En los escasísimos sesenta días que van desde nuestro último contacto con los amables lectores de Otrolunes, la literatura uruguaya ha sufrido un terremoto de proporciones al que han seguido por lo menos dos réplicas igualmente fuertes. En un país tan pequeño, a veces no solo territorialmente, acostumbrado a la seguridad de unas placas tectónicas a prueba de balas, la pérdida de un par de próceres en tan escaso tiempo, puede asimilarse, sin un punto de exageración, con ese fenómeno tan poco usual por nuestra aldea.
Con casi tres cuartos de siglo robados a la muerte, murió en Abril, Eduardo Galeano. Prolífico, polémico, agudo, intransigente, cínico, multifacético, si repasáramos sus más de cinco décadas de política y literatura –porque en él ambas son uña y carne-, le cabrían tantos adjetivos como años ha vivido. Vaca Sagrada de la izquierda latinoamericana, aunque muchos de ellos no se hayan salvado de sus tímidos y postreros palos, se ha ganado con sobrados méritos la subida al panteón de los héroes, en su caso, verdadera atalaya hacia el pasado del que fue un autoproclamado augur. Sería muy injusto referirse a Galeano solamente como el autor de “Las Venas abiertas de América Latina”, mamotreto simplista que a fuerza de un reduccionismo ramplón, logró convertirse en la Biblia de los cruzados latinoamericanos, sempiternos revolucionarios convertidos hoy en la más acabada muestra del gatopardismo político. Galeano fue más que Las Venas, pecado de juventud -en su caso, casada con una ignorancia de la materia abordada de la que se confesó expreso autor material- del que, sin embargo, nunca terminó de abjurar, porque si así fuera debería ser pasto del olvido, cuando no del enojo de los millones de estafados por la deificación del resentimiento que sigue siendo ésa, su obra más trillada. Hay casos, muchos en la historia, en las que la obra se fagocita al autor y mucho me temo, con los años, ello suceda con Galeano si es que no lo hizo ya. Tengo para mí –opinión de la que me hago único y absoluto responsable- que desde Das Kapital, ninguna obra hizo equivocarse tanto a tantos al mismo tiempo por tan poco. Generaciones enteras fueron alegremente estafadas por una obra de ficción con afanes de tratado socio-económico, sin que por ello, le hayan pasado nunca una mísera factura a su perpetrador. Digo sí que nadie como Galeano vivió su vida literaria tan consagrada al altar del Pasado, así con mayúsculas, allí donde todo encuentra explicación y, ¡oh, milagro!, tantas miserias y frustraciones hallan fácil justificación, pero no solamente fácil sino además, aún más milagroso, pone todas las culpas en las malvadas manos de los otros, el otro, el colonizador primero, el imperialismo luego, el gran capital en medio, el neoliberalismo al final, que siendo todo distinto al final resulta ser lo mismo, confabulado a lo ancho del mundo y a lo largo de la historia, para desplumar a los eternos, cándidos e inocentes, postergados tercermundistas. Un permanente esfuerzo por subvertir el presente en aras de un utópico futuro que no es más que una atávica llamada a un pasado donde todo debió ser diferente pero que allí está, inmutable, no para ser discutido sino para convertirse en fuente de aprendizaje e inspiración.
He aquí el primer remezón del que la numerosa grey de su inconmovible capilla, les ha de costar recuperarse.
