Francisco Solano
dice:
Ya no escandaliza que la literatura sea actualmente una ahijada del dios del comercio. Y que, acomodada bajo su protección, haya reducido su potencialidad verbal hasta el estancamiento. Ese apadrinamiento es coactivo. Se aprecia no porque se escriban pocos libros, sino porque se escriben demasiados. Lo que debería verse como riqueza y diversidad se revela obstinación en la oferta. El libro hoy, en el soporte que sea, circula (incluso con la última crisis o Gran Estafa) a una velocidad de vértigo contrapuesta al sosiego que requiere la lectura. Un mecanismo perverso que los lectores resuelven con un olvido igualmente vertiginoso. Recordar un libro leído hace dos, cinco años, aproxima la memoria a la arqueología. Volver la vista atrás es hallar desvaído el recuerdo. Ahora todo es exigencia a las vehemencias del día, como un pronóstico para lo que vendrá… y nunca viene. Y así estamos enrocados, a la espera del siguiente movimiento.
Pero hay excepciones. Por fortuna, hay excepciones. Un homenaje, sin otro propósito que su celebración, es un fervor de la memoria. Han pasado casi veinte años desde que leí las primeras novelas de Juana Salabert. Y no he dejado de leer, avivado por la lealtad a su prosa, cada uno de los libros que, congregando radiantemente vocación y destino, la escritora ha ido dando a la imprenta, hasta el recientísimo La regla del oro, que, con la tramitación, por primera vez en su obra, del género policial, es indudablemente una novela de Juana Salabert, quiero decir que se sostiene más en la indagación sobre la humillación social que en las intersecciones de una investigación, obligada a despejar la incógnita en las últimas páginas.
No obstante, en la zona más remota de la memoria anidan los recuerdos más vivos, y nada fulgura más en la memoria que un descubrimiento. De ahí que me haya dejado vencer por aquella estimulación y recupere hoy, para su crédito y mi agrado, aquella reseña con la que celebré su revelación literaria.
Una revelación literaria
Juana Salabert, Varadero, Madrid, Alfaguara, 1996, 294 páginas.
― Arde lo que será, Barcelona, Destino, 1996, 270 páginas.
El azar, o tal vez algún increíble designio, ha dispuesto que se publiquen, al mismo tiempo, dos novelas de Juana Salabert (París, 1962). Esta escritora demuestra así, por partida doble, poseer una sorprendente capacidad de fabulación y dotes narrativas que la desmarcan de esa moda de jóvenes novelistas invertebrados que escriben (si es que tenemos que llamar a eso escritura) con el oído saturado de música de rock. Muy al contrario, Salabert no ignora dos principios básicos de la tarea de escribir: que el lenguaje no perdona a quien lo maltrata, y que una novela no es un mundo vaciado de sentido, sino un esfuerzo de comprensión que implica, por igual, la experiencia propia y la vida desconocida de los otros, sin cuya conjunción la realidad sería inhabitable o la mera exposición de un caos.
Varadero y Arde lo que será son novelas ambiciosas, y aquí ambición quiere decir que no presuponen una concepción dócil del género, sino que se originan desde un arriesgado enfrentamiento con la materia novelesca, riesgo que comporta unos resultados complejos, y por tanto una exigencia de lectura, es decir, una experiencia literaria. Ambas se originan desde una concepción (valga el término, que no considero exagerado) de novela total; de ahí que la riqueza que despliegan no sea sólo fruto de la diversidad de personajes y escenarios. Juana Salabert construye una equilibrada polifonía de voces, o un haz de miradas que se cruzan, mediante progresivas aproximaciones y auscultaciones al cuerpo de los hechos, con lo que consigue la máxima virtud de un novelista: que la narración suplante a la realidad de la que se nutre. Y a esto, en efecto, llamamos literatura.
Varadero está situada en la Nicaragua de Somoza, en una época de violencia que muestra los más turbios espejismos. Así, la historia de pasión y de devoción susurrante entre el joven Daniel y Ania, su madrastra, está envuelta en una atmósfera pegajosa, en una intricada red de premoniciones oscuras. Ningún pasado es habitable y cada movimiento, un peligro que puede llevar a la muerte. Los hechos, en esta novela, están cargados con el sinsentido del fracaso, pero se reconstruyen como un contraste entre lo deseado y lo vivido, entre las promesas de un deseo excluyente y la brutal consignación de que no hay otra salida que el sometimiento. Juana Salabert sitúa siempre a sus personajes en un lugar amenazado por la disolución, donde todo es provisional, perentorio, manejado por «los hilos de un doble juego sanguinario, preciso y perfecto como la más delicada maquinaria de relojería» (p. 72). Tanto en Varadero como en Arde lo que será las organizaciones criminales, al mando de un terrateniente, en la primera, o de un diplomático uruguayo, cómplice de una siniestra política de desaparecidos, en la segunda, no se dedican sólo al exterminio de los cuerpos, sino que se ocupan, sobre todo, de negar el derecho a la dignidad y a la necesidad de habitar el propio nombre. En las novelas de Juana Salabert el mal tiene perfiles muy concretos, no es una angustia metafísica.
Varadero exige al lector una destreza muy afilada para ensamblar las diversas tramas: los cambios de voz y perspectiva, el añadido de los bloques de flujo de conciencia, la convivencia de introspección y crónica dificultan, a veces, la apreciación de su conjunto. Es una novela para releer, siguiendo el consejo de Nabokov: abarcado ya el conjunto, ahora podemos apreciar los detalles. Arde lo que será no es menos compleja, pero está más estilizada y su composición se revela, comparada con Varadero, mucho más transparente. También los escenarios y el tiempo son más fácilmente reconocibles, y el lector se orienta mejor por sus meandros.
Finalista del premio Nadal, Arde lo que será transcurre en un Madrid de hace diez años, en una casa de okupas. Ander, uno de sus inquilinos, vive ahí un presente inestable, protegido por las historias que su imaginación traslada a un cuaderno. Y allí acude una muchacha sin nombre, huyendo de su propia historia (hija de desaparecidos, ha sido adoptada por unos verdugos que se recubren así de inocencia), y le pide a Ander que invente para ella un nombre y un pasado. La sombra benefactora de Onetti se deja sentir en la concepción de esta novela. Mezcla de La vida breve y del cuento «Un sueño realizado», resulta más que asombroso el rigor con que Juana Salabert ha asumido una de las escrituras más excelentes de nuestra tradición literaria. No se trata de influencia, sino de identificación, lo que demuestra que estamos ante un talento del que es previsible esperar una obra maestra. El tiempo lo dirá.
Mientras, Varadero y Arde lo que será no son meros frutos espurios, no son calculados ejercicios de asentamiento en la industria editorial. No me sonroja decirlo: en la aparatosa e indiscriminada recepción de nuevas novelas, los libros de Juana Salabert representan exactamente lo que son: una revelación literaria.
