En su libro Diez novelas y sus autores, publicado en 1954, William Somerset Maugham hizo la observación de que los grandes novelistas han escrito sus mejores obras alrededor de los treinta años de edad. A los treinta años, es cierto, el organismo humano se encuentra en su nivel más alto de eficiencia. Flaubert empezó a escribir Madame Bovary a los treinta años de edad. El abate Prévost publicó su inolvidable novela Manon Lescaut en 1731, a los treinta y cuatro años de edad. Balzac escribió Papá Goriot a los treinta y cinco años. Herman Melville escribió Moby Dick a los treinta y dos años de edad. Tolstoi empezó a escribir La guerra y la paz cuando tenía treinta y seis años. Hay excepciones: Stendhal, quien nació en 1783 y publicó su gran novela Rojo y Negro en 1830, a los cuarenta y siete años de edad. También Boris Pasternak publicó su más renombrada obra Doctor Zhivago, en 1957, a los sesenta y siete años de edad, por supuesto algo nada usual. Y José Saramago –la más reciente excepción- vio publicada su última novela en 2008, a los 86 años de edad, cuando solo le quedaban dos años por vivir.
Pero existe otra característica que distingue a las grandes novelas: todas desecharon los temas de interés temporal, que con el paso del tiempo perdían su valor, y se adentraron en temas de perdurable interés para todos los tiempos, los temas eternos: el amor y el odio, la ambición, el bien y el mal, es decir las pasiones comunes, que se repiten de generación en generación, “y es a causa de esto –subrayó Somerset Maugham- que los hombres han encontrado en esos libros algo que les concierne”. Esas novelas siguen atrayéndonos porque no fueron escritas pedagógicamente, con ánimos de moralizar, para propagar ideas políticas y religiosas, o para ganar adeptos a una causa: en ellas se describen a los personajes no como los autores quieren que sean sino cómo realmente son, y por esa única razón –ya lo sabemos- sus personajes, arquetípicos, se han negado a morir: siguen viviendo con perdurable autenticidad en el corazón de todos nosotros.
Quizá la explicación más confiable de por qué la creatividad se manifiesta en la etapa más temprana de la persona, está consignada desde hace siglos en los principios de la sabiduría ayurvédica. El Ayurveda –en sánscrito ayus, que significa vida,y veda, conocimiento-, un programa holístico para la prevención y el cuidado de la salud, que surgió en la India hace más de cinco mil años, es acaso la teoría y práctica médica más antigua que se conoce, y está relacionada directamente no solo con la conservación de la salud sino también con un proyecto para acceder a la mítica “fuente de la juventud”, es decir a la noción cierta del rejuvenicimiento del cuerpo, a nivel atómico y subatómico, una posibilidad que en épocas más cercanas, desde hace apenas un siglo, viene confirmando la fisica cuántica.
Como otras filosofías orientales, el Ayurveda insiste en recordarnos que todos los seres humanos, sin excepción, nacen para ser felices, saludables y prósperos. En el momento de nacer todos los doshas, todos los líquidos orgánicos del niño están en perfecto equilibrio para garantizarle una existencia sana, prometedora y feliz. Si no ocurre así, y desde las fases tempranas de la vida se anuncia que esa tríada no se hará efectiva es porque de alguna forma, en esta vida o en una anterior, hemos dañado la programación.
La doctrina budista apunta que en cada persona hay un Buda en potencia y, por tanto, que la budeidad no le es negada a nadie si en lo más profundo de su corazón se propone alcanzarla. Ese diseño que define la ruta promisoria que debe aguardarnos, está profetizado en cada nueva encarnación. Sin embargo, para retardar o impedir la conquista del despertar espiritual prometido por Buda, la persona, guiada por la ignorancia, ahiere a esquemas y patrones de conducta que las impulsan aceptar como cierta la formulación de que existe un impulso vital, codificado en los genes, incapaz de luchar contra la entropía, lo cual le impide alcanzar altos niveles de creatividad más allá de los treinta años, una edad a partir de la cual supuestamente todos los factores de expansión comienzan a declinar hasta desembocar en ese tránsito de un cuerpo a otro, durante una etapa a la que le hemos dado el nombre de muerte.
