Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(VI)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

Los ardores de Donna Maradona

(Segunda de dos partes)

 

Tras el limpio fracaso con la adolescente y perversa Ratita, a la que sedujo (o más bien por la que fue seducido y abandonado en pleno estropicio de amor) el Doctor Amóribus afronta un caso difícil: vulnerar la insufrible doncellez de una elefantiásica entidad en un baño de vapor).

 

II.8

Como buen macho, el amoroso comenzó a impacientar­se, en diciéndose que si la hembra frondosa seguía trave­seando con su mosquete, tarde o temprano iba a disparar con las conse­cuencias terribles de que la mujer, acaso frustrada en sus expectativas de fornicio pri­mero, legal e inmiscuido, orgasmo clitórico y vaginal sin disculpas o desviaciones, se enojase e utilizara sus doscientos o más kilos para agredirlo intentando que él le fregara con el tontón la ton­taina, ya sea montándola o montándose, lo que terrible sería, pues dos placeres o alivios se aparejarían, el de la venida y el de que hiciera el horrendo favor de quitarse de encima.

Por todo ello el Doctor Angélico, convertido agora en San Benito del Amor, que no redimiría negritos africanos o indios cunas sino gordota tontaina en baño ejecutivo, decidió buscar­le el ángulo, acomodarla, encontrarle el lado correcto, manejarla con cuidado con el objetivo obví­simo de invo­lu­crarla a fondo, pero la hem­bra, sin duda de la especie mostriloi­de, no gustó para nada de tales manifesta­ciones y trasteos, que tenía su digni­dad y su cuerpo no era mueble para empujarlo de tal manera y en lugar de pro­piciar el ayun­ta­miento, lo que hizo fue imitar los empu­jo­nes, que amparados en la ley de la gravitación uni­ver­sal, lleva­ron al victi­mado monjito a caer cinco metros más allá, adonde se allegó la gordota con más celeridad de la imagi­nable, para proceder a un segundo empujón, más vigo­roso que el primero, y al segundo empujón siguió otro y luego otro, de modo que pronto el asombrado consejero espiri­tual comenzó a escurrir la sustan­cia de la vida por heri­das muy bien dispuestas y la elefanta mari­na iba pasando  de la risita a la risota, a la car­cajada, al grito libertario y vengativo.

 

II.9

Cobarde sobremanera hubiese sido que Amado comenzara a gri­tar. Sin duda hubiese sido más fácil y expedito. Pronto hubieran arrimado los guardianes del inmoral orden. Pero el técnico del amor, que conocía sus responsabilidades y los riesgos a que se exponía  con el desfogue de sus impulsos, concluyó que no iba a dejarse vencer por el volumen, pues que la calidad de su amoro­so continente había hecho calmar a bestias más tenebrosas y re­cor­dó la sentencia aquella de que

monstruos terribles hay en la tie­rra y en el mar, pero  ninguno como la mujer

y muni­do con ésta y otras razones buscó la forma de resolver el conflicto, pues cada mujer tiene su punto flaco y cada problema matemático su incóg­ni­ta y su desaguadero, que en unas es la poesía y en otras el ha­cerse el desvalido y en otras el convertirse en fiera y en otras hablarles de escri­tores famosos o de películas buení­simas con final triste. Y mientras iba de un lado a otro empujado por Donna Maradonna, el sufridísimo se devanaba los sesos buscando el lado flaco de aquel en­gendro, que re­sultó ser, y lo supo el atribulado como por ilumina­ción, el llamarla como gatito.

 

II.10

-Ven acá minina, pst, pst.

Con lo que permaneció quieta y su gesto de crueldad se fue re­blandeciendo y en vez de agre­dir, la hembra se dedicó a posar y luego, despata­rrada, ense­ñando el fulgor bermejo de su cara­cola, jugó con sus atribu­tos mamila­res echándo­selos al hombro y luego apri­sionándolos entre las piernas, y el paté­tico seguía psst, psst, al tiempo que pensaba que todo ser huma­no es como una com­putadora que de vez en cuando se desboca y hay que buscarle la tecla para que deje de estar haciendo lo que obsesi­vamente hace.

-P­ssst, psst, minina.

Y la mujer hacía una cabriola, y se ponía de perri­ta haciendo pipí y en su ros­tro crecía una furia de expectati­va, que el ecléc­tico supo desci­frar: quiere aplau­sos: pues aplau­sos lo dio.

Y ante los aplausos Donna Maradonna reaccionó de una forma perfectamente normal: paró en seco sus visajes y sus poses, de la misma forma que se detiene una computadora cuando le dan la tecla de control.

A partir de ese punto el capitán ya no supo qué hacer. Si volver a susurrarle psst, pssst, para que renovara sus esperpen­tos, o hacerle un nuevo acercamiento, más cari­ñoso y medido, en busca de sus zonas de erosión sentimental, o de plano hablarle de forma más racional exponiéndole algún tema de altura o simple­men­te ofreciéndole servicios de consultoría sentimental y/o erótica.

Por lo pronto tenía a Donna Maradonna inmovilizada, casi sin aliento, a la espera de la próxima movida.

Y de pronto se le alumbró el foco de las emergencias y optó por contarle cuentos de hadas muy particulares, donde todos los pro­tagonistas en lugar de acometer hazañas y matar en­driagos, se dedica­ban a desha­cer donce­llas, una tras otra, apelando siempre al uso de la sana imaginación y el más grande cinismo. Las donce­llas y las princesas –obesas en todos los casos–  resulta­ban más atre­vidas y feroces que los príncipes cabal­gantes, a quie­nes espera­ban desguarne­cidas del calzón y equipadas con una serie de apara­tos de placer y felicidad que  termi­naban por dejar a los nobles caballeros desfa­llecidos y escarmen­ta­dos, si no despellejados y luidos.

