Memorias fugitivas

Fragmento de novela

Macarena Muñoz


Macarena Muñoz nació en Sevilla, pero pasó gran parte de su infancia, adolescencia y juventud en Granada, en donde cursó los estudios de Filología Hispánica y de Traductores e Intérpretes. En esa etapa de su vida fue la literatura una de sus pasiones. De hecho, participó y ganó algunos concursos de poesía y relatos breves. Después de terminar sus estudios universitarios viajó a países tan remotos como Australia, Malasia o Indonesia y ejerció tres años como profesora de español en Nueva Zelanda.

–***–

1.- El príncipe de las catacumbas

Durante mi infancia y adolescencia fue mínimo el contacto que tuve con mi padre. En Madrid trabajó como farmacéutico para una empresa ubicada no muy lejos del Aeropuerto de Barajas. Era, a su modo, un genio, un investigador silencioso que no alardeaba de sus hallazgos, pero reconocido y alabado por sus compañeros de laboratorio, dada su profesionalidad y dedicación. Volvía tarde a casa porque se pasaba el día investigando, hablaba poco, se internaba a menudo en la soledad de su habitación, en la que leía sus libros, tomaba notas o escribía las conclusiones de sus investigaciones. Cuando regresaba del trabajo nos preguntaba parcamente qué habíamos hecho en la escuela, esperaba a que la cena estuviera preparada, se sentaba a comer con la familia y conversaba con todos nosotros brevemente, mostrando interés por lo que Isabela y yo le contábamos, pero apenas hablaba sobre lo que él había hecho. Después de cenar, con la excusa de que tenía trabajo pendiente, se refugiaba nuevamente en su cuarto de estudio, donde se le iban las horas restantes del día.

Contemplándolo en retrospectiva, no creo que evitara comunicarse con nosotros o que nos ignorara, como llegué a pensar en los años de crisis adolescente, él simplemente andaba imbuido en su mundo de sus libros, sus teorías y microscopios, un mundo que para nosotros era inaccesible y aburrido, pero que a él parecía colmarle. Por mucho tiempo, me resultó imposible comprender cómo mi madre, una mujer atractiva, impulsiva, emprendedora, aventurera y comunicativa, había podido, no solo enamorarse de él, sino también haber dejado ir pasando los años a su vera, sin hastiarse, sin dudar de su amor hacia él, siéndole fiel, sin que en ninguno de los años que han convivido hubiera atisbo alguno de una grave crisis matrimonial o de una posible ruptura. Parecía como si cada uno de estos dos seres tan distintos se hubiera acoplado de tal forma al otro, a las rutinas y los imprevistos, que eran capaces de esquivar los momentos difíciles de convivencia, distanciarse el uno del otro cuando uno de ellos precisaba su espacio personal y apoyarse mutuamente cuando las circunstancias lo requerían.

Mi padre no era para mí más que una figura sacada de una historia de miedo o de un comic, el misterioso señor de las catacumbas, refugiado gran parte del día en su laboratorio, apareciendo por la tarde con su cartera, tan pesada, que se me antojaba cargada de piedras y reliquias, escondiéndose después de su llegada en su cuartucho repleto de libros y papelotes. Recuerdo vívidamente cómo mi padre, tras abrir la puerta, depositaba esa enorme cartera sigilosa y meticulosamente en el pasillo o la antesala. Parecía como si algo realmente delicado se albergara en ella, algo secreto, que nadie debía descubrir… Al atardecer cogía su cartera y la abría en la soledad de su cuarto de trabajo.

