Sonido de la palabra, luz del pensamiento, forman los dos -fundidos- el rasgo que distingue el discurrir de María Zambrano. Ella es a un tiempo, poeta y filósofo, para mostrar el admirable matrimonio de la imagen y la razón. Como pensadora, se acerca furtiva y certera para atrapar el giro difícil; como escritora, deslumbra el disparo de sus ideas: así logra hermanar filosofía y poesía, sucesos no separados, sino un nuevo perfil de la cara de Jano, doble y única en ella misma. Irrepetible. Platón hablaba de aquella división inicial de las almas y su búsqueda eterna del reencuentro, y quizá estaba también representando de esta manera esas dos formas diferentes de lo mismo que son la poesía y la filosofía, unidas en la mónada de lo humano como su realización más acabada y definitiva; ambas son más que hermanas inseparables: son cómplices inevitables que derivan del alma y hacia ella vuelven en un eterno y renovado decursar. Pero su misma cotidianeidad las convierte en indispensables para la vida, la cual es un hecho de búsqueda y amor. Poseedora de un auténtico humanismo, María Zambrano desborda cualquier consideración sexista, y es ante todo una pensadora con sexo, pero más allá de él y de ciertos “feminismos”. Por esa imperdonable tendencia hacia las comparaciones, aunque con una vida y obra menos extensas, se impone el paralelo con Simona Weill; ambas anuncian un mundo nuevo perfilado por la reflexión y la ruptura de los moldes establecidos, y someten a revisión -que es la forma resultante de la mirada repetida- el universo de interrogantes que plantea el acto de vivir, asumido con plena conciencia y responsabilidad: una ética existencial la cual aplica nuevo fulgor en cada ojeada. Y con esa premura impuesta por la brevedad, con esa “avidez que es la vida en su fondo elemental /y que/ la lleva al alma y el alma a la razón. Mas al mostrar la inanidad de todo aquello en que se fija, revela al alma también sus límites y la abre a la conciencia”1.
María Zambrano es una figura representativa aunque todavía poco conocida en el escenario mexicano, de aquel humanismo español que brotó con la crisis de conciencia finisecular y cristalizó con el advenimiento de la República: los sucesos de la historia dolorosa hicieron que aquellos frutos sembrados en tierra ibérica y regados con los jugos fuertes de un pueblo siempre intenso en sus amores y odios, se dispersaran por el ancho mundo cual una cosecha cósmica, lo mismo en La Habana que en Morelia. Como parte de una generación de entreguerras, ellos supieron que estaban a horcajadas sobre dos épocas, y aprendieron desde temprano el valor de la paradoja y el contraste para expresar la búsqueda de rumbos, y el de la reflexión -que es volver a flexionar, doblar una y otra vez, hasta separar por la fricción- la cual conduce al análisis, como posibilidad de ver las igualdades y correspondencias dentro de lo disímil. Desde temprano, la intuición se convirtió en oficio depurado para María Zambrano, y encontrar las “voces” que le hablaran y le dijeran: palpar, tocar el texto para despertar las sonoridades repetidas que enhebran el eco, el dios de la voz propia y reflejada en el semejante. Sabedora de dolores en pecho propio y ajeno, a Zambrano le resultaban afines las siluetas fraternas de dos Juanas: aquella campesina francesa de Arco y sus “voces” de “Doncella de Orléans”, e Inés, la monja mexicana, con su prístina ensoñación, que desembocan en El sueño creador.
