Una dacha en el golfo
Emilio Sánchez Mediavilla
Anagrama, 2020
La Editorial Anagrama ha publicado el libro ganador de su primera convocatoria Premio de Crónica Sergio González Rodríguez, Una dacha en el golfo, del periodista español Emilio Sánchez Mediavilla, quien ha trabajado en medios como la Agencia EFE, El País, La Opinión de A Coruña y en Condé Nast Travelero, y es editor cofundador de la editorial Libros del K.O.
El autor narra su estancia durante dos años en Bahréin, habla de su imposibilidad de aprender árabe y de su incapacidad para ser un reportero audaz; confiesa en las primeras páginas que se informa por Twitter de lo que sucede a cien metros de su casa: toda proeza en la crónica queda descartada desde el inicio.
Es el relato de un extranjero anodino que desanda la ciudad en vaqueros y camisetas decatlón. Pero esa estrategia narrativa compone algo más colectivo: el concierto social de Bahréin; ese español vestido de sport registra, con la misma destreza de un ornitólogo, ese clamor, esa lucha por poseer derechos. Todo en un género del cual ha dicho Mark Kramer: tiene un pie en la ficción y otro en la notaría.
Evoco sobre el tema del poder un pasaje de la literatura universal, Robinson Crusoe decide explorar el valle, declara: «Podía considerarme dueño y señor de esas tierras, con derechos incontestables, incluso el de legarlas si me parecía bien, al igual que cualquier lord»1. Es una escena central: cambia el rol.
Punto de inflexión, de víctima pasa a victimario: posee. Es la tragedia secreta del tirano. Metamorfosis de las revoluciones y del poder. Todas las dictaduras tienen ese momento en común, todo el caudillismo y la prepotencia empiezan por ese paseo, ya sea en el valle de Crusoe o en al foro de un congreso.
Este libro trata de eso, de cómo se vive en un país en el Golfo Pérsico, de cómo se traduce el día a día, y de cómo se implosiona ese relato oficial, de cómo las posesiones se rebelan, de cómo se desdibuja una fantasía de unidad nacional, de cómo se vive en una dictadura árabe en el siglo XXI.
Desde cercos imprevistos que transitan la biografía, lo cinematográfico, el ensayo, lo paraliterario, la entrevista, vamos vislumbrando el drama social que ningún relato oficial podría ofrecer, y somos partícipes del hilo conductor enhebrado desde la manifiesta falta de arrojo de esa existencia sinflictiva, lo cual es una estrategia panóptica, de puzle. No nos narra, nos muestra el país.
De la contracción de dos palabras: «bahar: mar» y «ithnan: dos», surge Bahréin y da nombre a ese reinado del Golfo Pérsico. Fragmentado por siglos, de población mayoritariamente chií y suní, dos etnias que a diferencia de sus aguas al mezclarse casi siempre algo sale mal.
Gobiernan los suníes y es una administración putrefacta, se tiraniza al Chií e importan trabajadores asiáticos como mano de obra esclava. Eso ligado a que a unos pocos kilómetros, en Arabia Saudí radica el núcleo del wahabismo, uno de los odios sectarios que envenenan al mundo árabe.
Bahréin es un archipiélago de unas treinta y tres islas, aunque periódicamente despojan terrenos al mar para levantar islotes artificiales: es un país en construcción:
centro financiero más importante de Oriente Medio tras la guerra en Beirut, único país musulmán –junto con Irán, Irak y Azerbaiyán– de mayoría chií, pero gobernado por una monarquía suní, una sociedad que combinaba la tolerancia religiosa más avanzada del Golfo con venas subterráneas de rigorismo wahabí y rigorismo chií, el campo de batalla perfecto para una guerra proxy (otra más) entre las dos potencias regionales, Arabia Saudí e Irán; no sabía que Bahréin había sido pionero en la lucha obrera del mundo árabe, el primer país de la región en el que se fundaron sindicatos y a la vez el país que ahora acogía un sistema de explotación capitalista cercano a la esclavitud; el primer país musulmán en despenalizar la homosexualidad, sede de la Quinta Flota americana, futura sede de la flota británica y de la mayor catedral católica de Oriente Medio. Todo esto en una isla del tamaño de Menorca en el golfo Pérsico, que los árabes llaman golfo Arábigo.2
La conjunción de aguas dulces subterráneas con las del mar, accidente que le agrega una calidad especial a sus perlas, les permitió vivir de su comercio durante cientos de años y por ello ha sido considerada la Perla del Golfo.
En 1982 se construye una estatua en homenaje a ese símbolo nacional al celebrarse la: «tercera cumbre de la Coalición del Golfo. Cada pata del monumento simbolizaba uno de los países de esa alianza regional: Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, Bahréin, Omán y los Emiratos Árabes Unidos.»3
Era una perla burda en medio de un área insignificante, hasta que el 15 de febrero de 2011, a raíz del asesinato de unos jóvenes chiís, esa irrelevancia explota.
Cuando se inicia este libro ya esa estatua no existe. Ha sido demolida al ser el centro de la protesta, desmontada con sangre, que sacudió al régimen. Tampoco existen los billetes de 500 fils con la imagen de la perla abatida, y muchos de los protagonistas están presos, exiliados o muertos.
La perla no existe físicamente, ya es un símbolo, algo imperecedero que articula y propone un horizonte
Una dacha en el golfo conecta ese rosario de voces, erige desde la arena pisoteada por esas protestas un coro testimonial contra el relato oficial. Es un inventario, una relectura centrada, en parte, al latido que propició ese estallido, todo desde el tono llano, muchas veces trivial, y ello contribuye a ofrecer aristas nuevas, quizás en esa banalidad de lo cotidiano, por la que apuesta Martín Caparrós en las crónicas, uno de los miembros de jurado de esta edición.