De niño esa cartera se convirtió en un misterio, una obsesión infantil. Sabía que mi padre era farmacéutico, que trabajaba descubriendo nuevas medicinas, tal vez por eso, creía que algo fascinante se escondía en el interior de esa cartera. Fantaseaba imaginando lo que albergaba esa descabalada maleta: pócimas secretas, piedras con propiedades curativas importadas de países exóticos, seres fantásticos que conocían los secretos de la medicina y los poderes mágicos de plantas, animales, minerales, amuletos… Quería abrirla, pero tenía miedo de dejar escapar la magia o los espíritus que allí se cobijaban, que la magia se convirtiera en maleficio y que criaturas malignas salieran y me arrastraran hasta su interior de la maleta, del que nunca más podría salir. Cuántas noches me acosté con el corazón palpitante después de haber acariciado el objeto prohibido, y tardé en conciliar el sueño excitado y temeroso, porque la maleta se encontraba a pocos pasos de mi habitación. Esas noches en las que yo había osado a tocar la cerradura de la maleta, aunque nunca llegara a abrirla, pasaba miedo, tenía pesadillas y solía hacerme pipí en la cama, lo que, aunque lo simulara y hablara por lo bajito con mi padre, disgustaba a mi madre.

—Tenemos que hacer algo, Otto —decía—. El niño tiene ya casi nueve años y sigue mojándose.

—Dale tiempo, se le pasará —contestaba mi padre anclando su cabeza posiblemente en algún libro o en alguna tesis—. Son cosas de niños.

—Creo que tenemos que llevarle a un psicólogo. Tenemos este problema hace ya muchos años. Empezó en Oxted y en Madrid no ha ido a mejor, a lo mejor tiene que ver con lo que pasó en Inglaterra, a lo mejor tiene que aflorar ese pasado para que deje de mojarse y se comporte como un niño normal… En el colegio los profesores me cuentan que está ausente, que no se concentra en clases —informaba mi madre a mi padre con preocupación.

—Haz lo que creas oportuno —contestaba mi padre con su acostumbrado tono de desidia o resignación, sabiendo que daba igual lo que dijera, que mi madre se encargaría de solucionar cualquier problema, si lo había y, si no, que ella actuaría como le viniera en gana, que más que preguntarle le estaba informando de una decisión que ya había tomado–— Yo creo que es un chico normal, pero si tú te quedas más tranquila, llévale a un psicólogo —añadía.

Mi madre decidió que hiciera terapia. Me hicieron muchas preguntas y pruebas. No me quejaba, era entretenido estar en la consulta. A veces jugaba con los médicos al ajedrez, otras veces tenía que encontrar una relación entre objetos o cosas que no tenían aparentemente mucho que ver entre ellos. Me gustaba imaginar esas conexiones y me las ingeniaba para dar una respuesta. Hablábamos de la casa y a veces me preguntaban por Inglaterra. Como no sabía qué contestar, porque era tan poco lo que recordaba, les terminaba hablado de la maleta de mi padre y de los fantasmas y los seres terroríficos que vivían en su interior y que estos a veces me acechaban por las noches para llevarme bien lejos, aunque yo siempre lograba librarme de ellos.

—A lo mejor deberías pedirle a tu padre que abriera la maleta —me decía el doctor—. Así verías lo que hay dentro. Creo que cuando sepas lo que hay en su interior superarás el miedo y dejarán de molestarte esas criaturas, que imaginas que habitan allí.

—Tiene razón –le contestaba yo—. El problema es que si la abro se irán todos esos seres mágicos, puede que incluso la maleta desaparezca o, si no lo hiciera, deje de llamarme la atención, y lo que es peor, mi padre, que es secretamente un mago, dejará de tener poderes prodigiosos y será solo el hombre aburrido que todos creen que es. No, no quiero abrirla.

—Quizás tengas razón —afirmaba el doctor—. Es importante que la magia perdure. No podemos arriesgarnos a que desaparezca. Cuida esa maleta, Ismael, para que la fantasía no muera y, cuando estés preparado para descubrir lo que es real y lo que no lo es, avísame, hablaremos otra vez de ella y la abriremos juntos. Pero eso no lo puedo decidir ni yo, ni tu madre o tu padre, sino tú mismo, cuando te sientas preparado para afrontar la realidad.

