Rosa Montero
dice:
Ni siquiera se puede decir que seamos verdaderamente amigas, aunque nos hemos ido viendo a lo largo de los años, ya las décadas, en encuentros literarios, viajes, bolos, fiestas de amigos comunes y demás lugares propios de la tribu, y aunque creo que siempre ha habido entre nosotras una simpatía fácil y profunda. Somos testigos, la una de la otra, de nuestro envejecer, yo mayor que ella; de los sutiles o rotundos cambios que el tiempo trae. Y es de eso precisamente de lo que quiero hablar. Porque Juana Salabert pertenece a ese pequeño grupo de personas que mejoran con los años. Sin duda mérito suyo, porque la edad suele destruir si no peleas por tu vida con suficiente ahínco. Siempre fue preciosa en su escritura, pulcra, culta, delicada, intrincada y bella como el dibujo del ala de una mariposa; pero libro a libro, a base de rigor y de constancia, ha ido construyendo un edificio más sólido, más conmovedor y más profundo, hasta llegar a La faz de la tierra, caleidoscópica, desoladora y con la brillante negrura de una brasa. De igual manera, siempre fue preciosa como mujer, con ese aspecto de espía lituana, tan rubia y ojiazulada, y con esos modos amables y educadísimos como de exquisito internado suizo. Pero con el tiempo y los mordiscos de la vida ha ido abandonando la educación y ahondando en la emoción, cada vez más humana, más cercana y generosa, sin duda mucho más sabia, cada día más hermosa y más querible. Resumiendo: está más rubia que nunca nuestra Juana.