“Vistos en su más pleno esplendor –ha escrito Robert Sachs- nuestros cuerpos no serían considerados como simples vehículos o contenedores sujetos a la enfermedad y la decadencia, sino como mecanismos físicos capaces de inspirar y conmover la vida de los demás”. En los textos ayurvédicos se consigna que existen tres venenos que conspiran contra el potencial de vida plena que se nos promete por el solo hecho de habitar en el universo. El Ayurveda enseña que cualquier sufrimiento que experimentemos, lo mismo físico o espiritual, es causado por esos tres venenos: ignorancia, apego y agresión. Cuando algunos de esos tres venenos ocupan el centro de nuestras vidas, hasta convertirse en nuestra característica forma de ser, influyen directamente en la composición de los doshas y se identican con los humores predominantes en el cuerpo, que desde la época hipocrática se conocen como temperamentos flemáticos, linfáticos, melancólicos y sanguíneos.
El humor dominante en cada persona se produce por la influencia del planeta que rige su signo solar. De modo que la fecha del nacimiento es determinante en la composición química del cuerpo, cuya elaboración está a cargo del karma vital. Se entiende como karma aquellos recuerdos mentales, propensiones vitales y esquemas de conducta que hemos cultivado en vidas pasadas y que han sido traslalados de un cuerpo a otro, de una vida a otra a través de sucesivas reencarnaciones. De esa forma – ha dicho Amit Goswami- se fortalece una memoria cuántica que utiliza los campos morfogenéticos como canales por donde transitan los recuerdos vitales, es decir las energías vitales –los doshas– como propensiones cuánticas destinadas a dar forma, textura y aliento a los órganos del cuerpo.
Cuando cualquiera de esos doshas, lo mismo vata que pitta o kapha se desequilibra, cuando no hay equilibrio entre esas tres energías vitales se produce un conflicto a veces insoluble entre el medio interno y externo, es decir entre el individuo y el universo –entre el microcosmos y el macrocosmos- de lo que resulta una pérdida progresiva del potencial cuántico de vitalidad, dando aparición al envejecimiento, que en sus sucesivas etapas de declinación, sobre todo a partir de los cincuenta y cinco o los sesenta años de edad, produce una disminución cada vez más ostensible de la creatividad que reside en el ámbito cuántico de toda persona cuando nace. El sabio indio Maharishi Yoga ha dicho que el orden y el desorden se encuentran en constante movimiento en nuestro cuerpo, y que solo podemos curarnos y mantener a salvo nuestra plenitud creadora cuando nos damos cuenta del desorden y nos afanamos por restablecer el orden.
Las tres energías o doshas determinan nuestra capacidad intelectual, de manera que cualquier desequilibrio de los líquidos orgánicos (sangre, bilis, pituita y flema), cualquier exceso o déficit de estos cuatro humores, que la doctrina hipocrática considera la causa de las enfermedades, es a la vez el culpable de que los creadores artísticos (pintores, escritores, músicos, etc.) agobiados por el paso de los años, comiencen a experimentar la angustiosa corazonada de que la inspiración se aleja de sus vidas.

Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust (Auteuil, 10 de julio de 1871 – París, 18 de noviembre de 1922)
Para no perder la conexión con la inspiración, es decir con ese estado de gracia, con esa especie de soplo divino que tanto facilita el trabajo, los creadores alimentan todo tipo de “manías”. Se sabe que Marcel Proust nunca empezó a escribir sin tener antes a su alcance, en la mesa de trabajo, el olor de una manzana. Goethe escribía sentado en un caballito de madera. Para atraer la inspiración, William Faulkner necesitaba escribir sobre un papel azul. Dostoievski redactó sus mejores obras caminando en su habitación y dictándoselas a una taquígrafa. También Ernest Hemingway experimentaba la necesidad de escribir de pie. Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, durante una conversación que sostuvimos en La Habana me confesó: “Durante mucho tiempo tenía que escribir en un cuarto donde me sintiera muy familiarizado, siempre a la misma temperatura porque yo aprendí a escribir en el trópico, en el Caribe, a treinta grados de temperatura y me cuesta mucho trabajo escribir a otra temperatura. Cuando estoy en los países donde hay distintas estaciones, mantengo todo el año el cuarto a la misma temperatura…Tiene que ser en papel blanco, de 36 gramos, tamaño carta…Tiene que ser una máquina de escribir eléctrica con cinta negra.Las correcciones tienen que ser con tinta, y con tinta negra. Toda una cantidad de pequeñas manías que no hay ninguna duda que son obstáculos que uno mismo se crea. Un día uno dice: No puedo escribir porque se me acabó el papel de éste. No puedo escribir porque la tinta que tengo no es negra, es azul. Se establece una especie de lucha constante mientras esas manías se van creando. Yo las cultivo porque, en fin, son la vida de uno, pero al mismo tiempo lucho contra ellas”.
No son solo los escritores quienes acuden a esos recursos o manías para potenciar la creatividad. Los físicos cuánticos también lo hacen. Werner Heisenberg, quien alcanzó el Premio Nobel de Física en l932, lograba un estado anímico favorable a su labor creadora memorizando poemas de Goethe o escalando montañas hasta respirar en las alturas una atmósfera sin polen. Paul Dirac, físico británico que formuló la teoría cuántica del electrón, decía que sus mejores momentos creadores lo lograba en la tranquilidad monástica de los pabellones universitarios, en Cambridge. Erwin Schrödinger, cocreador de la mecánica ondulatoria, llegó a confesar que accedía con más facilidad a la inspiración durante sus aventuras amorosas con una bella mujer en un hotel del Tirol austríaco.
La solución no está en los recursos de los que el creador se apropia para atraer la inspiración. La verdadera solución, ofrecida por la sabiduría ayurvédica, es mantener el equilibrio entre los tres doshas a fin de preservar la unidad entre cuerpo, mente y espíritu.
El malentendido de que la capacidad creadora empieza a declinar a los treinta años de edad –como subrayó Somerset Maugham- proviene de una apresurada lectura de los textos ayurvédicos. Es cierto que el Ayurveda nos dice que el equilibrio de los doshas está determinado por el ritmo de la vida, que a la vez está divido en tres fases. En la primera etapa de la vida, tanto el cuerpo como la conciencia y las facultades físicas y mentales están en constante desarrollo. Esta etapa, que se corresponde con la fase kapha cubre desde el nacimiento hasta los treinta años de edad. La segunda etapa, pitta, se prolonga hasta los sesenta años, y durante ese período los conocimientos y las habilidades profesionales adquiridos durante las primeras tres décadas de la vida adquieren su mayor productividad. A partir de los sesenta años comienza el ciclo vata, cuya característica fundamental es una transformación del cuerpo y del espíritu, que necesariamente no debe identificarse con el agotamiento intelectual, puesto que el Ayurveda también señala que, mediante ejercicios de relajación, coincidentes con el Hatha Yoga, y por supesto con la práctica de la meditación, es posible conseguir la regeneración de los tres doshas y vencer en la lucha contra la enfermedad y el envejecimiento. Esa misma idea la encontramos en China desde la más remota antigüedad. A fin de adquirir un cuerpo resistente no solo a las enfermedades sino al devastador paso de los años se idearon técnicas de longevidad practicando las danzas chamánicas que dieron origen al Tài Chi Ch`uan.
Ejercicios ayurvédicos. Yoga.
El objetivo de cualquier escuela de Yoga es el de propiciar la unión entre el ser individual y el ser cósmico, entre nuestro mundo interior y la consciencia universal. Pero el Hatha Yoga, que es la escuela física de la doctrina yogui, sin obviar ese trascendente propósito está encaminada también a elaborar un “programa de mantenimiento preventivo” –para usar las palabras de Vijay Hassin- a fin de que nuestro cuerpo disfrute de una salud perfecta. La doctrina ayurvédica persigue idénticos propósitos. Para el Ayurveda “regeneración” significa restablecer, mediante ejercicios corporales, el equilibrio de las tres energías o doshas con la finalidad de que la persona consiga recuperar el estado de prakrothi que tenía en el momento de nacer.
