Visito las recientes antologías de poetas jóvenes y nada me asombra. Si acaso la ingenuidad de su factura y la suficiencia con la que se postulan. Es fácil reconocer en la mayoría un apetito de fama, un ansia de aprobación que los impulsa a publicar, sin el menor dejo de pudor, cualquier ocurrencia retórica que los visita. Ausente el rigor, el trabajo, el esfuerzo espiritual y la autocrítica, lo que se nos ofrece es la hueca y olvidable sustancia de una exposición urgente. Pero no es un signo nuevo. Hace cuarenta años Roger Caillois formulaba la siguiente sentencia: “Se presentan como poemas tantas obras en las que es difícil encontrar otra cosa que los fraudes más inadmisibles, tanto sentimentales como artísticos o intelectuales, que es imposible que un juicio severo no considere a la poesía como el derecho dado a cualquiera para decir cualquier cosa, sin garantía y sin obligación de rendir cuentas.”
Pero cada tanto aparece un poeta que, desde un desarrollado talento, en su honesto desajuste, brinda una obra libre, profunda y aleccionadora. La poesía de José Carlos Becerra nos revela algo que emerge de una hondura viscosa traspasando el plano de la mirada y el de la razón. Y allá, en el fondo de la expresión esencial, su sensibilidad abarca y parece inaugurar todo cuanto nombra. Esta poesía no es el ejercicio preciosista enamorado de sus propios contornos. Tampoco es la voz grave de dictaduras intelectuales que pontifica y ofrece las claves de la vida. Su palabra florece partiendo desde dentro la roca de la conciencia cotidiana; es una voluntad que nombra al mundo, como quería Sócrates, por medio de dudas y preguntas; es el resultado de una operación creativa que desplazó a la razón para dejar pasar al espíritu. Acompañado de una cauda de experiencias vitales, Becerra conoce que la realidad es inasible, por eso renuncia a explicarla. Lo que hace es permitir que la realidad se exprese a través de su pluma por medio de páginas apretadas de imágenes y simbolismos. Discierne, sí, pero tras la reflexión siempre asoma el asombro o el espanto. El resultado invariable es un espléndido artefacto cuya esencia nos acompaña lejos.
Octavio Paz ha escrito: “José Carlos lo oía todo con los ojos brillantes. Descubría al mundo y el mundo lo descubría.” Afirmó asimismo que la suntuosidad negra de sus exploraciones poéticas iniciales fue cediendo paso a la concentración del ejercicio poético en lo que llamó “un lenguaje metálico, más hecho para perforar la realidad que para celebrarla.”
En efecto, su obra, siempre en proceso, siempre en construcción, da la impresión para el ojo analítico de ser un cuerpo perfectamente estructurado, un sistema estético y filosófico vertebrado a cabalidad. No obstante, la sensibilidad lo que percibe es un organismo de sensaciones recolectadas con una sutil antena. Un retrato en movimiento amplio –como el vaivén de sus muy largos versos— despojado de solemnidad, desprovisto del imperdonable acartonamiento de la pose.
Poeta natural, Becerra reconoció muy pronto su íntima voz y encontró un timbre, reconocible entre otras peculiaridades por la fuerza y la profusión discursiva de su fraseo. La exuberancia de sus amplios versículos sostiene la profundidad y el vigor, cualidad inusual en un poeta joven. Caudalosas y refulgentes, las aguas del poema cantan su homenaje. ¿A qué le hablaba en sus primeros versos? Según la tradición ritual, la diosa Luna inspiraba los mitos poéticos y solicitaba que el hombre rindiese a la mujer su homenaje espiritual y sexual: el llamado amor platónico. Como romper la piel del mundo, el poeta penetra, o, parafraseando a Sabines, lo ve todo abierto y dice y entra:
Piel y mundo
Tu piel es partidaria del mar
del mar que canta entre las manos del cielo
del mar que sacude sus ramas en la playa
para aligerarse de espumas y de adioses.
Tu piel es el mar que transparenta,
es el mundo que suena en los labios igual que la lluvia
Tu piel es partidaria de la espuma
donde el amor encuentra demolida a la tarde.
Tu piel es lo que se reúne para volar
cuando la luna es la piedra de toque del alba
y la caricia se oscurece por lo fatal del océano,
por la profundidad de las aguas besadas.
Tú eres la que se desnuda para que el verano tenga vientos propicios
la que canta amartillando su corazón como el cielo que piensa la tormenta,
y en ti el trópico guarda lluvia y pantanos,
panteras que me acechan tras la liana de un gesto.
Eres el ademán de una selva con luna,
calor cuyos acordes de brillo me salpican,
soltura de una noche que casi dice al viento que la sueñe,
que le bese su forma de ángel que no nace.
Y yo he descubierto la espada que tu indolencia emplea,
esa mirada súbita que recuerda a los puertos,
esa sonrisa que de pronto se oscurece por el peso de un animal poderoso,
ese corazón arreglando su nubes.
¿Qué locura detiene su estribillo de astros en la mirada triste?
Sólo tu cuerpo puede iluminar la noche,
sangrar por los cuatro costados de la oscuridad que pregunta,
sólo tu piel con intención de océano.
Eres la que se tiende en el mediodía silbante del bosque,
eres la que empuña los remos del poniente,
eres el corazón que devoran los puertos.
Es tu piel donde la noche viene a extender sus mapas,
es tu piel donde el mar brilla como unos labios.
