La casa blanca

Cuento

Gonzalo Menéndez González

gonzalo-menendez-gonzalez-cuento.otrolunes37Gonzalo Menéndez González (Panamá, 2 de mayo de 1960). Licenciado en Geoquímica por la Universidad Central de Venezuela. Estudió Maestrías y Postgrados en Gestión Ambiental en la Universidad de Panamá y en la Technische Universität Dresden, TUD (Alemania). Obtuvo Maestría en Gestión de Procesos Empresariales de la Universidad Interamericana. Ha dedicado su labor profesional a la gestión ambiental, tanto en el campo público como privado. En la actualidad ocupa la posición de Gerente ambiental del Proyecto Tercer Juego de Esclusas del Canal de Panamá, Sector Pacífico, a cargo de la empresa GUPC.

Escribió por varios años en The Panama News artículos de corte variado, desde opinión hasta entrevistas a personajes de interés. La labor constante en un taller literario dirigido por el reconocido escritor Carlos Fong, le ha permitido disciplina literaria. En diciembre de 2010, le es otorgado el Premio Signos de Minicuento “Rafael De León-Jones” con El Síndrome y otros cuentos.

Algunos de sus cuentos han sido publicados en la revista MAGA (UTP, Junio 2011), y en el suplemento cultural Día D del diario Panamá América. Comparte una publicación colectiva llamada Isla en una Isla, de poetas iberoamericanos, publicada por Latin Heritage Foundation (USA, 2011). La publicación Tiempo al tiempo (UTP, 2012) realizada por el escritor Enrique Jaramillo Levi, incluye su cuento “La Redención de Caraecrimen”. Cursó el Diplomado de Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá (2011). Obtuvo el Premio Nacional de Cuentos José María Sánchez 2012 con el libro Mirada de mar. Otro galardón obtenido recientemente es el Premio Centroamericano Rogelio Sinán (Cuento) 2013 con el libro La tos, La Tiza y Tusó. Menéndez González es compilador del libro colectivo Más que ContARTE (en imprenta) cuyos autores tienen la particularidad de haber egresado del Diplomado en Creación Literaria de la UTP. En dicha publicación, presenta un cuento inédito “Medarda”.

 

*****

 

Se veía claramente que se acercaba la patrullera a toda velocidad. Venía cortando a navajazos las encrespadas aguas de la isla Jicarón. Mientras, en la lancha El Nene, Jairo Restrepo disfrutaba a todo volumen una canción de los hermanos Zuleta, un vallenato pegajoso, curiosa mezcla de acordeón y sonidos de balazos en homenaje a los pueblos en manos de los paramilitares. Ese vallenato era casi obligatorio entre los narcos.  La lancha estaba acondicionada para viajar rápido, aunque desde lejos no pareciese más que una gran caja blindada.

¡Vivan los paracos, carajo!- gritaba Jairo a todo pulmón.

Sin que se diera cuenta a tiempo, la patrullera se fue acercando. Una ráfaga de disparos de alto calibre le hizo reaccionar y con ello, se dio inicio a una huida desesperada. En las artes de escabullirse, era un verdadero mago. Dio vueltas por todos lados. Ganaba tiempo y distancia gracias a su poderosa nave. Aún así, los perseguidores no renunciaban a su captura, y se aproximaban cada vez más. Ya casi en manos de los militares, no tuvo otra opción que abandonar rápidamente la lancha. Se zambulló en una pequeña bahía y nadó hasta la costa suroeste de la isla de Coiba.

-Déjelo,  mi teniente. A ese pobre infeliz, la selva se lo comerá vivo, o llegará de vuelta pidiendo perdón y escupiendo sangre y pus. No ve que con los tiburones y los zancudos no se juega, jajaja…- aseguró el cabo Martínez, quien conocía muy bien la selva de la isla. Sabía que tras salvarse de los tiburones, nada bueno le podría suceder en tierra firme al escapista.

 

La patrulla suspendió la persecución y se dispuso a incautar la lancha con la droga. Mientras, asustado,  Jairo trepaba entre la maraña de los filosos mangles, cortándose y arañándose sin piedad, manos y pies. Un ardiente sol  le empezaba a freír la piel. Era un mono huyendo de sus captores. Tenía la convicción de salir bien librado del Servicio de Fronteras. Pero se abría a sus ojos un panorama sombrío y riesgoso. Conocía los manglares. Sabía que podría escurrirse en su crucigrama vegetal. Y así lo  hizo. Pero, le aguardaba la selva.