Filosofía y poesía son los elementos que forman la paradoja esencial y fundadora en Zambrano; ambas buscan por distintas vías la verdad, su verdad; pero mientras la primera muestra al hombre existente, la segunda refleja al hombre viviente, y se perfilan como hermana celosa una de la otra, porque divergen en su actitud hacia la verdad. Y ahí se encuentran para Zambrano, mujer de pensamiento y emoción, sus más altos y claros valores: la poesía, brillante e inapresable como el mercurio, brinda la temperatura, mientras la filosofía es el acero de la superficie; entre ambas forman, según el antiguo método, el bruñido espejo que devuelve transformada en otra dimensión la imagen propia. Para ella, la filosofía es el método de la expresión, la idea y la palabra. Mientras la primera muestra el lugar que ocupa el hombre, la segunda dibuja la angustia y el placer de ocupar ese lugar, esa angustia placentera o ese placer angustioso del existir. Animada por un sólido cristianismo, Zambrano posee una aguda visión que es a un tiempo realista y optimista, pues por fuerza humanista se proyecta hacia la reintegración en el todo supremo y abarcador, y busca restaurar la unidad hurtada entre vida y pensamiento, para hacer de éste una expresión superior de aquélla, y que la primera invada creadoramente los recodos del segundo. Su caracterización vital es pues la suma y el resultado de una y otra, y afirma la creación misma que está presente en el acto de reflexión, para concluir que la filosofía “mediadora como el amor, nacida de la ignorancia y del saber, originada del entusiasmo, es un delirio, una inspiración, una pasión irrefrenable… una pasión que conduce a una muerte, a una vida, a un conocimiento”2. El genio no reconoce las fronteras del tiempo: en un argumento idéntico se enlazan María Zambrano y Juana Inés de la Cruz, al pincelar con casi 300 años entre ambas la misma pasión de hybris, la sed del conocimiento que se reconoce impotente ante la vastedad creada, y el cual campea gloriosamente por Primero sueño, en andas de Faetón e Ícaro. Es el mismo espíritu anidado en ambas mentes poderosas y las dos persiguen como meta más alta esa claridad que revele, la transparencia para María, el cristal para Juana, las cuales se conjuntan en el espejo, laberinto supremo, pues “es la transparencia lo que persigue el ser humano con su palabra y con su vida”3. Cuando Zambrano agrega que “por eso buscamos la experiencia originaria en lo más hondo, en lo más alto, en todas partes, a ver si la encontramos”4, está describiendo literalmente el viaje de Juana por su interior y por las esferas del mundo del cual es “bisagra” articuladora y pensante. Esa búsqueda permanente hace que para el hombre su mito fundador y señero sea el de Sísifo -tan grato después a los existencialistas- en la persecución obsesiva de lo divino, de la cual ese mismo hombre es el depositario. Zambrano busca nuevas vías para ese itinerario -sorteando las oposiciones excluyentes- con anhelo de confluencias, se enfrenta con la tradición racionalista occidental disyuntiva, y afirma que “pensar, lo que se dice pensar, debería ser, ante todo, descifrar lo que se siente”5. De esta manera en Zambrano se realiza la síntesis de lo antiguo y moderno, de Platón y Unamuno, definida la suma como la vocación del hombre, “anhelo no de llegar a tal o cual lugar, sino de encontrar lo que le falta para ser, para que el ser a medias nacido se cumpla”6. El razonamiento completa la silueta humana, le otorga su más auténtica dimensión.
Así, tiene absoluta validez su afirmación de la razón poética, la cual enseña a su hermana la necesidad de replantear las posibilidades del modelo racional que la estructura, y así es también la pensadora mensajera de una postmodernidad fresca y nada escéptica -se me antoja definirla como urgente– donde privilegia la fuerza del “impulso descubridor”, el aliento divino transportado al hombre para alimento de sus locuras y aciertos, de sus más sublimes “delirios”, como los califica. De esta forma, se hermanan -aún más- pensamiento y creación, formas unas e indivisas del todo, para convivir en fecundante mancuerna y se manifiestan complementariamente; así la “razón poética” -inspirada de alguna forma en la platónica “justicia poética”- se define como “más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen… una visibilidad nueva, lugar de conocimiento y de vida sin distinción, parece que sea el imán que haya conducido todo este recorrer análogamente a un método de pensamiento”7.
