Lourdes Ortiz
dice:
Queridísima amiga y espléndida escritora. Así es ella. Cada nueva novela o libro publicado por Juana Salabert es una sorpresa. Como los grandes escritores, Juana ha tanteado diversos géneros- incluido el ensayo- a lo largo de su rica trayectoria para no dormirse y repetir fórmulas, ya usadas con anterioridad, que son la trampa para el escritor, el baúl dónde se sepulta la creatividad. Experimentar o jugar en cada texto, es el modo mejor de no refugiarse y dormir en los laureles de lo ya conocido, sino de explorar y avanzar por nuevos caminos o simplemente de dar cuenta de que uno mismo va cambiando y en cada momento necesita expresarse a través de una “forma” distinta, incluso de un “género” nunca antes probado, ejercicio que no es someterse al capricho o a la moda, sino aprendizaje y desafío. El que no sigue investigando en la escritura, el que no busca nuevos caminos, se convierte en un “escribidor” atrapado por la fórmula, que una vez le dio éxito comercial o le brindó el aplauso del lector. Y , cómo ya sabemos, eso que les encanta a algunos editores, sólo produce al final la monotonía, la pérdida del encanto y de algún modo la sequedad, porque uno se copia a sí mismo o se deja llevar por las indicaciones de algunos editores, que sólo buscan el éxito comercial inmediato y prefieren no arriesgarse con experimentos.
Cada cosa, cada tema que uno quiere contar -o más bien qué quiere ser contado a través de uno- requiere un estilo, un lenguaje, una manera nueva de enfrentarse al texto y a la historia; siempre, claro, que no se trate de una trilogía, o de una “serie” querida como tal, ya en que en ese caso las dos últimas novelas o relatos son sólo prolongación de la primera novela escrita y deben mantener con ella una cierta unidad. Pero incluso eso puede quebrantarse.
Y Juana Jalabert, con la valentía del verdadero creador, ha dado de pronto un giro, uno más de los que ha dado en su ya extensa obra, y se ha enfrentado en su última novela al riesgo que supone el género policíaco. Y no sólo ha salido vencedora con su apuesta, sino que pasa inmediatamente a integrarse entre los autores, que con un estilo propio y muy personal y eso es lo importante- enriquecen el género. Siendo por otra parte deudora, que no copista, de los que antes encontraron un camino, un sello propio, castizo y , al mismo tiempo, universal. Y lo de castizo aquí no es nota negativa, sino sello de identidad de un país y sus problemas, de tipos de la calle concretos, personas con las que nos cruzamos, problemas que compartimos, lenguaje de todos los días. Y así Juana Jalabert entronca con los grandes y nos da una novela con una intriga compleja y bien montada, pero sobre todo nos sorprende con magníficos diálogos de raigambre popular, con un conocimiento detallado de las personas de los más diversos ambientes, con una riqueza de detalles, que permiten discernir el ámbito social, la forma de vida de los diversos personajes. Sí. Reconozco que a mí me ha sorprendido y que tal vez esperaba otras virtudes, pero no esas. Me ha sorprendido la sabiduría de la construcción, de la trama, la caracterización de los distintos personajes, de los tipos que se mueven, de la forma tan cercana de presentar paisajes, locales, lugares. No es una primera novela policiaca con su posibles defectos o intenciones frustradas sino una novela policiaca madura, rica y muy personal. No es un experimento. Pero, como es la primera policiaca que escribe, probablemente será la primera de otras muchas, porque deseamos ya, después de terminar el libro, conocer más aventuras, más aciertos o fracasos de ese inspector, Alarde, que nos resulta ya tan amigable y próximo como los investigadores, detectives, comisarios o inspectores de esas novelas que hemos “bebido” con ansia y que no llevan una y otra vez a esperar la salida de la próxima: Montalbano, Brunetti, Maigret, Poirot.
