Silvia Burunat, Ph.D., Centro de Graduados, CUNY, Profesora de Español. Su investigación se ha concentrado en la Historia de la Lengua Española, Gramática Española, Sociolingüística, Español para hablantes nativos y Literatura de Memorias. Es autora de varios libros, reseñas y artículos, y coeditora de Veinte años de literatura cubano-americana (1988). Sus últimos libros son El español y su evolución (1999). El español y su sintaxis (2ª Ed., 2010). El español y su estructura (2ª Ed., 2012). Jornada de amor y lágrimas (2006). Josefa y Josefina (2007), Monólogos dialogados (2008), Autobiografía póstuma (2009), Fantasías reales (2010). Una de sus más destacadas contribnuciones como docente es la creación de nuevos cursos de literatura : Literatura de Memorias, Literatura Terapéutica, Literatura de Viajes y Viajeros, y Eros y Cupido en el Cine Español Contemporáneo.
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Parte I. Havana 1955
El Paseo del Malecón, lugar emblemático de La Habana, sitio de encuentro de enamorados, atiborrado de niños semidesnudos riendo a carcajadas sobre los arrecifes, ajenos al peligro del inmenso mar azul turquesa con olas de dos metros, tiburones hambrientos de carne humana, olor a salitre que penetra los pulmones mediante la brisa que, en un día único de fines del mes de agosto, se sentía fresca y humectante, retorciéndose en juegos malabares entre los rayos de un sol semi opaco. Los autobuses dilapidados pasaban lentamente a lo largo del muro y en uno de ellos, junto a la ventanilla abierta, flotaba una cabellera de hebras doradas que chispeaban en la claridad vespertina que la acariciaba. Los cabellos enmarcaban un rostro ovalado en el que se destacaban los ojos, muy azules y adormilados, tal vez a causa del vientecillo inusitado en pleno estío. La dueña del conjunto era muy joven, diecisiete años y un título de bachiller recién obtenido en un plantel privado situado, precisamente, a poca distancia del Malecón. Terminadas las vacaciones, planeaba asistir a la universidad, a la Facultad de Filosofía y Letras, para terminar de catedrática como muchos otros miembros de su familia, tanto en la parte materna como en la paterna. La jovencita se dirigía a L’Alliance Franςaise, adonde asistía a diario para estudiar una nueva lengua, la cual, además del castellano nativo y el poco inglés que había aprendido en el bachillerato, le convendría saber para llevar a cabo sus planes profesionales.
El autobús se movía lentamente, deteniéndose en cada esquina para que subieran nuevos pasajeros. Iba a ser un recorrido tedioso, por lo que la joven extrajo un libro de su mochila y comenzó a repasar la lección que tocaba ese día en la Alianza. Absorta en sus pensamientos, creyó escuchar una voz profunda que suavemente musitaba: _Señorita, con su permiso, ¿podría sentarme? _Sí, claro, respondió tímidamente. Un hombre de tez morena, piernas muy largas y bigote negro, muy bien vestido y con modales corteses, sonrió mientras la miraba de forma penetrante en los ojos. Seguidamente procedió a sentarse y, a su vez, también comenzó a hojear un libro que llevaba en la mano derecha. Pasados unos pocos segundos que más bien parecían horas, el caballeroso joven se dirigió a ella, observando lo que leía: _Disculpe que la interrumpa, pero he notado que lee Ud. un libro de texto de la Alianza Francesa, ¿estudia Ud. allí? Yo soy panameño y en la capital, donde nací, también hay un plantel de esa misma asociación, mis hermanos y yo asistimos varios años a clases allí.
Una conversación, que iba animándose por minuto, se inició entre ambos. El apuesto extranjero había terminado sus estudios de Medicina en una prestigiosa universidad en el estado de Nueva York y, a sus veinticinco años, se había ganado una beca para especializarse en Medicina Tropical en La Habana, adonde había llegado hacía un mes. Pensaba pasar al menos un curso completo para después regresar a los Estados Unidos, donde residía y esperaba establecerse para ejercer su profesión. Ya sus clases habían terminado ese día y se encontraba de regreso a una residencia estudiantil ubicada en el Vedado, donde se hospedaba mientras asistía a los cursos de Medicina Tropical.