Para la doctrina yogui existen dos sistemas nerviosos, uno de los cuales solo opera en el plano astral. Este sistema nervioso etérico corre a lo largo de la columna vertebral estableciendo una estrecha comunicación con los siete chakras, que en el Ayurveda se conocen como los siete tejidos vitales (sapta dhatus), los cuales sirven de pilares en el cuerpo humano, y como los chakras en la teoría yogui son los encargados del crecimiento y consolidación del cuerpo y del espíritu. Esa coincidencia entre los presupuestos del Yoga y del Ayurveda, como veremos más adelante, propician la similitud entre los ejercicios aconsejados por ambas doctrinas.
Aunque la ciencia occidental no tiene respuestas a las múltiples interrogantes que nos hacemos sobre la generación, transmisión y naturaleza del impulso nervioso, la doctrina yogui no duda en afirmar que la energía nerviosa no es otra cosa que la forma que adopta para manifestarse en nuestro cuerpo la energía universal, es decir el prana. La doctrina yogui sigue diciendo qu al entrar el prana o fuerza vital por ambos conductos de la nariz, llega hasta un lugar situado detrás del entrecejo, entre la silla turca y la hipófisis, desde donde se bifurca en dos elementos: Ida y Pingala, cada uno de los cuales se dirige a una parte determinada del cuerpo para tonificarla, precisamente gracias a un aumento de la energía nerviosa. De ahí que para el Yoga el ritmo orgánico está relacionado íntimamente con el ritmo respiratorio, con la alternancia térmica que se produce cuando entra el aire frío y exhalamos aire caliente. Y de ahí también el punto de vista yogui de que haciendo más lenta la respiración se prolonga la vida.
Uno de los ejercicios respiratorios del Hatha Yoga que ofrece benéficos resultados es el que se conoce como “respiración completa”, que es una respiración totalmente abdominal o diafragmática, conocida igualmente con el nombre de “respiración de meditación”. Se aconseja para controlar el estrés y debe efectuarse en completo estado de reposo, boca arriba y con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo. Debe inspirarse lentamente por la nariz hasta llenar la parte inferior de los pulmones a tiempo que se eleva el abdomen. Terminada la inspiración, debe comenzarse la espiración, también por la nariz, con la boca cerrada, hasta que se logra comprimir el vientre. La “respiración completa” puede efectuarse varias veces siempre que no se produzca cansancio o fatiga.
Otro ejercicio que puede realizarse con facilidad es el que el Yogui Ramacharaka denomina “respiración purificadora” que se aconseja cuando la persona está fatigada –próxima al estrés- y necesita refrigerar los pulmones. Así lo describe Ramacharaka: Primero hacer una inspiración completa. Segundo: retener el aire unos cuantos segundos, y tercero: juntar los labios como para silbar y exhalar un poco de aliento con ímpetu. Suspender la inspiración, retener el aliento y exhalar de nuevo otro poco. Repetirlo hasta exhalar todo el aliento con bastante ímpetu.
A cualquier persona le es posible darse cuenta con facilidad que durante la respiración se obstruye una de las ventanas de la nariz y que respiramos utilizando alternativamente una fosa nasal y otra, lo que en cierta forma viene a confirmar la teoría yogui de la bipolaridad del aire, de los dos fluidos o nadis que contiene el prana: los ya mencionados Ida, que se corresponde con el conducto nasal izquierdo, y Pingala, con el derecho. El doctor José Álvarez López, autor de El Hatha Yoga y la ciencia moderna ha subrayado que desde el punto de vista fisiológico “son fácilmente perceptibles los beneficios que se obtienen con la regularización y mejoría de los pasajes aéreos de la nariz” y por consiguiente encuentra plenamente justificados los ejercicios yoguis que tienden a propiciar la entrada alternando su orientación hacia un lado y otro del cuerpo.