Juana Jalabert en su libro no nos remite a los grandes detectives de la novela negra americana: los Spade, Marlowe, etc. Sino a esa vertiente mediterránea o del Sur de Europa que ya tenía en nuestro país- en Vázquez Montalbán y en muchos de sus sucesores- una sólida tradición. Alarde es un inspector, como muchos otros de los citados, de andar por casa. Un personaje cercano, problematizado, pero lleno de humanidad y muy identificable por el lector, reconocible: un tipo honrado y terco con cierto poso, eso sí, de lecturas y conocimientos y una profesión que le impone pautas, deberes y obligaciones, que nunca le permiten caer en la monotonía, aunque a veces le sobrepase por la tosquedad de jefes y funcionarios. Juana confiesa siempre que ella admira a todos ellos, pero también -y quizá sobre todos- a Simenon. Y hay algo de esa herencia positiva en ese modo de retratar la vida de un barrio, de varios barrios con sus gentes y sus diferencias, en lo preciso de los locales que se describen, los bares o los restaurantes, las callecitas, las viejas tiendas de antigüedades, los comercios en decadencia frente a los grandes almacenes y las nuevas franquicias. Es una novela urbana, pero al mismo tiempo, de una ciudad cercana y reconocible, ese Madrid que sigue teniendo fuera del centro turístico un sabor a poblacho, un Madrid de barrio, un barrio, que fue lujoso en otro tiempo, y que también ha sufrido el peso de los años, el envejecimiento de la población en determinadas zonas, y sobre todo, la crisis.
Lo curioso, lo que más he admirado durante la lectura -con la envidia llena de admiración con que un escritor, una escritora en este caso lee a otra escritora- es la agilidad de esos diálogos, la certeza con que el tono de cada uno y las expresiones utilizadas definen a los personajes. El conocimiento de lo popular, la gran maestría para detenerse en los detalles más nimios, en los gestos, en las vestimentas o adornos, en la confusión, el miedo, la timidez o las más ocultas emociones.
Madera de escritor maduro- de escritora- pero también de enorme sensibilidad para atrapar la vida y al otro, a los paseantes con que nos cruzamos en la calle, sin fijarnos apenas, a los que van al trabajo deprisa y cabizbajos, a los se mueven o se duermen en el metro. Es admirable ese conjunto de personajes diversos con los que ha de enfrentarse Alarde a lo largo de la investigación. Nada es al final lo que parece, de modo que la intriga y la emoción se mantiene todo el rato. Pero lo quizá más interesante, lo que tal vez ha aprendido de Simenon es ese modo de convertir la novela es un relato social, en una descripción de la España o del Madrid de nuestros días, una revelación de cómo la crisis y los recortes, la falta de trabajo afecta a gran parte de la sociedad, página a página.
Casi se podría decir que, sin caer nunca en el panfleto o en los tópicos, se convierte la novela en una denuncia o más bien en una minuciosa descripción de las dificultades de una clase media desposeída y esquilmada por esos que se aprovechan de la desdicha ajena, los “compradores” de oro, los prestamistas, los miserables que sacan de la desgracia ajena ganancia, timando y estafando al que más lo necesita. Y de ese modo, el oro se convierte en metáfora de toda una situación, en la trampa y la red en que estamos metidos. Y los prestamistas cutres no son sino la cara diminuta, insignificante de los que nos esquilman. Y es entonces cuando de nuevo la pobreza repentina de esos países del Sur de la Europa opulenta vuelve a relacionar, más directamente ahora, a Juana con ese estupendo novelista griego que es Petros Markaris y su comisario Kostas Jarito, ese anti-héroe, como algunos le han definido, que es sólo un buen tipo atento a los males, que acechan a una población castigada y vendida.
Este texto es mi contribución pequeña al homenaje que se merece esa amiga magnífica escritora, luchadora impenitente, atenta al mundo en el que vive o en aquellos mundos que nos precedieron como demostró en ese sólido y estremecedor ensayo: Hijas de la ira, vidas rotas por la guerra civi” y demuestra a diario con un actividad cívica, su lucha por los derechos de las mujeres y de todos los desposeídos. Con este último libro, nos señala además que tal vez el género policíaco sea el adecuado para un mundo tan convulso y en crisis, porque en él se desvelan los mecanismos ocultos, los crímenes, desmanes y manipulaciones del poder o de una sociedad corrupta. Felicidades Juana.
30 de mayo de 2015
