Uno de los fenómenos frecuentes cuando alguien ve anulada su argumentación ante la fortaleza del adversario, es lapidar la discusión reduciendo el todo a un problema de semántica, relegando el significado de las palabras al capricho del contendor incapaz de aceptar el peso de la idea contraria.
Dos palabras me llevaron a la reflexión: Moral y Ética.
La norma social se desprende de las construcciones sucesivas que constituyen las culturas, y esa sucesión por ser histórica, contiene todos los elementos inherentes a los pueblos que armaron los entramados que rigen las conductas aceptables al momento de su imposición. Por estar etnia y religión en el origen de cada sociedad, el aporte de las religiones ha sido fundamental en la creación de la norma.
De manera paralela existen compromisos, intereses o motivaciones individuales, estructuradas sobre el pensamiento lógico y el reconocimiento del bien y el mal, que son deducciones humanistas universales e independientes de todo concepto religioso, aunque las reivindiquen también las religiones.
El primer planteamiento corresponde a la construcción de los sistemas morales, el segundo es el cimiento de los sistemas éticos.
La moral es entonces la norma social, los acuerdos contemplados en el “Contrato Social”. Por su diferente construcción (su génesis en las culturas), han resultado en múltiples sistemas muchas veces antagónicos. Foucault la plantea como un sistema de prohibiciones a partir de la problematización de comportamientos, al tiempo que propone la ética como lo que permite dilucidar esas problematizaciones y calificarlas desde la crítica del pensamiento humanista.
La ética es entonces una sola, universal y por encima de las relaciones particulares de religiones o estados, de allí que desde un comienzo se observe en el planteamiento aristotélico lo relativo a lo propio orientado a la consecución de la felicidad o “buena vida”, basado en el entendimiento del bien y el mal a partir del sentido común. Los diferentes sistemas filosóficos posteriores continuaron profundizando en aclarar su necesidad y fin, hasta llegar a los planteamientos de Kant y posteriormente de Hegel, que conducen al ámbito intersubjetivo para garantizar su universalidad e incondicionalidad, y por último (para resumir, no porque el recorrido esté completo), al plantear Wittgenstein el reconocimiento de la naturaleza lingüística de la razón y de que la ética es el límite de lo que puede expresarse como uso práctico de la misma, termina separándola de los sistemas morales porque las religiones no son dominio de la razón, las religiones son dogma que se acepta por las imposiciones de la fe.
Los códigos morales han sido una construcción paulatina y ajustada a las exigencias de las religiones dominantes y las necesidades de los gobernantes apoyados en ellas en el momento de su aparición, por aquello de las necesidades, muchos han sido construidos en contra de la ética, es decir en contra de los principios humanistas universales. De ahí derivan doctrinas hijas de la superstición que conducen a ser estigmatizados por haber nacido de padres que no se han casado, la incongruencia de la condena a la anticoncepción, la validación durante dos milenios de las guerras religiosas, y las doctrinas racistas que se enseñan con el antisemitismo cristiano e islámico. Basta recordar como el catolicismo medieval decide calificar al pueblo judío como asesinos de Dios utilizando para ello el Misal Romano creado por Pio V en 1570, y que contiene la plegaria base de las doctrinas no solo antisemitas sino por extensión racistas católicas, ortodoxas y protestantes de Europa y Norteamérica: “Recemos por los pérfidos judíos”, para que aquel pueblo “sea liberado de las tinieblas”. La razón, el cristianismo primitivo había logrado imbricarse en el imperio y heredarlo, mal hubiera hecho en considerar las razones políticas del Imperio Romano en Palestina. Hoy, desde la ilustración, se ha logrado desmontar buena parte de las morales así armadas.
Al menos por eso, los sistemas morales necesitan cambiar, la ética es inmutable.