Mediante la conversación surgida entre ambos, la jovencita supo que Alfredo, como se llamaba el panameño, procedía de una familia de estirpe sefardí; sus antepasados habían huido las persecuciones que, en la Península Ibérica, se llevaban a cabo durante el Siglo XV, con la expulsión definitiva de los judíos en 1492. Muchos se habían refugiado en Siria y formaban el grupo de los conocidos como judíos hablantes de árabe, el hebreo clásico solo se empleaba en las sinagogas y los ritos y fiestas principales del judaísmo, pero no en el habla diaria. Sus padres habían emigrado cuando aún eran muy jóvenes, de Siria a Panamá. en la primera mitad del Siglo XX, se habían casado y formado una familia, comenzando así una nueva vida dentro de la floreciente colonia sefardí que se iba formando en el país centroamericano. Sofía, la casi adolescente bachiller, procedía de antepasados europeos que, según su árbol genealógico, componían alrededor de un 90% de su genética, mientras que el resto se trataba de norafricanos o “moros”, como se les había llamado en España a los musulmanes que invadieron el territorio peninsular a partir de principios del Siglo VIII.
El tiempo volaba entre palabras y sonrisas y la parada para la Alianza se aproximaba. Sofía se puso de pie e igual hizo Alfredo para permitir que ella pasara al pasillo central; una vez allí, le extendió su mano derecha que él estrechó. Se despidieron sin más información en cuanto a direcciones, teléfonos, etc. Parecía evidente que el comienzo de lo que podría haberse convertido en una amistad, no tendría continuación, solo había durado los casi sesenta minutos del recorrido en aquel autobús que ya había dejado atrás el hermoso Malecón y se iba prácticamente arrastrando por las calles del elegante Vedado.
Aquella tarde, en la que las nubes iban descendiendo a la par que el sol palidecía mientras se acercaba al horizonte, resultó memorable para ambos, a pesar de su breve duración. Sofía pensaba que nunca había conocido a alguien tan especial como le había parecido Alfredo. El hecho de ser ya un hombre de veinticinco años con una carrera terminada, la historia fascinante de sus ancestros, la elegancia de su porte, aquellos ojos oscuros que parecían escudriñar sus más íntimos pensamientos, todo el conjunto se le hacía único e inolvidable. Era muy joven y, hasta ese momento, nunca había sentido inclinaciones de novios, bailes y fiestas como sus amigas de bachillerato. Estaba enfocada en el estudio, en la lectura, en el aprendizaje del francés, en lo que se anticipaba ya en sus futuros cursos universitarios que pronto darían comienzo. No obstante, algo le decía que la experiencia de menos de una hora, de la conversación sostenida con Alfredo, todo iba a quedar grabado en su memoria e iba a añadir un nuevo punto de partida a su vida: el del romance, aunque fuese imaginado; el de sensaciones nunca antes experimentadas en su mente y en su alma.
Sofía asistió a su clase de francés de aquel día de fines de agosto; le costaba trabajo concentrarse en la lección, su imaginación divagaba por mundos de fantasía, de hombres bronceados de mirada profunda y doncellas lánguidas que, desde un ventanal, oteaban el paisaje, esperando que hiciese su aparición “the object of their/her affections”, el título de una película americana que había visto con su madre en un cine habanero y que le había causado un fuerte impacto. Como miembro del signo zodiacal más fuerte de todos, el ESCORPIÓN, la jovencita no era precisamente tímida, como se dijo antes, sino decidida y voluntariosa; pero en esta ocasión y tratándose de un sentimiento desconocido para ella, se hallaba confundida en medio de un tropel de sensaciones inusuales.
Dentro de un mes, comenzarían las clases en la universidad y su asistencia a la Alianza se iba a reducir, de cursos diarios, a dos o tres por semana, según se presentase el horario que la Facultad de Filosofía y Letras ofrecería. Nunca más volvió a encontrarse con Alfredo y, si bien no podía olvidarlo, las nuevas experiencias intelectuales que se aproximaban le hacían poner a un lado lo que no fuese materia de estudios. Ya llegado septiembre, Sofía se encaminaba un día en el dilapidado autobús hacia el Vedado para asistir un viernes al que sería el último curso de verano en L’Alliance Franςaise. Ese día iban a tener el examen final y la hora de salida se pospuso. Era un examen difícil y Sofía deseaba obtener una calificación alta, así que aprovechó hasta que el reloj marcara las ocho y el sonido de una campana anunció la entrega de los exámenes a la profesora.