A media tarde alcanzó una zona de humedales sin manglares, pero de olores fétidos y barro gris, donde cada paso era una tortura. Se hundía casi hasta la cintura en aquel laberinto de lodo, metano y hongos. Respirar en esa masa húmeda, requería un esfuerzo adicional. La selva iniciaba su tarea de destrucción. Una destrucción física y mental. A él nada lo asustaba. Confiaba en su habilidad para salir bien parado nuevamente. Sin embargo, en esta ocasión, sentía que alguien le seguía sus pasos. Eso lo tenía inquieto. Miraba en todas direcciones y no había nadie.

La noche cayó inclemente. Sin linterna ni cuchillo, lo único que atinó a improvisar fue un refugio de tres ramas cruzadas sobre el suelo. Montado sobre ellas, evitaría la humedad y algunos animales nocturnos. Los sonidos de la selva emergieron de golpe. En medio de una oscuridad total,  las aves de la noche iniciaron su actividad. Un viento sordo le soplaba los oídos. Los zancudos y otros insectos hambrientos, le succionaban las heridas. Cubrió su cara con ambas manos. Un ronco y lejano sonido lo alertó. Ese sonido sólo lo había escuchado una vez en su vida, y era espeluznante. Se trataba de un jaguar roncando a lo lejos. Sabía que era asunto de un par de días antes de que el solitario animal lo alcanzara.

Una sombra tenue se cruzó por detrás de unos arbustos espinosos. Jairo la sintió, pero no le prestó atención. Por ahora superar la noche era su objetivo. Tendría que dominar el miedo y la angustia. Sabía que los militares no entrarían a la selva a buscarlo, pero le preocupaba cómo haría para salir vivo.

En la madrugada, casi cayéndose de la empalizada, Jairo escuchó claramente,  muy cerca de su oído, un llamado de auxilio, un grito desgarrador. Luego, un silencio total se aplanó sobre las sombras grisáceas. Amanecía. No tenía claro si lo había oído o imaginado.

-Coño, ¿y esa vaina?- se preguntó asustado.

-Si es la Tulivieja, ¡pues que venga! A esa no le temo tampoco- Pero, ese grito era de hombre. -Me recuerda el del marido de Petra en el Guaviare, cuando por soplón, Sultán le arrancó la lengua con una pinza. Vaina pa’ fea.

Con la llegada de las luces, se dispersaron las sombras. Manos, rostro, pies hinchados y llagados era el balance de la primera jornada. Nada  alentador, para quien esperaba escapar ileso.

 

El siguiente día fue un acto repetido en cámara lenta. Con pies y manos casi destrozados, era poco lo que podía avanzar. Las horas se deslizaron en la selva. El sol no era referencia, ya que había tan solo claridad. No brillos. No destellos. Sólo luz para percibir los diferentes tonos de verde y gris. Pedazos de plantas y algunos insectos le sirvieron de dieta ese día. Como consecuencia, unos cólicos de parto le doblaron en dos. Esta vez y sin poder siquiera bajarse los pantalones, un chorro nauseabundo le empapó las piernas y lo condenó a ser el destino de cuanta mosca grande o pequeña volara en los alrededores. No resistía ni su propia hediondez. Tirado en el suelo, aún doblado en dos, la tarde le cayó sin darse cuenta. Siguió un buen rato tirado como un paquete en el lodo. Casi emitió un grito de horror al ver frente a sí, a nivel de su rostro, dos cráneos fracturados y secos. Uno con dientes rajados y otro sin ellos. A unos metros, se veía el resto de los esqueletos. No cabía duda de que se trataba de decapitados. Él conocía de aquello.

La selva empezaba a pelar los colmillos. Recordaba que Coiba había sido una colonia penal, y que los presidiarios tenían derecho a cultivar, lidiar ganado, y hasta pescar, pues había la certeza de que nadie escaparía de esa isla del diablo. Esos cráneos eran más recientes de lo que Jairo pensaba. Una nube de moscas azules y violetas le zumbaba en los oídos. Tábanos inmensos le perforaban la ropa y la piel para inyectar sus gusanos. De manera silenciosa esas enormes moscas se daban turnos para agujerear un cuerpo extremadamente agotado.