Es notorio en una enunciación así que el poeta no trabaja el lenguaje a partir de una idea sino de una emoción, incluso de una compleja red de sentimientos y percepciones que básicamente no han sido nombradas. La belleza de frases como “Es tu piel donde la noche viene a extender sus mapas” no proviene de la pequeña ambición ornamental. Responden más bien a la antigua tradición en la que el poeta construye una de las metáforas esenciales: lo femenino simboliza el cosmos donde nacemos y morimos y, entre un acontecimiento y otro, transcurre la asombrosa vida. En la mujer reposa la memoria del mundo. El poeta lo reconoce y lo declara, valiéndose de una estrategia donde se nombra el todo por la parte: la piel. Y qué otra cosa es la piel sino el órgano más extenso, el que confiere la red incesante del aspecto y el que constituye una frontera entre el adentro y el afuera. El poeta constata estremecido que el mundo es todo cuerpo y todos somos mundo. La apariencia encierra un misterio cuya fascinación es turbia.
Andando el tiempo, el poeta se desplaza y registra nuevos escenarios, como la ciudad, que es un aprendizaje de emociones encontradas que suele dejarnos sin palabras. Al poeta, en cambio, le son suministradas las palabras exactas por la vía de la emoción:
Me duele esta ciudad,
me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima
como un muerto invencible,
como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis preguntas.
Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima,
ese llanto es una aventura fatigada,
una mala razón para exhibir las mejillas.
En estas palabras hay un poco de polvo egipcio,
hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas en el algodón del pasado,
y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas tardes,
cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como los cabellos húmedos y largos
de una mujer desconocida.
Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes avenidas,
a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos,
vi morir los antiguos guerreros,
sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado.
Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco,
esta mirada que cruzo con mi madre muerta,
esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva,
y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad,
los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.
Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica,
la cortesía de los ciegos,
la caricia torva como una virgen insatisfecha.
Mirad las excavaciones de la noche,
escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros,
mostrándoles su anillo de compromiso con la Divinidad.
Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.
Sí, me duele este atardecer,
esta boca de sol y de verano.
En su periplo, diversifica el poeta su mirada en la diversidad de asuntos como el viaje, la historia, las herencias culturales, los monstruos sagrados, la arquitectura, e incluso ciertas formas de la cultura popular, como la historieta, tal puede constatarse en el poema “Batman”, que transforma un asunto de aventuras en una indagación metafísica:
Recomenzando siempre el mismo discurso,
el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para distraer al silencio;
la persecución, la prosecución y el desenlace esperado por todos.
Aguardando siempre la misma señal,
el aviso del amor, de peligro, de como quieran llamarle.
(Quiero decir ese gran reflector encendido de pronto)
La noche enrojeciendo, la situación previa y el pacto previo enrojeciendo,
durante la sospecha de la gran visita, mientras las costras sagradas se desprenden
del cuerpo antiquísimo de la resurrección.
Quiero decir
el gran experimento.
buscándole a Dios en las costillas la teoría de la costilla faltante,
y perdiendo siempre la cuenta de esos huesos
porque las luces eternamente se apagan de pronto, mientras volvemos a insistir en hablar a través de ese corto circuito,
de esa saliva interrumpida a lo largo de aquello que llamamos el cuerpo de Dios, el deseo de luz encendida.
Llamando, llamando, llamando.
Llamando desde el radio portátil oculto en cualquier parte,
llamando al sueño con métodos ciertamente sofocantes, con artificios inútilmente reales,
con sentimientos cuidadosa y desesperadamente elegidos,
con argumentos despellejados por el acometimiento que no se produce.
Palabras enchufadas con la corriente eléctrica del vacío, con el cable de alta tensión del delirio.
(Acertijos empañados por el aliento de ciertas frases, de ciertos discursos acerca del infinito.)
Cabría suponer un asombro infantil ante la condición del héroe pero, como en otras estrategias poéticas, no está en el centro la historia del héroe sino la historia de la imaginación.
Como ocurre con los creadores provistos de autocrítica, dinámicos en las formas de su decir, la forma en la poesía de Becerra se modificó con el tiempo, con la experiencia, con las lecturas. Se fue sofisticando. Su discurso se adelgazó, perdió volumen pero no intensidad. Ni altura. Ganó condensación y prevaleció el asombro como esencia rectora de su impulso. Incorpora además un humor agridulce, una sonrisa ligeramente áspera en cómplice mueca.
[jaula de la convalecencia]
qué dulce
pero qué dulce oir esas palabras,
esos gemidos de las fieras,
ese ruido donde el silencio y la saliva
son la misma persona
que fuerza la cerradura de la puerta,
qué demasiado tarde, sin embargo,
cómo buscarte en el baño, viendo
en el botiquín los frascos rotos,
qué dulce levantar con precaución la sábana
para mirar el rostro,
la mosca posada en su frente
como el único dedo visible
de la mano de Dios,
de un aquí a destiempo,
qué dulce,
pero qué dulce esperar a que venga
la enfermera,
la señorita que me dirá sonriendo
¿Se siente bien así
o desea ser operado de nuevo?
las pinzas que me dejaron dentro
ya están floreciendo,
nos amaremos de nuevo y unas ramitas verdes
que no deben confundirse con el pus,
me crecerán mientras vuelven a colocarme
en el interior de mi jaula
desde ahí los veo a todos ustedes
Los más complejos y gratificantes productos de la imaginación humana, de la expresión que coordina intelecto, intuición y sensibilidad, son arduos. Nos es inexplicable, por tanto, que José Carlos Becerra no sea un poeta masivamente frecuentado. Bien está. Que lo lea el que se haya ganado, con semejantes dosis de intuición, inteligencia y goce, acampar en uno de los discursos más interesantes y altos de la poesía mexicana. Asombrarnos ante el mundo, guiados por el que eleva su emoción hasta resignificar la apariencia estable de las cosas y las nombra, el que defiende a la palabra de sus depredadores.