Yo no quería perder la imaginación y la fantasía de la que el doctor hablaba, era la que me salvaba del hastío total en la escuela, y si la maleta almacenaba ese tesoro, yo debía defenderla, no dejar que desapareciera de un día para otro. Por proteger la maleta y evitar que la abrieran mi madre o mi hermana, la arrastraba a escondidas por el pasillo, la llevaba hasta el cuarto de trabajo de mi padre y la metía en un armario casi vacío o debajo del escritorio, o en una esquina, donde apenas era visible. Mi padre la buscaba desconcertado al día siguiente, lo cual exasperaba a mi madre que terminaba por buscarla y, una vez hallada, se la entregaba a mi padre, con un ademán de incomprensión.

—Vaya hombres que tengo, uno tiene demasiado en la cabeza y otro demasiado poco…

Un día mi madre me dijo que no tenía que ir más al doctor, que no me pasaba nada, que tan solo era demasiado listo. Creo recordar que protesté, que quería seguir yendo allí, me gustaba hablar con él, imaginar aventuras, jugar a ser científico o descubridor y solucionar problemas difíciles de matemáticas. El colegio era aburrido, todo era demasiado sencillo, los deberes no tenían para mí utilidad ninguna y las clases eran demasiado lentas, simples. Pero mi madre es mi madre y como siempre tenía que llevar la razón, aunque a veces no haya motivos para ello, así que dejé de visitar al médico.

Pasó casi un año de hastío y aburrimiento total en la escuela y en la casa, interrumpido solo por las aventuras que me imaginaba cada vez que la maleta quedaba al alcance de mi vista.

Un día la cartera de mi padre desapareció y, como por arte de magia, dejé de hacerme pipí por la noche. Mi padre, por su parte, dejó de ser el brujo misterioso de las profundidades y empecé a desdeñarlo.

Tenía en ese entonces unos doce o trece años. Me encontraba entre dos aguas, para algunas cosas era todavía un chiquillo que solo quería jugar, pero en el seno del hogar tenía que demostrar que era mayor, que tenía mi propia voz. Acababa de cambiar de la escuela primaria a la secundaria y con este cambio la magia y los seres misteriosos que me acompañaron durante mi niñez me abandonaron, dejando paso a personajes terroríficos, extraños, espeluznantes, que poblaban los cuadernos de mates, física, inglés, religión, latín o cualquier otra asignatura que se me hiciera monótona y aburrida, bien porque fuera demasiado fácil, o porque los profesores no fueran para mí más que criaturas insulsas, entes que se habían resignado a vivir sin fantasía, que no sabían salirse de lo prescrito en los libros y que no merecían por eso ni mi estima, ni mi atención.

Mi padre había dejado de ser el príncipe de las catacumbas, el brujo de la maleta mágica, el portador de pócimas y espíritus para convertirse en una sombra minúscula, en una de las tantas anodinas caricaturas de mis cuadernos, uno de los personajes desabridos de mis historias que o bien eran aniquilados a la primera de cambio o pasaban simplemente desapercibidos.

Si hubiera conocido por aquel entonces la interesante historia de mi rama paterna, que poco tenía que ver con la fachada aburrida de mi padre, quizás le habría dejado ser el compañero fiel del héroe de mis historias, capaz de dar consejos o de sacar la conveniente anécdota a colación, o de ayudar al protagonista. Mas la crónica de mis antepasados me era desconocida, y mi padre, absorto en su trabajo y ensombrecido siempre por la figura de mi madre, no era precisamente el modelo masculino que un chaval de doce o trece años busca. Si de algo estaba seguro a esa edad era que de mayor no quería ser como él. Por eso, hacía lo posible por desmarcarme, por alejarme de él, no solo físicamente, sino también demostrando con mi actitud que yo era su polo opuesto: agitador, extrovertido, dicharachero, rebelde; un ser que vivía plenamente de cara al exterior, que gozaba con la vida de la calle, con los juegos con los amigos, las risas y el alboroto, que esquivaba la soledad y el refugio, que él tanto apreciaba.