Aún en posición fetal y mirando los cráneos, Jairo vio salir las estrellas entre la ramazón, y nuevamente, una fiesta nocturna de sonidos e insectos fugaces iniciaba con toda su algarabía. Sus manos ardían de picaduras y casi sentía larvas crecer en su interior. La tierra pastosa en la cual apoyaba la cara, era una crema húmeda fétida. La tocó y la amasó por inercia, mientras reflexionaba. Pensaba en su perro. Era de lo poco que aún quería.  Una sombra se escudó tras un árbol. Jairo tan sólo vio algo raro. Luego, un grito desgarrador cercano lo sacudió. Un caballo corriendo y más gritos parecían dar vueltas a lo lejos, iban y venían. Pero, ¡no había potreros cercanos! Y no se veía a nadie. Los gritos continuaron. Gritos y más gritos. Lamentos convertidos en alaridos de clemencia, sin duda de un hombre muriendo y otro burlándose del primero. Jairo estaba nervioso, muy asustado. La sombra se movió cerca de él. ¡Allí estaba! Era el torso de un hombre desnudo, sangrando. Un hombre sin rostro. Otro a caballo reía a carcajadas mientras se alejaba arrastrando unas cadenas. Los cascos y las risas sonaron inútilmente, pues un desmayo oportuno salvó a Jairo de mayores horrores esa noche.

Al despertar con las luces del día, y con un atisbo de mayor lucidez, trató de olvidar la escena de terror. No sabía si había sido un delirio, cansancio o qué.  Se propuso salir pronto de allí. Aguzó sus sentidos y distinguió a lo lejos una casa blanca de madera en una colina. Era una casa señorial venida a menos. También logró reconocer cerca de la casa, unas ruinas, unas paredes aún en pie. Se propuso alcanzar alguno de esos lugares. No soportaría a la intemperie más noches de tinieblas y aparecidos.

A causa de su debilidad, era poco lo que podía avanzar. Casi no caminaba, reptaba como un soldado herido que busca seguridad en una trinchera. El día con su mezcla de calor sofocante y humedad, le ganó la partida. Recostado contra una piedra, se durmió cuando la tarde aún se quemaba con su maravilla dorada. Un par de horas le duró el sueño. Despertó en una mezcla de borrachera y hambre. Otra noche oscura se precipitaba desde el mar. Sin fuerzas y con mucha sed, permanecía recostado mirando la casa blanca como quien mira un castillo encallado en un banco de arrecifes. También veía más abajo, cerca de la base del cerro, las ruinas de aquella construcción grisácea, acabada por el tiempo. Era curioso, aunque tenía claro que podría encontrar ayuda en aquella casa, un pálpito en su interior le guiaba hacia las ruinas, encontrándolas más seguras y más cercanas. Si algo le había funcionado bien en  su vida, eran las intuiciones, y las ruinas parecían ser un buen refugio. En esas meditaciones se encontraba cuando la noche oscura y el cansancio lo vencieron con la parsimonia de lo inevitable. Seguía tirado en medio de la nada, arropándose de tenues y lejanas estrellas. Dormía con respiración pastosa. Llevaba algunas horas así, cuando se dobló de un salto. Una vibración subterránea lo remeció. Era como un temblor. Sólo lo sintió él. Todo a su alrededor permanecía igual, quieto, o al menos eso parecía. No comprendía lo que ocurría en esa nada oscura que lo envolvía todo. Tan solo quería dormir. Esta vez no había luciérnagas ni cocuyos, sólo la negra noche con sus sustos. Jairo se dejó escurrir fundido por el cansancio. Otra vez se durmió. Los quejidos y los gritos de horror tras los árboles cercanos, le rondaron hasta la madrugada. La noche fue una mezcla de tules, hojas y sombras que se aparecían, que se ocultaban, corrían, y él, ausente entre la realidad, los sueños y los delirios.

La mañana llegó con un halo dorado de esperanzas. Jairo, hinchado y con pocas fuerzas se movía con dificultad, pero con mucha determinación. Le costaba ver. Sus ojos estaban casi cerrados. Sentía moverse bajo la piel de la espalda, unos gusanillos que ya no le dolían. Ya no le preocupaban. Tras largas horas de penurias, llegó a las ruinas. En la entrada principal, aún se podía leer en concreto sobre relieve, Penitenciaría. Se echó al suelo, pesado como un fardo. Sus ropas eran vestigios de lo que alguna vez fueron un pantalón de calidad y una camisa de marca.

