"Cantar y no callar"

Sobre su obra narrativa

Carlos Fortea

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Carlos Fortea

dice

Hace muchos, muchos años,  en un país muy triste, el cantautor José Antonio Labordeta publicó un álbum que llevaba el estruendoso título Cantar y callar, que era todo un discurso programático, cuando faltaban ya muy pocos años para el cambio político en España.

Algunos somos hijos de aquel país, tanto en la conciencia de su peso enorme sobre los hombros como en el deseo imperecedero de sacudírnoslo de encima; sean cuales sean nuestros orígenes, hemos soñado juntos un destino aún lejano, y entre las herramientas de ese sueño siempre unos centímetros más allá de los dedos ha estado, está y seguirá estando la palabra. Mi generación, a la que no vamos a poner nombre, siempre ha sido consciente de que aún quedaba silencio por romper.

A esa generación pertenece también Juana Salabert, escritora, traductora, voz, persona convencida de la virtualidad de la palabra, imbuida, para ponerse al ritmo de los tiempos, de la necesidad apremiante de cantar, y de no callar.

 

Nos enredan en sílabas y en voces
desde el instante mismo en que nacemos
y, a través de los días y los días,
los oídos se llenan de palabras, y palabras.

                                   (José Antonio Labordeta, Palabras, 1974)

Juana Salabert nació enredada en sílabas y en voces, como no puede ser de otra manera cuando  se nace en el exilio y se aprende a pensar y a vivir en dos lenguas. Probablemente habría sido así de todos modos, porque era hija de palabrista y los palabristas acostumbran a llenar de palabras los oídos de cuantos los rodean, pero sin duda alguna una infancia en un país que tiene una lengua distinta de la de la familia acentúa el deseo de cantar.

Una infancia que ve el país de los padres desde lejos por razones impuestas acentúa el deseo de no callar –que de todas maneras suele venir de fábrica en algunas personas-,   y yo creo que Juana Salabert supo desde siempre que estaba destinada a que su canto fuera un canto percutor, uno que atravesara la pared de sombra y la de hielo para llegar al corazón de la gente, aplicarle una discreta sacudida y hacerlo palpitar con más energía.

Porque hay muchas maneras de cantar, y si uno se desliza por las novelas de Juana Salabert no tarda en darse cuenta de que la suya es intervencionista. No es la voz de alguien que se limita a hacer sortilegios –que también- ni la de alguien que quiere –aunque también- que se le escuche con un placer  cercano al de la música, sino la de una escritora que busca estremecer, estremecer de compasión, de dolor y de ira a un tiempo.

Está ya todo en Varadero, su primera novela publicada; complejidad técnica en algo grado, que es lo mismo que decir muchísima elaboración literaria, riqueza verbal, belleza de la palabra, y a la vez un desgarro temático que inicia ya los motivos y los personajes que van a acompañar a sus lectores fieles durante toda su trayectoria: mujeres con pasado, hombres atormentados por el dilema de no saber nunca del todo quiénes son, lugares hostiles en los que vivir es siempre sobrevivir, naturalezas imperativas que lo envuelven todo, ya sea en selva, en montaña o en ciudades que parecen selvas.

Está ya todo en Arde lo que será, narración muy pareja en el tiempo, completamente distinta de la primera y sin embargo estrechísimamente emparentada, está ya todo lo que más tarde reaparecerá en La noche ciega, Velódromo de invierno y El bulevar del miedo, por citar algunas de las nueve novelas que si no cuento mal han salido hasta ahora de su pluma. En todas ellas hay una mujer protagonista que se caracteriza por no ser arquetipo social, sino precisamente mujer descentrada, mujer insumisa a unas condiciones que le vienen dadas, pero en las que no encaja, porque son una jaula para la libertad. En ninguna de ellas hay el recurso fácil de culpar a los hombres, sino que hay una doble circunstancia que  somete a los personajes: el diseño de una sociedad hostil –del que participan hombres y mujeres que la perpetúan y que la aceptan- , y el peso del pasado.

Los personajes de Juana Salabert no se quedan jamás en una foto fija, ni siquiera se mueven en una secuencia del tiempo cortada de una película mayor. Son siempre figuras delimitadas en su libertad de acción por herencias colectivas y por herencias personales, a veces de su propia trayectoria humana y otras veces de aquellos que los rodean. En todos sus relatos, lo ya ocurrido, las decisiones tomadas por otros y por uno mismo, trazan unos carriles de los que resulta difícil salir, los personajes luchan durante las novelas como un Laocoonte con la serpiente, con la misma angustia y, probablemente, con la misma carencia de posibilidades. Bien porque no se sale de esa lucha, bien porque no se sale sin mordeduras.

En muchas ocasiones el pasado es común, es la Historia, y cuando esto es así es cuando más se advierte la voluntad de opinar de Juana: hijos de la abyección, se podría llamar a muchas de sus criaturas (Hijas de la ira, se titula uno de sus volúmenes, en el que recoge los testimonios de un grupo de mujeres relevantes en nuestra cultura, marcadas por el trauma de la Guerra Civil), hijas de la tiranía, de la que se ejerce sobre los pueblos y de la que unos individuos ejercen sobre otros, hijos del Mal.

Del Mal con mayúsculas. El siglo XX ha sido el de la apoteosis del Mal, y de la lectura de los textos de Juana se desprende con toda la claridad posible que el Mal existe, que se encarna en seres miserables poseídos por el deseo de oprimir, esos seres miserables que tan bien conocemos, que convierten en programa la idea de someter a sus conciudadanos a su estrecha y aprovechada visión del mundo.