Con los años mis nuevas señas de identidad se radicalizaron. Perdí interés por casi todo lo que era de utilidad o de provecho. Busqué y fui mala compañía. Me rebelé contra todo lo que mis padres decían o intentaban hacer. Descuidé el amor que sentía por mi hermana y el cuidado y protección que siempre le había dedicado a la benjamina de la casa. Debió ser un tiempo difícil no solo para mi padre, sino también para mi madre, que veía cómo yo me alejaba inexorablemente de todos ellos y, por supuesto, para mi hermana, que siempre había andado detrás de mí como un polluelo, para la que yo era algo cercano a un “icono”, a un modelo a seguir. No me importaban ni la escuela ni las notas, solo ser el Ismael libre que podía hacer lo que le viniera en gana, una persona diferente del señor de las catacumbas, del oscuro ser que había portado esa maleta pesada, como si estuviera llena de piedras, de ataduras.

***

Pasaron los años. Los cursos en el instituto transcurrieron de forma inerte. Yo me dejaba caer, iba a mi bola, no hacía casi nada, me presentaba a los exámenes y conseguía salvar el curso a última hora con unos cuantos aprobados pelados. Mi madre, que seguramente seguía pasándolo mal con mi actitud, había empezado a desentenderse, a no charlar largamente conmigo, a no suplicar hasta sonsacarme promesas de cambio. Parecía como si hubiese aceptado mi constante rebeldía y desistido de todo intento de cambiarme.

Creo que mi crisis adolescente le había hecho replantearse el sentido de su vida familiar y de su vida profesional. Ella, que se había dedicado a su familia con constancia y relegado a un segundo plano su desarrollo personal, había topado, en lo que respecta a la familia, con un escollo: yo, porque daba igual lo que intentara conmigo. Yo me ofuscaba en ser ese yo desafiante y no quería que los demás decidieran lo que era bueno para mí. Los desoía a todos. Como mi madre debía sentirse impotente ante esta situación, decidió invertir su fuerza y energía en otros derroteros y se entregó por primera vez a la labor de forjarse un futuro profesional.

Pese a su amplio conocimiento de lenguas extranjeras y su don de gentes eran pocas las puertas que se le habían abierto en el mundo laboral, en parte porque siempre había sobrepuesto la familia al trabajo. Así que nunca había desempeñado un empleo que pudiera satisfacerla o colmar sus aspiraciones: teleoperadora, guía turística, azafata de congresos, asistente de dirección o representante, todos ellos trabajitos sin grandes responsabilidades o desafíos.

Un día del año 2008, al poco de haber cumplido yo los quince años, nos anunció que había encontrado un trabajo nuevo en el Departamento de Documentación de Ericsson, Madrid, traduciendo documentos del inglés al español y al francés.

—Puede que tenga que trabajar hasta tarde cada día —nos anunció—. Pero ganaré algo más y podremos darnos unas buenas vacaciones o comprar un pisito en la costa de Almería, como hace años deseamos —añadió.

—Me alegra por ti, Imara —contestó mi padre mostrando una cierta preocupación en el semblante—. Pero… ¿crees de verdad que ahora es el momento adecuado? Ya sabes cómo andan las cosas con Ismael…

—Ahora tengo la posibilidad. He tenido una suerte extraordinaria de encontrar este trabajo dados los tiempos que corren y la crisis que asola a España y, lo acepte o no, no creo que por el momento vaya a cambiar la actitud de Ismael. Es una mala fase de la que él mismo tiene que querer salir por propia convicción y no porque se lo digamos —opinó mi madre.

—Quizás tengas razón… Solo pienso que con nuestro apoyo le costará menos salir de ella —insistió mi padre con la esperanza de hacerla cambiar de opinión.

—Y lo va a tener en todo momento. Yo hablaré con él siempre que me sea posible y tú seguirás dedicándole mucho tiempo, como estás haciendo ahora. Algo que veo y que aprecio de veras, Otto —admitió—. Escucha —continuó— con este trabajo no es mucho lo que para vosotros va a cambiar. Me veréis menos, tendréis que cenar a veces sin mí y preocuparos más de vuestras cosas, tomar más decisiones, no esperar a que yo os resuelva la papeleta.

—A mí no me parece poco, Imara, pero no te preocupes. Nos apañaremos —contestó mi padre.

