¿Qué será de ti, querido mundo?

Antonio Álvarez Gil

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Me preocupa el estado del mundo. Me preocupa tanto como a cualquier persona que se interese por el futuro de la humanidad, el progreso de los países más pobres y la paz universal. A veces pienso que me preocupo demasiado o, en todo caso, más de lo que corresponde a un hombre corriente como yo. Pero es que tengo la impresión de que en el orbe las cosas van tan mal que, de cambiar, solo podrían ir a peor. El fundamentalismo religioso, por ejemplo, ha alcanzado cotas inimaginables hace tan solo algunos años. Los países occidentales lo combaten con guerras que, hasta el momento, no han hecho más que traer nuevas guerras, incrementar la brecha entre las diversas civilizaciones y culturas y expandir la destrucción y la muerte por doquier.

La mayoría de estos conflictos bélicos asolan países que hasta hace poco vivían en paz. Hay zonas del planeta donde se combate, se bombardea y se mata sin distinción de sexo, edad o credo religioso. Las minorías cristianas, por desgracia, se encuentran entre las que más padecen. Pese a ello, quienes estarían llamados a defenderlas no hacen más que añadir combustible a la hoguera donde arden pueblos y ciudades de civilizaciones muy antiguas. En nombre de la democracia, la libertad y la paz se libran batallas para derrocar dictadores que, además de mantener sociedades seculares en sus países, son —o, más bien, eran— un muro de contención al fundamentalismo religioso, mantenían cierto orden entre su gente y evitaban guerras fratricidas. Por otro lado, se crean y ensayan nuevos tipos de armamento con la intención de asestar el primer golpe a territorios o naciones supuestamente enemigos. Como resultado de tanta destrucción y muerte, cientos de miles de refugiados se arrastran de país en país, se lanzan a los mares y tocan puertas que casi nunca se abren.

Entretanto, la tierra tiembla y las montañas se derrumban, generando más muerte y miseria allí donde ya había suficientes. En respuesta al maltrato al que la somete el hombre, la Naturaleza nos envía huracanes, monzones y tornados que arrasan pueblos y ciudades. Y como si esto fuera poco, aumenta la temperatura del aire, se derriten los hielos de los polos y glaciares y sube el nivel de los mares para tragarse las tierras donde habitan los más pobres. Al mismo tiempo, se reduce la extensión de los bosques y la sequía devasta suelos de cultivo y provoca hambrunas terribles que, por supuesto, se llevan por delante también a los más pobres. En lugar de unirse y luchar contra tanta catástrofe, los países más desarrollados se dividen, y cada bando levanta las espadas y se apresta a combatir contra la otra. Para ello se fundan alianzas donde nunca existieron y se divide a pueblos que siempre vivieron juntos. ¿Por qué ocurre todo esto? ¿Quién piensa sacar provecho de tanta destrucción? ¿Qué mentes están detrás de toda esta locura, de este camino hacia la ruina de nuestra añeja civilización?

Lo peor de todo, en mi opinión, es la hipocresía con la que algunas potencias mundiales manejan este asunto. Por una parte se afirma que el despliegue generalizado de fuerzas se hace en aras de la paz y el orden internacional. Por otra, sin embargo, hasta el más tonto de los mortales puede comprender que lo que verdaderamente está en juego es la lucha por los grandes yacimientos de combustibles fósiles y, más aún, por la supremacía universal en el concierto de las naciones del planeta. Una lucha en la que se dirime quién habrá de reinar sobre la Tierra y cómo se harán las cosas en cada rincón de nuestro mundo. Y en esta terrible guerra por el dominio y la ampliación de las zonas de influencia geopolítica, se sacrifican países y regiones enteras, se provocan y alimentan conflictos civiles o se pone en peligro la integridad física de nuestra ya deteriorada casa común. Para citar solo unos ejemplos, nadie podría dejar de ver que el Medio Oriente arde en un campo de batalla que barre todo y a todos por igual. Allí se libra una guerra que parece no tendrá nunca fin. Si hablamos de África, en buena parte del continente nos encontramos con lo mismo: un hervidero de religiones y pueblos que pelean entre sí, gentes y más gentes que se reproducen, malviven y mueren en medio del atraso y la miseria más absolutos. ¿Y Occidente? Pues, como en las encuestas, no sabe-no contesta.

¿Qué destino espera a nuestra madre Tierra? ¿Será posible que no haya nadie en el mundo capaz de poner orden en el caos que cada vez más se adueña de esta miserable humanidad?

 

 

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012) y Annika desnuda (2015).