Se ha dicho seguramente millones de veces que los ojos son el espejo del alma. Si esto es una realidad cuando nos referimos a personas, yo me atrevería a afirmar que el lenguaje es el cristal que transparenta el alma de los pueblos, el libro abierto al que cualquier extraño puede asomarse para leer sobre ellos. No hablo del idioma en sí, sino del modo en que se expresa la gente en su lengua nacional. Hace poco vi una entrevista de un periodista cubano a un intelectual emigrante que llegaba a La Habana. Me llamó la atención la manera de hablar del hombre de la Isla. Se supone que un periodista es una persona de cierta cultura, alguien que articula limpiamente los vocablos de su lengua. Pues no. El discurso de aquel señor era vulgar, falto de fluidez y con una dicción que en nada evidenciaba al profesional de la comunicación o la prensa. O al menos a lo que generalmente suele reconocerse como tal.
Recuerdo el tiempo en que la revolución se dedicó a romper las viejas estructuras de la sociedad. Con ellas desaparecieron asignaturas como la llamada Moral y Cívica, que se impartía antiguamente en la escuela cubana; y desaparecieron también las maneras educadas de los profesores, que fueron sustituidas por otras que sonaban más “populares” al oído de las nuevas autoridades. Ahí, en mi opinión, está el origen de algunas deficiencias e incorrecciones del español que se habla mayoritariamente en Cuba. Recuerdo también el modo en que se expresaban los actores o actrices “de antes”, y lo comparo con la manera ordinaria y ramplona en que lo hace hoy en día mucha de la gente que aparece en pantalla, tanto en el cine como en televisión. Se copia lo peor de la calle con la supuesta intención de recrear el habla popular cubana. Incierto, se habla así porque no se sabe hacerlo de otro modo, porque el ciudadano de la Isla ha descendido varios peldaños en la escalera de la educación formal, porque una gran parte de los profesores en las escuelas hablan como si provinieran de un barrio marginal. Lo peor de todo es la impresión de que, con cada día que pasa, el pueblo hace peor uso de la lengua hablada.
¿Será posible que Cuba se recupere de la chabacanería y la ordinariez que hoy la agobian tanto como sus carencias materiales? ¿Volverán los cubanos a hablar con algo que se parezca a aquel dulce acento con el que hablaban nuestros desaparecidos padres y abuelos?
