Juan Pedro Aparicio
dice:
Creo que ya ni siquiera sus partidarios son capaces de discutir lo perturbador que resultó el franquismo para la literatura peninsular. Su onda expansiva fue muy amplia y se prolongó demasiado en el tiempo. Era difícil escribir sin tropezar con la censura, pero también con ciertos imperativos doctrinales de oposición al régimen, lo que provocó un distanciamiento, cuando no un rechazo de lo propio y un acercamiento a lo que venía de fuera. De modo que el exceso nacionalista del régimen sirvió paradójicamente para romper las fronteras lectoras de sus literatos (gracias sean dadas a aquellos heroicos libreros que mantenían una trastienda secreta).
Otro sería el efecto, sin embargo, sobre lo que les era dado escribir. El exilio había truncado las carreras de muchos de ellos, al privarles del entorno que les era propio; mientras que a la nueva hornada, crecida durante el franquismo, no le fue posible librarse de la condena autárquica a la que toda la sociedad estaba sometida. Los de la berza, se les llamó a algunos, habiendo entre ellos grandes escritores; costumbristas a otros, acaso porque pretendían expresar el mundo cerrado y quieto que conocían.
En la España Oriental, sin embargo, en la que residía casi en exclusiva el músculo industrial de la cultura impresa en español, pronto, desde editoriales y revistas fundadas por un franquismo tan rancio como el que más, fueron encontrando temas y protagonistas que simplemente por gracia de una especie de magia descentralizadora comenzaron a monopolizar una aparente modernidad. Lo que siguió poco importa. El entretenimiento hoy se ha hecho planetario y la literatura es apenas coartada en algunos sellos editoriales o catacumba, en otros.
Juana Salabert sobrevoló sin embargo por encima de cualquier consideración ramplona o de capilla. Lo que ella traía a nuestra literatura era la otra cara del paredón, aquello que buena parte de los expatriados españoles habían vivido en los años cruciales del siglo acaso más terrible que haya conocido la historia humana. Nacida en París, su mirada de largo recorrido, no se escondió en la distancia, sino que supo acercarse al rojo vivo de tanto horror sin miedo a quemarse. Ahí están sus novelas El bulevar del miedo o Velódromo de Invierno. El escenario ya no es la provincia angosta y polvorienta, tampoco el azul mediterráneo teñido del rojo juguetón y artificioso de la gauche divine; son nuestros compatriotas del otro lado, los que han vivido en los focos más duros del sufrimiento europeo. Y lo sabe contar, con una percepción solidaria, pero sin sentimentalismos, mediante urdimbres que tienen el eco de las grandes literaturas, escritores como Faulkner, Proust, Pavese, que tanto nos fascinaron a quienes alzados de puntillas tratábamos de mirar por encima del gran paredón franquista.
Juana Salabert nos trajo esa visión y lo hizo con buen pulso, finura intelectual y gusto por la forma literaria, en unas estructuras complejas que como las de la tela de araña se concentran sobre sí mismas con la finalidad única de atrapar una presa, en este caso la historia de algunos de nuestros mejores compatriotas del otro lado.