—No, mami, no aceptes el trabajo, va a ser un desastre —protestó Isabela, que había escuchado a mis padres y que no dudó en intervenir—. Papá quemará la comida e Ismael se encerrará en su cuarto, como hace siempre. Y nadie tomará ninguna decisión. ¡Te necesitamos!

—Os echaré una mano y prepararé algo el día anterior para que solo tengáis que calentarlo… Os adaptaréis a la nueva situación y veréis que no soy tan necesaria como ahora piensas —le explicó mi madre.

—Da igual que dejes algo preparado o no, lo comeremos frío o quemado, o a papá se le olvidará dónde está el plato, o a qué hora hay que cenar —insistió Isabela—. ¡No te das cuenta de que va a ser un puro desastre! ¡Mami, porfa, no aceptes el trabajo —le imploró— no sé lo que haremos aquí sin ti! —suplicó mi hermana.

—No, Isabela, no le pidas a tu madre que se sacrifique de ese modo y que deje pasar de largo una buena oportunidad —dijo mi padre con condescendencia, pero con cierta energía en su voz—. Tu madre tiene razón, tenemos que espabilarnos y arreglárnoslas sin ella, nos guste o no. Somos mayorcitos. Mamá ha estado haciendo tanto por la familia, sacrificando su propia carrera o intereses y ya va siendo hora de que haga lo que es bueno para ella —concluyó mi padre.

—Gracias, Otto, aprecio tu apoyo. Sabía que podía contar contigo. Yo os quiero muchísimo a todos —informó mamá a Isabela—, pero necesito este reto. Quiero tener mi propia carrera, ver de lo que soy capaz profesionalmente.

Mi madre empezó a llegar a casa más tarde que mi padre. A veces trabajaba los fines de semana para cumplir con los plazos previstos. El trabajo no era tan genial como ella pensaba, porque hacía muchísimas horas extras que no le pagaban. Fueron meses áridos, de poca conversación, de largos silencios seguidos de torrenciales discusiones entre mis padres, a los que el cambio se les hacía difícil. Yo seguía perdido en mi crisis adolescente, haciendo toda clase de barbaridades, siendo expulsado de vez en cuando de la escuela, provocando arrebatos a un padre que poco tenía de iracundo. El pobre intentaba hacer con poco éxito lo que mi madre hasta ahora había hecho: llevar la casa, crear en el seno del hogar armonía, fomentar la comunicación y mantenernos unidos. Con mamá no se podía contar. Estaba estresada, nerviosa, quería brillar en el trabajo y hacía todo lo posible por demostrar que era una gran profesional. A veces, intentaba tomar el control del hogar, con la intención de que mi padre hiciera las cosas como ella las había hecho, aunque, como tenía siempre tanto trabajo pendiente, terminaba por dejar que mi padre arreglara las cosas a su manera. Yo sacaba de quicio a mis padres. Volvía a casa cuando me venía en gana. No estudiaba y me metía en líos. Mi hermana Isabela, como siempre, destacaba en la escuela, ayudaba de vez en cuando a mi padre con la comida y otras tareas del hogar, en fin, era la única que no daba quebraderos de cabeza a nadie.

Mi padre redujo en unas horas su jornada y empezó a llegar más pronto a casa. Aprendió a cocinar un par de platos fáciles, que no le salían mal. Era como un reclamo, nos atraía así hacia la mesa y se sentaba con nosotros a cenar, nos preguntaba sobre lo que habíamos hecho en el instituto, nos hablaba de su adolescencia en Alemania, de cómo había cambiado la juventud de hoy en día. Mi hermana escuchaba dócilmente, pero sin interés. Yo me llenaba la tripa y me encerraba en la habitación o me largaba de casa con la excusa de querer hacer unos deberes con unos amigos. En algún momento empezó a hablarnos sobre la verdadera historia de la abuela Emma.

—La abuela no es realmente alemana —dijo un día—, sino africana.

—Pues no lo parece —le contesté desafiante—. No es negra ni tiene el culo gordo como mamá.