He aquí un ejercicio yogui de respiración alternada, singularmente indicado para tonificar los sistemas nervioso y endocrino: Sentado en postura de loto o simplemente buscando la mayor comodidad en un butacón, trate de alcanzar un estado de completa relajación. Apoye en su entrecejo los dedos índice y del medio de la mano derecha. Los dedos deben mantenerse en ese lugar durante el desarrollo de este ejercicio. Obstruya con el dedo pulgar el conducto nasal correspondiente, es decir el del lado derecho de su rostro. Terminada la inspiración, debe obstruir con el dedo anular el conducto izquierdo mientras espira por el derecho. Inspire por el lado derecho mientras está obstruida la fosa nasal izquierda, y luego espire por el izquierdo mientras obstruye el conducto derecho. Repita este mismo ciclo de inspiración-espiración alternada mientras no experimente cansancio o fatiga.
La ciencia de la relajación corporal es uno de los objetivos más importantes de la doctrina yogui. Aunque parezca exagerado decirlo, la mayor parte de la gente no tiene la menor idea de cómo se relaja y descansa el cuerpo. Si tratamos de aprender a relajarnos lo primero que debemos recordar es que la relajación significa todo lo contrario que contracción. Las personas que están ansiosas, angustiadas o que albergan ira en su interior, tienen constantemente sus nervios y músculos en tensión. Por eso, para los yoguis la clave de la relajación parece encontrarse en dos palabras: dejar hacer. Todos los ejercicios yoguis de respiración, que tanto nos sirven para combatir el estrés, persiguen el propósito de echar a un lado las preocupaciones y de inundar la mente con una tan agradable sensación de paz que únicamente puede traducirse en salud, capacidad creadora y alegría de vivir.
La creatividad y los universos paralelos

Ernest Solvay, Químico industrial belga. (Bélgica, 16 de abril de 1838 – Ixelles, 26 de mayo de 1922).
Vamos a imaginar una ola marina. La ola fluye, compacta, hasta que tropieza con el cuerpo de un ser humano que está de vacaciones en la playa. Esa ola, inmediatamente se abre en dos partes que, apenas dejan atrás el cuerpo del bañista, aparentemente vuelven a unificarse, aunque existe la posibilidad de que otras partes de la ola, al dividirse y fragmentarse, tomen rumbos diferentes y sigan fluyendo paralelamente hasta quién sabe dónde. Rudimentariamente, ésa pudiera ser la explicación más sencilla, más comprensible, de lo que son los universos paralelos.
A principios del siglo XX el industrial belga Ernest Solvay auspició en Bruselas una serie de encuentros internacionales de física. Los cinco primeros se efectuaron entre 1911 y 1927. Durante el encuentro de 1927 surgió al mundo la teoría de la mecánica cuántica o de la física cuántica. Hasta entonces, tal como lo concebía Newton, el universo era distinto al que hoy aceptamos como válido. Antes de que se conociera la física moderna, antes de que Albert Einstein expusiera la teoría de la relatividad, antes de que Max Plank mencionara la palabra quantum, antes de que se conociera la ecuación de Schrödinger, y antes de que Werner Heisenberg formulara el principio de incertidumbre, el universo era concebido como una gigantesca máquina, en cuya creación no habían intervenido las ideas, los sentimientos, las emociones, y los deseos del ser humano. La física cuántica vino a demostrar lo contrario: el universo –o más bien los universos- no pudieron ser creados sin que hubieran habitado antes en nuestra imaginación
Según Hugh Everett cada vez que adoptamos una decisión o anunciamos un propósito, el universo se divide en dos copias, y cada una de esas copias no solo cree que es la única sino que contiene una copia del experimentador. Pero como los estados cuánticos son infinitos (ya lo hemos señalado antes), el universo se divide en un infinito número de copias, o para decirlo con mayor propiedad: en un infinito número de “universos paralelos” donde habitan un número también infinito de personas, más o menos idénticas a nosotros.