 

II.11

Donna Maradonna a medida que las  historias aumentaban en color y amenidad, se le fue acercando de nuevo al amantí­simo, sin usar su facultad humana de caminar erecta y sobre las plantas de los pies, sino reptando de la especialí­sima manera en que lo hacen los tlaconetes y se le terminó por adjun­tar de forma en exceso con­fianzuda, lo que por un lado hizo sen­tir muy bien al con­sultor de asuntos eróticos y sentimentales, ya que lo per­suadía de que sus dotes de seductor, tan necesarias para llenar a cabalidad su oficio sin defraudar a criatura a­tribulada alguna, y por otra comen­zó a preocuparlo, puesto que se vio rodeado por un aroma que le recordaba la chicharro­niza, la enorme paila con los trozos de cochino desollado, una especie de vaho entre aperitivo y nauseabundo, que salía en oleadas de ese magno cuerpo en celo y sus opulentos senos hallaron des­canso en el regazo del apoplé­tico  y las pupilas de sus pezones extra­or­di­na­rios hicie­ron bizco para mirar al cabe­zón sin orejas que se aso­maba tímida, pero intrépidamente, pues sabía que la labor que iba a emprender, para honra, prez y alta gloria de su fama, sería com­parable a la de Da­vid: tendría que sedu­cir, vencer, derrotar, agotar y agobiar hasta dejar desfa­lle­cida a aquella homérica monta­ña de suspiros. Su proeza sería comparable a la de quie­nes derribaron con sólo trom­petas y buen pulmón las mura­llas de Jericó o erigieron a puro sudor y lágrimas la Gran Muralla China.

 

II.12

El asunto había llegado a tal extremo y sinrazón, que no habría otra salida del labe­rinto sino acometer la puerta con el ariete, nada, nada de irse por las ramas y desanudar madeja, sólo llegar directo como aspirina al corazón –Joaquín Gutiérrez, ínclito poeta de nuestra parroquia, dixit–, a las entrañas de aquel te­rri­torio inhóspito: sería necesario buscarle la cuadratura a aquel huevo de tiranosaurio y se­guir el desfiladero que lleva­ría a Damasco y la ruta propi­cia para rasparle el fondo del ánimo y sembrar en la tie­rra de  las especies de las entre­telas menos espacio­sas de la doncella el mejor elíxir de larga vida. El graví­simo pro­ble­ma –atribuible del todo a la falta de expe­rien­cia del profesional del amor en asun­tos de trato con pacien­tes o señoras de más de doscientos kilos– era el siguiente: ¿Sería el yucateco caballero capaz de trasgredir los umbra­les de labios mayores, menores e intermedios, después de haberse quitado cor­tésmente la chistera, para llenar caver­nas que no por inexplora­das debían de ser poco anchurosas? ¿Al­canzaría el volumen indis­pen­sable para hacer tremolar la campanita de la alegría que toda mujer con más de tres dedo de coño y aun menos, tiene colgando del campanario y paladar ameno?

Es sabido que dudas y preguntas no caben demasiado en situa­ciones como la que afrontaba el hético –quién no recuerda que Don Quijote, Gargantúa, el Divino Marqués  y otros valientes y desafo­rados, ofrecen ejemplos de cómo librar tamaños escollos– y que lo pertinente era recurrir a una praxis más guiada por el instinto que por sesudas lucu­braciones.

Por encima y más allá de la pluma olímpica describir el embro­llo y mos­tren­cos lle­gues y retira­das, aco­meti­das que sólo al­canzaron cami­nos sin salida avergonzan­tes, por encima y más allá de toda imaginación pretender dar fe de lo que estaba suce­dien­do; lo que se pone en el papel es re­flejo distante, enga­ño, embe­leco, sombra chi­nesca,  y todo ello llevó a lo que po­dría en­tenderse como un triun­fo más del aman­tísimo, o acaso un fracaso, nadie sabe bien a bien qué es la verdad y dónde reside el bien y dónde el mal: una íngrima gotita de ber­me­llón líquido cayó sobre el blanco mosaico, acompañada por un grito, que fue maulli­do, bali­do, ester­tor, arran­cando lento y piadoso y angustiante ­como una sire­na a la dis­tancia y fue aumen­tando, hasta termi­nar en una alarido desga­rrado y ate­rrador como de ruptura final del velo del templo, para entregar a Donna Maradon­na a la paz que ni siquiera pudo disfrutar y a Amado a la satisfac­ción del deber cumpli­do, que fue breve, pues entraron una suerte de  caba­lleros vestidos con galas ejecutivas y guardaespaldas y sir­vien­tas de cofia, que se lle­varon a Donna sin dejar de hacer reveren­cias y lanzar sonrisas a Amado y agrade­ci­mientos, que no fueron sólo eso, sino monedas contan­tes y sonan­tes, dentro de un  sobre plástico, un elegantísi­mo cheque con seis ceros y apenas el espacio en blanco para colocar el núme­ro corres­pon­diente, y ¡ah cortesía y pre­visión!, una pluma fuente Pericot-Malu­quier, con oro y marfil, que era sin duda la misma con que se había escrito la parte más vana pero signi­ficativa del cheque.

 

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.