El libro explora las facetas habituales de Bahréin con enjundiosos datos sobre ese reino, cercado a un lado por el Golfo Pérsico y por el otro por un océano de arenas. Es la bitácora de un marino en un mar de arena y agua, es el clásico ornitorrinco, como definió Juan Villoro, a la crónica.
En los lugares de esparcimiento para los occidentales expatriados (extranjeros) pueden hallarse escenas como las siguientes:
El salmón que allí servían era de un naranja de zumo de polvos Tang, la camarera etíope nos conocía por nuestro nombre, el chulo de las putas filipinas daba un poco de miedo cuando jugaba solo a los dardos, los grupos de marines gritaban alrededor de la mesa de billar como adolescentes en viaje de fin de curso, aunque a veces esos viajes les llevaban a destinos tan poco apetecibles como Irak. Solía coincidir y cruzar algunas frases en la colada con un soldado gigantesco, pero nunca logré descifrar su acento. A veces los marines abarrotaban la piscina y aguantaban horas al sol en verano mientras el resto de los clientes nos refugiábamos en la sombra. Si tenías paciencia podías ver cómo se iban poniendo rojos y borrachos, y si te fijabas mejor podías detectar en ese circo todos los roles humanos del colegio, desde el feúcho tímido haciendo reír a una pelirroja tatuada, hasta el matón carismático a quien en verdad ha estado mirando de reojo la pelirroja tatuada todo el rato. Yo los miraba a todos. Las historias sobre marines borrachos eran un subgénero dentro de las historias de expatriados.4
Son juergas subidas que no se espera ver en lugares así. La cercana saudí, a solo 25 Km, permite a sus poderosos relajar un poco las costumbres en tierra aliada.
El poeta Ali al Jallawi, desde su destierro berlinés, le describe los tres temas tabúes del mundo árabe: sexo, política y religión, de los cuales pretende escribir. Cuando el autor lo entrevista pinta mujeres desnudas, le dice, que la imagen es siempre más inofensiva que la palabra.
En la Protestas de la Perla, por un poema contra el Rey, la joven Ayat al Qurmezi, fue apresada, y su tortura la ejecutó la princesa Noora bint Ibrahim al Jalifa. Otro de los dueños del país, el príncipe jeque Nasser bin Hamad al Jalifa, declaró en la televisión: «Que un muro caiga sobre las cabezas de aquellos que pidieron la caída del régimen. Ya sea un atleta, un activista o un político… Bahréin es una isla y no se puede escapar»5.
El periodista Emilio Sánchez Mediavilla reparte su tiempo en una profesión que nadie comprende allí: hacer libros, y a eso le suma el deporte junto a los bareníes, lo cual le permite practicar su deficiente idioma, además de recorridos para conocer el reino junto a su novia, esta última el motivo de estar dos años por allí.
Logran hallar una casa, la dacha, ubicada lejos de las zonas chiís, y si algo ocurre no es cerca de su residencia, aunque desde allí pueden ver alguna vez columnas de humo, pero lejos, lo cual no compromete mucho su seguridad.
A veces siente vergüenza del trato preferencial hacia ellos, los occidentales. Es un mundo nuevo que debe penetrar con cautela, observar. Los sonidos de los rezos, parte importante de la ecografía de las ciudades árabes, le traen reminiscencias de su infancia en España:
De noche los cánticos de las matams chiíes de Duraz sonaban a llanto doliente. A pesar de los altavoces, percibía una intimidad de hombre solo. En momentos luminosos, el canto de las matams o las mezquitas podía recordar al canto flamenco; en momentos tristes solo transmitía angustia, la misma que sentía de niño ante el cuadro del Cristo de corazón sangrante que colgaba en el pasillo de la casa del pueblo.
Después de una vida escuchando estos cánticos a diario, podría llegar a creer en la inminencia del Apocalipsis o podría llegar a sentir una paz indestructible.
Estaba el rezo que se escucha en soledad y en silencio, en el coche o en el jardín de casa; otra extrañeza producía el rezo en el puerto de Budaiya nada más desaparecer el sol en el horizonte de Arabia Saudí; en ese momento algunos amigos se juntaban a tomar té en círculos de sillas de plástico blancas. Por las mañanas, en la terraza del Layali, se oía el rezo con ruido de moto de agua de fondo, en la mesa de al lado un hombre fumaba shisha, había un jardinero con la mirada perdida y un grupo de putas filipinas desayunando. La mayor parte del tiempo, el rezo era una bocina más entre los ruidos propios de la ciudad, una bocina cósmica; a medida que se iban apagando los ruidos de la ciudad, el rezo adquiría mayor intensidad. La versión más cruda era la del prerrezo de madrugada, escuchada desde la cama en mitad de un silencio absoluto, un rumor de turba que se acerca: la primera vez pensé que se trataba de una manifestación que avanzaba hasta casa, y sentí miedo. Desde entonces siempre me sonó a ceremonia secreta para resucitar muertos.6
Una de las mayores virtudes del libro es mantener el interés entre las ramificaciones de historias que se van engarzando y ofrecen una unidad polifónica. Nos desmonta un país, no los pone en escena y el lector agradece los distintos puntos de vista, las lecturas y relecturas.
Mucho tiempo después, el autor, ya en Madrid, al despertar cada mañana sigue viendo su tablet, aún con la configuración del tiempo de Bahréin.
Como lectores de Una dacha en el golfo nos pasará lo mismo, Bahréin, y lo que representa, estará ahí, amenazando nuestro clima y nuestra libertad.