Este concepto de la física cuántica explica muy bien el proceso de creación de una novela. Cuando el novelista se sienta a escribir, la idea original comienza a dividirse y subdividirse en un número indeterminado de personajes, cada uno de los cuales, aunque en contextos diferentes, en su trasfondo psicológico y en su comportamiento es idéntico al autor porque son criaturas de su imaginación, inseparables de los sentimientos, emociones y experiencias que él ha acumulado a lo largo de su vida.
Jorge Luis Borges, uno de los más grandes escritores latinoamericanos de todos los tiempos, amante, como Hugh Everett, de las bifurcaciones y los espejos, sentenció que “nuestros actos proyectan un reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme, si fornicamos, el otro es casto, si robamos, el otro es generoso”, idea que puede suscribir en estos días cualquier físico familiarizado con las ideas de los mundos paralelos, entre ellos Fred Alan Wolf, quien no cesa de preguntarse: “¿qué cosas presenciarán los habitantes del universo paralelo?”, para responderse enseguida: “lo que es futuro para nosotros es pasado para ellos”, porque hemos sido nosotros, con nuestro caudal de emociones, sentimientos e iniciativas, quienes les hemos dado vida y sustancia a esas entidades fantasmagóricas que transitan a nuestro lado sin dejarse ver pero completando el código secreto de nuestra personalidad. Su luz –agrega Alan Wolf- es decir, su vertiginosa trayectoria, no la podemos percibir porque “su futuro es también nuestro pasado” y aunque aparentemente, por tanto, nunca llegaremos a coincidir en el espacio-tiempo, constantemente estaremos intercambiando información, porque cada uno de ellos es una consecuencia de nuestros sueños y aspiraciones, y sin ninguna duda, una réplica de lo que en el Ayurveda ha sido denominado nuestro “tejido vital”. De modo que cada uno de los personajes de una novela, si aplicamos la opinión de Hugh Everett, es un calco exacto del autor, de lo que el autor es, y como si se mirara en un espejo que le devuelve una imagen invertida –aquí opina Jorge Luis Borges- también es una copia de lo que el autor ha querido ser, durante años y años, sin llegar a conseguirlo.
Hay otra bella frase esculpida por Borges: “Todo hombre es dos hombres, y el verdadero está en el cielo”. Quizá Borges la escribió mientras se asomaba a un espejo, porque el resultado, para la física cuántica, es a la inversa, el verdadero hombre está en la Tierra: nosotros somos la imagen de Dios invertida, que sin ningún asomo de arrogancia aspira a tener sus mismas potencialidades creativas, y modela en sus obras, en sus universos paralelos, personajes arquetípicos –como los creados por Dios-, a los que les concede la potestad de convertirse en inmortales.
En la misma forma que el contacto con otros universos cuánticos es bastante difícil o improbable, tampoco resulta posible evitar que, con el tiempo, decrezca o se desdibuje el número de universos paralelos creados por nosotros. La explicación, según apunta el físico teórico Michio Kaku, puede ofrecerla el hecho de que tenemos muchos átomos en el cuerpo, “cada uno de los cuales está chocando continuamente con los demás y reduciendo cada vez el número de universos posibles”. A lo que agregó Michio Kaku: “Así pues, la probabilidad de interaccionar con otro universo cuántico similar al nuestro no es nula, pero disminuye con rapidez con el número de átomos en nuestro cuerpo”.