La certidumbre de la pensadora se establece sobre la base inferible que lo primero del conocer es la unidad de “sentir” y “entender”, y el trabajo arduo es re-unirlos, “basados en la confianza de la no-irracionalidad del sentir y ayudados por la docilidad del entendimiento: esa docilidad que lo rescata al par del orgullo y de la servidumbre, tan emparentados por su común ceguera”8. La realización de esta empresa provee de nuevos horizontes -la visión se amplia en la misma medida que la lejanía se desenvuelve- y se produce el eterno recomenzar, un incipit vita nova; de manera tal que el mismo método se convierte en un antimétodo el cual privilegia la capacidad humana de imaginar y su saludable e intermitente reposo intelectual. Pero la nuez de este sistema se funda sobre una base por igual platónica y cristiana, la del amor, temperado por la realidad observada y la sensatez: Zambrano opone una filosofía y un método del amor, en sus variables y contradictorias manifestaciones. Toma lo que le resulta más útil del coincidente pensamiento filosófico anterior, desde Heráclito hasta Platón, y lo actualiza para un mundo de soledades e incertidumbres, lleno de esa “agonía del vivir” unamuniana. La ejemplar coincidencia de Zambrano y sor Juana evidencia la universalidad y permanencia de sus preocupaciones; el espíritu investigativo de Primero sueño está presente en cada pensamiento de la española: “Descender tanto que se quede ahí en lo profundo, o no descender bastante, o no tocar siquiera las zonas desde siempre avasalladas, que no necesariamente han de pertenecer a ese mundo de las profundidades abisales, de los ínferos, que pueden, por el contrario, ser del mundo de arriba, de las profundidades donde se da la claridad. Mas ¿cómo sostenerse en ella?”9. Todo este sistema filosófico viene a encontrar su más perfecta representación simbólica en la balanza (por otra parte, símbolo cabalístico de la vida), donde cohabitan en el movimiento detenido las fuerzas equilibradas: la paz, el balance logrado en el movimiento, lejos de la inercia, donde se suman razón y emoción para dar cuerpo y silueta a la unidad humana. La forma de manifestación visible de ese equilibrio y esa perseguida transparencia se da en la luz, “una luz que le llega y que le despierta y que tiene que ser a su vez anhelada, una luz de la que tiene que ir al encuentro… Pues es más que fundamental orexis apetito del ser, la de darse en la luz que lo revele, que lo sostenga y, más todavía, que lo sustente, como si fuera su alimento”10. De la mano ascienden María Zambrano y sor Juana Inés por la escala luminosa de la lucha contra los ángeles, para advenirse en la luz de realización; periplo que es sumatoria de anhelo, pensamiento y razón, para levantarse y hundirse, asumir un destino que se transfigura en el tiempo, en el ritmo, la música y la ponderación. Operamos con símbolos y su desentrañamiento transforma la realidad y nos transforma con ella a sus agentes; así pues “el símbolo tiene un sentido real que sólo se debilita cuando es conocido y usado por quienes viven en un mundo lógico o que pretende serlo. La verdad operante que lleva consigo al par que un conocimiento, una transformación del que conoce, se expresa por símbolos, necesariamente. Y el símbolo es también canón porque ha de ser inalterable”11. Pero se niega la inmovilidad al plantear la relación como un equilibrio de fuerzas, dinámicamente opuestas, en un punto inestable que se condensa en el centro mismo de aquella balanza representativa, donde conviven el impulso y la inercia en tanto elementos convergentes del equilibrio. Así se descubre el centro viviente del pensamiento de Zambrano, “camino de vida en la esperanza”12, que alega razones las cuales permiten empezar a comprender la búsqueda del sentido de la existencia para cada uno de nosotros, criaturas de la noche, quienes amanecemos intelectual y emotivamente en un Primero sueño siempre renovado.
