Alma de la nación cubana
Elvis Rodríguez – Enrique Navarro
Editorial Verde Olivo, Cuba, 2015
Alma de la nación cubana, que al momento presente se recomienda en las escuelas provinciales del partido como la biblia de todo militante comunista, ha sido elaborado por dos ideólogos de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias). Los tenientes coroneles Elvis Rodríguez, y Enrique Navarro, quien, por cierto, en la foto de contraportada posa de una manera que trasluce su profunda humildad y sencillez de combatiente revolucionario… solo que con una pose copiada a Mussolini.
Un par de preguntas para los compañeros Elvis y Enrique: ¿Es cierto que para elaborar el texto necesitaron de la colaboración de todas esas instituciones que mencionan en sus agradecimientos? Porque no hay en este libro un dato del que yo mismo, desde mi potrero encrucijadense, no haya podido hacerme con un moderado esfuerzo y desgaste visual. ¿No propusieron a la sacrificada editora para el título Heroína del Trabajo de la República de Cuba? Por otra parte, ¿comprobaron si entre los colaboradores que les pasaron esos datos no había algún agente encubierto de la CIA…? Y es que de principio a fin su libro está plagado de disparates. Ejemplo: “La fundación por Vladimir Ilich Lenin del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, en 1903”, en la página 18, segundo párrafo.
En Alma… los autores han querido legitimar la monopolización de la política de la Isla por el PCC (Partido Comunista de Cuba) al presentarlo como el único heredero posible del Partido Revolucionario Cubano (PRC) de José Martí. Solo que para ello habrían necesitado comenzar por justificar que este último partido tenía en su tiempo, a su vez, una pretensión semejante. O sea, demostrar que José Martí tenía la secreta intención de convertir a su PRC, al finalizar la Guerra de 1895, en lo mismo que el PCC hoy.
No obstante algo así no se consigue con solo conjeturar que al PRC Martí “concebía emplearlo no solo en la guerra contra España, sino también en la fundación de una república donde imperara toda la justicia” (página 41, segundo párrafo). Más cuando todos los escritos y transcripciones de discursos martianos que poseemos, los que por demás se saben muy completos, nos indican a las claras que lo que El Apóstol perseguía no era llevar la guerra a la República para constituirla en el campamento militar de un pueblo empeñado en alguna cruzada ilusa, sino por el contrario republicanizar la guerra, hacer nacer la República ya en medio de ella. Para de ese modo cerrarle el paso a los mismos peligros caudillisto-militaristas que hoy intentan legitimar en su obra y su práctica política nuestros coroneles-ideólogos. Pero sin exprimirse mucho las neuronas.
Esa poca disposición al esfuerzo explica que través de toda la obra se enreden las incongruencias. Puede usted leer en la página 18 una profesión de fe de los autores en el carácter clasista de los partidos políticos, y sin embargo unas páginas más allá, en la 41, cuando convenga a su discurso, los veremos prescindir inconsecuentemente de esa creencia al presentar al PRC “como partido nacional”. Lo que resulta mucho más disparatado aun si advertimos que han pretendido fundamentar los derechos absolutistas del actual PCC, al que a su vez presentan como “partido de la nación cubana”, no solo en el PRC, sino también en los de un partido que siempre fue, o que al menos siempre se presentó, como por completo clasista: El partido comunista de los tiempos de la República.
Como producto intelectual del castrismo, por antonomasia, la manipulación y el escamoteo de nuestra historia no podían faltar en este libro. Así, en la historia que en paralelo se lleva en la obra de los partidos políticos “incorrectos” de Cuba, o sea, excepto el de Martí, o los dos comunistas, todos los demás, resaltan los muy desiguales espacios que se le dedican a cada periodo histórico. Desigualdades solo explicables por la intención de ocultar, y cambiar a propia conveniencia el pasado de nuestro país. ¿Cómo explicar si no que a los partidos políticos de la época colonial, o de la primera república se les dediquen 9 y 10 páginas, respectivamente, y a los de la segunda, entre 1933 y 1952 solo 3?, ¿o qué a todo el importante periodo que antecede a la Constitución de 1940, incluida su elaboración y proclamación, tan solo 15 líneas?
La existencia de un avanzado periodo democrático entre 1940 y 1952, a su vez de plena soberanía nacional, es claro que no cabe en un discurso en que se pretende justificar la absoluta necesidad de las formas autocráticas actuales como el único modo de sostener la independencia de Cuba. Al igual que tampoco cabía mencionar que ese mismo Mella, que en la portada se presenta como el eslabón de una supuesta continuidad de pensamiento entre José Martí y Fidel Castro, fue expulsado del primer partido comunista a solo 4 meses de su constitución.
Alma de la nación cubana se proclama como dirigido a todo el pueblo cubano. No obstante es muy significativo el hecho de que los espacios que le dedica en su discurso a la constitución del PCC en sí, y a su específico establecimiento dentro del ejército, son en realidad muy incongruentes con semejante proclamación. Al proceso de constitución del PCC, aun cuando se detiene en lo que de las luchas de poder internas se atreven a decir los autores (el llamado Sectarismo), le dedica solo 12 páginas. Al proceso de su establecimiento dentro de las instituciones militares, que por lo que allí se lee ocurrió como sobre un lecho de rosas, un poco más: 16 páginas.
Y es que en Cuba el PCC no es más que la tapadera del partido que de verdad manda aquí: El Verde Olivo. Aquí radica la explicación de que los evangelistas escogidos para redactar el Nuevo Testamento del comunismo cubano sean dos militarotes. Cuando en el libro nuestros coroneles de marras declaran que “adoptar el pluripartidismo pondría en peligro lo alcanzado”, se refieren no a otra cosa que al exclusivo nivel de vida de que disfruta todo alto oficial de las FAR, antes y después de su jubilación.
Pocas o ninguna conversión puede esperarse de la lectura de este libelo. Como justificación de intereses creados, a la que no modera esa humana capacidad que nos lleva a cuestionarnos nuestro lugar en el mundo, y nuestra actitud ante él, ausente por completo en estos ideólogos-coroneles, este libro no funciona más que para los ya convencidos carceleros de La Nación Cubana.