 

– Mi teniente, yo creo que a ese maldito ya se lo comió el monte-, decía con desparpajo el cabo Martínez.  El teniente miraba sin responder. Pero sí lo hizo el viejo Phillips, quien se recostó en la silla mecedora.

-Mire, cabo, no hable así. Usted no conoce. Es cierto que nadie se ha salvado. Es cierto, que los gusanos se van a dar fiesta con sus restos si no usa la cabeza. Tal como dice, yo no conozco a nadie que haya salido con vida por sus medios de esta isla. Y mire que yo tengo muchos años de conocerla. Mire, por aquí vi pasar políticos en los setenta, los que fueron torturados y los que no. A otros nunca los vi, pero ahí están sus cruces sin nombres. Esas almas merecen descanso. Usted sabe, ahora se puede hablar de ello. En aquella época, sólo había que obedecer al General. Las entregas desde Puerto Mutis, eran casi diarias. El penal estaba repleto. Había muchachos y viejos. Recuerdo a ese que llamaban Britton. Estuvo encerrado con el poeta Menéndez Franco. Era una juventud reacia, rebelde -decía con nostalgia el viejo Phillips- Era la gente del Tute y de las universidades. Gente de pueblo que creía en las ideas. No como ahora.

-¿Y qué hacía usted allí? Viejo -preguntó con sarcasmo el teniente.

-Bueno, mire, sé lo que está pensando, pero déjeme decirle que yo no soy hombre de maldad. Yo me debo a mi iglesia. Nunca vi con buenos ojos esa barbarie. Aún recuerdo los gritos de Britton. Al pobre lo arrastraron allá, donde hay un potrero cerca de la pista. Ese hombre lloraba y gritaba. Nadie durmió esa noche. Lo que más nos indignaba era la risa del Loco Orejita. Ese hombre no tenía alma. Yo no lo vi, pero sí lo escuché. Todos lo hicimos. Orejita lo arrastró a caballo hasta que el pobre no pudo más. Él gritaba al final los nombres de sus amigos del Tute. Dicen que lo remataron de un tajo de machete, como a un puerco. Nunca más lo vimos. Fue triste aquello. Es cierto que eran comunistas, pero eran buenos muchachos. No merecían esa muerte cruel.

-Aún no me responde,  Phillips. ¿Qué hacía usted aquí? -reiteró el militar.

-Bueno, yo hacía de todo, pero básicamente, cocinaba en la Casa Blanca.

 

Jairo se durmió recostado a una pared verdosa de limos y helechos. El saberse en esa estructura lo hizo sentir mejor. Se podría decir que había recuperado algo de confianza. Tenía paredes, pero no techo. Era un albergue de todas formas.  Se quedó dormido rápidamente. Quien lo viese, aseguraría que soñaba como un niño.

De pronto, una sombra cruzó el camino. Una carcajada burlona interrumpió la noche. Era una risotada llena de aire y fuerza que sacudió las esquinas polvorientas de las ruinas. Las hojas de los helechos que colgaban de las paredes se balanceaban en una danza macabra. Los árboles de los alrededores eran estremecidos ferozmente. A lo lejos se percibía una calma total, pero allí, vientos fríos y ráfagas se estrellaban contra las paredes. La sombra tenue se cruzó varias veces frente a la puerta. Unas cadenas y un caballo corrían escandalosamente. De repente, gotas de lluvia golpeaban con furia los suelos. Una neblina se movía de lado a lado. Empezaron lamentos a esparcirse como ecos, como llantos añejos. Lamentos y aullidos casi imperceptibles en medio de un viento de ráfagas se cruzaban por el pasillo y los restos de celdas.

-Madre mía- reflexionaba el narcotraficante casi llorando– sabes que nunca quise hacer daño a nadie. ¡Madre mía,  ayúdame! ¡Sácame de este infierno! Acaba con la maldición de esta isla. ¡Padre celestial, perdóname y llévame a la vida de nuevo! Padre nuestro, padre nuestro, ¡Paaaadre!