Cuando aún la aldea permanecía bajo el polvo del derrumbe, un mes después la dorada “Generación del 45”, perdía a uno de sus más longevos integrantes, Carlos Maggi. A sus juveniles 92 años, se iba de entre nosotros “El Pibe” Maggi, como hasta su muerte supieron apodarle sus innúmeros amigos. El “pibe” rioplatense refiere con tono cariñoso a un chico, un chaval, que sabe despertar el afecto de los demás. Maggi, dramaturgo, escritor, historiador, ensayista, de a ratos abogado, incansable relator y polemista, vivió con una eterna sonrisa colgada del balcón de sus labios que no era otra cosa que el fiel reflejo de un alma eternamente joven que le salía a torrentes por sus ojos pícaros y alegres. Siendo uno de nuestros más lúcidos historiadores, aunque pueda parecer una paradoja, vivió siempre con un pié en el presente solamente porque precisaba de él para lanzarse al porvenir. Allí tuvo el Pibe Maggi su más cálida morada, imaginando un Uruguay distinto, siempre mejor, siempre posible, aunque la mísera porción que el día a día le -nos- reservaba, dijera lo contrario. Ácido crítico de lo que somos, por lo que pudimos haber sido, se guardaba siempre una dosis de optimismo para un futuro que veía siempre preñado de esperanzas. Fue, junto al Profesor José Claudio Williman y al Ruso Mauricio Rosencof, blanco como “hueso de bagual” aquél, de rancia prosapia izquierdista –hombre de armas tomar- éste, en las semanales Tertulias de viernes en El Espectador, por años, la última muestra del Uruguay tolerante y democrático, liberal e incluyente, del que hoy, nos vamos quedando irremisiblemente huérfanos.
Tuve, tengo, la fortuna de haberle conocido y hasta por allí en mi Biblioteca anda alguno de sus ensayos históricos autografiado, dedicatoria puesta con su inconfundible sonrisa. La cultura se queda sin uno de sus más lúcidos protagonistas y el Uruguay de los que quedamos, en teoría los que gastamos menos años de los que llevó con elegancia hasta el día último el Pibe, se pierde a uno de sus más preciados jóvenes, capaz de pensar y actuar como si la vida no fuere un mero accidente sino el renovado desafío de Penélope por los siglos de los siglos. He aquí una réplica que, espero, a lo largo del tiempo ha de ser tanto o más fuerte que el terremoto inicial. Al Pibe Maggi permítaseme recordarle más por su haber estado, que por su silenciosa partida.
El tercer episodio, sin embargo, parece haber pasado bastante más desapercibido, lo que no puede extrañar si, como en éste caso, no refiere a una muerte sino a la premiación de una obra tan extensa como la vida misma de su artífice. Me estoy refiriendo al otorgamiento del Premio “Reina Sofía” de Poesía a Ida Vitale, poeta, ensayista, crítica literaria y profesora universitaria, de una tan extensa obra como su vida misma, noventa y un jóvenes años cumplidos. Junto con el propio Maggi, con el que fuera su primer esposo, el brillante crítico y ensayista Carlos Rama, Idea Vilariño, Emir Rodriguez Monegal, José Bergamín, Maneco Flores Mora, Carlos Quijano y tantos otros que no es justo olvidar, fue una dilecta integrante de esa Generación del 45 que aún hoy proyecta su larga sombra sobre los sufridos autores uruguayos contemporáneos.
En un país cuyo territorio se recorre de extremo a extremo en unas pocas horas y cuya población es apenas un barrio de alguna de las grandes metrópolis cercanas, un Premio Reina Sofía, como el Cervantes otorgado a Onetti por los años de 1980, debiera ser festejado como un logro bastante más importante que el cuarto puesto en un Mundial de fútbol. Sin embargo, cuesta abajo en la rodada, la cultura del país hizo un cumplido mohín ante la distinción, quizás sin poder perdonarle a la distinguida que no solamente se exilió durante la dictadura (lo que por otra parte hicieron los más conspicuos militantes del progresismo bienpensante) sino que se fue luego a vivir al Imperio, todo ello cultivando un arte personalísimo, inextricablemente comprometido con su propia sensibilidad, expresada más en el “tachar” –como ella misma explica su visión de la etapa más importante de su proceso creativo- que en el ditirámbico “decir”, alejada de obviedades que otros quisieran reivindicar para reconocerle su valor.
La patria, ese bien que nos identifica, para bien o para mal, que nos condiciona y nos reclama, también nos expulsa y es de esa expulsión donde Vitale extrae su reivindicación, dicho en sus propias palabras : “Agradezco a mi patria sus errores, / los cometidos, los que se ven venir (…) muchas gracias / por haberme llevado a caminar”
Verbum poet, vox Dei.



