Abre los ojos y descubre que la luz entra por una de las tablillas rotas de la ventana y cae, tímidamente, sobre las sábanas de la cama. Sin desperezarse, pega un brinco, o algo que a él, con esos años pegados a sus huesos, se le antoja un brinco. Y al ponerse de pie siente que la vida regresa a su cuerpo, que el cansancio del día anterior se ha esfumado en algún sitio y otra vez, como cada mañana, su cerebro le lanza la misma orden: “¡apúrate, hombre, que te joden el negocio!”, de modo que se viste lo más rapido que sus huesos entumecidos se lo permiten: el viejo y sucio pantalón azul, la camisa roja de mangas largas, que se deslizan en su famélica armazón de carne y huesos con la misma ligereza con la que se perdían entre la maleza aquellos jubos que le gustaba cazar de niño en ese pueblito perdido en el campo de donde escapó buscando una mejor vida acá, en la gran ciudad.
Se molesta un poco cuando recuerda que el dinerito obtenido en el negocio de la mañana anterior no le había alcanzado para comprar los tres tabacos que se fuma cada día y agarra el único puro que le queda como quien se aferra a una tabla de salvación, lo mira y dice en voz baja: “no vas a estar solo mucho tiempo, muchacho”, y sonríe cuando cree percibir un rubor agradecido en la corteza del tabaco, algo así como si sus palabras conmovieran esas hojas que irá mascando desde que abandone su cuartucho en el solar, buscando que el jugo agridulce le trasmita las fuerzas que necesita, y se calza el sombrero de yarey, tan viejo y tan sucio como su ropa o su propia cara.
Cuando llega ve que otros viejos le han tomado la delantera en el negocio. Maldice: ¡mierda!, suelta. Y se jura que al día siguiente se levantará aún más temprano, porque ahora, por retrasarse, no alcanzará a comprar los periódicos que le hacen falta para, revendiéndolos, completar el dinerito para sus tres tabacos y, con suerte, algo para acompañar eso que él mismo, para darse ánimos, llama “el arroz y los frijoles nuestros que Dios nos da cada día”.
De todos modos encuentra una luz: cambiará su ruta y se irá a sentar en el banco, allá, frente a la parada de es famosa heladería habanera, Coppelia, donde pasa mucha gente y seguro alguien querrá comprarle, a 50 centavos o a peso, esos cuatro o cinco periódicos que él, cada mañana, muy temprano consigue aquí, a 10 centavos la unidad.
— Ojalá tengas suerte hoy – se dice y lanza su mirada al inicio de la cola, a ver si ya han abierto el estanquillo.