Los escalofríos y temblores no cesaban. Jairo rezaba e imploraba a gritos. Un desfile de sombras se paseaba frente a él. Pasaron unos hombres embarrados de lodo que fueron enterrados vivos luego de una conspiración contra Noriega. Lloraban para que los trasladaran de la temida celda de entierro El Machete. Que los lanzaran al agua, que los fusilaran, pero que no los enterraran más. Se marcharon tal como llegaron. Luego fueron los ladridos. Sesenta perros flacuchentos antecedían a Papete, un antillano que brillaba con sus dientes de oro en la puerta del penal y que ya era parte de la isla. La jauría era su escudo. Papete celebraba su eternidad con un trago de agua de pipa fermentada. Le ofreció uno a Jairo. Un tufo añejo de vinagre quedó flotando en su lugar, al tiempo que las sombras se lo comían junto con sus perros.

Aún resonaban los aullidos de los canes a lo lejos, cuando unas siluetas, unos niños con cicatrices se agolparon brincando alrededor de Jairo; eran pandilleros de Curundú. Otros llegaron con tatuajes de perros. No eran hombres, eran criaturas enjutas. Sin palabras. Cerca de la pista de aterrizaje y sentados entre cruces sin nombres, se encontraban unos jóvenes universitarios con rostros serios. No hablaban. Sólo miraban. Miraban como quien ve absorto el agua de un arroyo, con una expresión neutral sin dolor sin rencor, tan solo allí, sosa en las caras. Estaban estáticos viendo al colombiano, pero él ya no los veía, tan sólo rezaba y suplicaba a los cielos que terminara aquel espanto.  Rezaba y rezaba en lenguaje desconocido. Se arrodilló. Permaneció así hasta que los calambres le torcieron los tendones. La noche se había instalado con su tren de tinieblas y misterios; y él, permanecía como quien implora con el corazón, porque ya no le quedaba más que hacer.

 

El olor de café quemado inundaba el cuarto de guardias. Amanecía en la Casa Blanca. Los tres hombres conversaban en torno a una mesa coja.  Se rompió el silencio con una ronda de historias.

-Mire teniente, usted no sabe de cuentos. En este sitio se vio de todo. Aún recuerdo los fines de semana cuando el General llegaba con sus mujeres colombianas a pasearse por la playa. Le gustaba la de Granito de Oro. A mí me tocaba cocinarles mariscos, y allí aprendí los secretos de un chef cubano. Langostas con sus carnes blancas en salsas picantes. Muelas de cangrejos gigantes con aperitivos. Nueces y licores. Coco y almendras. Mire, eran delicias salidas de mis manos de artista. Por eso, me destinaron como chef de la Casa Blanca, que ahora no es más que ruinas. El gobierno no ha querido restaurarla. ¡Qué tiempos aquellos! Mire aquí se talaba con los presos buena madera, ahora se pierde. Bueno, es bien sabido que eran mano de obra gratuita, no se lo discuto. Las maderas se iban para alguien, nunca supimos para quien, pero se aprovechaban. También se hacían quesos. Los presos aprendían una profesión. Ahora no.

-Phillips, yo usted, cerraba la bocota. Por menos de eso, se despacha a los chismosos.

-No son chismes. Es historia. Aquí hubo de todo. Lo malo no lo quiero recordar más. Esa gente llora de noche por las quebradas. ¿Usted no los ha oído? Podrá decir lo que quiera, pero toda esa gente algún día vendrá para ajustar cuentas. Aquí hubo mucho mal…incluso hasta hace poco, con el asunto de los pandilleros.

-¡Silencio! Ya le he dicho que no quiero oír más chismes baratos. Mire, se hizo de día y usted ya me puso de mal humor. ¡Cabo!, prepare la lancha para el recorrido de media mañana.

No terminaba de ordenar el teniente, cuando una masa sangrante con ojos desorbitados aparecía a lo lejos. Era una nube de moscas. Hacía varias horas que los silencios habían dado paso a las cigarras y a los insectos de la selva. Los pájaros habían dejado sus dormitorios. El sol se asomaba feroz y un cielo despejado auguraba un buen día. Jairo Restrepo arrastraba sus pies. Arrastraba con sus babas todas sus culpas y las ajenas. Con aspecto de leproso, de despojo humano, también arrastraba las angustias de una pesadilla. Con sus manos llagadas pedía clemencias. Pedía agua, comida y escupía sangre y pus.