Explotadores de seres humanos, en todas sus variantes y en todos sus niveles,  porque una de las cosas que esta autora sabe hacer muy bien es transmitir la idea de la pirámide del Mal, los distintos peldaños en los que esbirros cada vez más pequeños mimetizan las conductas de sus propios opresores, canalizan el Mal hacia víctimas cada vez más indefensas. Hay una escena en Varadero, en la que una niña es asesinada por ser un estorbo, por estar donde no debe, que condensa con un dolor sin fin la vileza de la que puede llegar a ser capaz el ser humano.

Es obvio en las novelas de Salabert que ella se rebela contra esto, con una furia que es al mismo tiempo la de la justicia y la de la memoria. Una furia tan grande que a veces es una furia impotente, pero que enseguida se recupera para ser una furia productiva. Uno de sus grandes aciertos es precisamente que sus personajes fluctúan entre la fuerza y el decaimiento, como fluctuamos todos, sin heroísmos inverosímiles, pero sí con el heroísmo, inagotable y veraz, de volverse a levantar cuando ya se lleva un tiempo caído.

Narrar esto requiere una forma, y, si adquirir una forma es resultado de un largo proceso de lecturas y experimentación, en el caso de Juana Salabert se suma a este camino, el natural en todos los escritores, que su prosa se haya forjado en la prueba de fuego de la traducción.

Si la vida es la escuela de la literatura, la traducción es la escuela de la exigencia en la literatura, y Juana Salabert publica su primera traducción casi trece años antes de su primera novela, cuando solo tiene 20 años. Se trata de Cinco semanas en globo, de Jules Verne, y le seguirán, compaginadas con su obra de creación propia, traducciones de ensayistas como Tzvetan Todorov, Georges Didi-Huberman o Jean-Paul Sartre, y de novelistas como Philippe Jaenada, Marc-Durin Valois o, muy recientemente, Marius Daniel Popescu.

En la disciplina de la traducción, la pluma se forma porque no hay ejercicio de estilo más exigente que ser otro, y sin duda esto también ha dejado huellas en su escritura. El desdoblamiento del traductor permite ver la obra con la distancia que la propia impide, desentrañar la maquinaria y la utilería como manera no ya de aprender, sino de reflexionar sobre la técnica del escritor. Salabert también ha pasado por esto.

El resultado es un dominio intenso de todas las variantes de la estructura, la construcción del texto, la caja de herramientas del escritor.

En todas las novelas de Salabert, la forma elegida para la narración es la de una estructura y una elección de perspectivas que solo puede llamarse compleja. No estamos ante una escritora de lectura fácil –en el mal sentido de la palabra fácil-, sino ante una autora consciente de que, en literatura, la simplicidad resta fuerza a la idea. En sus textos hay una pluralidad de voces, quizá más diferenciadas con el paso de los años (Varadero era una obra orquestal, sinfónica, en la que las voces de los personajes resonaban muchas veces al unísono; sus últimas novelas se parecen más bien a conciertos con algún instrumento solista), y una multiplicidad de planos narrativos que, en muchas ocasiones, tratan de dar respuesta a la necesidad de incluir el pasado en la narración, pero en otras aspiran a reproducir, en sus múltiples tramas secundarias, la complejidad de una vida humana.

Me he preguntado muchas veces si la autora es consciente de que a veces la complejidad puede ser enemiga del intervencionismo, de la transmisión nítida de los mensajes, y no he tardado nada en responderme, recordando a Cortázar: “La novela revolucionaria no es solamente la que tiene un «contenido»  revolucionario, sino la que procura revolucionar la novela misma”.

Cabría preguntarse si, en estos tiempos en los que los narradores se refugian del riesgo de la exposición pública en argumentos tales como “yo me limito a contar historias” o “no puede pretenderse que un novelista opine acerca de todo”, Juana Salabert guarda sus opiniones para sus novelas o participa de la vieja creencia de que el escritor es un ciudadano al que su trabajo dota de un altavoz, que es posible poner al servicio de unas creencias. Más aún:  que el escritor es un ciudadano cuya tarea es reflexionar, y cuyo deber es poner esa reflexión al servicio de la sociedad en la que vive.

Creo que no desvelo ningún misterio si afirmo que Juana Salabert comparte esa última visión, y no la primera. Compartir una mesa redonda con ella es presenciar la intervención de una ciudadana en pie de guerra contra la injusticia, contra la mezquindad, en los últimos tiempos contra la cutrez, contra los tópicos, contra las verdades acomodaticias: “Siento simpatía por la gente que está en el lado no políticamente correcto de la vida”, “Ahora es esto de que los homosexuales no puedan donar sangre, luego pondrán que se prohíbe donar sangre a los que no lleven una dieta o tengan colesterol… en fin, es como un ocaso del continente”, “No hemos vivido una crisis, sino una gran estafa”… opiniones incómodas, opiniones en combate, en un largo y único combate que reúne el deseo de cantar y la obligación de no callar.

Terminamos como empezamos… Hace muchos, muchos años, en un país muy triste, José Antonio Labordeta decía algo que se puede decir y se dirá de cuantos, como Juana Salabert, entienden que las letras son joya y vehículo al mismo tiempo, que, si en otras artes es posible cantar sin opinar, en la literatura no es posible hablar sin decir:

Caminos son
abiertos por su fuerte voz
lanzada contra cierzo y sol
y contra tantos siglos de dolor.

(José Antonio Labordeta, El poeta, 1974)