En el periplo de aprendizaje y siembra que fue su vida, María Zambrano reside durante más de doce años en Cuba, a la cual consagra páginas memorables, como La Cuba secreta (Orígenes, 1948). Sin embargo, no es sino hasta fecha muy reciente cuando se ha restituido un ensayo olvidado de esta autora, dedicado a un personaje quien es clave insular: José Martí. No aparece aún en las bibliografías de una y otro, y es un texto simbólico por su factura e intención: está fechado a principios de 1953, año del Centenario del Natalicio de quien movió las páginas las cuales quizá mejor condensan lo que pensaba y sentía Zambrano sobre la humanidad, la acción y el acto de creación. Son además, por lo que se sabe, las únicas páginas dedicadas por Zambrano a la figura del prócer cubano. “Martí camino de su muerte”13 es un conjunto de clarificadoras visiones sobre el dramático personaje cubano. Aventura una definición entre los hombres de acción y los de pensamiento, y señala la peregrina circunstancia de que ambos coincidan en una persona, pues viven tiempos distintos y se definen de manera diferente ante “lo más decisivo de la vida, la muerte”. Para el ser de acción, ésta lo sorprende y le convierte en un “cazador cazado”. El de pensamiento la espera, “le llega desde adentro, de un modo íntimo, como la madurez natural de un fruto logrado, pues no se trata de un proceso de la conciencia, sino de la intimidad”. En el Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos14, María Zambrano encuentra la mejor condensación de una existencia dividida y alternada como la de José Martí, en esas páginas donde no existe “ni la más leve preocupación ante la muerte”, que califica como “misterioso temblor del alma”, y lo valora como “un testimonio de los más preciosos y raros que un hombre pueda dejar… un itinerario de su morir, cosa del ser”. El tono confidencial, casi sacramental y como de comunión natural, avisa la posibilidad del fin, que no se expresa, pero es una confesión -como destaca la autora- donde no se aprecia “la angustia de la falta”, pues se constituye como “algo que devuelve el estado de inocencia”, en esas páginas que son despedida inconsciente y revelan una intensa paz interior. Martí lo sabía (en una de las últimas frases que escribiera declara: “para mí, ya es hora…”) y María lo adivina en su postrera silueta terrenal, trascendida y casi esfumada, “como si hubiera muerto ya”, abrazado a una esperanza, su último vínculo mundano y en la vía de su ejecución, la cual es el sacrificio, ese que “deja al protagonista como en la orla de la vida”. El elemento sacrificial es la definición absoluta y necesita ejecutarse para alcanzar su total realización de la historia moral, “porque el sacrificio es la acción que vence la ambigüedad en que se debate siempre la vida de todo hombre y más aún la del hombre de acción”, vínculo que no admite la autoreferencia en su más pura expresión y el cual se asume inmanentemente porque “el que sabe que se sacrifica de modo consciente, torna ambigüa, dudosa, esta acción que necesita, para ser cumplida, ser inocente”. La inconciencia de la acción no deriva hacia la insensibilidad del hecho mismo, pero agota las formas de expresarlo ya que “no puede ser declarado; se siente, pero no se sabe”, como en los más intensos y ejemplares destinos trágicos, como en aquella intensa Antígona con la cual se identificaba Zambrano. La condición humana impone trampas, que son vallas para saltar en una carrera de perfeccionamiento intuitiva, y resultan su sello más definidor, “angustia, amargura vencida a fuerza de generosidad”, para trazar el viaje dual, “el descenso a los infiernos de la angustia y el vuelo de la certidumbre”, cima y sima, cielo y abismo, polos entre los cuales se encaja quien “había recorrido la órbita de un hombre que asume total, íntegramente, su vida: por eso teme su muerte propia, íntima, que le esperaba como el signo supremo de su ser”. Y agrega que “se había vencido a sí mismo”, nuevo Eautontimorúmenos editado, por el desollamiento de un ser profundamente sensorial, intensamente carnal. Y al vencerse se ha vencido, y como mejor prueba -que no se le pide- ofrece la del sacrificio. “Nacido poeta tuvo que ser hombre de acción. Y toda acción es de por sí violenta. Todos los dones que había recibido -dones y