—Es cierto, eso es porque sus padres fueron alemanes —replicó mi padre con cierta calma—, pero la abuela Emma es africana de nacimiento y una parte de su identidad sigue perteneciendo a ese continente.

—¡No te quedes conmigo, viejo! —le contesté—. En esta casa no hay más africanos que mamá y yo. Isabela con ese carácter tan perfeccionista que tiene, lo es solo en parte. La abuela naciera donde naciera es alemana. ¡Ahora, déjame! ¡Me voy a escuchar música!

—¡Espera, Ismael! Tu abuela nació en Namibia y vivió allí hasta los quince años y, aunque sus padres fueran alemanes, ella siempre me ha dicho que es africana en lo más profundo del alma. Me consta que estaba adaptada a su país natal y que se sentía parte de él. Tu bisabuelo, además, no fue un colonizador cualquiera, amó el lugar donde vivieron y se adaptó al modo de vida de Namibia. Estoy seguro de que se hubiera quedado allí con su hija, si no se les hubieran obligado a ella y a su padre a regresar después de la Segunda Guerra Mundial —me explicó mi padre.

—¿Y qué pasó con su madre, con mi bisabuela? ¿Se quedó en África?

—Tu bisabuela intentó dirigirse a Canadá antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, pero eso es otra historia, Ismael. Solo te diré por ahora que tu bisabuela Esther nunca tuvo apego a la tierra africana, que siempre echó de menos su vida en Alemania, que tenía un carácter demasiado germano como para poderse adaptar a un modo de vida tan distinto —intentó aclararme mi padre.

—Y no creo que la abuela o su padre tampoco tuvieran apego a África. Se vinieron a Alemania después de todo —repliqué.

—Sí, pero ya te he dicho que no lo hicieron voluntariamente, que les obligaron a salir del país.

—Puede ser, pero ¿por qué la abuela no nos ha contado nunca nada de su amor a Namibia, de ese sentirse africana que tú me mencionas? —le pregunté desafiante.

—Bueno, sí os ha contado. Lo que pasa es que eráis pequeños y a lo mejor no os acordáis. Os narraba cuando podía historias de su infancia en Namibia, pero como a tu madre no le gustaba oírla hablar de sus años en África, ya sabes lo que piensa de la colonización europea en África y… pues… bueno, procuraba no contaros nada delante de Imara, por eso… —siguió explicándome mi padre, cada vez más titubeante.

—Bueno, y a mí tampoco me gusta oír hablar de esas historias, y creo, como mamá, que la colonización fue un mal mayor para nuestros países. Así que no quiero conversar más sobre la abuela y sobre el pasado. ¡Déjame en paz! Me voy a mi habitación —le dije, metiéndome en mi cuarto y cerrando la puerta con un ademán de enfado en sus mismas narices.

Ciertamente mi abuela nos había contado algo cuando éramos pequeños, y yo lo recordaba, por mucho que quisiera negarlo. Recordaba haber oído que sus padres, mis bisabuelos, emigraron a África antes de que ella naciera y que vivieron en alguno de los países que habían sido colonia alemana, recordaba las leyendas llenas de espíritus y magia que nos había narrado. Mas nunca pensé que ninguna de ellas fuera real, para mí, y seguramente también para Isabela, eran solo historias inventadas para entretener a sus nietos cuando la visitábamos, unos relatos llenos de animales, atardeceres, niños bañándose en los lagos, noches estrelladas, brujos, rituales, dioses benignos, espíritus y seres malignos y libertad. Mi abuela, y de eso sí que no me había olvidado, terminaba las historias con un «en ese entonces me sentía libre y feliz, ojalá pudiera volver allí.» A veces, incluso, se le empañaban los ojos de lágrimas.

***

Cuando mi abuelo murió en enero de 2009, ya había pasado lo peor de mis años salvajes y me iba encarrilando. Unos meses antes de su muerte, mi padre había logrado convencerme para que estudiara bachillerato y, pese a que mi tutor lo había desaconsejado y a que empecé los estudios de bachillerato con un par de asignaturas pendientes de la secundaria, me esforcé desde el primer día de curso. El primer semestre no me fue muy bien, durante el segundo mi mejora fue impresionante, casi increíble, puesto que terminé teniendo las segundas mejores notas de la clase.

