Joaquín Pérez Azaústre
dice:
Juana Salabert tiene un azul lactante en la mirada, una decisión acariciante más allá de nieblas inconcretas. La mirada de Juana es una bruma, un mar apagado que resiste; pero, mucho más lejos, en sus novelas y en sus libros de cuentos, un encuentra un trazo firme y dulce, una rara ternura en los zapatos de niñas que viajaron demasiado, y demasiado aprisa, siempre con la maleta y el abrigo hinchando el corazón de los desgastes. En esa maleta estaban Aragón, Flaubert y Proust. Después, también más cosas: hay quien piensa que la literatura se divide entre literatura y vida, porque no entienden que la literatura es hija de la vida, que no hay que disipar la forma escrita para hacer un contrato de los libros. Juana Salabert lo supo desde su primera novela, Varadero, y después con ese regalo que supuso, en los años de novelas juveniles, discotecas y hastío, su monumental Arde lo que será.
Después, otras novelas: El mar de los espejos y Velódromo de invierno, siempre con la forma en la cornisa de una trama abierta hacia la vida. Porque en los libros de Juana hay más vida que en todas las televisiones juntas, y una gracia extinta al ir fijando un caudal de varios personajes. También La noche ciega. Esta novela de Juana es un sol breve, con la tierna belleza de un sol breve. Uno, cuando termina de leerla, no puede hacer menos que contrariarse con la autora, porque el lector desea que ese mundo apenas descubierto dure, al menos, cien, doscientas páginas más. Porque lo pide el ritmo de la prosa, y lo pide esa nueva realidad. La literatura es otra realidad, una puerta abierta hacia otro mundo.
Cuánta noche ciega hay en los corazones de los hombres, qué desilusión en los recodos de una vida extinta en extrarradios. Leemos La noche ciega, buscando así en los días venideros un pasado a rastras o una herida. Desde Arde lo que será, la trayectoria de esta escritora parisina afincada en Madrid se ha nutrido al cabo en la memoria, en la propia y en la contada por otros, en la rememorada por otros, para ir curtiendo así la trayectoria de toda una novelística que puede ser leída como un único libro, un territorio común en el desgaste; no desgaste lector sino desgaste de una edad, o de una mítica, la de las envolventes consecuencias de una biografía cosida a tientas, dejando recovecos en los márgenes para poder mirar de otra manera.
En esta nueva novela de Juana Salabert asistimos al diálogo coral de varios personajes escondidos, no tanto de la circunstancia histórica –una Guerra Civil más intuida que sentida, más presentida que palpable desde el exilio interior de una casa en la sierra- como de sus propias trampas, su estrategia de pérdida o reescritura de una vida. Una mujer se echa sobre los hombros un batín y retoma la colilla del cenicero, piensa en París y en La Rochelle mientras la Ciudad Universitaria es una trinchera descarnada. Llega el estruendo o el eco de una guerra, pero siempre nos quedará París o la estela blanquecina de una mercería, a pesar de lo inevitable de un tuteo de camisa oscura y griterío, confesionario y pistolas, incertidumbre y temor. La fanfarria triunfal, las marchas italianas, un fantasma alojado en la bodega. El sueño de llegar hasta Madrid, salvar a Rafael o rescatarlo de su propia guerra interior, y después marchar, marchar muy lejos, con o sin Rafael, marchar hacia París o a donde sea. Calidad de página, un trenzado elegante en cada línea o un sobrecogimiento en la palabra. Juana Salabert, o un deslumbramiento repetido.
Incluido en El corresponsal de Boston (Berenice, 2006)
