Duende en Nueva York

Elidio La Torre Lagares

 

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La vista desde la cima de Cat Rock es monumental.

Vengo aquí todos los veranos, en una suerte de peregrinaje. La roca es milenaria. Me complace el anonimato de estar allí, sentirme partícula de polvo en una inmensa nada. Sin brújula. Central Park es un templo.

Es fácil desaparecer aquí.

Una arbolada simétrica y frondosa parece amortiguar el horizonte de acero, cristal y concreto que a veces da la impresión que avanza hacia uno. El verdor de Central Park se humilla ante el paisaje neoyorquino. Nueva York siempre será materia poética y me acompaña Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, uno de los libros fundamentales de la poesía moderna española e hispanoamericana.

Desaparecer es fácil aquí.

La Ciudad de los Rascacielos es una zarza que desgarra a Lorca, a quien otro Federico, el de Onís,le recibiera en la Universidad de Columbia a su llegada en junio de 1929. La ciudad, Lorca descubre pronto, es flor de Duende, un poder misterioso, como el poeta mismo definiera, “que todos sienten y que ningún filósofo explica”. El mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, decía.

El arte nace entre pugnas. La dialéctica entre la realidad subjetiva y el mundo objetivo tensa en una unidad poética.

A 75 años desde su publicación,Poeta en Nueva Yorkse lee como un texto experimental, un baúl de imágenes surrealistas cuya intensa plasticidad estética nos hace perder noción de su posesión capital más preciada: su líricabioficción.

Estos poemas son instancias enunciadores de una memoria que respondetanto al Lorca biográfico como al sujeto ficcional. Poeta en Nueva Yorkse autoconfecciona con el mismo tejido de los mitos.

Lorca, con la insipidez de un desencanto amoroso, arribóazul a los Estados Unidos,atormentado por la persecuciónde la que era objeto en España. De inmediato siente la ciudad de Nueva York volcar su violencia sobre él.Lo atropella. Alrededor del dolor, como en un fuego, danza el Duende, cuya llegada “presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”, según Lorca dijera en su memorable conferencia “Teoría y juego del duende”, ofrecida años después en Buenos Aires.

Los mismos atributos describen a Poeta en Nueva York.

Es un poder misterioso lo que se expresa a través del artista y se mueve a través del lenguaje. El Duende no amansa estéticas trascendentales ni lógicas. Es la inspiración artística ante la pulsión de muerte. En Poeta en Nueva York, el Duende emerge como imperativo narrativo.

El duende es el Eros; el movimiento original. Es caminar a través del Nepantla y de regreso. Amor y muerte. Luz y sombra. El Duende acerca al sujeto a su realización existencial y, por tanto, conforma un lenguaje.Ninguna verdad es posible sin el lenguaje, sabemos, y ninguna verdad es posible con él, puesto que siempre es ideológico- siempre envuelve relaciones de poder. Lorca, perseguido por su orientación de género y por sus convicciones políticas, enuncia desde la marginalidad, desde la opresión, desde el rechazo y el anonimato de las masas.

Lorca era multitudes. Como Whitman, en Hojas de hierba.

Elidio-La-Torre-2-columna-otrolunes37Así, Poeta en Nueva York camina comprometido a desvelar realidades culturales y políticas. Bajo la cortina de las imágenes oscuras e irracionales, coexisten las percepciones. Desde el primer poema en el libro, “Vuelta de paseo”, nos anuncia que anda “Asesinado por el cielo”. No hay fe. No hay recinto elevado de aspiraciones. Lo inalcanzable ha pasado factura. Las formas de la realidad física se mueven hacia la serpiente. Los árboles no tienen rama. Los animales quedan descabezados.  Nueva York es percibida como destrucción. Es un páramo, un terreno baldío a la manera de Eliot. La mañana y la esperanza son una imposibilidad. El hablante de Poeta en Nueva York, como Lorca, deambula desarraigado social y culturalmente.

El Duende neoyorquino instila formas de muerte espiritual, material, social e, incluso, económicas. Por ello, el Poeta en Nueva York otorgaliminalidad a aquellos que viven invisibilizados, como canta “Norma y paraíso de los negros” en la segunda sección del libro, titulada “Negros”.

Para 1930, al momento de la Gran Depresión, Lorca encuentra a un Nueva York empantanado en el hambre, el desamparo y la desigualdad. Poeta en Nueva York, aunque lejos de ser un tratado sociológico, sí es un texto político. “Ay, Harlem! Ay, Harlem! Ay, Harlem,” lamenta la voz en “El Rey de Harlem”: “No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,/ a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro”.

El eclipse intuye una oscuridad a cause de un cuerpo que obstruye la luz.

Es un mundisimaginalis donde lo onírico  converge con la racionalidad del lenguaje. El lenguaje, después de todo, es ordenar.

Poeta en Nueva Yorktrae a Lorca como flâneur atormentado, un zombi por las calles del Bowery. Su impresión de la ciudad decanta en dolor. Todo se rompe por la noche, Lorca escribe en algún momento, y sin embargo, la noche ofrece un espacio para el Duende. Incluso, en días solemnes como la Navidad, la voz vaga por los guetos en un intento por recuperar ese espacio negado a través de encuentros amorosos con los marineros (“Navidad en el Hudson”).

La ciudad es insomnio. Alucinación. Spleen. Una multitud de vómitos y orín puebla los versos. Lo escatológico, los fluidos corporales, y el dominio de las bajas pasiones van arrollando con su profunda soledad.

Y sin embargo, en la sección final de Poeta en Nueva York, el poeta parece encontrar posibilidad de redención: “Iré a Santiago./ Arpa de troncos vivos. Caimán. Flor de tabaco”.Cuba es la promesa. Cuba es el Shangri La. En Cuba espera el descanso.

En fin, Lorca tiene a dónde ir. Y yo no.

En la cima monumental de Cat Rock, me rompo en el viento. Solo el dolor entiende el dolor. De un costado del cielo han brotado millares de gritos de aquellos que vinieron una vez desde mi país –que no es Cuba; es la otra ala, es Puerto Rico– y se encontraron irremediablemente perdidos; que miran a una tierra que solo existe en las ficciones del corazón y en los sueños.

Y yo, perdidamente sin remedio, mirando una tierra que ya no será. Y yo.

Una belleza terrible nace. Duende.

Del Autor

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Elidio La Torre Lagares
(Puerto Rico, 1963). Escritor. Formó parte del grupo Puertas, importante colectivo de poetas que reunió a destacadas figuras más de la Generación del Noventa. Ha publicado tres libros de poesía, Embudo, Cuerpos sin sombras y Cáliz; un libro de relatos, Septiembre (2000); y dos novelas tituladas Historia de un dios pequeño (2001) y Gracia (2004), publicada por la Editorial Oveja Negra. Es columnista del periódico El Nuevo Día. Es fundador de la editorial Terranova, dedicada a la difusión de la joven literatura puertorriqueña.