Afuera, era ya casi noche cerrada y las brisas marinas comenzaban a sentirse más fuertes. Sofía se dirigió hacia la parada del autobús que haría el recorrido en reversa hacia su barrio, bastante alejado del Vedado. Como había aprovechado cada segundo, sus compañeros y compañeras de clase ya se habían marchado. También ya habían pasado las horas cuando el transporte público funcionaba con más frecuencia. La jovencita se preparó mentalmente para una larga espera. Mientras su mente divagaba con los verbos y las preposiciones y los adjetivos y otras nociones gramaticales, sintió un suave roce en el hombro derecho y se volteó: allí estaba Alfredo, lo reconoció de inmediato a pesar de haber pasado menos de una hora en su compañía el mes anterior. No supo qué decir, solo atinó a clavar la pupila azul en la pupila negra, no hubo palabras, la inercia se apoderó de su ser, los movimientos cesaron. Sintió un brazo largo y fuerte que le rodeaba la cintura, una humedad tibia que se aproximaba a su rostro y unos labios que se posaron en los suyos. Aquel fue su primer beso de amor.
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Parte II. New York 2020
La vida, un misterio inescrutable, una aventura en la que debemos lanzarnos sin volver la cabeza hacia el pasado. New York, ciudad que atrae a muchos, pero cuando de veras llegamos a conocerla, cuando podemos compararla, después de haber recorrido medio mundo, sus atractivos van disminuyendo. Sin embargo, por las vueltas y las sorpresas que la casualidad y el destino nos deparan, ahora he hecho de esta metrópolis mi morada. Resido en un área privilegiada, de rascacielos, teatros y salas cinematográficas, rodeada de universidades y muy cerca del Parque Central, el cual, a pesar de sus encantos, visito poco. Pero aún no me he presentado: soy Sonia, aquella jovencita cuyo alter ego, Sofía, escribió sobre la adolescente habanera que conoció los aleteos de Cupido y la calidez de un beso en los labios una tarde, casi noche, del año 1955 en un rincón apartado del elegante Vedado en La Habana. El médico apuesto de ojos penetrantes fue su primera experiencia en el campo del dios Eros, de cuerpos temblorosos y corazones acelerados, de pensamientos prohibidos, hasta entonces en estado de represión.
He elegido pasar por alto los muchos años transcurridos, los altibajos de mi existencia desde aquel día. Esa parte, ha quedado conservada en otros volúmenes, pero este es solo un cuento, una narración breve en la que deseo expresar algunas experiencias de mi presente. Sin embargo, debo remontarme al año 1985 cuando los azares existenciales me hicieron encontrarme con él, con el extranjero que estudiaba Medicina Tropical en una universidad habanera cuando yo recién terminaba el bachillerato. Lo repito de nuevo, los que me leen, no esperen explicaciones ni detalles ni una cronología exacta. Alfredo, como me había contado en su breve conversación en aquel dilapidado autobús, también se había radicado en New York. Tampoco me voy a referir a sus circunstancias familiares personales ni a las mías. Digamos que, un padecimiento desde mi niñez, fue el eslabón que unió la cadena de un primer amor insinuado, jamás materializado, pero tampoco concluso.
