Cubanos.
–***–
Tratado de entendimiento
Traté mis fracasos y los hice números
alineados en fila.
Ellos han vuelto, suma del tiempo
y de una condición natural
con ligeras inclinaciones al desorden.
En las esquinas el incienso quemado
me devoraba, tuve tos y delirio.
Los seres que quiero
siempre me lo reprochan
porque dicen ver una continuidad
que enumera lo que padezco.
Alguien nombra un lugar común
donde se avista a la tragedia
y se le vela como santo,
más, siempre estoy de vuelta
contra cualquier ceremonia.
En esto de juntar fracasos
mi tos es crónica
y he sido el bueno menos malo
como una mujer fea
cuando se viste con decoro.
Cruzo, normalmente desnudo
por detrás de los espejos
y cuando algunas puertas
con frecuencia se me abren
es otra dimensión del mismo fracaso.
Suelo entender estas cosas
igual al buey que se ha comido su tarde;
acomodo por ello cada trofeo,
desempolvo ciertos reflejos
que pudieran con los años
convertirse en esfinges y virtudes.
Más, no he aprendido a perder
una y otra vez regreso al ruedo
en la manera abstracta
de poner la otra mejilla.
Y cuando me deslizo
con habilidad por mi ridiculez
alimento palabras que no producen
mejor efecto si no es cuando pasan
fracasadas también por bacanales
que se amontonan como perdidas,
a su vez crecidas en la fila
y que con mucha cautela todavía me enceguecen.
Si algún entendimiento queda por tratar
aún no he padecido como un lirio.
Hasta el presente
respondo al vacío con un orden:
todos los fracasos me conciernen,
los he delineado
y llevan por decencia mi carácter.
–***–
Nuestra vana ilusión
Tuvimos los cantantes de los llanos y las lomas
como edades o santuarios en cada casa,
letras las nuestras donde simulamos memorizar,
crecieron al moverlas como lenguas y estandartes,
aspas del molino también, para anegar
no ya los maizales del marabú que ya dejamos
si no la escasa herencia de la colonia.
Somos de todo eso, como transformistas
encantadores de serpientes
y sobra del plato por nuestro carácter.
Incluso, fiera vigilada de un circo.
Hay además en la ración de azúcar concedida
un equilibrio, orgullo de revolucionar
drama y desgracia como una innovación.
Aunque en el interior nos dieron el panfleto del discurso
cada uno lleva su jefe,
como entorno de ese dictador inmaculado afuera
y el de la alforja con todos los mandamientos.
Nosotros los cobardes que nos fuimos
¡por vana ilusión, vana ilusión,
¡todo es una vana ilusión!
Luego nos conocen por la risa del idiota
que no sabe detenerse
y ríe cuando hay llanto,
como los trastos de una corriente
desbocados calle abajo.
No se entienden las raciones que predicamos
ni cómo, a falta de libertad,
pedimos perdón por la espiga
pisoteada durante la cosecha,
sola, en uno de esos campos echados al remedio.
Lo que continúa aún
es la lumbre del farol
atascada en su camino real que es otra desgracia,
incluso, la idea de que hundirnos en el mar
como la fruta hace licor
y siempre nos deja en pie
aunque sea en el fondo de una perenne ebriedad.
Están las algas en la cuneta de la playa
sin relevo de importancia
que persigue todavía su pasado glorioso.
Están los fines de semana
donde movemos el rayo
y con muy precavida astucia la suerte.
Otra vez llueve sobre la ruina
como aviso del mismo seco final cientos de veces,
aunque no lo entiendan
porque la historia que puede continuarse es como un plagio.
Asume donde caminas desde caldo y cultivo.
Asume que eres el río subterráneo,
ciego en la húmeda sombra
de aquel bohío en medio de la nada
y donde tus horas, estuvieron
¡su vana ilusión, su vana ilusión!,
y todo su peso sin que lo comprendieras.
La vana ilusión como el as del domador de la suerte,
y los pies metidos en la arena de ese stadium
por la que exhibes igual a él, la doble cara
y eres el orificio del ano;
firme en el banco,
sentado con los pies metidos en la arena
de ese stadium donde decían la nostalgia,
de ese otro padecimiento crónico y antinatural,
de todos los años que se hunden
en la presencia de la posteridad
y porque un país si alimenta a su tirano
debe el cierre que consigna
al «patria o muerte» de los vencidos.
–***–
Oficio de cínico
Prefiero ser cínico,
lo único que me embobece
es tu cara de personaje secundario
metida en un cuento infantil por imbécil,
ni siquiera me conmueves
en esa otra parte donde describes a los violadores
casi todas las mujeres terminan hablando de uno al que aman
algunas esperan toda la vida un amor
y pasan como el viento de una ventana
vacías entre un violador y otro;
luego explican con eficacia
como las maltrataron.
Pero hay cosas que nunca entenderé
es que soy un hombre
demasiado ignorante
y cuando me pongo en cuatro
no es una posición de súplica
disfruto como tú, ser ese animal perdido,
lo que nos diferencia
es no llevar un guion para el melodrama.
Entiendo que deseas llorar
eso también pasa con los violadores
lloran toda su vida
por algo que hicieron negándolo
incluso se niegan ellos mismo como víctimas;
ahora, dime de esos lugares,
adónde vas cuando te callas
quisiera saber cómo se ve el silencio,
es decir cómo te verías si no tuvieras
que perseguir alguna historia.
