Hace unos años planifiqué un corto viaje a Italia. Sería el viaje de familia en verano. Las ciudades escogidas de acuerdo a nuestro interés y presupuesto fueron Roma, Florencia y Venecia. Cuando se lo conté a un amigo, lo primero que me dijo fue que llevara una libreta y tomara nota de todo, que escribiera unas crónicas o llevara un diario. Como me pareció una buena idea, para ello me conseguí una libreta de tapa dura color verde. La tengo ahora mismo frente a mí. lo que veo es que ese pretendido diario tiene solamente cinco entradas. La primera anuncia con entusiasmo el día de la partida. Esa nota la escribí durante el vuelo a Venecia. También consigno que, para distraer a Andrea, quien contaba con ocho años en ese entonces, le había prestado la misma libreta porque ella, de pronto, había decidido igualmente llevar un carnet de voyage. Lo digo en francés porque fue lo que me dijo ella que iba a hacer. No recuerdo si fue por un acuerdo o por iniciativa de ella, pero sus notas y dibujos las inició desde el otro lado de la libreta. Seguramente nos dijimos -o pensé yo- que nuestros escritos se iban a unir en medio de la libreta. Ella inicia con unos dibujos. Somos nosotros, su familia, en versión de familia elfe. Aparece en orden Elfe Verónica, Elfe Ricardo, Elfe Mity (la gata), Elfe Carmen y Elfe Andrea. Luego alterna textos y otros dibujos. Se lamenta, por ejemplo, de que no hayamos llevado a la gata en el viaje. Luego habla de su emoción al ver las nubes desde la ventana del avión. Así continua su lado de la libreta. Incluso hay cartas a sus amigos de escuela. Me detengo, sin embargo, en una página en la que hay dibujado un pez. Debajo de este pez está escrito por mano de Andrea: “Dans cet histoire il y a 45 personnages”. A continuación puebla las páginas con personajes que se inventa y les crea escenas independientes unas de otras. No hay 45 personajes, pero a su edad creo que le importaría muy poco. Ella sólo se divertía haciéndolo.
Vuelvo a mis otras entradas en la libreta y no encuentro ni una sola descripción de los lugares visitados. Sólo digo escuetamente que tal lugar me fascinó y tal otro me deslumbró. Nada importante. La entrada más amplia es la cuarta; en la que digo que volvemos de una prolongada caminata por las calles de Venecia. No hablo de la ciudad, sino digo que en el tren que nos trae de vuelta mis hijas y Carmen se han quedado dormidas; que Andrea tiene la boca ligeramente entreabierta, que la larga cabellera negra de Verónica le cubre el rostro, que Carmen las sujeta a ambas e intenta estar erguida, sin conseguirlo.
En la última y quinta entrada me lamento y asumo, una vez más, que no sé llevar diarios. Y que tampoco soy capaz de escribir crónicas en las que se dan amplias descripciones de los lugares y se descubre el pulso de lo observado a partir de datos ocultos a simple vista. No es algo que me cause malestar. No ahora. No hace mucho leí una correspondencia entre Paul Auster y J.M. Coetzee, en la que el primero le pedía al otro que le contara sus viajes. Coetzee le responde disculpándose de no estar a la altura de lo solicitado. Le precisa a Auster que para él existen los cronistas de viajes natos, que son aquellos quienes suelen estar a la caza de lo que hace distinto y particular a un lugar. A esto último Coetzee lo llama las señales de la diferencia. Él, por el contrario, se define –en realidad, por modestia, lo plantea como una pregunta- como un cronista del antiviaje, aquel que sólo se satisface con las señales de la monotonía. A mi parecer, Coetzee sabe muy bien la importancia de esta mirada hacia la monotonía, porque allí donde podemos creer que no hay nada importante, puede haber 45 personajes.
