Santa María del Diablo: la historia que no se había contado
Mucho se ha escrito sobre la Conquista de México, de Perú, de los territorios que hoy constituyen Sur, Centro y Norteamérica, sobre el encuentro de tres conquistadores en la Sabana de Bogotá, sobre las hazañas, fechorías, masacres, violaciones, en muchos otros territorios americanos. Incontables novelas existen sobre el descubrimiento y aventuras en el río Amazonas. Algunos escritores han escrito novelas sobre héroes infames como Ursúa (recuerdo por lo menos tres dedicadas a este villano sin par). Pero hasta ahora, que yo sepa, no se había escrito nada que no fueran las crónicas de los cronistas españoles sobre la conquista del territorio de Urabá y la fundación de Santa María del Darién.
El escritor antioqueño Gustavo Arango, a partir de la lectura de algunos libros sobre ese territorio –particularmente los dos tomos de Urabá heroico y las crónicas de Gonzalo Fernández de Oviedo- ha inventado (reinventado, revivido) una novela en verdad apasionante y curiosa en la que relata cómo llegaron las huestes de Pedrarias Dávila y Vasco Núñez de Balboa a instalarse (y disputarse) un territorio a tal punto inhóspito, que aun hoy sigue siendo casi impracticable.
El mérito de Arango es haber logrado sacar en limpio de tanta letra escrita y archivada (al final, en una adenda, nos da una lista impresionante de los libros que consultó además de los 50 volúmenes escritos por Fernández de Oviedo) una auténtica epopeya en la que los conquistadores no sólo luchan contra la naturaleza en extremo exuberante (insisto en el dato: el territorio de Urabá es tan agreste que aún hoy en día sigue siendo casi intransitable) sino contra incontables grupos indígenas y especialmente contra ellos mismos (las intrigas entre Balboa, Pedrarias Dávila y una multitud de bachilleres, tinterillos, militares, maleantes, vividores, son diabólicas, interminables, feroces y están llenas de hipocresías y traiciones, alianzas, golpes bajos).
Urabá es el sitio donde se unen las actuales Colombia y Panamá, aclaro de paso para quienes lo ignoren.
Pues en ese sitio de naturaleza infernal se fundó en 1510 la primera ciudad española en Tierra Firme en América, Santa María de la Antigua del Darién (ciudad que, según entrevista hecha al mismo Arango, llegó a tener 4 000 habitantes, al tiempo que Madrid por entonces tenía apenas 3000). Se instaló, prosperó, tuvo su tiempo de esplendor y su caída se produjo apenas pocos años después, pero antes los españoles saquearon todo el oro que pudieron, hicieron incontables masacres, barrieron con todo lo que encontraron y sucumbieron bajo sus propios vicios, dejando que la ciudad de nuevo cayera bajo el imperio de la selva, que pronto volvió a recuperar su implacable dominio sobre las obras efímeras del hombre.
Gustavo Arango, desde su refugio en la Universidad del Estado en Nueva York, en Oneonta, donde es profesor desde hace varios años, está produciendo una obra digna de respeto, de ambiciones grandes (tengo en lista de lectura Morir en Sri Lanka, finalista en el Premio Anagrama, obra en extremo voluminosa que no me atrevo a abrir antes de terminar algunos trabajos urgentes; ya leí El origen del mundo, novela que me hizo revivir mis tiempos en la Universidad de Kansas; además tiene el proceso algo que se llama El libro de la vida, obra de la que no sé nada, pero que me causa bastante inquietud, en particular porque yo estoy en proceso de terminar una serie de novelas a las que he llamado, pre-ci-sa-mente El libro de la vida).
No me extraña en absoluto la nube de silencio que ha envuelto la obra de Arango en los cenáculos bogotanos, desde donde se manejan las cuerdas mediáticas y se coronan fugaces y endebles genios literarios uno tras otro. Tarde o temprano caerán bajo el imperio de la calidad del trabajo de Arango. No olvido una frase que me dijo García Márquez: “Si escribes bien tarde o temprano llegarán los editores a pedirte de rodillas tus libros”.
Y sin duda, pienso que pronto caeré bajo el imperio de ese libro gordo que está sobre mi mesita de noche: Morir en Sri Lanka.