Ese cambio, debo reconocer, era en gran parte obra de mi padre, que, con mucho esfuerzo, tiempo y dedicación hacia nosotros y hacia mí en particular, había conseguido no solo suplir el vacío que había dejado mamá en el hogar tras el cambio de trabajo, sino también reorientarme, hacer que encontrara una meta y que tuviera ganas de hacer algo de provecho con mi vida.

Esas transformaciones, sin embargo, no se produjeron de la noche a la mañana, y papá debió echarle mucha paciencia al asunto. A mí me costó también mucho acercarme a él… No era lo mismo hablar con él que con mamá; papá no tenía don de gentes y no brillaba por su elocuencia, la comunicación con él no era fluida, le faltaba carisma, pero de una u otra forma logró que confiáramos un poco más en él y que en nuestras conversaciones hubiera al menos franqueza. Recuerdo que al principio no sabía cómo sonsacarnos o descubrir nuestras preocupaciones y solo se llevaba contestaciones desafiantes, sobre todo de mi parte. Nuestras sobremesas y tardes deambularon por mucho tiempo entre vacíos y silencios, pero, poco a poco, su insistencia achicó nuestra reticencia a comunicarnos con él y empezamos a charlar de forma distendida, aunque solo se tratara de temas triviales o incluso monótonos. Con el tiempo esas conversaciones insulsas empezaron a animarse, ya no eran silentes y hurañas, plagadas de monosílabos o de temas anodinos, sino que estaban acompañadas de anécdotas e historias de su familia en África o Alemania. Recuerdo esas conversaciones y anécdotas con relativa viveza. Mi padre nos mostraba fotos en blanco y negro de una niña que supuestamente era mi abuela; de un chiquillo que no sabíamos quién era; de unos señores, que debían ser nuestros bisabuelos, siempre vestidos de impecable blanco y muy serios; de una granja erguida en medio de un territorio yermo e inmenso. A veces nos contaba historias sobre mi abuela, cómo se había perdido una vez cuando solo tenía tres años, cómo mi bisabuela había llorado y cómo había sido encontrada, bastante asustada y algo deshidratada, pero sana y salva, por los nativos que trabajaban en la granja. Mi abuela había sido una chiquilla traviesa que protagonizó otras tantas aventuras con niños africanos de su edad, unas anécdotas que mi padre nos las relataba con cierto entusiasmo después de la cena, con las que, a pesar de su parquedad y su limitado talento narrativo, despertaba nuestro interés y lograba que conversáramos entre nosotros.

Creo que nunca me tomé en serio esas historias, pensé que mi padre se las inventaba, como antes se las había inventado mi abuela, para atraerme a su lado. Llegué a pensar que incluso las fotos eran falsas, que allí no estaban retratados ni mi abuela, ni mis bisabuelos. La abuela Emma no era para mí una aventurera que había vivido en dos continentes, sino más bien una figura algo triste, enraizada en su casa, en su barrio de Frankfurt, casi inamovible. No me cuadraban las historias de mi padre, a pesar de que nos hubiera enseñado todas esas fotos y dado detalles que parecían fidedignos, con la figura de mi abuelita, tan menuda, tan frágil. Aunque Emma hubiera nacido y vivido en África, algo que tardé en creerme, no me la imaginaba como la niña algo rebelde que describía mi padre, sino como una niña apocopada, modosita y obediente, como correspondía ser a la hija de unos colonizadores germanos. Esos cuentos de una abuela soñadora y llena de energía, desafiante a veces, estaba seguro de que eran pura ficción. No eran más que un modo de crear semejanzas entre la familia de mi padre y yo, un medio que mi progenitor utilizaba para acercarse a mí y para que yo me identificara con su familia. Y ese no era el único medio utilizado. Mi padre mostraba una paciencia a prueba de mis continuos rechazos: se sentaba a mi lado e intentaba trabar conversación conmigo, me acompañaba hasta la puerta, aunque yo no quisiera ser acompañado, se interesaba por la música que oía o por los amigos que tenía, aunque nada de ello tuviera algo que ver con su estilo de vida o sus gustos. Y esa dedicación hacia mí surtió, como ya he dicho, en algún momento efecto y comencé a comportarme de forma constructiva, a dejar la senda de la rebelión y las malas compañías.

