El bien material. Poesía escogidas (1992-2018)
Paolo Febbraro
Asociación Cultural Zibaldone, 2020
Una selección de la poesía pensativa de Paolo Febbraro, inquietante, cultivada e irónica, sajada por un conceptualismo donde precisión y límites del decir dialoga en esta antología sin caer en un constructivismo hermético, y nos acerca a un poeta que debiera haberse conocido en España mucho antes. Una edición bilingüe, muy ajustada en su versión española al espíritu original, nos introduce en la obra del italiano gracias al esfuerzo traductor de Juan Pérez Andrés. Dividida en cuatro etapas (1992-1998), la poesía monologal de Febbraro, escéptica y reflexiva, cuando no sarcástica, hija del funambulismo espiritual del hombre deshabitado contemporáneo, busca decirse en sus claroscuros desde el yo, tanto como bifurcarse en ocasiones en voces poliédricas desde la mitología o la historia literaria (desde Sísifo a Dante). Son esos clásicos a los que dedica un poema como intermediarios de su canto sin pleitesía, mero pretexto para el texto de su mundo de interiores. Son simplemente, ellos y los poemas monologales, la base que nos sostiene en un espacio inasible en ocasiones, otras muy concreto “No sé si eres adorable”, donde guarda siempre un as en la manga, pues su verbo nunca se desborda o se entrega del todo. Sucede que la poesía pensativa de Febbraro parece mirarnos con una perspectiva distinta a la esperada, insólita y escrutadora, muy avisada y circunspecta.
El “suelo del tiempo” y el nihilismo atroz, cuando se insinúan, son sorteados por una puesta en escena donde la desolación nunca echa la red al fondo. Prefiere la reticencia que ha encontrado en sus breves instantáneas reflexiones y ensoñaciones como en el estupendo “Al alba de un marzo (…)”. O, si prefieren, una filtrada mixtura entre lo metafísico y lo cotidiano, con su punto de remolino hermético mirando hacia dentro. Diferentes épocas van torneando así una lírica muy fiel a sí misma, veteada por múltiples fisonomías, nunca entregadas en la primera lectura, pues todo se escoge y recorta con precisión. Así van surgiendo esas fidelidades a sí mismo, renovándose, pero guardando siempre el aire de familia de un poeta que evoluciona, pero es siempre fiel a una fórmula en sus variantes, voces escépticas y parcas en la entrega, destiladas hacia un abismo implícito donde la contención del poeta sabe retirarse con un final sin cierre, valga el oxímoron. A veces simplemente mostrado sobre la monotonía de ser o de cuanto será, o la cautela irónica de la evidencia que nunca se detalla, pero mira hacia ese horizonte como el cormorán “Desde el Strand”, o hacia el fondo. Ese estar en el tiempo sin asideros muestran el cambio de aires de un momento en la historia del pequeño mundo del hombre. Nos lo muestran esos poemas donde el fervor o el entusiasmo, en sentido etimológico, han cedido al estupor en el tiempo, por poner un ejemplo. Nos referimos a poemas estupendos como “La plaza”, muy diferentes a la interpretación que hizo de ella Vicente Aleixandre, entre tantos otros, donde alivia el cripticismo, muestran el cambio de perspectiva de cierta poesía hacia los tiempos de sospecha. Y así, a veces, surgen remansos en “Los elementos” o próximos. Esa capacidad abstracta, original en la perspectiva (Quintiliano habló de la inventio como “hallazgo”), muestra a un poeta muy desconocido en español hasta ahora y cuyas virtudes nos llegan quizá algo tarde pues debieran haber sido conocidas mucho antes. Pero esto ya lo habíamos dicho.