El 3 de diciembre de 1881, José Martí publica en La pluma de Bogotá una crónica titulada “Coney Island”. Yo la leí más de cien años después, cuando descubrí a los grandes cronistas cronistas latinoamericanos—García Márquez, Poniatowska, Monsivaís, Lemebel—y me volví insaciable lector de esa maravillosa forma escritural, híbrido entre el periodismo y la narrativa literaria. Hace unos doce años enseñe mi primer curso de crónica, y como precursores incluí textos de Rubén Darío y Martí, incluyendo “Coney Island”.
Cuando fui a La Habana en el año 2001, encontré en las ventas de libros usados uno titulado Escenas extraordinarias. Es una edición ilustrada de Editorial Gente Nueva, de 1990. El libro es una selección de crónicas de las que aparecen en Escenas norteamericanas, y tiene como portada una ilustración curiosa: Es un primer plano de la cabeza de la Estatua de la Libertad, y enredada en su corona hay un ser fantástico—entre el dragón y la serpiente—que no se muestra amenazante, sino más bien curioso, como si fuera una criatura de otro mundo, o quizás más bien de otra época, que ha descendido por azar sobre la estatua y desea bajar a tierra. Si el propósito de la portada era jugar con la idea de Estados Unidos como promesa y amenaza, lo logra a medias, pues persiste en la imagen la tensión entre la distancia de la crítica y una inevitable fascinación. Lo mismo ocurre con los escritos de Martí, y “Coney Island” es un buen ejemplo de ello.
Como otros textos sobre Estados Unidos, la crónica abre con un tono celebratorio e irónico, señalando que la prosperidad americana es sinónimo de superficialidad. Contrasta unos valores que define como hispanoamericanos—espiritualidad, sacrificio, dolor común—con los de interés común, falta de un “corazón sensible” y de un ideal que no sea materialista. Luego se dedica a explorar Coney Island, un lugar de recreo que había surgido de “un montón de tierra abandonado hace cuatro años [hacia 1877]”, y que ahora está lleno de hoteles, exhibiciones de seres monstruosos y grandes salones de baile. En otras palabras, la decadencia moral americana se refleja con toda su fuerza en cómo y dónde la gente se divierte, en la “exagerada disposición a la alegría” del norteamericano, que no corresponde con la sensibilidad, con la “profundidad de espíritu” de otros pueblos, ese “demonio interior que [nos] empuja a [alcanzar] un ideal de amor o gloria”. Pero no solamente la frivolidad es la seña identitaria que molesta a Martí. Lo es también el mal gusto, la tendencia a preferir la abundancia en vez de la calidad: “Aquellas gentes comen cantidad; nosotros clase”. También le molestan las relajadas costumbres de las mujeres, “casadas sin marido”, o las madres que abandonan a sus hijos en brazos de las nodrizas (irlandesas en esas épocas) para echarse a la calle.
Cada vez que leo “Coney Island” pienso si no habría cierta envidia en Martí. Quizás a él le tocaba, como a las familias más pobres, llevar su almuerzo y sentarse en las largas mesas que los hoteles elegantes ponían a disposición de quienes los necesitaran; o quizás esas señoras tan liberadas no le jugarían el juego al seductor cubano; o simplemente Martí no lograba dejarse ir, entrar al mar, jugar con la arena o seguir las reglas de los entretenimientos de feria que ofrecía el lugar. En su crónica, al escritor cubano se le escapa reflexionar en profundidad sobre cómo gente de diversos grupos se junta y comparte. No quiere ver, por ejemplo, que Coney Island ofrece un escape a los rigores de la ciudad, y que laspersonas, en su mayoría, pueden ser felices con muy poco, o que los goces elevados del alma muchas veces representan solamente a un pequeño grupo, a una élite.
A lo largo del siglo XX, Coney Island fue decayendo, algo que también parece ser muy americano. Desaparecieron los grandes hoteles, y la gente buscó refugio de las demandas de la ciudad en otros lugares. No fue hace mucho que el paseo frente a la playa se reconstruyó, que volvieron las diversiones de feria y los restaurantes. Dudo que alguien vaya ahora en barco, y el tren ha sido sustituido por el metro. Tuve la oportunidad de visitar el lugar hace apenas unas semanas, y aunque recordaba bien el tono de la crónica de Martí no pude ver lo que él vio. Es cierto que los juegos (actualizados según nuestros tiempos) estaban ahí; es cierto que la gente trataba en masa de disfrutar de la playa, y que los clientes hacían fila ante la puerta de los restaurantes de ciertas celebridades del cine. Pero yo no encontré la falta de espíritu de la crítica martiana, sino gente de muchas razas y etnias tratando de matar el día con algo que estuviera al alcance de su bolsillo. Vi a los bañistas haciendo lo posible por gozar una playa realmente fea, sin árboles ni sombra alguna, donde un viento frío levantaba tanta arena que a la distancia parecía que nos envolvía la niebla. ¿Quién viene ahora a Coney Island?, le pregunté a mis anfitriones. La respuesta fue que fundamentalmente eran locales, gente de Manhattan, Brooklyn y Queens, esa clase media que sostiene ideológicamente el imaginario estadounidense para bien y para mal. Si tuviera que identificar una multitud más próxima a la frivolidad que tanto molestaba a Martí, yo no pensaría en Coney Island sino en Times Square, donde las multitudes se agolpan para simplemente estar rodeadas de las enormes marquesinas, las pantallas por donde circulan imágenes a un ritmo que marea, y donde hay muy poco que ver aparte de un paisaje urbano apabullante, muestra de un poderío económico que es difícil de entender. Coney Island, por el contrario, me recordó Puntarenas, la pequeña ciudad portuaria de las vacaciones de mi niñez, cuando salíamos de madrugada a tomar el primer tren y nos metíamos a hoteles de putas para cambiarnos luego cruzar la calle en dirección a la playa.
El escritor cubanoamericano Gustavo Pérez Firmat publicó “Tres poemas martianos”, parodias de la famosa: “viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David”. Creo que el primer poema es el más popular:
Conozco al monstruo,
he vivido en sus entrañas.
Saben bien.
Yo muchas veces no estoy seguro de si me gusta el sabor de esas entrañas, pues como Martí defiendo mi diferencia. Al contrario del poeta cubano, no creo en virtudes por oposición, ni en una América Latina que es, por definición, mejor que Estados Unidos. Por algo hay tantos inmigrantes y expatriados en el norte que vienen de nuestra región. Yo, por el contrario, me identifico más con el segundo poema de Pérez Firmat:
Conozco al monstruo,
he vivido en sus entrañas.
Yo también soy un monstruo.