castigos al par que hacen de un hombre poeta- habían de tirar de su ser para llevarle a una aventura íntima, a una de esas aventuras que se llevan a cabo apartándose del mundo y de todo lo que es lucha. No quiso. Y se le siente y se le ve resistiéndose de su condición terrestre, imponiéndose el deber de ser hombre; cumpliendo como un sacrificio ritual de la virilidad, el entrar en la violencia. Al hacerlo así, apuró su destino de hombre: pues no tenía vocación guerrera y fue a la guerra -laberinto de violencias- por destino”. De esta manera, heroica y trágicamente, labra su destino en una suerte de autoimposiciones permanentes, retos de sí contra él mismo, y logra la paradoja perfecta de haber vivido “en absoluta obediencia por amor a la libertad”. Y concluye Zambrano que “eso es el modo más alto y noble de ser hombre”. Cercanas a Martí sitúa las figuras de Marco Aurelio y de Hamlet; es decir, el poder criticado desde el poder, en atención a un propósito moral superior, y la acción en manos del pensamiento. Estoicismo que se configura en el hecho ejemplar de que “son los llamados débiles quienes alcanzan la suprema fortaleza”, lección perdurable y de necesaria aprehensión cotidiana. En el caso de Martí -sentencia- “escribir su biografía sería escribir la biografía de un puro sacrificio”. Como los estoicos o los paleocristianos, el héroe, hombre de pensamiento devenido en ser de acción continua, ha alcanzado “esa etapa final de la perfección moral que es el desasimiento”, el cual impide el temor pues no existe ambición alguna. Esta mística depuratoria lo lleva a la concentración del ser en su núcleo más esencial, el cual lo prepara para el salto definitivo, cumplida la tarea desde temprano asumida de construir para otros, testimonio expresado como despedida en lo calificado como “acta de nacimiento de la Nación Cubana”, hombre quien al ser profundamente fiel a una historia particular, alcanza por el desasimiento supremo su espacio dentro de la historia universal, en un destino de paradojas, donde cae para levantarse, expresa una voz sólo escuchable desde el silencio, y muere para vivir.
En carta a María Luisa Bautista de Lezama, ya en 1978, María Zambrano reincidía obsesivamente en estas ejemplares observaciones, ahora destinadas a otro José insular ya ido, Lezama Lima:
…huir de la claridad del facileo del ya establecido y congelado razonar, sostenerse si es necesario, sostener la “fijeza” del estar y del ver en el pico de la ola, sobre el filo de la espada de la aparente contradicción, clavarse por sí mismo en la picota de la ambigüedad, en lo alto entre dos abismos que celan muchos otros -el abismo prolifera- deshacer con el mirar de la frente la falacia, sonreír en el centro oscuro de la llama, es la incesante actividad del hombre verdadero, su constante y cada vez más acuciada prueba: estar fijo en el lugar donde la oscuridad se comunica con lo claro, donde la apretada sustancia se descubre gracias al horizonte que ni siquiera se ha proyectado. No, nada de proyectar, proyectarse en el horizonte, no. La fe sustancia brotó en él de la nada. Y la nada no se da a conocer a los mortales, llama desde lo ignoto y se insinúa dentro de la muerte del silencio, del olvido, de ciertos vacíos que bostezan y en todo lo yerto casi visible ya él mismo. En su acción pues, mientras ella se cela y huye esquivando al que la persigue, colmándolo de naderías, sus andrajos y máscaras, su engaño. No, la nada no se da a conocer sino “al que la hace ya en la fe, desde la fe que sólo por su sustancia y aliento me rinde”. ¿Vencida se abre como lugar de la creación? ¿Trasunto en el tiempo de las aguas primeras sobre las que flotaba sin hundirse el Espíritu? Madre que no devora, madre de donde “brota la fe”, dice naturalmente sin engolamiento profético, sin necesidad de recurrir a dialéctica ninguna. No ha de ser extraña esta enunciación a lo que como proemio o teorema que se niega a sí misma en cuanto tal perdido en los mares del sueño, huérfano de padre ya, la inmensidad de todos los mares le acechaba y de ellos el rostro de la madre estrella de mar. Stella María. La Madre ella misma, la suya y Ella misma. María, la hija, esposa, hermana, nunca sumergida por la nada, trasunto que quedó en el tiempo, siendo ello así desde el origen…15