Mi madre, que seguía un tanto perdida, desconectada de la vida familiar, persiguiendo su quimera: un trabajo ideal; dándolo todo por ese sueño, haciendo horas extras, que ni se pagaban ni se compensaban, notó solo mi cambió en el momento en que vio el boletín de notas de final de curso, en el que tenía muy buenas calificaciones. Estábamos a primeros de junio de 2010 y, debido a la enfermedad de mi abuela y la decisión de mis padres de vivir cerca de Emma, nos encontrábamos preparando nuestra mudanza a Frankfurt. Algo que ni yo ni mi hermana deseábamos, a lo que nos habíamos opuesto, mi hermana con lágrimas en los ojos, yo con repentinas rabietas y mal humor, pero a lo que nos habíamos terminado por resignar.

Mi madre, al principio también se había opuesto a abandonar una ciudad señorial y soleada como Madrid para vivir en una ciudad parcialmente desarraigada y gris como Frankfurt, y mi padre en un principio había aceptado estoicamente el cansino ir y venir entre una y otra ciudad, el volar cada dos semanas los jueves por la noche y volver el lunes por la mañana para visitar a mi abuela y asegurarse que la mujer que la cuidaba cumplía, como la única solución que complacía a todos. Y así lo hizo durante los meses que siguieron a la muerte de mi abuelo y no dudo en que lo hubiera continuado haciendo, si el rotundo no a vivir en Frankfurt de mi madre no se hubiera tornado en un sí.

En abril o mayo de 2010, debido a que la crisis económica española no mejoraba y ya que Alemania experimentaba unos años de fuerte crecimiento económico, la empresa en la que mi madre trabajaba, Ericsson, le ofreció la posibilidad de ascender, de tener un trabajo mejor remunerado, más cercano a su profesión de ensueño, si se iba a trabajar a su sucursal en Alemania, con sede en Frankfurt. Allí se necesitaba personal para el departamento de formadores con los idiomas inglés, español y francés, y mi madre, que ya conocía sus productos y dominaba a la perfección las tres lenguas, era ideal para el puesto. El sueldo era como un tercio más que en España, tenía más responsabilidades, debía viajar mucho, pero nosotros ya éramos grandes y nos habíamos acostumbrado a las ausencias de mi madre y a la presencia silenciosa y calmada de mi padre. Además, el estado de mi abuela iba empeorando por días y los dos fines de semana largos que mi padre pasaba con ella al mes no parecían ser suficientes. La abuela sufría alzhéimer y los médicos le habían dicho a mi padre que era necesario internarla y que recibiera el tratamiento médico adecuado, así como las visitas regulares de familiares para que su memoria no se deteriorara tan rápidamente.

Sé que fue mi madre la que realmente decidió que nos mudáramos a Alemania, intuyo que debió haber algún tipo de presión por parte de su empresa (perder el empleo o irse a Alemania). Me hizo que pareciera una concesión hacia mi padre, un sacrificio, aunque no fuera así.

Sé que para nosotros fue difícil, porque nos habíamos habituado tan bien, incluso nos habíamos enamorado de Madrid. Todos sabíamos que este cambio suponía adaptarse a una nueva ciudad, y que no iba a ser sencillo. Frankfurt era una urbe que mi madre había desdeñado siempre por la frialdad de su clima y sus habitantes, y que a Isabela y a mí nos había parecido siempre tremendamente aburrida, ya que los niños se recluían como muy tarde a las ocho de la tarde en sus hogares, y eso en verano, porque era la hora aconsejada por el ayuntamiento para que se abandonaran los parques infantiles y se respetara el silencio que la vecindad deseaba.