Un día visité su consultorio en Manhattan, en la misma área en la que yo vivía. De dos seres que vivieron un romance juvenil de minutos, pasamos a convertirnos en médico y paciente. Lo reconocí de inmediato, primero por su nombre y su apellido, después porque el tiempo transcurrido no había alterado la mirada intensa y misteriosa, el porte elegante, las facciones de sus antepasados sefardíes. No obstante, Alfredo no supo de inmediato quién era la mujer esbelta de estatura mediana, cabellos dorados y ojos azules y adormilados que, a pesar de los treinta años recorridos en el calendario, poco había alterado su fisonomía. Aquella sería la primera visita que continuaría repitiéndose. Había siempre un gesto interrogante en el rostro de Alfredo, pero un consultorio médico no es el lugar idóneo para regresar a otra época, a otra ciudad. Elegí guardar silencio, así me convertí en un ser humano más entre los cientos que pasaban por su oficina. Hasta un día…
Alfredo ha sido mi médico de cabecera desde 1985, nunca me he atrevido a revelarle mi identidad del pasado. Creo que soy una romántica sin remedio y aquel cuentecito escrito por mi alter ego tenía un final abierto y así debería quedarse. Estamos al entrar en el año 2020 y… había llegado el día cuando, irremediablemente, la verdad se asomó a la superficie. Alfredo y yo nos habíamos convertido en amigos, se trataba de una amistad distinta, no la de acudir a aniversarios y cumpleaños, sino la de conversaciones largas que sobrepasaban en minutos los que dedicábamos a la consulta médica. Entonces comprendí que no tenía sentido seguir ocultando aquel episodio inolvidable de mi adolescencia. Se me ocurrió llevar al consultorio una foto, en realidad fueron dos, ambas de mis diecisiete “primaveras”, empleando la frase cursi que se refiere a la edad juvenil. En una aparecía con toga y birrete, un retrato profesional que estaba en el álbum de graduación de bachiller; la otra, llamémosla semi profesional, tomada por un amigo de mi familia en La Habana que tenía la fotografía como pasatiempo. El atractivo Alfredo me había contado que, durante sus estudios de Medicina Tropical en Cuba, le habían presentado a una joven que estudiaba para la carrera de dentista con la cual salió algunas veces. _¿Y no hubo nadie más que puedas recordar? Le pregunté mientras extraía las dos fotografías de mi cartera y se las mostraba. Hubo unos segundos de silencio, tan intensos, que semejaban horas. Los brazos de ambos se extendieron uniéndose en un prolongado abrazo silencioso.
Colofón (contado por Sonia, el alter ego de Sofia)
El final que nos presenta Sofía no me convence. Como soy el otro lado de su personalidad, me voy a apoderar de la narración y a contarla en tercera persona y desde mi punto de vista. Como se vio con la primera parte “Havana 1955”, en la que solo un beso concluía lo que se prestaba a una descripción más erótica, la segunda parte “New York, 2020” tiene un cierre exento de pasión, de fantasías amorosas que ella ha preferido ocultar. Yo me encargo de hacer lo opuesto.
Una vez que el seductor Alfredo pudo entender de quién se trataba la mujer que tenía frente a él, quedó mudo por unos instantes. Habiéndose repuesto de inmediato, ambos iniciaron una animada conversación que los llevó a rememorar aquella época pretérita, los atractivos de La Habana, el Paseo del Malecón, el Vedado donde se encontraba la residencia de estudiantes universitarios en la que pasó casi doce meses. A pesar de la amistad que se había desarrollado entre ellos, por lo general el tiempo corría en un consultorio en el que otros pacientes aguardaban su turno y, como ella misma ha dicho, supo ocultar aquel encuentro en el dilapidado autobús que había tenido lugar en 1955. Pero, repito, yo no soy Sofía sino Sonia y voy a complacer a mis lectores dándoles la versión real de esta narración.
Sofía/Sonia somos la misma persona, regresó a la semana siguiente al consultorio. Fue una visita diferente a otras porque ya se habían levantado los velos y esclarecido lo oculto. Desde el primer instante, la atmósfera se sentía recargada de algo muy difícil de definir para ella. Ya no era la adolescente de diecisiete años, tampoco Alfredo era el joven galeno de veinticinco. Pero Sofía, como buena representante del signo zodiacal de Escorpión, era bastante vanidosa y su espejo le decía que, a pesar del largo tiempo transcurrido, sus ojos azules seguían siendo hermosos y la timidez no era, precisamente, algo que la caracterizara. Desde el primer momento supo que aquel beso de húmeda tibieza con vetas orgásmicas se iba a repetir y… no sé si dejar a los lectores en suspenso, aunque a estas alturas y conociéndonos, Sofía/Sonia, por tan largo tiempo, creo que sobran las descripciones. Mejor aún, dejemos un final abierto para que cada cual lo construya a su modo.