La filósofa construye una poética del recuerdo a partir de la imagen de una trayectoria evocada. Asume el valor de la paradoja como representación de la vida, que se desenvuelve en contrastes continuos, mediante la reflexión (ya lo dije antes, es volver a flexionar, doblar una y otra vez, hasta separar sus partes, lo cual es el análisis en propiedad, y permite apreciar las igualdades y sus correspondencias), que es la piedra angular de su revisión, mediante la mirada repetida, nuevo fulgor aportado en cada ojeada sobre los rincones y los pliegues más reservados. Zambrano se aplica decididamente a palpar, tocar el texto en sus más profundas sonoridades, tensarlo y plegarlo, para despertar las sonoridades repetidas que enhebran el eco, el dios de la propia voz reencontrada en el timbre reflejado. Hay un sentido trágico de la existencia, de acento nietzchtiano, pero que propicia la crítica fecundante de Hegel, Feuerbach y Comte; del antiguo rector de Jena replantea la divinización de la historia como producto humano, con una progresiva emancipación de lo divino, pero el carácter no sólo transformador sino transformativo del propio sacrificio al determinar un tránsito desde la noción de la víctima propiciatoria, hasta el elegido que asume su misión como justificación de la existencia en su inserción universal e histórica: el que muere, es en su muerte y por su muerte. Se va de los animales y los hombres ofrecidos en las aras, al Dios mismo que evalúa su obra a la cual ha creado esencialmente libre. El sacrificio se convierte, por ese pacto entre Dios y los hombres, en algo cotidiano. A Zambrano -se ha advertido- interesa más lo divino que lo sagrado, y traza un centro pitagórico alrededor del cual se desenvuelven la circunstancia y sus numerosos accidentes, para lograr la depuración por la concentración. De todos los motivos divinos, potencia a Eros como la fuerza ascencional y su reflejo en la Diotima del Simposio platónico, la cual expresa las fuerzas de la naturaleza, conduciendo las potencias a lo divino mediante lo sagrado. La luna, el agua, la luz y la sombra, son todas visiones femeninas. Asocia el origen para iluminar la parábola. Afrodita es hija de Cronos: la Belleza surge del Tiempo y cuando es auténtica, lo supera. La luz adquiere su más completa intensidad con el contraste de la sombra, pues el matiz la enaltece, la esmalta con brillo perdurable. Desde la perfección matemática que inspira lo mejor del pitagorismo, adquiere la convicción de la contemplación pura. Y de ahí adviene a la noción del sacrificio como purificación y ofrenda. Los hombres, obra de Dios, tienen una deuda eterna con la divinidad generadora. El hombre superior comparte la esencia de lo divino con la atadura, no sólo imprescindible sino engrandecedora, de la esencia humana perecedera; de ahí su grandeza en prescindir. El paralelo con Job es el resultado lógico del proceso: su figura es emblemática de una condición y Martí se imbrica impecablemente en el mismo trazo. Job es un patriarca, es decir, un conductor y forjador de pueblos, un modelo de naciones. Lo más grandioso de su acción depende del triunfo de Dios en su propósito sacrificatorio. Él triunfa en-por nosotros y Él se derrota por-en nosotros. La flama divina en Job se acrecienta por las pruebas que asume y aunque es una figura del Viejo Testamento, por su acción y su pensamiento es un místico más digno del Nuevo. Porque lo supremo de su acción es que en ella se funden la gnosis y el apocalipsis, el conocimiento por la revelación del mensaje que compromete. El vacío, con ese contenido y fortaleza, no es la muerte en tanto aniquilación suprema y definitiva, sino la negación. El acento kafkiano en Job, condenado sin remisión por una voluntad que lo exede, es la traza más definitoria de la parábola humana.
En Vélez Málaga descansa hoy María Zambrano, en un sepulcro que viene a ser no depósito, sino punto para el salto. Descansa inmóvil -no detenida- y sobre la lápida puede leerse la inscripción que ella misma escogió: Surge amica mea, et venu. Y por la magia de la evocación, la frase preferida se convierte en invocado conjuro y así nos llega, rodeada con sus cristalinas sonoridades, después del encuentro definitivo, destellando claras luminiscencias, obra de ella misma, toda eco y fulgor, la María que hoy convocamos.