De hecho, la creación de personajes arquetípicos depende de la posibilidad de que no colapsen los universos paralelos surgidos a partir del momento en que tomaron forma nuestros actos, porque ya se sabe –y el karma lo subraya- que no hay acto que no derive en consecuencia. Sin saberlo, el novelista debe luchar constantemente a fin de que esos universos paralelos que él creó no se extingan, o decrezcan en número, porque cada uno de ellos lo habita un posible personaje de sus obras. Pero todo tiene remedio. Para conseguir que no mengüen esos universos paralelos en torno a un creador artístico, algo que suele ocurrir con más frecuencia en la última etapa de la vida, es decir a partir de los sesenta años de edad, cuando también disminuye el ímpetu de las iniciativas personales, según los textos ayurvédicos existe la posibilidad cierta de regenerar los siete tejidos vitales, que en la doctrina yogui se conocen como chakras, y en el Ayurveda se denominan dhatus, un término sánscrito que puede traducirse como “nutrir” o “sostener”. Los dhatus, son los encargados del crecimiento y consolidación del cuerpo, y por tanto cualquier desequilibrio de los doshas, de las energías vitales, al incidir con toda su fuerza negativa en la capacidad regeneradora de los dhatus provoca la aparición de las enfermedades y en consecuencia el acortamiento de las etapas creadoras.
El Ayurveda considera el rakta dhatu (uno de los siete nutrientes del organismo), como la base de la vida, y su misión, como la sangre en medicina occidental, consiste en garantizar la oxigenación de los tejidos y de los órganos vitales. La mayor parte de los ejercicios aconsejados en los textos ayurvédicos para lograr la recuperación o regeneración de la vitalidad –y por supuesto del elán creador- coinciden, como ya se ha señalado, con muchos de los que se practican en el Yoga.
He aquí el que, con mayor énfasis, se recomienda en el Ayurveda:
Saludo al Sol.
En sánscrito suryavamaskar, este ejercicio se compone de 12 movimientos, sincronizados con la respiración y un estado mental totalmente relajado, de gozo o placer. Tradicionalmente debe efectuarse al alba, precediendo a la práctica de cualquier otro ejercicio. Su ejecución sólo toma, diariamente, de tres a diez minutos. Proporciona un masaje al hígado y los riñones, aumenta la irrigación sanguínea, tonifica el sistema digestivo, y evita el estreñimiento y la dispepsia.
El primer movimiento, denominado “postura inicial”, se realiza de pie, con la espalda y las piernas rectas, manteniendo los pies juntos, y mientras las manos se unen ante el pecho la persona debe pensar en el sol, dador de toda vida terrestre. El segundo movimiento se efectúa mirando hacia arriba con los brazos extendidos, y mientras la espalda se arquea es necesario respirar sosegadamente.
El tercer movimiento, conocido como “postura ecuestre”, se realiza con la columna vertebral doblada hacia delante hasta apoyar las manos en el suelo, mientras que el cuarto movimiento se efectúa bocabajo, con las manos, las rodillas y los pies apoyados en el suelo, y con la columna vertebral lo más recta posible, mientras inspira y expira normalmente.
El quinto movimiento, conocido como “postura de la montaña”, se realiza apoyando únicamente los pies y las manos en el suelo, levantando los glúteos y tensando los muslos, mientras que en el sexto movimiento, también bocabajo, la barbilla, las manos, el pecho, las rodillas y los dedos de los pies están en contacto con el suelo.
En el séptimo movimiento, manteniendo la pelvis en contacto con el suelo, y arqueando la columna vertebral mientras se mira hacia arriba, como si buscara el sol con la vista, la persona debe inspirar y expirar con gran sosiego.
En el octavo movimiento, adoptando la “postura de la montaña”, como en el quinto movimiento, la persona debe tratar de levantar los glúteos lo más que pueda.
En el noveno movimiento la pierna izquierda debe moverse hacia delante, con el cuerpo apoyado sólo en las manos, la rodilla derecha y los dedos del pie derecho, mientras que en el décimo movimiento se repite el tercero, conocido como “postura ecuestre”.
El movimiento undécimo, conocido como “postura de los brazos en el aire”, se efectúa levantando simultáneamente los brazos hacia atrás y mirando hacia arriba, como si la vista buscara el sol, mientras se respira sin el menor asomo de intranquilidad, porque como se está llegando al final pueden surgir deseos de culminar los ejercicios. En el décimo segundo movimiento, se regresa a la postura inicial para completar el ciclo de Saludo al Sol.


